31Jan

En un mundo donde el comercio se utiliza cada vez más como instrumento de poder, apostar por acuerdos a largo plazo con India o con Mercosur no es solo una decisión económica. Es una declaración de intenciones sobre el lugar que Europa quiere ocupar en el nuevo orden global. Lo que también beneficia a sus bonos.

Miguel Ángel Valero

El intento de anexión de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca, ha sido el punto de no retorno para las complejas relaciones entre la Unión Europea y Donald Trump, especialmente desde el pomposo Día de la Liberación Arancelaria de principios de abril de 2025. A una inicial política de apaciguamiento y de no enfrentamiento, que llevó a un acuerdo comercial que suponía pagar muchos más aranceles que antes, le sucede ahora una estrategia de diversificación y de reducción de la dependencia respecto a EEUU y también a China, que se ha concretado en acuerdos con India y con Mercosur. También cuentan aquí los estrechamientos de relaciones con Canadá (hasta el punto de que ya no parece una utopía plantear su incorporación a la Unión Europea) y con Reino Unido, especialmente en seguridad. Y los acercamientos a China, todavía sin grandes resultados.

En un mundo cada vez más fragmentado, la Unión Europea ha cerrado uno de los acuerdos comerciales más relevantes de su historia reciente. La UE y la India han alcanzado un pacto de libre comercio de dimensiones históricas que conectará a casi 2.000 millones de personas y concentrará cerca de una cuarta parte del PIB mundial. No es un tratado más. Es una decisión estratégica marcada por la geopolítica, la urgencia y, en buena medida, por Trump.

Durante años, las negociaciones entre la UE y la India avanzaron lentamente, bloqueadas por aranceles, estándares regulatorios y, sobre todo, por la movilidad laboral. Pero la vuelta de Trump a la Casa Blanca cambió el ritmo. Sus amenazas arancelarias, el uso del comercio como arma política y la sensación de ruptura del viejo equilibrio atlántico actuaron como catalizador. Bruselas entendió que debía acelerar la diversificación de sus alianzas, y Nueva Delhi llegó a la misma conclusión tras constatar que, pese a la aparente cercanía entre Trump y Narendra Modi, EEUU no estaba dispuesto a ofrecer un acuerdo comercial estable ni respetuoso.

Ese doble desencanto explica la velocidad final del pacto. En apenas un año, y tras casi dos décadas de negociaciones intermitentes, la UE decidió cerrar lo que desde la propia Comisión se ha bautizado sin complejos como “la madre de todos los acuerdos comerciales”. El simbolismo fue claro: el viaje conjunto del presidente del Consejo Europeo, António Costa, y de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, a Nueva Delhi, como invitados de honor al Día de la República india, escenificó que Europa ve a la India como un socio estratégico de largo plazo, no como un simple mercado de oportunidad.

Para Europa, el contexto no podría ser más delicado. La relación con EEUU atraviesa uno de sus momentos más tensos, la dependencia de China se percibe cada vez más como un riesgo estratégico, y las cadenas de suministro siguen expuestas a shocks geopolíticos. En ese escenario, la India aparece como la gran alternativa: una economía que crece por encima del 6% anual, que ya ha superado al Reino Unido como quinta potencia mundial y que todo apunta a que será la tercera antes de que termine la década.

El acuerdo permitirá reducir hasta 4.000 millones€ anuales en aranceles para los exportadores europeos, con recortes muy significativos en sectores como el vino, el aceite de oliva, la automoción, la maquinaria industrial o los productos químicos. Para una industria europea castigada por la pérdida de competitividad y por un entorno global cada vez más hostil, el acceso preferente a un mercado de 1.400 millones de personas no es menor. Al mismo tiempo, la India se consolida como alternativa real a China como plataforma manufacturera y tecnológica, atrayendo inversión extranjera y creando empleo industrial para una población joven que sigue creciendo.

Desde el punto de vista geopolítico, el pacto refuerza el papel de la India como potencia bisagra. Nueva Delhi mantiene relaciones con Rusia, China, EEUU y Europa sin alinearse plenamente con ninguno, y esa autonomía estratégica es precisamente lo que la hace atractiva para Bruselas. Para la UE, el acuerdo es una forma de ganar margen de maniobra en un mundo donde las reglas del comercio global se están reescribiendo a golpe de arancel y presión política.

El contraste con Mercosur es inevitable. Mientras el acuerdo con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay sigue atrapado en resistencias internas, vetos cruzados y bloqueos políticos tras más de 25 años de negociaciones, el pacto con la India avanza con menos oposición interna y con una lógica más claramente geoestratégica. Mercosur se ha convertido en el símbolo de la lentitud y las contradicciones europeas; la India, en cambio, representa una apuesta pragmática por diversificar riesgos, aunque eso implique asumir concesiones incómodas, como una mayor apertura a trabajadores cualificados indios en un continente envejecido y con escasez estructural de talento.

Este acuerdo entre la Unión Europea y la India dice mucho más de Europa que de la propia India. Revela hasta qué punto Bruselas ha entendido, quizá tarde pero con claridad, que su futuro económico y político pasa por diversificar alianzas y reducir dependencias peligrosas. También refleja un cambio de mentalidad: frente a la parálisis de Mercosur y al deterioro del vínculo con EEUU, Europa ha optado por moverse. En un mundo donde el comercio se utiliza cada vez más como instrumento de poder, apostar por un acuerdo amplio, complejo y a largo plazo con la India no es solo una decisión económica. Es una declaración de intenciones sobre el lugar que Europa quiere ocupar en el nuevo orden global.

Mercosur, la historia interminable

Mientras tanto, el acuerdo de la UE y Mercosur es la historia interminable. Después de firmarse tras más de 25 años de negociaciones, el Parlamento Europeo ha solicitado al Tribunal de Justicia de la UE (TUE) opinión sobre su legalidad, un proceso que podría prolongarse hasta dos años. No se avanzará en la ratificación hasta que el TUE emita su opinión. En el peor escenario, si detectara incompatibilidades con los tratados de la UE, sería necesario renegociarlo.

Las condiciones actuales contemplan la eliminación gradual durante 10 años de los aranceles a los bienes industriales, lo que beneficiaría principalmente a los exportadores de automóviles europeos, actualmente gravados con un 35%. En cuanto a los productos agrícolas, se eliminarían los tributos al 93% de este tipo de exportaciones europeas y se liberalizaría el 82% de estas importaciones procedentes de Mercosur. El acuerdo también establece cuotas para productos sensibles como la carne vacuna, el pollo o el azúcar, además de una cláusula de salvaguardia. La Comisión monitorizaría estos productos y, en caso de alterar sus precios en un 5%, lanzaría una investigación. Si determinase que hay perjuicio a los ganaderos europeos, podría revertir la eliminación de los aranceles.

A pesar del debate político y del potencial impacto en algunos sectores específicos, la relevancia del acuerdo para la UE es relativamente limitada: el comercio con Mercosur representa únicamente el 2,2% del total extracomunitario.

En cualquier caso, la aprobación del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur llega en un momento de toma de conciencia estratégica. Europa empieza a asumir algo que durante décadas evitó afrontar: ya no puede depender de EEUU ni para su seguridad, ni como socio comercial central, ni como garante último del orden internacional.

La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania dejó al descubierto la fragilidad del paraguas defensivo europeo. Y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha terminado de romper cualquier ilusión residual. EEUU ya no actúa como aliado previsible, sino como una potencia que prioriza su interés inmediato, utiliza los aranceles como arma política y no distingue entre competidores, socios o aliados. En ese contexto, Europa entiende que diversificar riesgos no es una opción ideológica, sino una necesidad estratégica.

Durante años, la UE miró hacia otro lado cuando se trataba de América Latina. Ese vacío lo ocupó China con una estrategia paciente y coherente: inversiones masivas en infraestructuras críticas (puertos, ferrocarriles, carreteras y energía) a cambio de acceso preferente a materias primas y mercados. Una relación útil para muchos países latinoamericanos, pero profundamente asimétrica. Mucho comercio, sí, pero poca industrialización local y escasa transferencia de valor añadido.

China no solo ha hecho eso en América Latina. Ha replicado el modelo en África y en buena parte de Asia, construyendo una red de dependencias económicas que le permite reducir su exposición a Estados Unidos, asegurar suministros estratégicos y ampliar su influencia política. Mientras Washington amenaza y sanciona, Pekín ofrece financiación, obra pública y acceso a su mercado. No impone reglas democráticas, pero sí genera dependencia estructural.

Frente a ese tablero, el acuerdo entre la UE y Mercosur representa una apuesta distinta. Europa no ofrece coerción ni cheques a cambio de lealtad, sino integración bajo reglas compartidas. Un espacio de libre comercio que, si se ratifica plenamente, será el mayor del mundo y que se regirá por estándares comunes en materia laboral, medioambiental y regulatoria. Para América Latina, abre la puerta a atraer inversión productiva y avanzar en industria y empleo de mayor calidad. Para Europa, supone acceso a mercados clave, diversificación comercial y un ahorro inmediato de miles de millones en aranceles.

El coste interno es real y no menor. Sectores como la agricultura y la ganadería europeas, especialmente en países como Francia o España, perciben el acuerdo como una amenaza directa. Pero aquí aparece una diferencia clave frente a otros modelos de poder: la Unión Europea asume el conflicto dentro de su propio sistema político, lo debate y trata de compensarlo con salvaguardias y fondos comunitarios. Eso no elimina la realidad de fondo: habrá ganadores y perdedores. Muchos profesionales del sector verán cómo su modelo de negocio deja de ser viable, explotaciones familiares quedarán por el camino y proyectos de vida construidos durante décadas se verán truncados. Como en toda gran negociación, se cometerán injusticias y no todos los costes se repartirán de forma equitativa. La diferencia es que Europa, al menos, reconoce ese daño, lo discute abiertamente y trata de amortiguarlo, aunque no siempre lo consiga.

Mercosur no es un acuerdo perfecto. Tiene riesgos, genera fricciones y exige sacrificios. Pero encaja en una lectura más amplia del mundo que viene. EEUU se vuelve imprevisible y utiliza el comercio como arma. China expande su influencia comprando dependencia. Europa, con todas sus limitaciones, intenta construir alianzas estables basadas en normas, no en la fuerza.

En ese contexto, Mercosur no es solo un tratado comercial. Es la constatación de que Europa ha entendido que el mundo ha cambiado y que su supervivencia geopolítica pasa por dejar de depender de un único socio y empezar a tejer su propia red de alianzas. Más lenta, más incómoda y menos espectacular, pero probablemente más sostenible.

El acuerdo con Mercosur refleja mejor que ninguna otra iniciativa la encrucijada en la que se encuentra Europa. Puede optar por replegarse, proteger a corto plazo a sectores concretos y aceptar un papel cada vez más irrelevante en el nuevo orden global, o asumir costes internos para defender una visión de largo plazo basada en diversificación comercial, reglas compartidas y autonomía estratégica. No es un camino cómodo ni popular, pero sí el único coherente con la realidad del mundo que viene. 

"En un entorno donde unos imponen por la fuerza y otros compran lealtades con cheques, Europa empieza a asumir que integrarse, tejer alianzas y reducir dependencias no es una elección ideológica, sino una condición para seguir jugando la partida", subraya el analista Pablo Gil en The Trader. 

DWS: los bonos europeos ganan atractivo

Dentro de este contexto, un análisis de DWS muestra que, cada vez más, la reducción de los diferenciales de la Eurozona dice menos sobre las virtudes europeas y más sobre las inquietudes en muchos de los otros mercados de bonos del mundo

En los primeros días del euro, la reducción de los rendimientos de los bonos del Estado se consideraba una prueba de que la moneda única estaba surtiendo efecto. En 2007, Italia, España y Francia podían obtener préstamos a tipos de interés muy similares a los de Alemania. Luego llegó la crisis de la zona euro y, con ella, el doloroso recordatorio de que la convergencia de los tipos de interés nominales no siempre es sinónimo de estabilidad futura.

Como muestra el gráfico de DWS, los rendimientos de los bonos italianos, españoles e incluso franceses han vuelto a situarse en los niveles previos a la crisis, en términos de sus diferenciales relativos con respecto a los bonos alemanes. Esto refleja años de dolorosas reformas internas, junto con los esfuerzos europeos por mantener intacta la transmisión monetaria y evitar la fragmentación. La declaración de Mario Draghi en 2012 de “haremos todo lo que sea necesario” sigue proyectando una larga sombra. Irlanda y Grecia, que en su día fueron sinónimo de disfunción a los ojos de los inversores en bonos del Estado, tienden hoy en día a cotizar a niveles comparables a los de Austria y Bélgica.

