Miguel Ángel Valero
La revolución de la inteligencia artificial (IA) no solo sigue intacta, sino que está ampliando progresivamente su base de beneficiarios, dando lugar a un mercado más repartido, con un mayor número de compañías participando en las subidas y un liderazgo menos concentrado. Por eso, muchas firmas de inversión siguen defendiendo la necesidad de ampliar el espectro de inversión dentro de la tecnología.
Al margen de los hiperescaladores, empiezan a cobrar protagonismo compañías que participan en la cadena de valor de la IA y que capturan de forma indirecta el impulso del ciclo de inversión. La fortaleza del ciclo de inversión actual queda reflejada en la demanda de centros de datos, que continúa en niveles excepcionalmente elevados. El 84% de la capacidad de los principales proyectos actualmente en construcción ya está prealquilada antes de su entrada en operación, una dinámica estrechamente ligada a la fuerte expansión de los hiperescaladores. En este contexto, los pedidos acumulados (backlogs) de cuatro de los principales hiperescaladores –Microsoft, Amazon, Alphabet y Oracle– se han triplicado en 2026, hasta alcanzar los 2 billones$, una magnitud que, puesta en perspectiva, supera entre un 1% y un 2% el PIB de la economía española en 2025.
Sin embargo, este fuerte crecimiento de los backlogs no se ha traducido en un liderazgo bursátil equivalente. Mientras que los hiperescaladores avanzan en promedio un 5% en el año, otros segmentos más vinculados a la inversión real están mostrando un comportamiento significativamente mejor. El índice global de infraestructuras y el sector industrial acumulan subidas del 11%, reflejando una rotación hacia activos que capturan de forma indirecta la expansión de capacidad asociada a la IA.
Este patrón es aún más evidente en las compañías que forman parte de la cadena de valor de la IA, que han registrado avances muy superiores en el año. Empresas clave en el proceso de fabricación de semiconductores y componentes críticos —como la holandesa ASML, la estadounidense Micron Technology y las asiáticas Taiwan Semiconductors, Samsung y SK Hynix— acumulan una revalorización media del +97% en el año. Como consecuencia, el MSCI Emerging Markets avanza un 23%, con las tres compañías asiáticas explicando más del 60% de la rentabilidad total del índice pese a concentrar únicamente el 21% de su capitalización bursátil.
China provoca una guerra de precios en la IA
Por otra parte, la última ofensiva de DeepSeek no va de lanzar el modelo más potente del mercado. Va de algo mucho más disruptivo: hacer que la IA sea mucho más barata. "Y eso, aunque a primera vista parezca un simple ajuste comercial, puede cambiar por completo las reglas del juego", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.
La compañía ha recortado hasta un 75% el coste de acceso a su nuevo modelo V4-Pro y ha reducido de forma drástica el precio de uso recurrente. Al mismo tiempo, mantiene capacidades avanzadas como una enorme ventana de contexto, lo que permite trabajar con volúmenes de información mucho mayores. En la práctica, esto significa que desarrollar y utilizar IA se vuelve accesible para muchos más actores.
Este movimiento llega en paralelo a la estrategia de gigantes como OpenAI, Google o Anthropic, que siguen centrados en mejorar la potencia y sofisticación de sus modelos, pero con costes todavía elevados. DeepSeek cambia el enfoque: no compite en la cima tecnológica, sino en la base del mercado. Y aquí está la clave, porque China tiene una desventaja evidente en el acceso a chips avanzados, dominados por compañías como Nvidia. Eso limita su capacidad para liderar en el desarrollo de los modelos más punteros. Pero en lugar de intentar cerrar esa brecha de inmediato, está utilizando el precio como arma para acelerar la adopción y ganar escala.
Este patrón no es nuevo. Ya lo hemos visto en otras industrias. En los vehículos eléctricos, por ejemplo, los fabricantes chinos comenzaron compitiendo en precio, con productos menos sofisticados. Sin embargo, con el tiempo, empresas como BYD han conseguido cerrar la brecha tecnológica hasta competir directamente con referentes globales como Tesla, manteniendo además su ventaja en costes.
