Miguel Ángel Valero
Durante décadas, buena parte del mundo vivió bajo una idea relativamente sencilla: cuantos menos países tuvieran armas nucleares, más seguro sería el planeta. EEUU ofrecía protección militar a muchos de sus aliados y, a cambio, éstos renunciaban a desarrollar su propio arsenal nuclear.
"Ese equilibrio ha empezado a resquebrajarse. La creciente inseguridad geopolítica está llevando a algunos países a plantearse una pregunta que hasta hace poco resultaba políticamente incómoda: si algún día mi supervivencia está realmente amenazada, ¿puedo estar completamente seguro de que otro país acudirá a defenderme?", se cuestiona el analista Pablo Gil en The Trader.
Cuando la respuesta deja de ser un sí rotundo, disponer de capacidad nuclear empieza a verse de otra manera. Y no significa necesariamente construir una bomba. Existe una situación intermedia conocida como “latencia nuclear”: disponer de la tecnología, las instalaciones, el conocimiento y el material necesarios para poder fabricar un arma nuclear en un plazo relativamente corto. No tener la bomba, pero conseguir que tus adversarios sepan que podrías tenerla.
Irán lleva años moviéndose precisamente en ese terreno. Y lo paradójico es que el intento de Donald Trump de impedir a toda costa que Teherán alcanzase esa capacidad podría terminar convenciendo a otros países de que deberían conseguirla.
La guerra contra el programa nuclear iraní ha enviado un mensaje que trasciende a Irán: en un mundo cada vez más inestable, la capacidad nuclear puede convertirse en una de las mayores garantías de supervivencia de un Estado.
Arabia Saudí es probablemente el mejor ejemplo. El acuerdo alcanzado con Washington abre la puerta a que Riad pueda enriquecer uranio, precisamente una de las actividades que estuvo en el centro del conflicto con Irán. Además, Arabia Saudí no quedaría sometida al protocolo adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica, que permite inspecciones mucho más intrusivas. Riad no tendría por qué construir una bomba. Le bastaría con desarrollar suficiente capacidad tecnológica para que sus vecinos supieran que podría hacerlo.
Pero estas decisiones difícilmente se producen de forma aislada. Emiratos Árabes Unidos, rival regional de Arabia Saudí y enfrentado también con Irán, podría tener incentivos para recorrer el mismo camino. Ya dispone de Barakah, la única central nuclear del mundo árabe, y estaría explorando la posibilidad de adquirir tecnología que le permita enriquecer uranio en el futuro.
Ahí aparece uno de los mecanismos más peligrosos de cualquier carrera armamentística: cada país puede justificar su decisión como defensiva, pero esa misma decisión aumenta la inseguridad de sus vecinos. Arabia Saudí mira a Irán. Emiratos mira a Irán y Arabia Saudí. Y cada nuevo programa aumenta los incentivos para que otro país haga lo mismo.
Sin olvidar que Israel, que desestabiliza todo Oriente Medio, cuenta con la bomba atómica, aunque lo oculte.
Pero el fenómeno no se limita a Oriente Medio. Japón dispone desde hace décadas de tecnología de enriquecimiento y de una enorme industria nuclear civil. Oficialmente, fabricar un arma nuclear le llevaría varios años, aunque diferentes dirigentes japoneses han sostenido históricamente que podría hacerlo en apenas seis meses.
Corea del Sur también lleva años debatiendo esta cuestión. El desarrollo nuclear de Corea del Norte y las dudas sobre hasta dónde estaría dispuesto Washington a llegar para defender Seúl han alimentado el interés por una mayor autonomía estratégica.
Durante décadas, precisamente el paraguas nuclear estadounidense fue una de las herramientas más eficaces para evitar la proliferación. Japón, Corea del Sur o numerosos países europeos no necesitaban desarrollar sus propias armas porque confiaban en que Estados Unidos acudiría en su defensa. Pero cuanto mayores sean las dudas sobre ese compromiso, mayor será el incentivo para buscar una póliza de seguros propia.
Y ahí reside la gran paradoja. Donald Trump convirtió en uno de sus principales objetivos estratégicos impedir que Irán pudiera disponer de un arma nuclear. Pero la presión económica, los ataques contra sus instalaciones y finalmente la guerra podrían terminar provocando exactamente el efecto contrario a escala global.
Seguramente hay muchos países que están alcanzando una conclusión incómoda: quizá el verdadero error de Irán no fue acercarse demasiado a la bomba, sino no haber llegado suficientemente lejos antes de ser atacado.
Corea del Norte ofrece el contraste. Posee armas nucleares y, pese a décadas de amenazas, sanciones y aislamiento, ningún adversario parece dispuesto a asumir el riesgo de intentar derrocar militarmente al régimen. Porque la principal utilidad estratégica de las armas nucleares no es utilizarlas, sino conseguir que nadie se atreva a atacarte.