Pero esta última oleada de convergencia se debe tanto a la turbulencia en otros lugares como a la calma política en el Banco Central Europeo (BCE). La crisis soberana más espectacular de los últimos años, tras un minipresupuesto para 2022 que fue mal acogido, se produjo en Londres, no en Lisboa. EEUU y Japón luchan ahora con sus propios demonios fiscales, lo que hace que el drama político europeo se vea bajo una luz más indulgente.

La saga presupuestaria de Francia es un buen ejemplo de ello. La parálisis política, un Gobierno que impone medidas y la perspectiva de múltiples votos de censura podrían haber provocado un aumento vertiginoso de los diferenciales. Esta vez, los mercados apenas se inmutaron, y no solo porque parece probable que el Gobierno sobreviva y evite unas elecciones anticipadas. Fundamentalmente, ¿por qué entrar en pánico por las tácticas de procedimiento en la Asamblea Nacional cuando el rendimiento a 30 años de Japón está fluctuando y Washington está jugando con la idea de comprar Groenlandia?

Las mejoras estructurales también han contribuido. Italia y España son los mayores beneficiarios de los fondos de recuperación pospandémicos de la UE, lo que ayuda a estabilizar la deuda pública en los niveles actuales. Últimamente, ambos países tienden a cotizar con diferenciales más ajustados que Francia. “Los compradores extranjeros también han vuelto”, señala Ulrike Kastens, economista senior de DWS. “Según los datos del banco central, la proporción de bonos soberanos franceses e italianos en manos de extranjeros se ha ido recuperando en los últimos años. Hoy en día, la estabilidad es un concepto relativo, y Europa se está beneficiando de los dramas de los demás”, subraya.

28Jan

La cuota de China en la minería y extracción mundial de tierras raras es de aproximadamente el 70%, posición que utilizó contra EEUU durante la segunda guerra comercial de 2025. Groenlandia es fuente de 31 de los 34 minerales críticos.

Miguel Ángel Valero

Anthony Willis, Senior Economist en Columbia Threadneedle Investments, avisa: "Si echamos la mirada atrás desde la década de 1950 hasta 2018, cuando el presidente de EEUU, Donald Trump, empezó a hablar por primera vez de impulsar medidas relacionadas con el comercio, la tasa arancelaria efectiva media de EEUU se situaba en torno al 4%. De hecho, entramos en 2025 con una tasa arancelaria efectiva del 2,5%, pero terminamos el año en el 14,4%. A pesar del ruido en torno a “TACO”(Trump Always Chickens Out) y la sugerencia de que estas políticas realmente no llegan a término, el mundo opera ahora en el régimen arancelario más elevado de los últimos 70 años".

"Esperamos que los aranceles sigan vigentes durante un periodo prolongado", pero al mismo tiempo este experto recuerda que alrededor de dos tercios de estos gravámenes se imponen en virtud de la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA). Esta ley suele reservarse para acontecimientos de seguridad nacional. Si se eliminasen los aranceles de la IEEPA, la tasa arancelaria efectiva de EEUU caería a alrededor del 8%. Los ingresos del Gobierno estadounidense caerían de unos 2,3 billones$ a 1,2 billones. Para los hogares, el impacto negativo de algo más de 1.200 dólares se reduciría a alrededor de600 dólares y el lastre arancelario sobre el PIB de aproximadamente el 0,4% se convertiría en un impulso positivo del 0,1%. 

Incluso si el Tribunal Supremo acabase dictaminando que los aranceles son ilegales bajo la IEEPA, la Administración Trump todavía dispondría de otras opciones para imponer estas medidas a sus socios comerciales.

Entonces, ¿qué aprendimos con la marcha atrás de EEUU sobre las amenazas arancelarias a Groenlandia? Hay tres maneras de responder o hacer frente a los aranceles:

  • En primer lugar, aceptarlos: una postura que apacigua a la Administración. Lo vimos el año pasado cuando la UE aceptó una tasa arancelaria del15% sobre la base de que continuaría el apoyo estadounidense a Ucrania.
  • La segunda respuesta es contraatacar, una estrategia adoptada por China, que fue la única gran potencia económica en imponer sus propios aranceles de represalia. Esos movimientos acabaron dando lugar a un acuerdo, pero solo después de una breve - aunque significativa - guerra comercial. 
  • una reacción importante de los mercados financieros que frene ,la medida, como sucedió con Groenlandia

Desde el punto de vista político, el resultado de estos acontecimientos es una nueva pérdida de confianza entre EEUU y Europa. En el lado positivo, sin embargo, la OTAN permanece intacta y quizá desde la perspectiva estadounidense se haya producido una toma de conciencia de que la estabilidad de la OTAN es más importante para la seguridad nacional que adquirir Groenlandia.

El ánimo en los mercados financieros está algo alterado, y se ve reflejado en el oro cotizando en o cerca de máximos históricos. Las amenazas arancelarias no han desaparecido y Trump amenazó con un arancel del 100% a Canadá; el tiempo dirá si esa retórica gana tracción.

"A pesar de una geopolítica inquietante, el telón de fondo económico sigue siendo sólido, con un repunte cíclico impulsado por el estímulo fiscal y una política monetaria favorable", concluye.

Evli: el apaciguamiento europeo fracasa con Trump

Para Valtteri Ahti, Chief Investment Strategist y Head of Investment Research de la gestora nórdica Evli, Groenlandia ha demostrado que la política de apaciguamiento que ha practicado Europa hasta la fecha ha resultado un fracaso, y que Trump sin duda obtendrá las ventajas en recursos y seguridad de persigue: "Los acontecimientos recientes relacionados con Groenlandia demuestran que la política exterior europea de apaciguar, en lugar de enfrentarse al presidente de EEUU, Donald Trump, puede haber resultado contraproducente. En un mundo dominado por Trump, Putin y Xi, los débiles son presa fácil, a pesar de los valores e historia compartidos. Europa es vista como débil en Washington y, por tanto, sujeta a nuevas exigencias. La crisis de Groenlandia es una crisis de identidad europea.

Trump ha insistido repetidamente en que EEUU debería poseer Groenlandia y ha dejado claro su disposición a comprar o adquirir la isla por otros medios. Trump ya hizo propuestas en su anterior administración en 2019, pero esta vez el tono ha cambiado claramente. Dinamarca y Groenlandia han dejado claro que Groenlandia no está en venta y que están dispuestos a satisfacer las demandas estadounidenses de seguridad o recursos estratégicos.

En un giro irónico, ocho naciones europeas—Dinamarca, Finlandia, Suecia, Noruega, Alemania, Francia, Reino Unido y Países Bajos—desplegaron tropas en Groenlandia bajo la operación “Resistencia Ártica”. Sobre el papel, la medida pretendía abordar una preocupación clave de EEUU: que Europa no era capaz de garantizar la seguridad de Groenlandia. 

Sin embargo, Trump interpretó el movimiento como un desafío y lo utilizó como pretexto para aumentar la presión. Un Trump enfurecido impuso aranceles crecientes a estos ocho países europeos hasta que se firme un acuerdo para la adquisición total de Groenlandia. Los aranceles comienzan en un 10% el 1 de febrero de 2026 y aumentan automáticamente al 25% el 1 de junio de 2026 si no se alcanza un “acuerdo de compra”.

No es la primera vez que Groenlandia está en el centro de disputas geopolíticas. Tras la Segunda Guerra Mundial, EEUU, bajo el presidente Harry S. Truman, comprendió que, en caso de guerra nuclear con la Unión Soviética, la distancia más corta entre ambas potencias era sobrevolando Groenlandia con bombarderos. Por ello, EEUU necesitaba Groenlandia para apoyar su flota de bombarderos y como medio para detectar y derribar bombarderos soviéticos.

EEUU ofreció en secreto a Dinamarca 100 millones$ en lingotes de oro por la isla. Entonces, como ahora, Dinamarca rechazó rotundamente la compra. También entonces, Dinamarca estaba dispuesta a atender las preocupaciones militares estadounidenses. El Acuerdo de Defensa de Groenlandia de 1951 permitió a EEUU establecer “áreas de defensa”, especialmente la Base Aérea de Thule (ahora Base Espacial Pituffik), y tener acceso militar permanente y control de seguridad.

En su apogeo, a finales de los años 50 y 60, tras la construcción de Thule, había entre 10.000 y 12.000 soldados estadounidenses en Groenlandia operando 17 bases principales. Groenlandia servía como punto principal de repostaje y escala para bombarderos B-52 armados con armas nucleares. La tecnología y los misiles intercontinentales acabaron reemplazando a las flotas de bombarderos; hoy en día, hay aproximadamente 150–200 efectivos estadounidenses en Groenlandia.

El interés de EEUU por Groenlandia es doble: seguridad y recursos estratégicos. En cuanto a seguridad, el papel de Groenlandia ha pasado de ser una base flotante de bombarderos a un nodo vital del sistema de defensa antimisiles. Al igual que Dinamarca atendió las necesidades de defensa de Truman, está claro que Dinamarca y Groenlandia están dispuestos a atender las necesidades de Trump. De hecho, la economía estancada de Groenlandia probablemente agradecería el impulso de infraestructuras que supondría la construcción de estaciones de radar y silos de interceptores por parte de EEUU.

Trump también quiere Groenlandia por sus recursos estratégicos. La cuota de China en la minería y extracción mundial de tierras raras es de aproximadamente el 70%, posición que utilizó contra EEUU durante la segunda guerra comercial de 2025. Groenlandia es fuente de 31 de los 34 minerales críticos. EEUU insiste en que quiere impedir que China desarrolle minerales de tierras raras en Groenlandia. Actualmente hay dos grandes yacimientos mineros no operativos: Tanbreez, respaldado por EEUU, y Kvanefjeld, vinculado a China. Sin embargo, EEUU ya ha conseguido bloquear el proyecto chino haciendo que Groenlandia lo detenga alegando que el yacimiento es rico en uranio. Groenlandia ya ha demostrado que EE. UU. puede obstaculizar a sus rivales si así lo desea.

En el caso de Groenlandia, es difícil encontrar algún electorado relevante que apoye una toma de control, especialmente si implica el uso de la fuerza. En encuestas de Quinnipiac, ABC News e Ipsos, entre el 86 y el 91 % de los estadounidenses se oponen al uso de la fuerza militar para tomar Groenlandia. Dentro del movimiento MAGA, la mayoría apoya “America First”, que tradicionalmente significa no involucrarse en aventuras extranjeras. La única parte interesada en tomar Groenlandia sea el propio Trump. Dado que las demandas de seguridad y recursos estratégicos de EE. UU. ya pueden ser satisfechas, su motivo podría ser simplemente el legado. Quiere dejar su huella en la historia añadiendo un gran territorio a EEUU. Como no ha conseguido atraer a Canadá, Groenlandia podría ser la siguiente mejor opción.

La política europea de apaciguar a Trump parece haber fracasado. Europa estaba dispuesta a acomodar a Trump y evitar una guerra comercial por temor a que EEUU retirara su apoyo a Ucrania. Ahora Europa podría estar pagando el precio por parecer débil, y Trump ha vuelto a por más. Los europeos están más que dispuestos a ofrecer a EEUU un acuerdo que satisfaga sus demandas de seguridad y recursos.

Natixis: India, la mejor oportunidad para la UE

India y la Unión Europeahan cerrado al fin un ambicioso acuerdo de libre comercio que redefine el mapa de las alianzas económicas globales. Llamado “la madre de todos los acuerdos” por sus enormes cifras, podría duplicar las exportaciones de la UE para 2032 y recortar 4.000 millones€ anuales en aranceles. En este contexto, Alicia García Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico en Natixis CIB, considera que “India no es solo una alternativa, sino que es la mejor oportunidad de Europa para liberarse de la dependencia excesiva de China, especialmente ahora que el mercado de Pekín se vuelve más arriesgado con guerras comerciales y disrupciones en las cadenas de suministro”. Además, también argumenta importantes implicaciones del TLC para España como: 

  • Este acuerdo podría potenciar las exportaciones españolas en sectores como el aceite de oliva, el vino y la maquinaria, donde ya hemos visto un crecimiento del 30% en el comercio bilateral desde 2020, posicionando a Madrid como una puerta de entrada clave de la UE a Asia del Sur y reduciendo la vulnerabilidad ante la coerción económica china.
  • Nuestros gigantes automovilísticos como SEAT y las empresas de energías renovables podrían inundar el mercado indio, creando empleos en casa y compensando nuestra desaceleración doméstica, todo mientras forjamos un bloque comercial que rivaliza con el duopolio EE.UU.-China.
  • Es una jugada geopolítica audaz para contrarrestar el dominio de China en Asia, de la que Europa, incluida España, no puede quedarse al margen. Para los españoles, significa fortalecer nuestras rutas comerciales mediterráneas y atraer inversión directa india en turismo e infraestructuras, convirtiendo amenazas potenciales como los aranceles estadounidenses en oportunidades para una postura de la UE más independiente.
  • Para 2030, la economía india podría eclipsar a la alemana, ofreciendo un motor de crecimiento que se alinea con nuestros objetivos de transición verde. España podría aprovechar esto para crear un puente trilateral -UE-India-Latam- que amplifique nuestra influencia global y asegure una prosperidad sostenible en medio del proteccionismo creciente.

