Miguel Ángel Valero
El mayor recorte de producción de petróleo en cuatro décadas, provocado por los ataques de Israel y de EEU a Irán, tendrá efectos sobre la inflación y el crecimiento económico. No obstante, la menor dependencia energética de la economía global y la liberación de las reservas estratégicas contribuirán a amortiguar su impacto, permitiendo que el ciclo se prolongue. Si bien el estrecho permanece cerrado, nos encontramos en la fase final de la disputa por Ormuz. Los incentivos de ambas partes convergen en una misma dirección: terminar el conflicto antes de provocar daños permanentes tanto a la economía global como a la propia supervivencia del régimen de los Ayatolás.
A pesar de una reducción de la producción de crudo de la OPEP de 9 millones de barriles diarios, la economía mundial sigue evolucionando razonablemente y el crecimiento prosigue en las principales regiones. Es una señal de que la economía mundial se ha ido desacoplando progresivamente de la energía fósil y que, con una resolución pronta del conflicto, la Tercera Guerra del Golfo no sumirá a la economía global en una recesión.
La reducción de la oferta de crudo se ha traducido en unos precios del petróleo más elevados –con el barril Brent por encima de los 100 dólares–, pero sin una transmisión tan virulenta como en el pasado a los precios de la electricidad, el gas o los alimentos. Los años de inversión en la diversificación del mix energético han permitido que el impacto actual esté muy lejos del observado en shocks energéticos anteriores. Pese a la relevancia de Catar en el mercado del gas –con una producción cercana al 20% del total mundial–, los precios de éste en los mercados europeos solo se han incrementado en torno a un 38%, hasta los 44 €/MWh. Una evolución muy contenida si se compara con la guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania, cuando los contratos llegaron a superar los 200€/MWh.
Por otro lado, evitar el desabastecimiento fue posible en gran medida por la liberación coordinada de reservas estratégicas de petróleo a nivel global, con una dotación conjunta de aproximadamente 400 millones de barriles y también por los esfuerzos de los países fuera del golfo Pérsico incrementando su producción. Durante este tiempo EEUU ha estado a la cabeza y sus exportaciones de crudo y derivados alcanzaron en algunos días de abril los 8 millones de barriles diarios –1 millón más que en febrero–, el punto más alto desde que existen datos.
No obstante, el eventual fin del conflicto no implicará un retorno inmediato de los precios del petróleo a los niveles previos. La transición hacia la normalidad será irregular y estará expuesta a episodios de volatilidad debido a dos factores. En primer lugar, la recuperación de la producción requerirá tiempo, ya que parte de la capacidad –especialmente en el segmento del gas– ha resultado dañada. Se estima que un 17% de la planta de Ras Laffan en Catar tardará hasta cinco años en restablecerse. A ello se suma el plazo de llegada a destino, que oscila entre 15 y 45 días, lo que retrasará la normalización plena de los flujos de petróleo y gas.
En segundo lugar, se encuentra la necesidad de recomponer las reservas estratégicas, un factor que ejercerá una presión adicional sobre la demanda. Según los datos disponibles a febrero, las reservas globales de los países miembros de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) se sitúan ligeramente por encima de los 4.000 millones de barriles. La liberación iniciada en marzo provocará que las reservas se sitúen por debajo de esta barrera por primera vez desde 2008.
En contraste, este episodio vuelve a poner de relieve la elevada dependencia energética de algunas economías. En este caso, las asiáticas son las más afectadas por el conflicto, ya que el 87% de las exportaciones de petróleo que atravesaban el estrecho de Ormuz tenían como destino esta región. Si bien el uso de combustibles fósiles ha disminuido en China –donde las energías renovables ya representan en torno al 35 % del mix–, otras grandes economías como India, Corea del Sur y Japón, con cuotas renovables del 25 %, 9% y 20%, respectivamente, probablemente se vean obligadas a revisar sus fuentes de producción energética, potenciando las renovables o la nuclear.
La salida de Emiratos Árabes Unidos de la OPEP se traducirá en un aumento de la oferta a medio plazo, una vez se resuelvan las tensiones en el estrecho. En consecuencia, a corto plazo, el precio del petróleo se mantendrá por encima de los niveles previos al conflicto. No obstante, a medio plazo, las perspectivas apuntan en la dirección opuesta: un petróleo más barato y con una influencia cada vez menor sobre la economía global.
Los mayores costes energéticos serán un lastre, pero un mercado laboral resiliente y la aceleración de la inversión tecnológica ante la ineludible adopción de la inteligencia artificial serán factores de apoyo para la actividad, más evidentes en la economía estadounidense.
El encarecimiento de la energía comienza a impactar en las principales economías europeas y en este trimestre veremos un mayor freno de la actividad. Los nubarrones se ciernen sobre las economías de la zona euro que se enfrentarán en los próximos meses a un aumento de los costes energéticos y un deterioro de las condiciones financieras que presionarán a la baja el crecimiento. Ahora bien, el actual shock energético dista mucho de lo vivido en 2022 con la invasión de Ucrania, ya que la zona euro se encuentra menos expuesta a la energía que circula a través del estrecho de Ormuz, situación que debería evitar un escenario de estancamiento prolongado como el visto durante ese periodo.
El aumento de los costes energéticos ya está empezando a lastrar la demanda interna en varios países, un impacto que previsiblemente se intensificará en el segundo trimestre donde no se puede descartar una contracción. Europa sigue teniendo una elevada dependencia de combustibles fósiles (representan casi el 70% de toda la energía consumida), especialmente en transporte. Además, el principal riesgo de transmisión de este shock energético proviene del sistema marginalista de fijación de precios eléctricos que podría amplificar el impacto del encarecimiento del gas, con importantes consecuencias para la industria y los hogares.