La cuestión es si ese mismo proceso puede repetirse ahora en la IA. Si China logra atraer volumen suficiente, puede acelerar su aprendizaje, mejorar sus modelos y reducir progresivamente la distancia tecnológica. Y, con el tiempo, intentar cerrar también la brecha en hardware.
Hasta ahora, el relato dominante era claro: la IA iba a generar crecimiento explosivo con márgenes muy elevados para las grandes tecnológicas estadounidenses. Sin embargo, la irrupción de estrategias agresivas en precio introduce una nueva variable: la compresión de márgenes.
Si el coste de la IA cae más rápido de lo previsto, los ingresos potenciales pueden no materializarse como se esperaba, especialmente teniendo en cuenta la inversión masiva que están realizando estas compañías en infraestructuras, chips y desarrollo. El mercado está descontando un escenario muy optimista, y este tipo de movimientos podría empezar a ponerlo en tela de juicio.
En el fondo, China no necesita ganar la carrera tecnológica en el corto plazo. Le basta con cambiar las reglas del juego. Si consigue imponer un entorno donde el precio y la accesibilidad sean determinantes, estará condicionando la evolución de toda la industria.
"Estamos entrando en una nueva fase. No es el final del liderazgo estadounidense, pero sí el inicio de una competencia más incómoda. Una en la que el valor no solo se va a medir por la capacidad tecnológica, sino por la capacidad de escalar y monetizar en un entorno cada vez más presionado por los precios. Y eso, para el inversor, cambia mucho las cosas: porque quizá el gran riesgo no sea que la IA no crezca… sino que crezca mucho, pero dejando bastante menos dinero del que hoy descuenta el mercado", subraya este experto.
La IA está eliminando la escalera de entrada al mercado laboral
Durante años nos dijeron que la inteligencia artificial destruiría empleos. Pero casi todos imaginábamos el mismo escenario: que los primeros trabajos en desaparecer serían los más repetitivos, menos cualificados y más manuales. Sin embargo, la realidad está empezando a ir en una dirección muy distinta. Los primeros afectados no están siendo los trabajadores menos formados, sino muchos perfiles junior relacionados con tareas cognitivas: programadores, analistas, desarrolladores, administrativos, perfiles de soporte o empleados que realizaban funciones básicas dentro de profesiones altamente cualificadas. Y eso introduce una paradoja enorme. Por primera vez, una tecnología no solo automatiza tareas manuales, sino también parte del propio proceso de aprendizaje profesional. "Ése quizá sea el verdadero cambio de fondo que todavía no estamos entendiendo del todo", apunta Pablo Gil.
Durante décadas, el mercado laboral funcionó de una manera relativamente estable. Un joven entraba en una empresa realizando tareas simples, repetitivas y poco productivas. La empresa asumía esa ineficiencia inicial porque sabía que, con el tiempo, esa persona adquiriría experiencia, desarrollaría capacidades y acabaría generando mucho más valor. Era, en el fondo, una inversión a largo plazo. Así se construía la experiencia. Así se formaban los futuros profesionales senior.
El problema es que la inteligencia artificial empieza precisamente por ahí. Herramientas como Copilot, ChatGPT, Claude, Gemini o los nuevos asistentes empresariales ya son capaces de realizar muchas de las tareas que tradicionalmente servían como puerta de entrada al mercado laboral. Redactar documentación, resumir información, programar código sencillo, analizar datos, elaborar informes preliminares o responder consultas rutinarias. Todo eso puede hacerse ahora de forma mucho más rápida y barata. Y eso cambia completamente la estructura tradicional de formación dentro de las empresas.
Porque la IA no sustituye necesariamente al experto. Lo que hace muchas veces es potenciar enormemente al profesional senior y reducir la necesidad de perfiles junior. Un programador experimentado apoyado en IA puede realizar el trabajo que antes requería varios perfiles de entrada. Un consultor puede automatizar gran parte del análisis preliminar. Un abogado puede resumir cientos de páginas en minutos. Un analista financiero puede generar informes mucho más rápido que hace apenas unos años. Nadie cuestiona que la productividad aumenta de forma exponencial. Pero el problema aparece inmediatamente después.