 Unido a esto, García Herrero explica que, aunque el Acuerdo de Libre Comercio UE-India es un cambio de juego, “está lejos de ser perfecto”. Denuncia la falta de protecciones sólidas para los inversores europeos y españoles y, en su opinión, “expone a las empresas de la UE a los caprichos regulatorios impredecibles de India, potencialmente ahuyentando a compañías españolas en telecomunicaciones, renovables o infraestructuras que necesitan garantías férreas para comprometerse a largo plazo y expandir sus operaciones en un mercado con tanto potencial”. 

También critica que se excluya a sectores clave como agricultura y lácteos, ya que para España significa “ganancias limitadas en la exportación de productos sensibles donde los aranceles siguen siendo una barrera” y argumenta que “es una oportunidad perdida para inundar el mercado de la clase media india”. Además, lamenta la ausencia de estándares laborales y ambientales ejecutables, un compromiso que “socava la agenda comercial basada en valores de Europa”. 

Así, para la experta, este TLC “es una espada de doble filo que promete un renacimiento económico, pero exige vigilancia en la implementación”. Una razón por la que “Madrid debería presionar a Bruselas para un cierre rápido de los pactos de inversión para salvaguardar las inversiones españolas en India, ya que, de lo contrario, corremos el riesgo de un acuerdo desequilibrado que favorezca el proteccionismo indio sobre nuestro ethos de mercado abierto”.

08Jan

El mensaje global que se lanza es inquietante: si eres lo suficientemente fuerte, puedes imponer tu ley. Lo más peligroso no es que esto ocurra. Es que empiece a parecernos normal.

Miguel Ángel Valero

Lo de Venezuela no es un cambio de gobierno. Es la confirmación de un cambio de época. La caída de Nicolás Maduro y su sustitución por Delcy Rodríguez (presentada como presidenta “interina”, pero en la práctica como una pieza funcional dentro de una transición teledirigida desde Washington) es el tipo de acontecimiento que obliga a releer el mapa entero. "Porque aquí no estamos ante una presión internacional clásica, ni ante una transición pactada, ni ante un proceso avalado por consensos multilaterales. Estamos ante algo mucho más incómodo: una demostración de fuerza convertida en método", señala el analista Pablo Gil en The Trader.

El relato oficial se apoya en la justicia penal estadounidense y en la figura del narcotraficante perseguido. Pero cuesta creer que ése sea el verdadero motor. No porque el narcotráfico no exista, sino porque el premio es demasiado grande como para reducirlo a una cuestión moral o judicial. Venezuela es el país con más reservas de petróleo del mundo. Y ese dato, por sí solo, explica muchas cosas. Aunque lo realmente revelador es la paradoja: tener petróleo no te convierte en potencia energética si no puedes extraerlo.

La industria petrolera venezolana lleva años destruida desde dentro. Falta de inversión, infraestructuras obsoletas, oleoductos y gasoductos deteriorados, ausencia de seguridad jurídica, fuga de talento y un crudo especialmente complejo: pesado, con alto contenido en azufre y muy caro de refinar. Extraer un barril en Venezuela puede costar hasta diez veces más que en Arabia Saudí. En un entorno de precios relativamente bajos, eso lo cambia todo. Porque la cuestión deja de ser cuántas reservas tienes y pasa a ser cuánto te cuesta convertirlas en dinero. Esto explica también por qué las grandes petroleras internacionales han mostrado históricamente tan poco entusiasmo. Venezuela no es un yacimiento: es un proyecto de reconstrucción industrial, financiera y política. Decenas de miles de millones serían necesarios solo para levantar mínimamente el sector. Y, aun así, Trump no ha optado por influir. Ha optado por mandar. Lo que deja claro que el petróleo no es solo un negocio, sino un instrumento geopolítico.

Para Trump, Venezuela no es solo la caída de una dictadura. Es una pieza del hemisferio occidental, y eso implica una regla no escrita, pero muy clara: esa región es territorio estratégico estadounidense. El mensaje va dirigido directamente a China y a Rusia. La vieja idea de “América para los americanos” regresa sin complejos, sin diplomacia y sin disfraces. Washington no está dispuesto a tolerar potencias rivales, ganando influencia, recursos o posiciones estratégicas en lo que considera su zona de control natural. Por eso no sorprende que, tras la operación, el discurso se haya centrado en el “acceso total” al país y en el control de la transición. No es diplomacia. Es tutela. Un sheriff a distancia con palancas claras: embargo petrolero, sanciones, reconocimiento internacional y la amenaza explícita de derrocar también a la marioneta si no obedece.

Lo verdaderamente importante es lo que este episodio revela sobre el orden mundial. Durante décadas hemos vivido en un sistema imperfecto, a menudo hipócrita, pero con una liturgia clara: resoluciones, marcos legales, negociaciones, organismos multilaterales. Se respetaban las formas, aunque luego se forzaran los contenidos. Ahora ya no.

La operación en Venezuela no se articula bajo el paraguas de Naciones Unidas ni busca un consenso internacional real. Hay hechos consumados. Y eso marca un cambio profundo: el derecho internacional deja de ser un árbitro y pasa a ser un recurso retórico. Se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba.

Y aquí aparece la paradoja más inquietante. Trump no está tan lejos del resto de grandes actores como muchos quieren creer. Vladímir Putin lleva años demostrando en Ucrania que las fronteras se miden en capacidad militar, no en tratados, con los países bálticos siempre en el horizonte. Xi Jinping considera Taiwán una cuestión de tiempo, no de principios. Israel actúa en Gaza bajo su propia lógica de seguridad, asumiendo que la legitimidad se discute después, cuando los hechos ya están sobre la mesa. Conflictos distintos, narrativas diferentes, pero una misma conclusión de fondo: el poder legitima los hechos. El más fuerte decide. Y las normas solo pesan mientras no interfieran con los intereses estratégicos.

Esto nos lleva a un escenario cada vez más evidente: un reparto tácito del mundo. No firmado, no anunciado, pero real. Zonas de influencia, líneas rojas implícitas y una aceptación silenciosa de que cada potencia actúe en su esfera mientras no provoque una escalada incontrolable. No hay un gran acuerdo. Hay miedo a cruzar ciertos límites.

En este contexto, Venezuela es un precedente muy potente. Demuestra que se puede decapitar un liderazgo de forma rápida, venderlo como operación legal interna y asumir que la condena internacional no alterará el resultado. Y cuando algo funciona, se convierte en modelo. Por eso aparecen en el radar otros objetivos como Groenlandia. No es solo la isla. Es la señal. Si el método funciona en Caracas, ¿hasta dónde puede llegar en otros escenarios? Quizá no con tanques, pero sí con presión política, económica y estratégica. El mensaje está lanzado.

Europa, mientras tanto, queda en una posición especialmente delicada. No solo por su falta de cohesión o por una política exterior débil. Hay un problema aún más profundo: no existe una figura que represente a Europa con fuerza y respeto internacional. No hay un liderazgo claro capaz de sentarse de tú a tú con Washington, Moscú o Pekín. En un mundo que vuelve a girar en torno a personalidades fuertes, Europa aparece diluida, fragmentada y reactiva. Y eso tiene un coste. Porque en un orden basado en la fuerza, no basta con tener razón. Hay que tener poder, determinación y liderazgo para defenderla.

"Venezuela no es el origen de este nuevo orden mundial, pero sí una prueba evidente de que ya hemos cruzado el umbral. El sistema basado en reglas compartidas, arbitraje internacional y equilibrios multilaterales se está descomponiendo. En su lugar emerge otro mucho más preocupante, donde la fuerza vuelve a ser el argumento definitivo", subraya este experto.

"Entiendo la emoción de muchos venezolanos al ver caer a quien consideran un tirano. Es imposible no empatizar con un pueblo agotado por décadas de miseria, miedo y exilio. Pero el método importa. Y el mensaje global que se lanza es inquietante: si eres lo suficientemente fuerte, puedes imponer tu ley. Lo más peligroso no es que esto ocurra. Es que empiece a parecernos normal. Que asumamos que la soberanía es flexible, que las fronteras son negociables y que el derecho internacional es solo un decorado útil cuando conviene. Mi sensación es que entramos en una era donde los fuertes marcan el ritmo, los débiles se adaptan y los que dudan quedan fuera de la partida. Y Europa, si no reacciona, corre el riesgo de vivir bajo las reglas que otros están escribiendo. Porque en la geopolítica del siglo XXI, quien no tiene poder para defender su visión del mundo, termina aceptando la visión del mundo de otro", avisa.

Groenlandia tiene una posición estratégica

La insistencia de Donald Trump en hacerse con Groenlandia ya no suena a ocurrencia provocadora ni a titular diseñado para agitar titulares. En su segundo mandato ha pasado de la insinuación a la presión explícita. Y el contexto importa. La reciente intervención de EEUU en Venezuela ha encendido todas las alarmas en Europa, especialmente en Dinamarca, de la que depende este territorio autónomo que insiste en que no está en venta.

Durante años, Copenhague trató el asunto como una excentricidad más de Trump. Hoy ya no. La presión diplomática se ha intensificado, el embajador estadounidense ha sido llamado a consultas en varias ocasiones y, por primera vez, los servicios de inteligencia daneses han llegado a señalar a EEUU como un posible riesgo para su seguridad. Algo impensable hace solo unos años entre aliados históricos.

¿Por qué Groenlandia? La respuesta es menos extravagante de lo que parece. Su posición geográfica es estratégica: controla accesos clave al Atlántico Norte y al Ártico, una región cada vez más relevante por el deshielo, las nuevas rutas comerciales y la competencia directa con China y Rusia. Además, la isla alberga ya la base aérea más septentrional de Estados Unidos y sistemas de radar críticos para la defensa antimisiles y la vigilancia espacial. Desde la óptica de Washington, ampliar el control sobre Groenlandia reforzaría de forma decisiva su presencia militar en una zona que será central en la geopolítica de las próximas décadas.

Trump, como es habitual, mezcla argumentos estratégicos con un discurso simplista. Asegura que Dinamarca no invierte lo suficiente en la protección de la isla y presenta su interés como una cuestión de seguridad nacional. Ya lo intentó en 2019, cuando habló abiertamente de “comprar” Groenlandia como si se tratara de una operación inmobiliaria. Hoy el tono es distinto. Más duro. Más directo. Y acompañado por hechos que demuestran que está dispuesto a ir mucho más lejos de lo que muchos creían.

Pero hay un elemento clave que eleva este conflicto a otra dimensión y que no conviene minimizar. Dinamarca y el resto de la Unión Europea que la respalda son aliados de Estados Unidos dentro de la OTAN. Groenlandia está cubierta por el artículo 5 de defensa colectiva. Cualquier intento de presión extrema (y más aún una acción unilateral) no sería un conflicto externo, sino una fricción directa entre socios militares.

El simple hecho de abrir ese escenario ya es profundamente desestabilizador. Obliga a Europa a plantearse hasta dónde llega la fiabilidad del paraguas estadounidense y rompe uno de los pilares básicos de la Alianza: que las tensiones entre aliados se resuelven internamente y nunca mediante amenazas. En el peor de los casos, una escalada podría provocar una crisis existencial en la OTAN, forzando a los países europeos a posicionarse entre Washington y uno de los suyos.

Y aquí aparece el gran beneficiado colateral: Vladímir Putin. Un bloque occidental dividido, con desconfianza interna y debates sobre garantías de seguridad, es exactamente el escenario que el Kremlin lleva años intentando provocar. No necesita mover ficha. Le basta con observar cómo la cohesión atlántica se erosiona desde dentro. Cada duda europea sobre el compromiso real de EEUU es un punto a favor de Rusia en Ucrania, en el Ártico y en el equilibrio geopolítico global.

Conviene además no analizar este episodio de forma aislada. Groenlandia encaja en una secuencia más amplia. Trump ya tensó la relación con Canadá al insinuar, en tono nada casual, que su integración como el estado 51 de EEUUs sería una salida lógica dada su dependencia económica y de seguridad de Washington. No fue una broma ni una frase suelta, sino un aviso envuelto en ironía. Tras la caída de Maduro, esa misma lógica se ha trasladado a Colombia, Cuba e incluso México, con mensajes directos y sin demasiados matices. No es improvisación. Es una forma muy concreta de ejercer el poder basada en la presión constante, el hecho consumado y la redefinición unilateral de las reglas.