Si cada vez más gobiernos llegan a esa conclusión, podemos entrar en una fase mucho más compleja que la proliferación nuclear tradicional: un mundo lleno de países que oficialmente no tienen la bomba, pero quieren disponer de todo lo necesario para fabricarla rápidamente. La diferencia puede parecer enorme desde el punto de vista jurídico. Desde el punto de vista geopolítico, quizá no lo sea tanto.
"Estamos entrando en un círculo difícil de detener. Cuanta más inseguridad existe, más atractiva resulta la disuasión nuclear. Cuantos más países buscan esa capacidad, mayor es la inseguridad de sus vecinos. Y cuanto menor es la confianza en las alianzas internacionales, mayor es el incentivo para depender exclusivamente de uno mismo. Durante décadas intentamos construir un mundo en el que tener armas nucleares fuese innecesario. El riesgo ahora es que cada vez más países empiecen a convencerse de exactamente lo contrario", avisa este experto
OTAN: adiós a la confianza mutua
Durante décadas, la OTAN ha sido mucho más que una alianza militar. Ha sido uno de los pilares sobre los que se ha construido el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Su fortaleza nunca ha residido únicamente en el enorme potencial militar de EEUU o en la suma de los ejércitos de sus miembros. La verdadera fuerza de la Alianza siempre ha descansado sobre un elemento mucho más difícil de medir: la confianza mutua. La convicción de que, si alguno de sus miembros era atacado, el resto respondería sin vacilaciones. Esa confianza tiene un enorme valor estratégico porque actúa como un elemento de disuasión. Muchas guerras nunca llegan a producirse precisamente porque el potencial agresor sabe que cualquier ataque desencadenará una respuesta colectiva. En ese sentido, la credibilidad de una alianza es casi tan importante como el tamaño de sus fuerzas armadas.
Sin embargo, la última cumbre de la OTAN ha dejado una sensación distinta. Más allá de los acuerdos alcanzados o de la fotografía oficial, lo verdaderamente llamativo ha sido el comportamiento de muchos de los líderes europeos alrededor de Donald Trump. La impresión que transmitían era la de caminar permanentemente sobre una fina capa de hielo, midiendo cada palabra y cada gesto para evitar cualquier reacción imprevisible del presidente estadounidense. Más que una reunión entre aliados, por momentos parecía un delicado ejercicio de diplomacia orientado a gestionar el estado de ánimo del principal socio de la organización.
No es difícil entender por qué. Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha vuelto a demostrar una enorme capacidad para alterar posiciones que parecían consolidadas. Ha endurecido y suavizado su discurso sobre Ucrania en cuestión de días, ha cambiado de criterio respecto a Irán, ha utilizado los aranceles como herramienta de presión incluso contra socios históricos y ha cuestionado repetidamente compromisos internacionales que durante décadas parecían inamovibles. Para cualquier gobierno europeo resulta extraordinariamente complicado planificar estrategias de largo plazo cuando desconoce cuál será la posición de Washington dentro de unas semanas.
Y ahí aparece una diferencia fundamental. Cuando un aliado es previsible, los demás negocian con él. Cuando deja de serlo, comienzan a adaptarse a sus cambios de humor. La relación deja de construirse sobre reglas compartidas y pasa a depender de la capacidad de interpretar las decisiones de una única persona. La incertidumbre sustituye a la estabilidad y la prudencia acaba ocupando el lugar que antes tenía la confianza.
Probablemente por eso Europa ha empezado a acelerar un debate que llevaba años posponiendo. La llamada autonomía estratégica ya no responde únicamente al deseo de ganar peso internacional. Empieza a convertirse en una necesidad. Incrementar el gasto en defensa, desarrollar una industria militar propia, reducir determinadas dependencias tecnológicas o fortalecer la capacidad de decisión europea ya no se plantea como una alternativa a Estados Unidos, sino como un seguro frente a la posibilidad de que ese respaldo deje de ser automático.
Lo paradójico es que Donald Trump lleva años reclamando exactamente eso: que Europa asuma una mayor responsabilidad en su propia defensa. Desde ese punto de vista, está consiguiendo su objetivo. Sin embargo, el método empleado tiene consecuencias que probablemente van mucho más allá de las previstas. Porque una cosa es pedir un reparto más equilibrado de las cargas y otra muy distinta erosionar la confianza sobre la que descansa toda la arquitectura de seguridad occidental.
Desde la perspectiva del inversor, este cambio resulta especialmente relevante. Si Europa acelera su rearme, veremos un aumento estructural del gasto público, mayores necesidades de financiación, un fuerte impulso para la industria de defensa y una profunda reorganización de numerosas cadenas industriales. Pero, sobre todo, estaremos asistiendo al nacimiento de un mundo menos estable, donde las alianzas dejan de darse por supuestas y donde los países buscan reducir dependencias que durante décadas parecían completamente seguras.