Si las empresas necesitan cada vez menos perfiles junior, ¿cómo se forma entonces la siguiente generación de profesionales? Ahí es donde empieza a surgir uno de los mayores riesgos estructurales de esta revolución tecnológica. Porque el mercado laboral no funciona únicamente como un sistema de producción. También funciona como un sistema de aprendizaje. Y si desaparecen las tareas básicas que permitían adquirir experiencia, millones de jóvenes podrían quedarse bloqueados antes siquiera de entrar realmente en el sistema.
De hecho, algunos datos empiezan a reflejar ya esta tendencia. En EEUU, muchos recién graduados tardan más en encontrar trabajo que personas con menor formación. En Europa, varias empresas tecnológicas han reducido contratación junior mientras aumentan sus inversiones en IA. Y en determinados sectores empieza a detectarse un fenómeno especialmente preocupante: trabajadores jóvenes que nunca llegan a desarrollar suficiente experiencia como para progresar profesionalmente. Y eso significa que el impacto de la IA no será únicamente económico o laboral. También puede alterar profundamente determinados equilibrios sociales.
Al mismo tiempo, se está generando otra paradoja muy difícil de gestionar políticamente. Las empresas ganan productividad mientras reducen plantilla. La IA mejora márgenes, aumenta eficiencia y permite hacer más con menos personas. Pero eso también alimenta el miedo de muchos trabajadores jóvenes, que empiezan a percibir la IA no como una herramienta de apoyo, sino como un competidor directo. Y quizá por eso empieza a crecer el rechazo. Porque el problema no es solo perder un empleo. El verdadero miedo es no llegar nunca a tener una oportunidad.
Ahora bien, todas las grandes revoluciones tecnológicas destruyeron trabajos y crearon otros nuevos. La mecanización transformó el campo. Internet cambió el comercio. La automatización modificó las fábricas. Y probablemente la IA también terminará generando nuevas profesiones que hoy ni siquiera imaginamos. El problema nunca ha sido el destino final. El problema siempre ha sido la velocidad del cambio. Y esta vez la velocidad es vertiginosa.
Nunca habíamos visto una tecnología avanzar tan rápido, integrarse tan deprisa en las empresas y afectar simultáneamente a tantos sectores relacionados con tareas cognitivas. Además, hay otra diferencia importante: por primera vez, son los propios creadores de esta tecnología quienes hablan abiertamente de destrucción masiva de empleo y de cambios radicales en el mercado laboral. Y eso multiplica todavía más la sensación de incertidumbre.
En este contexto, entender bien lo que está ocurriendo es fundamental. La IA no elimina profesiones completas de un día para otro. Lo que hace es volver irrelevantes determinadas tareas dentro de esas profesiones. Y quien dependa exclusivamente de esas tareas tendrá cada vez más difícil mantener su valor en el mercado.
Por eso, el futuro del trabajo dependerá menos de lo que sabes hacer hoy y mucho más de tu capacidad para adaptarte continuamente. Habrá profesiones difíciles de automatizar por su componente físico o humano. Habrá perfiles capaces de multiplicar su productividad utilizando IA como herramienta. Y habrá habilidades —como la creatividad, la comunicación, el pensamiento crítico o la capacidad de tomar decisiones complejas— que seguirán teniendo un enorme valor. Pero muchas funciones intermedias podrían desaparecer o reducirse drásticamente. Y ese ajuste probablemente será mucho más duro de lo que hoy imaginamos.
"El verdadero debate ya no es si la inteligencia artificial destruirá empleo o no. El verdadero debate es qué ocurre cuando una sociedad empieza a eliminar precisamente los trabajos que servían para formar a la siguiente generación de profesionales. Porque si desaparece esa escalera de entrada, el problema deja de ser únicamente tecnológico y pasa a convertirse en un desafío económico, educativo y social de enorme magnitud. Y probablemente todavía estamos infravalorando hasta qué punto eso puede transformar el mercado laboral durante la próxima década", recalca Pablo Gil.