Durante años, muchos interpretaron “America First” como una retirada de EEUU del mundo. Una vuelta al aislacionismo para centrarse en lo doméstico y cumplir con el lema de “Make America Great Again”. Lo que casi nadie anticipó es que, en la visión de Trump, ese repliegue no implicaba menos poder hacia fuera, sino todo lo contrario.

"Groenlandia encaja en una lógica mucho más imperial que aislacionista. No se trata de liderar alianzas ni de sostener el orden internacional, sino de apropiarse (por la vía militar, económica o política) de aquello que se considera estratégico para los intereses de EEUU. Aunque eso implique presionar a aliados, tensar tratados o vaciar de contenido las reglas que han sostenido el equilibrio global durante décadas. Ése es el verdadero cambio de fondo. Y también el riesgo. Porque cuando la primera potencia del mundo deja de actuar como garante del sistema para comportarse como un actor más, pero con una fuerza descomunal, el problema ya no es solo Groenlandia. Es el precedente que se crea para todo lo que venga después", avisa Pablo Gil.

Columbia  Threadneedle: muchas razones para ser optimistas

Anthony Willis, Senior Economist de Columbia Threadneedle Investments, destaca que las acciones de EEUU para destituir al presidente venezolano Maduro fueron algo sorpresivas, a pesar de haber presenciado un aumento de la presencia militar en los últimos meses y ver cómo atacaba presuntos cargamentos de droga. Pocos esperaban la velocidad y el alcance de la medida, pero obviamente las acciones se planificaron con mucho tiempo de antelación. "Lo que vendrá después está por verse", apunta.

Desde el punto de vista de los mercados financieros, todo parece ir bien, con ligeros movimientos marginales en cuanto a la búsqueda de refugios seguros: el dólar, el franco suizo y el oro. El precio del petróleo ha bajado, una tendencia significativa. Venezuela posee el 18 % de las reservas mundiales de petróleo, pero solo representa alrededor del 0,8% del suministro mundial (la mayor parte de sus exportaciones se destina a China), por lo que no se esperan interrupciones significativas. Sin embargo, si se desbloquean las exportaciones y el petróleo venezolano fluye hacia los mercados globales, podría convertirse en una tendencia significativa, aunque llevará tiempo. Es evidente que el presidente Trump desea que las empresas estadounidenses faciliten esta tendencia, pero esto llevará varios años.

Cuando se producen shocks geopolíticos, los mercados tienden a sufrir una caída inicial antes de que los fundamentales se reafirmen rápidamente. "Creo que esta medida, desde la perspectiva de la Administración estadounidense, podría ser beneficiosa: se avecinan elecciones de mitad de mandato, y la bajada de los precios del petróleo y de los tipos de interés será beneficiosa desde el punto de vista electoral", señala.

"Desde una perspectiva geopolítica, los acontecimientos ponen de relieve la creciente polarización entre las superpotencias políticas, cada una de ellas cada vez más dispuesta a tomar medidas que muestran poco respeto por el Derecho internacional o las normas de los últimos 70 años. Se está eludiendo por completo la autoridad de organismos internacionales como Naciones Unidas, y resulta interesante que el gobierno estadounidense haya optado por ignorar también a su propio Congreso. Por ahora, los poderes del Congreso estadounidense siguen limitados, aunque esto bien podría cambiar tras las elecciones de mitad de mandato", advierte.

Los cambios geopolíticos sirven de recordatorio a los líderes europeos de la necesidad de unidad y de aumentar su propio gasto en defensa en un momento en que el antiguo orden mundial de la «Pax Americana» posterior a la Segunda Guerra Mundial está llegando a su fin.

"Creo que debemos ser positivos desde el punto de vista de los mercados y, a pesar de la incertidumbre geopolítica actual, las perspectivas siguen siendo optimistas: el crecimiento global es resiliente y el estímulo fiscal para extender el ciclo en EEUU, Europa y Japón está en marcha o en proceso de implementación. La política monetaria sigue siendo favorable, dado que esperamos más recortes de tipos en EEUU y el Reino Unido en los próximos meses. En Japón, la narrativa se basa en nuevas subidas que se implementarán de forma lenta y constante. En el contexto de un sólido crecimiento de las ganancias, aún vemos muchas preguntas en torno a los aranceles, la inteligencia artificial y las elevadas valoraciones, pero debemos recordar que los fundamentales siguen siendo favorables y que las perspectivas económicas globales para 2026 son relativamente optimistas. En resumen, hay muchas razones para ser optimistas en este momento", concluye este experto.

Trump quiere un 50% más de gasto en Defensa

Por otra parte, Trump ha propuesto un incremento significativo en el gasto de defensa de cara a los presupuestos de 2027. Su planteamiento contempla un aumento del 50% en la partida destinada a defensa, elevándola hasta los 1,5 billones$, lo que supondría el mayor incremento del gasto militar en la historia del país. Con esta subida, el presupuesto militar estadounidense igualaría el gasto total actual de la OTAN, donde EEUU representa aproximadamente dos tercios del desembolso.

No obstante, Trump lanzó críticas hacia los grandes contratistas de defensa americanos, advirtiendo que, para acceder a nuevos contratos, deberán cesar la recompra de acciones, reducir el reparto de dividendos, limitar la remuneración de los altos ejecutivos y redirigir estos recursos hacia el fortalecimiento de capacidades: más fábricas y mayor inversión en investigación y desarrollo. 

Estas exigencias, que han provocado caídas significativas en el sector de defensa de EEUU, con retrocesos en compañías como Lockheed Martin (-4,8%), Northrop (-5,5%) o el grupo RTX (-2,2%), responden al persistente retraso en las entregas que arrastra el sector, así como a la creciente preocupación por no quedar rezagados frente a las nuevas tecnologías bélicas que se están desplegando en conflictos como el de Ucrania, entre ellas vehículos autónomos, drones y sistemas avanzados de defensa.

Más allá de esto, para que la propuesta se materialice, deberá obtener la aprobación del Congreso, donde los demócratas se muestran escépticos, especialmente tras las tensiones generadas por el recorte del gasto en sanidad, uno de los factores que provocó el reciente cierre del Gobierno. Por ello, es posible que el ambicioso plan resulte excesivo y que finalmente se opte por cifras más moderadas como objetivo definitivo.

La reacción del sector ha sido negativa debido a las nuevas restricciones, aunque un nuevo incremento global en el gasto militar podría favorecer a empresas de otras regiones (Indra ha llegado a subir en Bolsa). Pese al buen comportamiento del sector el año pasado (+51%), los analistas siguen considerando que la tendencia alcista en el gasto en defensa se mantendrá en los próximos trimestres, con EEUU también decidido a reforzar sus capacidades militares.

Ebury:“La reacción de los mercados de divisas seguirá siendo moderada”

El año nuevo ha arrancado con gran revuelo tras la impactante captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por parte de las fuerzas estadounidenses. Sin embargo, la reacción inicial de los mercados de divisas ha sido moderada. Las principales divisas están cotizando prácticamente sin cambios con respecto al cierre del viernes, salvo por un modesto repunte del dólar y el franco suizo, que suelen actuar como activos refugios en períodos en los que aumenta la aversión al riesgo. Los precios del petróleo han caído ligeramente ante la expectativa de que el suministro venezolano aumente la oferta global. Si bien la volatilidad de las divisas latinoamericanas podría aumentar estos días, el aislamiento de Venezuela bajo el régimen chavista ha limitado, de forma general, las repercusiones de estos acontecimientos. Por ahora, las divisas y los mercados financieros siguen teniendo como foco principal la política monetaria, la inflación y los datos de crecimiento. "Aunque aún hay mucha incertidumbre sobre lo que le deparará a Venezuela, creemos que la reacción de los mercados seguirá siendo moderada estos días", señalan en Ebury.

  • USD Los datos económicos durante las vacaciones no cambiaron significativamente el panorama de un mercado laboral con bajos niveles de contratación y despidos, y un crecimiento económico estable. Esta semana se publicarán datos de empleo y culminará con el informe de nóminas no agrícolas de diciembre, el viernes. Las predicciones de los economistas sobre esta cifra crítica están inusualmente dispersas, pero la mediana se sitúa en torno a los 60.000 puestos de trabajo netos creados. Se trata de un nivel bastante mediocre pero, de confirmarse, debería ser suficiente para que la Fed se abstenga de recortar los tipos en su reunión de este mes. La incertidumbre en torno a la composición del Comité Federal de Mercado Abierto será clave para los mercados. Trump ya ha declarado que tiene la intención de anunciar un nuevo presidente a finales de este mes, y la pugna parece estar muy reñida entre los dos Kevins: Hassett y Warsh. En cualquier caso, quienquiera que sea el designado, sin duda compartirá el entusiasmo de Trump por bajar los tipos de interés. 
  • EUR El calendario económico e institucional durante las vacaciones fue aún más tranquilo en la zona euro, y la moneda también se movió muy poco. Los mayores cambios se observaron durante la jornada bursátil asiática del lunes, cuando los inversores reaccionaron a las noticias del fin de semana pujando al alza por el dólar, considerado un valor refugio, frente a la mayoría de las divisas. Aunque cabría esperar que el EUR/USD siga bajando si la inquietud geopolítica se intensifica en los próximos días, parece que la volatilidad está bastante controlada por ahora. La inflación general y subyacente se han moderado en diciembre, como hemos podido observar este martes. Por otro lado, las expectativas de crecimiento para 2026 se han revisado al alza en general. El ciclo de recortes de tipos ha terminado, y el BCE podría empezar a plantearse subirlos antes de que termine 2026, lo que debería provocar una apreciación gradual de la moneda única. 
  • GBP La libra esterlina apenas se movió frente a sus homólogas durante las vacaciones de Navidad, ya que se publicaron pocos datos destacables y no se produjeron decisiones ni discursos importantes en materia de política monetaria. Los mercados están descontando poco más de un recorte adicional por parte del Banco de Inglaterra en 2026. Esto implica que la libra podría verse sustancialmente respaldada gracias al amplio diferencial de tipos con respecto al Banco Central Europeo, al menos hasta que este último empiece a plantearse subidas. Cabe reconocer que esto puede suceder antes de que lo haga el Comité de Política Monetaria británico. Sin embargo, seguimos mostrándonos cautelosos con respecto a la libra este año, dado el conjunto de riesgos bajistas que acechan a la economía británica, y prevemos que continúe el crecimiento que hemos observado en 2025. Esto debería ser suficiente para que la libra esterlina le siga el ritmo al euro, a medida que las divisas europeas se fortalecen frente al dólar estadounidense.

Transporte y logística: gran impacto de los aranceles

Por otra parte, el impacto de los aranceles en la actividad comercial está siendo especialmente significativo en el sector del transporte y la logística. Crédito y Caución ha revisado a la baja la previsión de crecimiento de la producción con respecto a las estimaciones realizadas hace un año, que lo situaban en el 3,7%. Sin embargo,  se prevé ahora que el sector finalice 2026 con un repunte del 2,4%. 

Las nuevas tarifas arancelarias están provocando una reacción en cadena en todas las etapas de la economía de bienes, repercutiendo en una menor producción y transporte de materias primas. Las importaciones estadounidenses procedentes de China han disminuido y la demanda mundial de contenedores en 2026 se enfrenta a un futuro incierto. Esto está generando una reducción de los costes de transporte. 

En este contexto, la zona euro es uno de los mercados que cuenta con peores perspectivas de crecimiento ya que se espera que en 2026 este sector experimente un ligero repunte del 0,9%. La desaceleración se debe principalmente a la lentitud que se está produciendo en la recuperación industrial. Aunque el sector demostró cierta resistencia en el primer semestre de 2025 por la anticipación de pedidos ante la amenaza de los aranceles, la llegada de las nuevas tarifas y la creciente competencia china han comenzado a lastrar la producción industrial, el comercio y la inversión. 

Reino Unido es el mercado que presenta mejores previsiones de crecimiento. Sin embargo, la actual escasez de personal obstaculiza la actividad y el crecimiento del sector. Además, en el transporte por carretera, el aumento de los salarios, los gastos de sustitución de vehículos y los precios del combustible están reduciendo los márgenes comerciales, lo que afecta a la salud financiera de las empresas. Además del déficit de mano de obra, el sector se enfrenta a otros retos como la volatilidad del precio del petróleo o los riegos geopolíticos, ya que el subsector marítimo depende en gran medida de la libertad de navegación. Las tensiones crecientes o los conflictos armados podrían provocar también perturbaciones.

Los nuevos estándares de sostenibilidad requieren una inversión significativa, tanto a medio como a largo plazo. Esto creará oportunidades, pero también supone un riesgo para las empresas que no puedan o no quieran.