Porque los países no tienen amigos permanentes, sino intereses permanentes. Pero durante buena parte de las últimas siete décadas, la relación transatlántica consiguió parecer algo más que una simple coincidencia de intereses. Se construyó sobre valores compartidos, instituciones sólidas y una confianza que pocos se atrevían a cuestionar.
"Hoy esa confianza empieza a mostrar grietas. No porque EEUU haya dejado de ser la mayor potencia militar del mundo, sino porque sus aliados ya no tienen la misma certeza sobre cómo reaccionará su principal socio en cada momento. Y cuando una alianza necesita dedicar más tiempo a gestionar la imprevisibilidad de su líder que a coordinar su estrategia frente a sus adversarios, el problema deja de ser político para convertirse en estratégico", insiste Pablo Gil.

Banor: las empresas deben demostrar capacidad de producción
En este contexto, los analistas de la gestora Banor creen que 2026 va a ser un año clave para el sector europeo de Defensa europeo. Un sector que podría convertirse en una oportunidad de inversión muy atractiva para el medio y largo plazo. Habrá que comprobar si se cumplen los objetivos de los países de la Unión Europea para el nuevo ciclo industrial en Defensa que están desplegando: principalmente, reducir la brecha con EEUU en cuanto a presupuestos, y ecosistemas de combate, y convertir en beneficios reales para las empresas del sector los proyectos en marcha en munición, transformación tecnológica, defensa aérea, y aumento de la producción para reducir las importaciones.
Europa redujo gradualmente el gasto militar tras la guerra fría, con fuerzas armadas más pequeñas, reservas limitadas, y sistemas de contratación fragmentados. Porque disfrutaba del “dividendo de la paz”, su seguridad dependía en gran medida de la OTAN y Estados Unidos.
En 2014 la anexión de Crimea por Rusia fue el inicio de un cambio de escenario hacia una Europa menos protegida, que se confirmó en 2022 con la invasión de Ucrania. Como respuesta a ello, Europa se ha propuesto superar décadas de infrainversión y reconstruir un sector industrial en Defensa que sostenga su seguridad en tiempos más inestables.
Este cambio de paradigma se refleja en las cifras. En 2024, el gasto en defensa total de la UE se elevó a 343.000 millones€, el 1,9% del PIB, un crecimiento de 19% sobre 2023. En 2025 son 381.000 millones, el 2,1% del PIB, superando por poco el 2% exigido por la OTAN. De este gasto, la inversión en Defensa superó en 2024 los 100.000 millones, y la compra de equipamiento 88.000 millones de euros, un 39% más. Esto quiere decir que los estados no sólo financian estructuras existentes; intentan reconstruir capacidades operativas, reservas, producción industrial y tecnologías críticas.
Pero el gasto en Defensa europeo sigue siendo muy inferior al de EEUU, cuyo presupuesto para 2026 es de casi 1 billón$. Una distancia no sólo en el capital que se gasta, también en otros conceptos como la estandarización, los programas plurianuales, la contratación centralizada, las cadenas de suministro y la profundidad tecnológica.
Europa se ha dado cuenta de que tiene que reducir la brecha con EEUU, porque no es sostenible tanta dependencia en un mundo más inestable. Es por ello que en 2026 el rearme europeo continúa, no sólo como respuesta a la invasión rusa de Ucrania, sino como el inicio de un nuevo ciclo industrial.
El sector Defensa no funciona como el Consumo, donde basta con producir más para satisfacer una mayor demanda. Producir munición, misiles, sistemas de radar, vehículos blindados o sistemas de defensa aérea requiere instalaciones autorizadas, personal altamente cualificado, componentes certificados, cadenas de suministro seguras y largos procesos de homologación. Todo ello cuesta mucho tiempo, sobre todo en Europa, tras décadas de inversiones en Defensa muy pobres.
Europa, además, opera con 170 sistemas de armas diferentes, frente a sólo 30 en EEUU. Por tanto, hay mayores costes, menor interoperabilidad, una logística más compleja y una capacidad reducida para producir a escala. Europa siempre ha tenido “campeones nacionales” en Defensa: en Alemania Rheinmetall, en Italia Leonardo, en Francia Thales y KNDS France (antigua Nexter), y en Suecia Saab. Esto supone otro obstáculo para crear una industria homogénea y coordinada a nivel europeo.
Por ello, la coordinación y la autonomía estratégica serán necesarias en el nuevo ciclo industrial en Europa, con proyectos como Readiness 2030, SAFE, el Fondo Europeo de Defensa y la Estrategia Industrial Europea de Defensa, que buscan aumentar el gasto en defensa y garantizar que la mayor parte del gasto se aplique en la industria europea. SAFE se ha diseñado para financiar de forma coordinada, compras de munición, misiles, artillería, drones, ciberseguridad, defensa aérea y movilidad militar. Su objetivo es “comprar europeo”. En este proceso de compras, habrá diferentes ritmos en segmentos que dependen de programas de adquisición de varias décadas, y otro impulsados por la innovación tecnológica.