Es prematuro hablar de un escenario de estancamiento y fuerte repunte de la inflación como el visto en 2022, dado que actualmente el aumento de los precios de la electricidad en la zona euro se encuentran más “contenidos” y existen factores que paliarán este incremento de los combustibles fósiles. En primer lugar, ya se han desplegado las primeras medidas fiscales para tratar de atenuar el impacto de la subida de los precios de la energía. Por una parte, las principales economías han adoptado una serie de medidas temporales, con un enfoque que trata de minimizar el coste para las arcas públicas y que sean más focalizadas (ayudas directas a hogares vulnerables y la reducción de impuesto sobre carburantes son algunos ejemplos). Por otro lado, con la reciente experiencia de 2022, la Comisión Europea también ha desarrollado un plan de actuación con medidas de emergencia coordinadas como el almacenamiento de gas, liberación de reservas y un refuerzo del marco temporal de ayudas y apoyo directo a empresas intensivas en energía.
Pero la clave reside en el cambio registrado en el mix energético que la zona euro ha experimentado desde la crisis del gas de Rusia. El gas representa ahora algo más del 20% del consumo total de energía, tres puntos menos que hace cuatro años y, más relevante aún, es que las energías renovables le han sobrepasado y son ahora la segunda fuente de energía en la zona euro con un 21% de la cuota, que si sumamos la energía nuclear representan más de un tercio de todo el consumo.
The Trader: no basta con producir más, hay que transformar, transportar, exportar
En apenas dos décadas, EEUU pasó de ser uno de los mayores importadores de energía del planeta a convertirse en el principal productor mundial tanto de petróleo como de gas natural. Y no solo eso. Hoy también se ha convertido en uno de los grandes exportadores energéticos del mundo, alterando profundamente el equilibrio geopolítico global.
La guerra en Irán y las tensiones en el estrecho de Ormuz han vuelto a demostrar hasta qué punto el mercado energético mundial depende ya de la capacidad exportadora estadounidense. Mientras parte del suministro procedente de Oriente Medio quedaba amenazado, muchos países asiáticos giraron rápidamente hacia el crudo americano buscando una alternativa estable. Japón, Corea del Sur o Tailandia están incrementando sus compras de petróleo procedente de Texas, Luisiana o Alaska para reducir su dependencia del Golfo Pérsico.
Pero esta crisis también está dejando clara una realidad importante: incluso la nueva superpotencia energética mundial tiene límites físicos. Exportar más petróleo no depende únicamente de producir más barriles. Hace falta capacidad logística, puertos, oleoductos, barcos e infraestructura suficiente para mover toda esa energía hacia el exterior. Y ahí empiezan a aparecer los primeros cuellos de botella. EEUU se acerca cada vez más al máximo volumen de exportación que puede mantener de forma estable, mientras sus inventarios domésticos comienzan a caer con fuerza.
Además, existe una idea equivocada bastante extendida: pensar que EEUU está completamente protegido frente a las subidas energéticas simplemente porque produce muchísimo petróleo. La realidad es bastante más compleja. El petróleo funciona como un mercado global.
Si Asia o Europa pagan más por un barril, terminará saliendo de EEUU. Y eso provoca que las tensiones internacionales terminen trasladándose también al consumidor americano en forma de gasolina, diésel o queroseno más caros. Por eso, pese a la producción récord, EEUU vuelve a sufrir presión inflacionista en los precios energéticos. Al final, los consumidores americanos siguen compitiendo con el resto del mundo por acceder a esa energía.
Sin embargo, en el mercado del gas natural ocurre algo muy distinto. Aquí sí existe una separación mucho más clara entre la realidad doméstica estadounidense y los precios internacionales.
EEUU produce enormes cantidades de gas y se ha convertido también en uno de los mayores exportadores mundiales. Pero para poder vender ese gas a Europa o Asia primero debe transformarlo en gas natural licuado (GNL), un proceso industrial complejo y extremadamente caro que requiere grandes plantas de licuefacción y una infraestructura muy especializada. Y ahí aparece el verdadero límite. La capacidad de licuar gas no es infinita. EEUU produce mucho más gas del que realmente puede transformar y exportar con rapidez. Eso genera una situación muy diferente a la que ocurre con el petróleo.
Mientras Europa y Asia pagan precios mucho más elevados por el gas, dentro de EEUU suele existir una sobreoferta relativa que mantiene los precios bastante más bajos. No porque el gas americano sea necesariamente barato de producir, sino porque gran parte de esa producción no puede exportarse fácilmente.
Y esta diferencia es fundamental para entender la nueva realidad energética mundial. El petróleo americano está completamente conectado con el mercado global y sus precios terminan moviéndose al ritmo de las tensiones internacionales. El gas, en cambio, sigue mucho más condicionado por las limitaciones físicas de transporte y exportación.
"En el fondo, la gran lección de esta crisis es que la 'dominancia energética' de EEUU es enorme… pero no ilimitada. Porque en el nuevo mundo energético ya no basta simplemente con producir más. La verdadera ventaja estratégica estará en la capacidad de transformar, transportar y exportar esa energía cuando el resto del mundo más la necesita. Y si alguien duda de ello, que se lo pregunte ahora mismo a Oriente Próximo: puedes tener petróleo de sobra bajo tierra, pero si no puedes moverlo, es como no tenerlo", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.