28Dec

Alemania debe cambiar de modelo económico en el peor momento posible: con una industria que pierde competitividad, un Gobierno incapaz de alinearse, una guerra que exige cada vez más recursos, y un socio estadounidense cada vez más reacio.

Miguel Ángel Valero

Alemania ha vivido durante décadas de un modelo que parecía inamovible: energía barata, industria exportadora fuerte, una automoción hegemónica y una disciplina fiscal que se vendía como ejemplo para toda Europa. Aquella combinación ya no existe. Y lo más inquietante es que Alemania debe reinventarse justo cuando su entorno político, económico y geopolítico hace que cualquier error sea más costoso que nunca.

El repunte de la producción industrial es una buena noticia, pero no cambia el diagnóstico: el viejo modelo está agotado. La industria química trabaja al 70% de su capacidad, la manufactura pierde peso y la ventaja competitiva de Alemania se erosiona. El país necesita un giro profundo hacia tecnologías limpias, digitalización y autonomía energética, pero ese giro requiere un consenso político que hoy no existe.

Y mientras Alemania discute consigo misma, dos amenazas externas presionan sin descanso.

La primera es China. Durante años fue un socio estratégico y un mercado clave para los fabricantes alemanes. Hoy se ha convertido en su principal rival sistémico. China exporta coches eléctricos a un ritmo que trastoca todo el equilibrio europeo, ofreciendo precios y volúmenes que la industria alemana no puede igualar sin una transformación acelerada. Los gigantes del automóvil alemán, que durante décadas marcaron el estándar global, se enfrentan ahora a un competidor que domina la cadena tecnológica y que cuenta con un respaldo estatal masivo. Para Alemania, es un choque frontal con su industria más emblemática.

La segunda amenaza es la guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania. Berlín ha tenido que abandonar, casi de un día para otro, la comodidad estratégica que sostuvo durante décadas. Requiere miles de millones en defensa, en munición, en apoyo logístico y en un rearme que choca directamente con su tradicional aversión al gasto militar. Alemania tiene que reindustrializarse y rearmarse al mismo tiempo. Y eso es algo que no había tenido que hacer desde la posguerra.

A todo ello se suma un problema silencioso, pero clave: la pérdida de rigor fiscal. Las reglas que durante años definieron el ADN económico alemán se han ido flexibilizando una y otra vez, primero para capear crisis, luego para responder a la pandemia, después para amortiguar la crisis energética. La “Schuldenbremse”, el freno de deuda ha dejado de ser un pilar y ahora es un obstáculo para un Gobierno que necesita gastar, pero que ya no sabe justificar ante sus ciudadanos por qué todo lo que antes era imposible hoy se vuelve urgente.

Alemania debe cambiar de modelo económico en el peor momento posible: con una industria que pierde competitividad, un Gobierno incapaz de alinearse y una guerra que exige cada vez más recursos en un contexto en el que el socio estadounidense, que durante décadas financió buena parte de la seguridad europea, ha decidido que su compromiso tiene límites. 

"Alemania se enfrenta a un dilema histórico: cambiar rápido o perder centralidad. El problema no es solo económico, es estratégico. Sin un nuevo modelo industrial y energético, Alemania dejará de ser el ancla de Europa. Y si Alemania se debilita, el proyecto europeo entra en una fase mucho más incierta", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.


26Dec

No atraviesa una crisis política pasajera, sino la fractura de su pacto social. El bienestar que sostuvo al continente durante décadas exige un crecimiento que ya no existe, una demografía que ya no acompaña y un consenso político que se está desmoronando.

Miguel Ángel Valero

Europa lleva años evitando decir en voz alta lo que ya se ve en cada rincón del continente: el modelo social que definió a la región durante décadas está entrando en una fase terminal. Lo vemos en gobiernos que se tambalean, economías incapaces de crecer, tensiones demográficas imposibles de sostener y partidos antisistemas que capitalizan el malestar ciudadano. Y lo más inquietante es que no hablamos de episodios aislados, sino de señales repetidas desde Londres hasta Berlín, desde Helsinki hasta París y, cómo no, también desde Madrid.

En el Reino Unido, el retraso de las elecciones para cuatro nuevas alcaldías ha abierto una nueva grieta política que refleja un país desbordado por tensiones sociales y fiscales. El Gobierno de Starmer justificó la decisión hablando de reorganización administrativa, pero la oposición lo interpretó como un intento de retrasar una derrota anunciada. Cuando partidos de todo el arco político, desde conservadores hasta liberales, verdes y Reform UK, coinciden en acusar al Ejecutivo de “democracia denegada”, no estamos ante una disputa procedimental, sino ante un síntoma de descomposición institucional. Un Estado que ya no logra financiar servicios básicos sin subir impuestos, que externaliza problemas hacia los gobiernos locales y que ahora aplaza elecciones para ganar tiempo, es un Estado que muestra claros signos de agotamiento.

En Alemania el cuadro es todavía más explícito. El gobierno de Friedrich Merz, que apenas lleva siete meses, se enfrenta a una rebelión interna por la reforma de pensiones. Un grupo de diputados jóvenes de su propio partido se niega a apoyar un sistema que, según ellos, carga demasiado peso sobre generaciones futuras que pagarán prestaciones que probablemente nunca recibirán. La coalición se sostiene por solo doce escaños; si esta reforma fracasa, puede caer entero el gobierno. Mientras tanto, el país vive una parálisis económica que la industria ya describe como “caída libre”, con un modelo que exige cada vez más gasto público para sostener el bienestar, la defensa, la transición energética y la reconstrucción de infraestructuras. Es el choque frontal entre un Estado social diseñado para una sociedad joven, rica y en expansión, y una realidad envejecida, endeudada y sin crecimiento.

Finlandia ofrece otra perspectiva: incluso el país más admirado por su calidad de vida reconoce que el modelo ya no es sostenible tal como está. La llamada “superpotencia del estilo de vida” atraviesa una recesión, un desempleo cercano al 10% y un deterioro de sus finanzas públicas que obliga a replantearlo todo. El gobernador del Banco de Finlandia (y uno de los candidatos a sustituir a Luis de Guindos como vicepresidente del Banco Central Europeo a partir de mayo de 2026) Olli Rehn advirtió que Europa debe “ponerse las pilas” en defensa, productividad y energía, porque la era del bienestar garantizado está tocando fin. Finlandia lo afronta con una mezcla de pragmatismo y resiliencia: reformas del mercado laboral, ajustes fiscales, e inversión en capital humano. El mensaje es inequívoco: si la productividad no crece, el bienestar dejará de ser financiable.

Francia vive un proceso parecido, aunque más ruidoso. Los últimos años han sido una secuencia continua de protestas contra la reforma de las pensiones, huelgas en sectores clave y un malestar social que recuerda que el modelo francés depende de una estructura fiscal cada vez más pesada sobre una base laboral cada vez más pequeña. El Gobierno ya ha reconocido que la jubilación a los 62 años era incompatible con la demografía actual, y aun así el ajuste no detendrá el desequilibrio durante mucho tiempo. Con un déficit crónico, un Estado hipertrofiado y un gasto social que supera el 30% del PIB, Francia se acerca al mismo dilema que sus vecinos: prometer más de lo que la economía puede producir.

España no es una excepción. El Gobierno intenta sostener un gasto público que crece bastante más rápido que la economía. El PIB aparenta dinamismo, pero en gran parte por el aumento de población inmigrante; cuando se mira la renta per cápita, España se aleja de la media europea, lo que significa que ese crecimiento no mejora el bolsillo del ciudadano. A esta brecha se suma una carga fiscal muy elevada y una productividad estancada que limita cualquier avance real. La Seguridad Social mantiene déficits crecientes, las pensiones suben cada año por la indexación a la inflación y la demografía juega claramente en contra. Con un envejecimiento rápido, un paro estructural persistente y una economía incapaz de generar suficiente valor añadido, España está atrapada en la misma lógica que el resto del continente: un Estado del bienestar que promete más de lo que la economía puede sostener y que necesita endeudarse de forma continua para mantener la apariencia de estabilidad.

La conclusión es clara. Europa no atraviesa una crisis política pasajera, sino la fractura de su pacto social. El bienestar que sostuvo al continente durante décadas exige un crecimiento que ya no existe, una demografía que ya no acompaña y un consenso político que se está desmoronando. Reino Unido aplaza elecciones; Alemania no puede garantizar sus pensiones sin poner en riesgo su propia gobernabilidad; Finlandia reconoce que la comodidad del pasado se desvanece; Francia estalla cada vez que se intenta ajustar el sistema; y España sostiene un modelo de bienestar con ciudadanos cada vez más pobres, una presión fiscal asfixiante y un endeudamiento que no deja de crecer. 

"Todo indica que hemos llegado al límite de un modelo diseñado para un mundo que ya no existe. Y la verdadera pregunta no es si será reformado, sino cuánto tiempo más podrá evitar su inevitable reinvención", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

BCE

En este contexto, el Banco Central Europeo (BCE) ha dejado claro que, por ahora, no tiene prisa por mover los tipos de interés. Tras mantener la tasa de depósito en el 2% por cuarta reunión consecutiva, el mensaje que sale de Frankfurt es de cautela absoluta. No solo no hay una hoja de ruta definida, sino que tampoco existe consenso sobre cuál debería ser el siguiente movimiento cuando llegue el momento.

La inflación en la Eurozona está muy cerca del objetivo del 2%, una situación que, en teoría, debería dar tranquilidad al banco central. De hecho, las propias proyecciones del BCE apuntan a que los precios se mantendrán en torno a ese nivel durante los próximos años. Para un banquero central, eso es casi el escenario ideal. 

Sin embargo, el entorno que rodea a la economía europea sigue cargado de incertidumbre: Las tensiones geopolíticas, el riesgo de una nueva guerra comercial, el impacto de un mayor gasto público y la evolución futura de los salarios mantienen al BCE en una posición defensiva. A esto se suma un crecimiento que ha sorprendido por su resistencia, lo que ha llevado a muchos miembros del Consejo de Gobierno a pensar, en privado, que el ciclo de bajadas de tipos probablemente ya ha terminado.

Pese a ello, nadie quiere dar por cerrada ninguna opción. Algunos responsables reconocen que, si la economía se enfría más de lo esperado y la inflación sigue moderándose, podría haber margen para nuevos recortes. Otros, en cambio, admiten que, si el crecimiento se consolida y reaparecen presiones inflacionistas, no se puede descartar un movimiento en sentido contrario. Hoy por hoy, ambos escenarios siguen sobre la mesa.

Lo relevante no es tanto la dirección potencial de los tipos, sino el cambio de tono del BCE, que ha abandonado cualquier intento de guiar al mercado y se refugia en un enfoque estrictamente dependiente de los datos, reunión a reunión. La “opcionalidad total” se convierte así en la palabra clave de esta fase del ciclo monetario.

El BCE ha llegado a una zona cómoda: ya no necesita estimular la economía, pero tampoco ve motivos para endurecer las condiciones financieras. El problema es que esta ambigüedad deja al mercado sin referencias claras y aumenta la volatilidad cada vez que aparece un dato relevante. Mientras tanto, empresas, familias e inversores tendrán que convivir con un banco central que observa, duda y espera. Y esa espera, en un entorno tan cambiante como el actual, puede convertirse en el principal factor de incertidumbre.

13Dec

Con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, por primera vez desde 1947, EEUU deja de ver la defensa de la democracia en el exterior como un interés estratégico propio.

Miguel Ángel Valero

En diciembre de 1989, EEUU decidió acabar con lo que denominaba narcodictadura del general Manuel Antonio Noriega en Panamá. Fue una intervención militar abierta, rápida y quirúrgica, bautizada como Operation Just Cause. Durante años, Noriega había sido informante de la CIA, aliado irregular y pieza útil de Washington en plena Guerra Fría. Pero terminó convirtiéndose en un problema: blanqueo de capitales, vínculos con carteles, represión interna, manipulación electoral y un creciente desafío a la influencia estadounidense en el Canal de Panamá. 

La Casa Blanca decidió que había cruzado una línea roja y se puso en marcha una operación que movilizó a más de 27.000 soldados, unidades de élite, paracaidistas y bombardeos puntuales. En pocas semanas Noriega fue acorralado, terminó refugiado en la Nunciatura Apostólica y finalmente se rindió. Fue extraditado a EEUU y condenado por narcotráfico. 

Panamá instaló un gobierno reconocido internacionalmente, reformó sus fuerzas de seguridad y volvió (al menos temporalmente) a la normalidad institucional. Pero no hubo unanimidad: la Asamblea General de la ONU condenó la invasión como una violación del derecho internacional. Pese a ello, Washington logró su objetivo estratégico con un coste bajo y un mensaje claro para la región.