La guerra en Ucrania ha demostrado la importancia de contar con abundancia de munición: los drones, satélites, las capacidades cibernéticas y la inteligencia artificial son cada vez más importantes, pero sólo con munición se logra la eficacia operativa. Un ejemplo es el proyectil de artillería 155 mm, cuya producción se enfocó en Europa sólo para conflictos de baja intensidad. La guerra de Ucrania ha demostrado el error de este enfoque. Rheinmetall se ha marcado como objetivo producir 1,1 millones de proyectiles de artillería de 155 mm anuales en 2027, algo impensable hace años.
La demanda de producción tampoco depende sólo de Ucrania, porque incluso en situación de alto el fuego se necesitan reponer reservas para entrenamientos y maniobras con estándares más altos. No sólo apoyar a Ucrania, también reposición estructural y rearme.
La Defensa aérea es necesaria para proteger ciudades, infraestructuras energéticas, bases militares y rutas logísticas contra misiles, drones y municiones de vuelo prolongado. Es una temática tan relevante que ya no es sólo militar, también política, opinan los analistas de Banor. Porque el reto es crear una arquitectura de defensa en capas compuesta por sistemas de largo alcance, defensa aérea de medio alcance, soluciones de corto alcance, redes de radares, sensores, capacidades de guerra electrónica y sistemas antidrones.
A corto plazo, los mejores sistemas como el Patriot, el THAAD y el F-35 siguen siendo de EEUU, han sido probados en combate, y son totalmente interoperables dentro de la OTAN. A medio plazo, Europa quiere aumentar su cuota en sistemas de defensa aérea de corto y medio alcance, sistemas de radar, sensores, electrónica, tecnologías de lucha contra los drones, misiles y municiones relacionadas.
La guerra moderna cada vez se controla más desde plataformas de software. En Ucrania, los drones comerciales modificados, las municiones de vuelo prolongado, los sensores distribuidos, las capacidades de guerra electrónica y el software de coordinación, han demostrado ser muy eficaces, con un coste bajo.
Los tanques, los aviones de combate o los buques de guerra no se van a quedar obsoletos, según Banor, pero tendrán que funcionar como nodos dentro de una red más amplia.
Programas como el FCAS (Future Combat Air System), desarrollado por Francia, Alemania y España, y el GCAP (Global Combat Air Programme), con participación de Reino Unido, Italia y Japón, son ecosistemas de combate integrados compuestos por aeronaves tripuladas, drones, portadores remotos, nubes de datos y sensores interconectados. Por ello, el valor de una plataforma de Defensa se apoya en “la capacidad de integrar múltiples sistemas en una red operativa unificada”, afirman los expertos de Banor.
Nuevas empresas especializadas en inteligencia artificial (IA), ciberseguridad, sistemas autónomos y análisis de datos se están abriendo hueco en el mercado, aunque no sustituyen todavía a los grandes operadores, que disponen de certificaciones, relaciones con las autoridades, capacidad de fabricación, seguridad en la cadena de suministro y experiencia en la integración de programas complejos a gran escala.
Los proveedores estadounidenses se han beneficiado de la urgencia europea. Entre 2015-2019 y 2020-2024, las importaciones de armas en Europa crecieron un 105%, y la cuota de EEUU pasó del 52% al 64%. Lo que significa que el rearme europeo también ha beneficiado sobre todo a los contratistas de EEUU. Europa quiere reducir esta dependencia en terrenos como la munición, los vehículos terrestres, la defensa aérea de corto alcance, los drones, la electrónica y la ciberseguridad, donde podría sustituir más fácilmente a los proveedores norteamericanos.
El análisis de Banor define varios factores clave para la Defensa europea en 2026:
Europa está desarrollando un nuevo ciclo industrial en Defensa que se basa en el cambio de modelo, desde la protección de Estados Unidos y escasas inversiones, a la seguridad, la autonomía industrial y la preparación operativa como prioridades. Cambio para el que tiene que afrontar su fragmentación, las restricciones fiscales, los procesos de contratación lentos y la posibilidad de una desescalada geopolítica, que podrían producir picos de volatilidad, Y, sobre todo, mucho tiempo con escasas inversiones. Con la demanda en Defensa consolidada, la clave para los operadores será la capacidad industrial. Las empresas que triunfarán serán aquellas que puedan disponer de tecnología avanzada, fábricas, certificaciones, cadenas de suministro y capacidad de producción necesarias para entregar a escala, concluyen los expertos de Banor.