16 May
16May

Miguel Ángel Valero

A pesar de la enorme diferencia de fuerzas que existe entre EEUU. e Irán, a lo largo de la historia ha quedado probado que la hegemonía de los grandes imperios no viene exclusivamente determinada por su supremacía militar. Hay ocasiones en las que la humildad y la estrategia para abordar las contiendas puede llegar a condicionar enormemente su resultado. Bien lo saben los iraníes, que son conocedores del salvaje final de Ciro II, el gran fundador del imperio persa. Este colosal rey guerrero se apoderó de Babilonia y de Lidia, conquistó Mesopotamia y llevó la frontera de su imperio hasta las costas del mar Egeo. Nada se le resistía hasta que se adentró en la inmensidad de las estepas de Asia Central –el actual Uzbekistán– y batalló contra los masagetas de la reina Tomiris, cuyo hijo apresó. 

Tomiris juró ante su dios Sol que si los persas no le devolvían a su vástago sano y salvo se vengaría hasta que quedara saciada su sed de sangre. Ciro, como Trump en nuestros días, convencido de su extrema superioridad ignoró la amenaza, se rio de la reina de la tribu bárbara y liquidó a su hijo. A pesar de la enorme desigualdad de fuerzas Tomiris logró apresar a Ciro el Grande y cumplió con su promesa decapitándolo y enterrando su cabeza en un odre de vino. 

Aunque dos milenios y medio más tarde, el pescuezo de Trump no parece estar en juego, el presidente norteamericano se ha metido en un buen lío. Debe encontrar una salida rápida y el memorando de entendimiento que está sobre la mesa puede ser una buena alternativa para proclamar ante los suyos una “victoria suficiente” y reabrir el pulmón energético del Golfo Pérsico. Trump no puede empecinarse en alargar un conflicto que no es prioritario para EEUU, ni obcecarse en resolver un complicado pacto nuclear mientras sus ciudadanos comienzan a sufrir las consecuencias económicas del bloqueo de Ormuz con el encarecimiento de la gasolina (+50%), de los vuelos (+15%), o hipotecas al 6,4%.

A menos de seis meses de las elecciones legislativas de medio mandato en noviembre, el presidente republicano debería centrarse en revertir el signo de unas encuestas que, tras el inicio de la guerra, anticipan su pérdida de control de las dos cámaras. La disputa en el Senado está tan reñida que la victoria se dirimirá entre apenas siete Estados bisagra –principalmente Michigan, Maine y Ohio–. El tiempo corre y, mientras se intensifica la presión económica, la cumbre de Pekín con Xi Jinping no ha generado ningún avance en el conflicto, ni en la guerra comercial entre EEUU y China, ni en el frente geopolítico. 

Trump debe buscar un acuerdo antes de que se agote el poco margen adicional que le concede la Resolución de Poderes de Guerra para mantener la intervención en Irán sin la aprobación del Congreso, que concluye el 28 de mayo.

Irán, por su parte, también está sometido a gran presión. Aunque, a diferencia de lo que le ocurrió a Ciro II, la subsistencia de su régimen teocrático parece garantizada por el momento, éste ha sufrido enormes daños militares y el bloqueo de las fuerzas norteamericanas no solo limita la exportación del 98% de sus recursos energéticos, sino que, con una capacidad de almacenamiento ya al 92%, le obligará a frenar la producción energética en el plazo aproximado de una semana. De alargarse esta situación, complicaría de forma muy significativa el rearranque de sus pozos más antiguos, lo que supondría la pérdida permanente de aproximadamente el 13% de su capacidad productiva actual. Por este motivo, desde hace varias semanas y tras el alto el fuego, el país se ha mostrado dispuesto a negociar y ha presentado diversas propuestas concretas de acuerdo. 

En cuanto a las Bolsas, tras más de dos meses de conflicto, se ha demostrado válida la estrategia de mantener exposición y no dejarse arrastrar por los titulares alarmistas, confiando en la superioridad de los incentivos electorales frente a las ansias trumpistas de “imperializar” Irán. 

Las Bolsas 'pasan' del conflicto y suben por la IA y los resultados empresariales

El mercado sigue la pauta de que la revalorización mediana del S&P 500, tras un año del inicio de los principales conflictos bélicos, es del +7,8%. A pesar de las subidas y los nuevos máximos, EEUU y algunos mercados emergentes cotizan incluso a múltiplos más atractivos que a comienzos de año –un 8% y 13% respectivamente–, gracias gracias a la publicación de unos sólidos resultados empresariales.

Los beneficios del primer trimestre, favorecidos por la tecnología, han sorprendido de forma muy positiva y crecen al 29% frente al 14% que esperaba el consenso. Sin duda la inversión en inteligencia artificial (IA) se mantiene firme y la oleada de destrucción creativa continúa superando estimaciones con fuerza.

Como referencia, solo el capex que este año llevarán a cabo los cinco principales hiperescaladores –Amazon, Google, Meta, Microsoft y Oracle–, que se cifra en 800.000 millones$, es equivalente a todo lo que se gastaron el año pasado la totalidad de empresas no tecnológicas del S&P 500, y supone el doble de la inversión que llevaron a cabo en 2025, y el triple de 2024. Un contexto que sigue ofreciendo potencial a la renta variable de cara al extraordinario ciclo de inversión actual y que no tiene pinta de que vaya a desfallecer.

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