Hoy, cuando se observa la presión de Trump sobre Nicolás Maduro, es inevitable ver paralelismos con aquel episodio. Las acusaciones contra el régimen venezolano son muy similares: vínculos con el narcotráfico a través del llamado Cartel de los Soles, deterioro democrático, represión interna, manipulación electoral, presencia de grupos criminales y una deriva que pone en tensión la estabilidad regional. 

No es casualidad que EEUU haya intensificado sus operaciones encubiertas, los despliegues navales en el Caribe y las acciones contra embarcaciones sospechosas de tráfico ilícito. La retórica recuerda al caso Noriega: un régimen convertido en amenaza hemisférica. 

Pero al mismo tiempo, las diferencias son enormes. Panamá era un país pequeño donde Estados Unidos tenía presencia militar y logística permanente. Venezuela es un Estado grande, con apoyo abierto de Rusia, China e Irán, con una capacidad armada superior y con un impacto geopolítico mucho mayor. En Washington lo saben: cualquier operación directa tendría un coste político, militar y diplomático muchísimo más elevado. Quizá por eso, la estrategia actual se parece más a un cerco prolongado que a una invasión repentina.

El entorno internacional añade otra capa de complejidad. Varios expertos de Naciones Unidas han denunciado que algunos ataques estadounidenses en aguas internacionales pueden considerarse ejecuciones extrajudiciales. Rusia ha acusado a Washington de “uso excesivo de la fuerza” al tiempo que respalda abiertamente a Maduro. En Occidente, la lectura predominante es que EEUU quiere evitar que el régimen venezolano se consolide como un nodo de narcotráfico y como una plataforma de influencia para potencias rivales, pero sin cruzar la línea de un conflicto abierto.

La historia, en todo caso, se repite con matices. Cuando Washington percibe que un régimen mezcla autoritarismo, crimen organizado y amenazas directas a sus intereses estratégicos, pasa de la diplomacia a la acción. Con Noriega lo hizo sin rodeos. Con Maduro, la partida es más larga y el tablero más complejo. La pregunta no es si EEUU quiere un cambio de régimen en Venezuela; la pregunta es qué coste está dispuesto a asumir y cuánto tiempo está dispuesto a esperar. 

Panamá fue un capítulo cerrado con rapidez porque el contexto lo permitía. Venezuela es una novela extensa, con demasiados actores externos y demasiadas consecuencias imprevisibles. 

"Lo que sí parece claro es que, tanto en Panamá como en Caracas, EEUU actúa según un mismo patrón. Y cuando Washington considera un objetivo prioritario, puede tardar… pero rara vez renuncia", avisa el analista Pablo Gil en The Trader.

EEUU deja de ser el guardián de la democracia en el mundo

El acoso a Venezuela recupera la doctrina Monroe. El 2 de diciembre de 1823, con casi todas las colonias españolas en América Latina independizadas o a punto de lograrlo, el presidente de EEUU, James Monroe, fijaba en el Congreso, en lo que es actualmente el discurso sobre el Estado de la Unión (que no comenzó a hacerse hasta 1850), la doctrina que lleva su apellido y que lleva marcando la estrategia de EEUU en el continente. La Doctrina Monroe sostiene que cualquier intervención en los asuntos políticos en América por parte de potencias extranjeras de otros continentes es un acto potencialmente hostil contra EEUU.

Mientras Trump se implica en Venezuela y recuerda que la doctrina Monroe sigue muy viva, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca marca un giro que ningún aliado puede ignorar. Por primera vez desde 1947, EEUU deja de ver la defensa de la democracia en el exterior como un interés estratégico propio. La ruptura con la lógica que definió el orden occidental durante ocho décadas ya no es una hipótesis: es política oficial.

El documento abandona cualquier continuidad con la Doctrina Truman, formulada en el Congreso el 12 de marzo de 1947 por el presidente de EEUU que ordenó lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki. En plena Guerra Fría, Harry S. Truman asegura que EEUU dará su apoyo a "pueblos libres que están resistiendo los intentos de subyugación por minorías armadas o por presiones exteriores", ya que estos regímenes comunistas representaban una amenaza para su país.

También se redefine la idea de “America First”. Trump sostiene que la política exterior de EEUU no debe basarse en ideologías ni compromisos históricos, sino en lo que “funcione para América”. Y lo que supuestamente funciona ahora es suavizar el trato hacia autocracias estratégicas (China, Rusia, Irán) mientras se endurece el discurso contra los aliados europeos. Un giro tan brusco que ni siquiera los analistas más pesimistas esperaban verlo formalizado tan pronto.

El contraste con la estrategia de 2017 no puede ser mayor. China ya no aparece como rival sistémico ni como amenaza global. Trump prefiere hablar de “relación económica mutuamente ventajosa” y, mientras exige que Pekín no invada Taiwán, evita cualquier referencia a sus vulneraciones de derechos o a su expansión geopolítica. Rusia, por su parte, desaparece de la categoría de adversario. El Kremlin incluso aplaudió el documento, calificándolo de “positivo” y “coherente con la visión de Moscú”. Es difícil encontrar un indicador más claro del cambio de prioridades en Washington.

Quienes sí reciben el golpe son los europeos. El texto acusa a la Unión Europea de haber abandonado sus valores, de perder identidad nacional y de permitir que la inmigración y la baja natalidad erosionen su cohesión. Afirma además que los gobiernos europeos recurren a prácticas “antidemocráticas”, desde la supuesta censura hasta la represión de la oposición. Y lo que antes parecía una provocación aislada del vicepresidente J. D. Vance en Múnich ahora queda reflejado como política formal: EEUU Unidos apoyará movimientos “patrióticos” (eufemismo para referirse a grupos de ultraderecha como Orban en Hungría) dentro de los países europeos para corregir esa deriva. No oculta esa interferencia política directa en su bloque de aliados históricos.

La reacción en Europa oscila entre el desconcierto y la contención diplomática. La jefa de la diplomacia europea, la exprimera ministra de Estonia, Kaja Kallas, intenta restar dramatismo al documento, mientras expertos como Carl Bildt advierten de lo que realmente implica: el fin del paraguas ideológico y estratégico que definió la relación transatlántica desde la posguerra. Y el problema para Europa no es solo simbólico. Si la Casa Blanca presiona para imponer un acuerdo de paz desfavorable a Ucrania, la fractura dentro del bloque occidental puede convertirse en la mayor crisis geopolítica de la década.

La pregunta que atraviesa todas las capitales europeas es la misma: ¿Qué hacer ahora? Europa puede intentar rebajar tensiones, aceptar el nuevo orden y acomodarse a un papel más subordinado. O puede acelerar, por fin, la construcción de una autonomía real en defensa, energía y tecnología. Pero ninguna de esas opciones es sencilla ni barata, y ninguna puede esperar.

"Lo único claro es que el ciclo histórico que comenzó en 1945 ha terminado. A partir de aquí, Europa tendrá que decidir si quiere ser actor o si, por inacción, quedará relegada a ser un escenario donde otros tomen las decisiones. El rumbo de la próxima década dependerá de esa elección", insiste Pablo Gil.

06Dec

La UE es uno de los mayores bloques económicos del mundo, pero está quedándose atrás en todos los frentes que definen el poder en el siglo XXI: defensa, tecnología, materias primas críticas y capacidad de decisión internacional.

Miguel Ángel Valero

Europa vive una situación que debería encender todas las alarmas. No por lo que ocurre exactamente en los frentes de Ucrania, donde Rusia intensifica la presión militar en un momento crítico, sino por algo aún más preocupante: las decisiones que marcarán el futuro del conflicto ya no se están tomando ni en Kiev ni en Bruselas, sino entre Washington y Moscú. El nuevo marco de negociaciones impulsado por Estados Unidos (con su enviado especial Steve Witkoff viajando de nuevo a Moscú para reunirse con Vladímir Putin sin lograr avances relevantes) ha dejado al descubierto una realidad incómoda. Dos grandes potencias discuten cómo cerrar la guerra en Ucrania mientras la Unión Europea (UE) observa desde la barrera. Europa está dentro del conflicto, pero fuera de la sala donde se decide su desenlace.

Esta sensación de irrelevancia recuerda inevitablemente a otras épocas de la historia europea. Muchos analistas han comparado este enfoque con el pacto Molotov-Ribbentrop (el acuerdo de no agresión firmado en 1939 por la Alemania nazi y la Unión Soviética de Stalin para repartirse Europa del Este) no por afinidades políticas, sino porque demuestra una idea de fondo: las grandes potencias vuelven a moldear el mapa europeo sin su participación. Es un paralelismo que incomoda, porque evidencia la fragilidad estratégica de un continente que durante décadas vivió bajo la convicción de que las reglas, la diplomacia y los acuerdos serían suficientes para estabilizar el mundo.

Pedir a la Unión Europea que ejerza poder geopolítico es como pedirle a un futbolista de élite que juegue un partido de rugby. La UE nació para garantizar la paz interna, para evitar que los europeos volvieran a enfrentarse entre sí. Y esa misión la ha cumplido excepcionalmente bien. Pero no nació para proyectar poder militar, para imponer líneas rojas, ni para competir en un mundo que ya no se rige por los mecanismos que Europa domina, sino por la lógica del poder duro. De ahí el contraste: mientras Bruselas debate, Washington actúa. Mientras la UE discute entre Estados miembros, la Casa Blanca negocia directamente con el Kremlin y decide qué elementos debe incluir el plan de paz, incluso a riesgo de incomodar a sus propios aliados. Europa reacciona; no dirige.

Esta falta de influencia no se muestra solo en Ucrania. También se ve en otro terreno clave: el control de las materias primas estratégicas. Las tierras raras son el nuevo petróleo militar y tecnológico, esenciales para drones, motores eléctricos, sensores y sistemas de defensa. China controla más de dos tercios de la producción mundial, y ya ha demostrado que está dispuesta a convertir ese dominio en un arma geopolítica. La respuesta de EEUU ha sido rápida, contundente y estratégica: inversiones públicas en minas nacionales, participación directa en empresas clave y garantías de precio a largo plazo para asegurar la cadena de suministro. Mientras tanto, Europa se limita a declaraciones, proyectos piloto y retrasos regulatorios.

Los proveedores lo explican con una claridad demoledora. A un cliente estadounidense pueden venderle un lote de tierras raras en tres días. A uno europeo le lleva tres semanas. El primero sabe qué necesita, cuánto, cuándo y para qué. El segundo llega tarde, paga más caro y suele quedarse sin stock. Es una diferencia operativa que, en realidad, revela una diferencia estratégica. 

Europa está quedándose atrás en todos los frentes que definen el poder en el siglo XXI: defensa, tecnología, materias primas críticas y capacidad de decisión internacional. El resultado es una paradoja amarga. La UE es uno de los mayores bloques económicos del mundo, pero ha perdido la capacidad de influir en las decisiones que afectan directamente a su seguridad.

"La pregunta no es si la UE quiere ser un actor global. La verdadera pregunta es si podrá serlo antes de que sea demasiado tarde. Porque el mundo ha cambiado, y ya no se juega con las reglas europeas. Y mientras Europa sigue confiando en su arquitectura burocrática y en su diplomacia de consenso, las grandes potencias vuelven a hablar el lenguaje del poder. Uno del que la UE se desconectó hace décadas. Lo inquietante es que esta desconexión ya no es una amenaza teórica. Es la situación actual. Y cada día que pasa, Europa se sienta un poco más lejos de la mesa donde se decide su propio futuro", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

28Nov

Los mercados estiman una probabilidad implícita del 87% de un recorte de tipos de la Fed en diciembre, frente al 39% de hace una semana. El Banco Central Europeo presentará las previsiones económicas de cierre de año, además de intensificar el debate sobre la reducción de su balance.

Miguel Ángel Valero

El 1 de diciembre comienza el periodo de reflexión de la Fed previo al encuentro del día 10 –además de terminar oficialmente la reducción de balance–, durante el cual no podrán realizar intervenciones públicas. Este evento será clave, ya que marcará su postura ante la escasez de datos recientes y el ritmo previsto de recortes de tipos. Además, se publicará una oleada de indicadores retrasados en EEUU, entre ellos la inflación —aunque no se difundirá el dato correspondiente a octubre— y el PIB del tercer trimestre.

En Europa, la reunión del BCE del 18 de diciembre tendrá un contenido más relevante que la anterior, pues se presentarán las previsiones económicas de cierre de año y se intensificará el debate sobre la reducción del balance, tras la finalización del proceso en EEUU.

De momento, en las actas de la última reunión celebrada en octubre, el BCE consideró que la incertidumbre justificaba mantener los tipos de interés en el 2% y que era necesario tener más información. La decisión, que fue tomada por unanimidad, se basó en unas perspectivas de inflación inalteradas y que los nuevos datos de actividad confirmaban que la economía seguía creciendo “pese al desafiante entorno global”. En cualquier caso, para el Consejo de Gobierno también era importante “mantener todas las opciones para las próximas reuniones y ser ágil con el fin de reaccionar rápidamente” a los riesgos o impactos en caso necesario. En este sentido, el BCE considera que las perspectivas de inflación son más inciertas de lo habitual y que hay riesgos de que se produzcan impactos grandes en la inflación y el crecimiento en ambas direcciones. Por ello el BCE no se quiso comprometer respecto a las próximas decisiones sobre los tipos de interés, en donde la reunión de diciembre será particularmente relevante al incluir las nuevas proyecciones macroeconómicas.

El BCE se reunirá tras conocer un ligero repunte de la confianza económica en la zona euro. El indicador adelantado elaborado por Eurostat repuntó dos décimas hasta el 97, en línea con el consenso de los analistas. Esta mejora vino explicada por la confianza de los servicios, que repuntó hasta el 5,7, por encima del 4,4 previsto y del 4,2 correspondiente a octubre (dato revisado al alza). En cambio, la confianza del sector industrial cayó más de lo estimado hasta el -9,3 (vs. -8,5 en octubre).

UBS: el Pentágono amenaza a Alibaba, Baidu y BYD

En EEUU la situación es muy diferente a la europea. El Pentágono concluyó que varias grandes empresas tecnológicas chinas, como Alibaba, Baidu y BYD, deberían añadirse a su lista de la Sección 1260H. Ésta identifica a las empresas que el Pentágono considera que ayudan al ejército chino mientras operan en EEUU. Las acciones de las tres empresas, que cotizan en Hong Kong, cayeron entre un 1,4 % y un 2,7 % el jueves 27 de noviembre, con un rendimiento ligeramente inferior al del índice Hang Seng Tech. 

La inclusión en la lista, que todavía no se ha confirmado oficialmente, es importante para las empresas chinas, dado el posible impacto en la reputación y la disposición de las empresas estadounidenses a colaborar y hacer negocios con las empresas designadas. 

La noticia se produce tras un período de volatilidad para las acciones tecnológicas chinas, en un contexto de cambios en la política entre Estados Unidos y China y un renovado compromiso diplomático. Las respuestas de las empresas han minimizado el impacto operativo: Alibaba declaró que no hay fundamento para su inclusión y que su negocio no está relacionado con las adquisiciones militares estadounidenses. 

"Si bien titulares como éstos pueden generar volatilidad o captar la atención de los medios, recomendamos a los inversores que no dejen que esto distraiga la atención de los resilientes fundamentos del sector tecnológico chino ni de la continua mejora en su política", subrayan en UBS.

Las empresas chinas de IA tienen margen para invertir en inversión de capital. Las tecnológicas chinas continúan avanzando en la innovación y la monetización de la IA. Si bien la inversión de capital en IA se ha convertido en una preocupación en EEUU, el gasto de China en IA sigue siendo comparativamente modesto. El gasto de capital en IA de China creció un 57 % interanual. Si se analiza el gasto de capital en IA en general durante el período 2023-25, el de China se sitúa en torno al 18% del de EEUU.

"Creemos que esto deja un amplio margen para el crecimiento y la convergencia, con las empresas chinas centradas en ampliar sus capacidades nacionales y su alcance global. Ahora prevemos que la demanda de los hiperescaladores chinos verá un aumento aún más rápido en la tasa de localización, y se prevé que la proporción de chips GPU de fabricación nacional alcance el 50 % para 2027 (frente al 40 % anterior)", añaden los expertos de UBS.

Las relaciones entre EEUU y China se están estabilizando, tras la tregua comercial pactada entre Trump y Xi Jinping. El secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, sugiere que Trump podría reunirse con Xi Jing hasta cuatro veces en 2026, lo que refuerza el cambio hacia una mayor interacción. 

Otras informaciones apuntan a que Trump ha guiado a Japón para reducir las tensiones con Pekín sobre Taiwán, lo que refuerza la opinión de que la Casa Blanca sigue centrada en mantener la estabilidad y evitar una escalada. 

Las valoraciones, las ganancias y las entradas de capital del sector tecnológico chino son motivos de optimismo. El sector tecnológico chino continúa cotizando con un descuento considerable frente a sus pares globales, con el índice Hang Seng Tech en aproximadamente 18 veces su precio/beneficio anticipado, frente a las 27 veces del Nasdaq. Esto representa un descuento de casi el 32%, en comparación con el descuento promedio histórico del 17%. Las previsiones de crecimiento de las ganancias se mantienen sólidas, y se espera que el BPA del sector aumente un 37% en 2026. 

Las fuertes entradas de capital  y la participación nacional, por otro lado, subrayan la confianza en el futuro a largo plazo. "Por lo tanto, sin adoptar una postura única, sugerimos a los inversores que ignoren cualquier indicio a corto plazo del informe del Pentágono. El sector tecnológico chino sigue siendo una de nuestras inversiones de renta variable de mayor convicción a nivel mundial, respaldada por la rápida innovación, un sólido apoyo político y un sólido crecimiento de las ganancias. En nuestra opinión, la reciente corrección ofrece un punto de entrada atractivo para los inversores con una asignación de capital insuficiente", apuntan en UBS. 

Si bien no se pueden ignorar los riesgos políticos y reputacionales, la mejora del contexto diplomático y la resiliencia de los fundamentos sugieren que el sector está bien posicionado para un mayor crecimiento en 2026. "Recomendamos aprovechar los períodos de volatilidad para aumentar la exposición a la tecnología china, manteniendo la diversificación y un enfoque disciplinado", insisten los analistas de UBS.

Por otra parte, el dólar cae y el oro sube ante la esperanza de un recorte de tipos por parte de la Fed en diciembre. El dólar se encamina a su mayor caída semanal desde agosto (-0,6%), y a una anual de más del 8%, lo que sería su peor rendimiento anual desde 2017. El oro, mientras tanto, ha repuntado hasta alcanzar un máximo de dos semanas de 4.183$ por onza. 

Los mercados monetarios estiman una probabilidad implícita del 87% de un recorte de tipos en diciembre, frente al 39% de hace una semana. "Nuestra opinión: Si bien creemos que la mayor parte de la caída del dólar estadounidense ya ha pasado, la trayectoria de menor resistencia para el dólar estadounidense sigue siendo a la baja en los próximos meses. La flexibilización de la Fed (incluido un recorte de tipos en diciembre), los persistentes déficits estadounidenses y la continua diversificación de activos que se alejan del dólar estadounidense son factores adversos. Mantenemos una calificación atractiva para el EUR, el AUD y la NOK, y preferimos posiciones largas seleccionadas en divisas de alto rendimiento sobre las de bajo rendimiento en los mercados del G10 y emergentes. Por el contrario, calificamos el USD como no atractivo. La debilidad del dólar estadounidense, la disminución de los rendimientos reales, la incertidumbre geopolítica y el aumento de las preocupaciones fiscales deberían impulsar la demanda de oro, que también consideramos atractivo", resaltan en UBS.

Mark Haefele, Chief Investment Officer en UBS Global Wealth Management, afirma: “el sector tecnológico chino sigue siendo una de nuestras ideas de renta variable más fuertes a nivel global, respaldada por una rápida innovación, un sólido apoyo político y un fuerte crecimiento de beneficios. La reciente corrección ofrece una oportunidad atractiva para los inversores infraasignados, en nuestra opinión. Aunque no se pueden ignorar los riesgos políticos y reputacionales, el entorno diplomático está mejorando y los sólidos fundamentos del sector sugieren que está bien posicionado para seguir creciendo hasta 2026”.

26Nov

UBS cree que es un buen momento para entrar en la renta variable de la Eurozona.

Miguel Ángel Valero

El nuevo impulso en las negociaciones de paz para el conflicto en Ucrania empieza a tomar fuerza, pero el acuerdo reducido a 19 puntos sigue sin convencer a la cúpula ucraniana. En un nuevo giro en la postura de la Administración americana el pacto plantea un dilema: ceder ante las demandas rusas o arriesgarse a perder a EEUU como aliado. Ante esta situación, Ucrania busca alternativas en Europa. 

En este sentido, Andrius Kubilius, comisario de Defensa de la Unión Europea (UE), considera inaceptable la propuesta ruso-americana y asegura que Europa debería diseñar un plan propio.

Además, esta semana se presentó el Reglamento para implementar el denominado “Schengen militar” de cara a 2027, que facilitará la movilidad de tropas y armamento entre los países de la UE.

Europa dispone de una carta que aún no ha jugado: el uso de los activos rusos congelados en Euroclear, que podría convertirse en una baza de negociación y en un mecanismo de apoyo si EEUU decide abandonar la ayuda a Ucrania –algo menos importante que hace tres años, en un conflicto en la que los drones han tomado más relevancia y Ucrania es capaz de autoabastecerse–.

La nueva presión de la Administración Trump recae sobre Ucrania y la Unión Europea, con exigencias como la desactivación de sanciones, la creación de vías para utilizar los activos rusos congelados en beneficio también de EEUU, el bloqueo a la presencia de tropas europeas en suelo ucraniano y un compromiso en los estatutos de la OTAN para impedir que Ucrania se incorpore a la Alianza, puntos que se consideran inaceptables por los líderes europeos. 

Está previsto que el presidente ucraniano viaje a EEUU antes de finalizar noviembre, tras la serie de reuniones que se están celebrando en Abu Dabi entre delegaciones estadounidenses y rusas, con presencia ucraniana como observadora. Tras varios intentos fallidos, éste parece el avance más significativo desde el verano, aunque la lejanía entre las altas esferas rusas y los negociadores europeos sigue siendo elevada. 

España se desviará tres décimas del déficit público 

Por otra parte, la Comisión Europea ha instado a los Estados miembros a cumplir con los objetivos de consolidación fiscal. Según la normativa comunitaria, el déficit público no puede superar el 3% del PIB. A esta regla se añade la llamada “cláusula de escape”, que permite incrementar el gasto en defensa en hasta un 1,5% adicional sin que compute en el límite.

Ocho países, entre ellos Países Bajos y España, podrían rebasar el umbral, aunque de forma moderada. En el caso de España, la desviación sería de solo un 0,3% y aún no ha activado la cláusula de escape, por lo que, si lo hiciera, no habría incumplimiento.

Alemania también rebasará el límite establecido (3,1% este año, 4% en 2026) pero, como el exceso está explicado por el gasto en defensa, no se tomarán medidas disciplinarias. 

Por el contrario, Finlandia presenta desequilibrios significativos, con un déficit estimado del 4,3% del PIB en 2025. La Comisión ha recomendado iniciar un Procedimiento por Déficit Excesivo, aunque reconoce que el país atraviesa circunstancias excepcionales debido al riesgo geopolítico. 

Actualmente, nueve Estados ya están sometidos a este mecanismo, entre ellos Francia, Italia, Bélgica, Austria y Polonia. Italia podría salir del procedimiento el próximo año, con previsiones del 3% para este ejercicio y del 2,8% para el siguiente.

En este sentido, Moody’s elevó la calificación de la deuda soberana italiana, desde un Baa2 a un Baa3, citando el progreso hacia el cumplimiento de los objetivos en sus cuentas públicas. 

UBS: un buen momento para entrar en la Bolsa de la Eurozona

A medida que se acerca el final de noviembre, el sentimiento hacia la renta variable europea se ha vuelto más volátil. El índice de volatilidad del Stoxx 50 ha repuntado hasta su nivel más alto en un mes, y los principales mercados de la región, de Alemania a Francia, volvieron a sufrir presión. "Aun así, creemos que este cambio de ánimo del mercado no está del todo justificado", señalan en UBS. 

"De hecho, hemos mejorado nuestra recomendación para la renta variable de la Eurozona a Atractiva, apoyados en tres factores principales:

  • Las perspectivas cíclicas de Europa están mejorando.
  • Su posición estructural es la más sólida en 15 años.
  • Las valoraciones son razonables y el crecimiento de beneficios debería acelerarse".

Mark Haefele, Chief Investment Officer en UBS Global Wealth Management, afirma: “creemos que es un buen momento para que los inversores se planteen aumentar su exposición a la renta variable de la Eurozona, que elevamos a una calificación 'Atractiva'. Favorecemos una combinación de beneficiarios estructurales y cíclicos, incluidos los sectores industrial, tecnológico y de utilities europeos, que pensamos se beneficiarán de tendencias globales como la IA, la transición energética y el aumento del gasto en defensa”.

Y añade: “desde una perspectiva cíclica, mejoramos también a Atractivo el sector bancario europeo, respaldado por un mayor crecimiento del crédito, la revalorización de los activos y unos sólidos retornos al accionista. El sector inmobiliario y la renta variable alemana también destacan, impulsados por unos tipos bajos del BCE y una política fiscal más flexible.”

12Nov

La industria química, con una alta dependencia de los precios de la energía, así como de los cambios en las políticas comerciales, apenas crecerá el 0,2% este año y el 0,4% en 2026.

Miguel Ángel Valero

La industria química es un sector con una alta dependencia de los precios de la energía, así como de los cambios en las políticas comerciales. Estos factores van a suponer un lastre para su crecimiento en 2025 y 2026, que apenas alcanzará un 2,1% a nivel global. En el caso de Europa, se prevé una estabilización de la producción con un crecimiento residual del 0,2% este año y del 0,4% en 2026.

Un estudio de Crédito y Caución analiza las causas de esta ralentización en el mercado europeo. Por una parte, el aumento estructural de los costes energéticos sigue siendo un reto clave para los productores, ya que se espera que los precios del gas se mantengan por encima de los niveles anteriores a la crisis de forma indefinida. El aumento de los precios debilitará la competitividad a largo plazo frente a EEUU y China, sus principales rivales.

Por otra parte, los nuevos aranceles estadounidenses podrían desviar más exportaciones chinas hacia Europa, reduciendo la demanda de productos europeos fabricados con productos químicos locales. A este hecho se añade la previsión de que China incremente sustancialmente la producción química dejando en el mercado mundial un exceso de oferta que repercutirá en los precios y en la competitividad de las empresas europeas.

Por último, la industria química es esencial para otros sectores como la automoción, fuertemente afectada por los nuevos aranceles, en especial, en mercados como Alemania en los que es uno de los principales pilares de su economía.  El efecto negativo de las tarifas arancelarias sobre la industria automovilística está perjudicando, en concreto, al subsector de pinturas y barnices.

El informe de Crédito y Caución también identifica como uno de los principales retos del sector los requerimientos normativos en materia de sostenibilidad. Las empresas se enfrentan a importantes inversiones en descarbonización y optimización de la sostenibilidad para cumplir las regulaciones destinadas a reducir el impacto medioambiental y mejorar las normas de seguridad.
En definitiva, se trata de un sector afectado por factores tanto directos como indirectos. Su fuerte dependencia de las materias primas derivadas del petróleo y del gas, así como de la producción industrial, que lo deja expuesto al efecto de los aranceles, son sus principales debilidades.En los próximos años, la región Asia-Pacífico seguirá siendo el principal motor del crecimiento del sector químico, seguido por Estados Unidos, que se beneficia del suministro de gas de esquisto.

Reino Unido rechaza aportar dinero al fondo de defensa conjunto de la UE

Por otra parte, Reino Unido rechaza la propuesta de la Unión Europea de aportar 6.750 millones€ para acceder al fondo de defensa conjunto. El programa Security Action for Europe (SAFE) es un plan de préstamos de 150.000 millones, respaldados por el presupuesto de la UE, destinado a financiar infraestructura y armamento militar. Para ello, al menos el 65% de los bienes adquiridos deben proceder de la UE, Noruega, Islandia, Liechtenstein, Suiza o Ucrania. 

Además de los Estados miembros, el plan permite la participación de países terceros interesados, como Canadá, Corea del Sur o Turquía. 

En el caso de Reino Unido, el Gobierno ha calificado las aportaciones solicitadas de “irrazonables y desproporcionadas”. Con la fecha límite del 30 de noviembre para que los Estados miembros presenten sus primeras propuestas de proyectos SAFE, el tiempo para alcanzar un compromiso se agota..

Anthony Willis, Senior Economist de Columbia Threadneedle Investments, señala que el Banco de Inglaterra adoptó la semana pasada un tono más acomodaticio, lo que sugiere posibles recortes de tipos en el futuro. "Es probable que la institución gane confianza una vez conozca el contenido del próximo presupuesto británico, especialmente en materia de política fiscal y proyecciones de crecimiento, para determinar el margen disponible para recortar tipos", argumenta.

Aunque la inflación británica se mantiene por encima del objetivo, comienzan a predominar fuerzas desinflacionarias. Esto debería favorecer una moderación de los precios, y si los próximos datos confirman esa tendencia, el Banco de Inglaterra podría sentirse respaldado para efectuar un recorte en diciembre.

11Nov

Prysmian y Nexans, en resiliencia energética; Danieli, Siemens, en reindustrialización; Invisio, Kongsberg, en defensa y ciberseguridad, entre las empresas recomendadas.

Hilde Jenssen, Head de Fundamental Equities y co-gestora de la estrategia Empower
Europe de Nordea

La autonomía estratégica ya no es una aspiración para Europa; es esencial. Un orden mundial fracturado ha expuesto las dependencias de Europa respecto al apoyo militar de EEUU, la manufactura asiática y la energía rusa. La transición hacia una mayor autosuficiencia es una necesidad para Europa, pero la autonomía por sí sola no generará rendimientos. Europa también debe recuperar su ventaja competitiva en innovación, productividad y eficiencia del capital. Incluso en medio de los desafíos políticos actuales, Europa sigue siendo lo suficientemente fuerte como para mantenerse independiente y competir con otras potencias globales. 

Muchos países europeos ya han movilizado una cantidad sin precedentes de inversiones. El gran plan de inversión de Alemania forma parte de un esfuerzo europeo más amplio denominado Readiness 2030, que incluye aumentos significativos en el gasto en varios países y una movilización total de hasta 800 000 millones€ para la seguridad europea. El capital privado también está fluyendo hacia sectores clave que crean un impulso significativo, en particular entre las empresas medianas y pequeñas que se encuentran en el corazón de esta transformación. 

En Nordea Asset Management, creemos que este cambio ha creado una ventana de oportunidad única para que los inversores capturen la primera etapa de la estrategia de crecimiento a largo plazo de Europa a través de tres temas principales:

Resiliencia energética

Europa está acelerando la inversión en infraestructura crítica y sistemas energéticos parareducir la dependencia externa y fortalecer la estabilidad a largo plazo. Apoyado por el plan REPowerEU de 300.000 millones€, estos esfuerzos incluyen la modernización de redes eléctricas, el aumento de la capacidad de almacenamiento, la renovación de edificios ineficientes y el aseguramiento del acceso a materiales esenciales, todos ellos componentes clave de un panorama energético más autosuficiente y resiliente.

Construir una red energética robusta e interconectada es fundamental para que Europa logre la seguridad energética y mantenga la competitividad económica. En este contexto, el fabricante italiano de cables y telecomunicaciones Prysmian desempeña un papel fundamental en la modernización de la infraestructura que sustenta la seguridad energética de Europa. Del mismo modo, la empresa francesa de mediana capitalización Nexans desempeña un papel importante en garantizar la resiliencia energética de Europa. Como líder en un mercado de nicho, Nexans proporciona los cables submarinos que permiten la electrificación y conexión entre diferentes países y fuentes.

Reindustrialización de la producción

Europa está reconstruyendo su base industrial con un enfoque renovado en laautomatización, la robótica y el control operativo. La inversión significativa en maquinaria, I+D, e inteligencia industrial será vital para restaurar la competitividad, y la UE ha asignado unos 100.000 millones€ en incentivos de reindustrialización hasta 2030.

Danieli, el fabricante italiano de equipos e instalaciones para la industria metalúrgica está a la vanguardia del retorno de la producción de acero a Europa. La empresa mantiene una sólida ventaja competitiva gracias a la inversión continua en tecnologías del acero y en innovación de procesos. Danieli ayuda a los productores de acero a reducir costos y aumentar la eficiencia a través de la automatización, el control de procesos impulsado por IA y las tecnologías de ahorro de energía como los alimentadores de energía digitales Q-ONE, que optimizan la mano de obra, el uso de materiales y el consumo de energía en la producción y la logística.

La multinacional alemana Siemens es otro actor clave que impulsa la transformación industrial de Europa. Como líder en electrificación, automatización y digitalización, Siemens está ayudando a reducir la dependencia de proveedores tecnológicos extranjeros. Con el 60% de sus ingresos provenientes de áreas de crecimiento estructural y flujos de efectivo constantes, Siemens representa una historia de crecimiento sólido a largo plazo.

Defensa y ciberseguridad

Si bien la OTAN sigue siendo indispensable, los acontecimientos recientes han puesto de relieve los riesgos de depender excesivamente de socios externos. En respuesta, el plan EUReadiness 2030 tiene como objetivo reforzar las capacidades de defensa mediante la inversión en tecnologías de doble uso civil y militar, ciberseguridad y equipamiento moderno. Con la recomendación de la OTAN de destinar un gasto en defensa del 3–5 % del PIB, equivalente a 350.000 millones€ anuales en toda Europa, la autonomía estratégica se ha convertido en una prioridad principal. 

La empresa sueca de mediana capitalización Invisio, proveedor de confianza de la OTAN y las fuerzas de la UE, ofrece equipos de comunicación de alta tecnología para operaciones seguras. Con una sólida ingeniería y un potencial de crecimiento a través de nuevas líneas de productos, Invisio se beneficiará aún más a medida que el Fondo Europeo de Defensa asigne 8.000 millones€ a tecnologías de próxima generación para 2027.

El grupo noruego de tecnología avanzada Kongsberg es otro innovador europeo. Con la próxima escisión de su negocio marítimo, Kongsberg se centrará por completo en soluciones tecnológicas y de defensa.

El despertar de Europa ofrece muchas oportunidades. Los últimos años han demostrado quela fortaleza de Europa no reside en la dependencia, sino en la renovación. El continente se está reinventando económica, tecnológica y estratégicamente. La estrategia Empower Europe de Nordea invierte precisamente en aquellas empresas que están impulsando este cambio y que, por tanto, son los motores de una Europa más segura de sí misma.

08Nov

Las diez principales empresas representan ahora el 32% de los ingresos netos totales, frente al 24% en 2009, lo que refleja una concentración récord. Las diez principales empresas europeas comenzaron con un peso similar en 2009, pero ahora solo representan el 16% de los beneficios.

Miguel Ángel Valero

Durante más de una década, el crecimiento de los ingresos netos del S&P 500 ha superado al del Stoxx 600 europeo. Sin embargo, se vislumbran signos de cambio, según un análisis de DWS. 

Desde la crisis financiera de 2009, los mercados bursátiles mundiales, en lugar de converger, divergían. En términos de ingresos netos agregados, se ha abierto una amplia brecha entre el S&P 500 de EEUU y sus homólogos mundiales, como el Stoxx 600 de Europa. Tanto el S&P 500 como el Stoxx Europe 600 comenzaron su andadura tras la crisis con beneficios similares, algo más de 0,5 billones$. En 2024, los ingresos netos del S&P 500 se han disparado hasta los 2 billones, lo que supone un aumento de 4,2 veces, mientras que el Stoxx Europe 600 solo ha logrado duplicarse hasta alcanzar los 1,1 billones de USD.

Por supuesto, la composición del índice explica gran parte de la historia. El motor de beneficios del S&P 500 está impulsado por un grupo reducido de gigantes tecnológicos y de las comunicaciones estadounidenses. Las diez principales empresas representan ahora el 32% de los ingresos netos totales, frente al 24% en 2009, lo que refleja una concentración récord. Las diez principales empresas europeas comenzaron con un peso similar en 2009, pero ahora solo representan el 16% de los beneficios. A primera vista, esto parece una desventaja, pero también puede significar resiliencia. Sin embargo, es interesante observar que sigue existiendo una gran diferencia si se tienen en cuenta sectores más tradicionales, como el industrial y el financiero.

El gráfico proporcionado por DWS muestra que el sector financiero ha impulsado tanto el bajo rendimiento de Europa tras la crisis como su reciente recuperación. El sector financiero domina el índice Stoxx 600 europeo, aportando un tercio de los ingresos netos, mientras que los sectores industrial y sanitario desempeñan un papel más importante que en EEUU. Muchas empresas industriales europeas, que en su día fueron una fuente de fortaleza, parecen enfrentarse a retos estructurales. En general, la base sectorial más amplia de Europa ha registrado un crecimiento más estable, aunque menos espectacular.

Entonces, ¿pueden Europa y su índice Stoxx 600 ofrecer algo más que una mayor diversificación con valoraciones aún algo más razonables? Como sostiene Thomas Bucher, responsable de estrategia de renta variable global de DWS, "las acciones estadounidenses son claramente caras. Sin embargo, en relación con su impresionante crecimiento de dos dígitos del beneficio por acción, la valoración podría no ser tan alarmante". 

Mientras tanto, estamos empezando a ver algunos signos alentadores en Europa a nivel empresarial. Las medidas de estímulo específicas, sobre todo el impulso a las infraestructuras en Alemania, están empezando a cambiar el rumbo. Pero aún es pronto y, dada la reciente fortaleza de los mercados bursátiles europeos, será fundamental mantener el impulso de los beneficios.