26Mar

Un conflicto largo no se mide solo en términos militares, sino en desgaste social y financiero. Subidas del precio de la energía, impacto en la economía, incertidumbre en los mercados, fatiga del electorado, presión política interna… todo eso acaba pesando más que cualquier victoria táctica sobre el terreno. Por eso, el verdadero campo de batalla no está solo en el Estrecho de Ormuz. Está en la paciencia de las sociedades… y ahora también en la estabilidad de los mercados.

Miguel Ángel Valero

Doce meses después del Día de la Liberación, el panorama financiero global ha completado un ciclo de contrastes extremos, subraya un análisis de Ibercaja Gestión. Lo que comenzó como un escenario de pánico ante el anuncio de aranceles globales por parte de la administración Trump, ha derivado en una compleja rotación de activos marcada por la resiliencia económica, la inteligencia artificial y, más recientemente, la inestabilidad geopolítica.

Pese a los vaticinios de las casas de análisis de Wall Street, que gritaban “recesión e inflación” la aplicación final a través de las "pausas arancelarias" permitió al mercado digerir la incertidumbre y a las empresas hacer sus deberes, reorganizar sus cadenas de suministro y llenar los almacenes. El resultado fue un PIB estadounidense que, en el segundo trimestre de 2025, sacó músculo con un 3,8%. En cuanto a los niveles de precios, tanto la inflación subyacente como la general no han registrado fuertes repuntes; de hecho, hoy lucen niveles más bajos que hace un año, cuando los aranceles eran todavía una amenaza lejana. Curiosamente, la inflación no fue acusada; las empresas, sabiendo que el tiempo es oro —y que los plazos de negociación tenían fecha de caducidad—, aplicaron un "goteo de precios" tan sutil que los consumidores apenas sintieron el pinchazo.

Sin embargo, el comportamiento del mercado de divisas ha roto los manuales de teoría económica. Rompiendo con la ortodoxia de 2018, el dólar se depreció fuertemente, impidiendo que la moneda amortiguase el coste de los aranceles y lastrando la rentabilidad de nuestras inversiones. 

El optimismo estival regado con el maná de pactos arancelarios favorables y la solidez de los resultados tecnológicos llevó a los índices a vivir un idilio de máximos históricos semana tras semana. Sin embargo, este impulso dio paso a una rotación sectorial a finales de 2025. El agotamiento de las grandes tecnológicas, lastradas por las dudas sobre la rentabilidad inmediata de la IA y el futuro del software tradicional, provocó un trasvase de capital hacia activos de valor y geografías anteriormente relegadas. En este nuevo baile de sillas, mientras Europa y Japón intentaban sacar pecho, el bloque emergente se consolidaba como el verdadero dueño de la pista.

Pero la paz de los mercados suele ser efímera, y todavía más desde que está Trump en la Casa Blanca. La relativa calma que teníamos se ha visto truncada por el estallido del conflicto en Oriente Medio, un incendio geopolítico que ha devorado las ganancias acumuladas en los dos primeros meses en un abrir y cerrar de ojos. Europa y Asia, con su crónica dependencia energética, han sido las que se han llevado la peor parte del golpe. 

La onda expansiva ha llegado, como no podía ser de otra forma, a la renta fija. La revalorización del crudo ha despertado al fantasma de la inflación, forzando al mercado a descontar hasta tres subidas de tipos por parte del BCE para 2026. Así, aquel benigno escenario de pausas con el que arrancó el año ahora ha pasado a mejor vida, dejando a los inversores en un entorno de cautela donde la solvencia y la gestión activa vuelven a ser las únicas brújulas fiables.

Y con esto llegamos al panorama actual, que está bajo el asedio de dos tipos de riesgos que, pese a que bailan por separado, podrían converger creando tensiones generalizadas. El principal riesgo se encuentra en la tensión geopolítica en general y en la guerra de Irán en particular. La escalada en Oriente Medio reintroduce el temor a la estanflación y se suma al uso de aranceles que, ya de por sí, son dañinos para el crecimiento de las economías. Por otro lado, el segundo foco de incertidumbre se encuentra en un posible frenazo en el CAPEX de los hiperescaladores. Estas compañías han sido el pulmón del PIB estadounidense, y si deciden cerrar el grifo de la inversión, el crecimiento tendrá que buscarse la vida por otros derroteros. Con un consumo que ya ha dado lo mejor de sí y un déficit fiscal desmedido, no hay muchos voluntarios para coger el relevo. 

Pese a la independencia de estos dos riesgos, no es descartable un escenario donde el aumento de la tensión geopolítica paralice o retrase momentáneamente las inversiones, afectando, en consecuencia, al CAPEX de los hiperescaladores. Un escenario así sería criptonita para la renta variable y podría desembocar en un empobrecimiento del ciudadano estadounidense -fuertemente invertido en Bolsa-, afectando al consumo y creando un bucle que se retroalimenta.

Sin embargo, "mantenemos una visión positiva de cara a 2026, ya que Trump tiene el mercado “entre ceja y ceja” y sabe que su examen en las elecciones de medio mandato, en parte, se corrige en Wall Street. Mientras las señales no lleguen, permaneceremos invertidos, ya que como dijo Peter Lynch: 'Se ha perdido mucho más dinero intentando predecir las correcciones que en las propias correcciones'”.

"En estos doce meses el mundo ha dado un vuelco de 360 grados para quedarse en una situación notan distinta a la que vivimos ese dos de abril. Durante este tiempo hemos visto aranceles venir e irse, capturas de presidentes, amenazas de invasión de territorios de aliados, una guerra en Oriente Medio y, pese a todo, nuestras rentabilidades han sido positivas. Y, es que, como se suele decir: 'hay décadas en las que no pasa nada y años en los que pasan décadas”, concluyen en Ibercaja Gestión.

Escenificación para un acuerdo a corto plazo

Irán rechaza las propuestas de Trump con un tono considerablemente agresivo, mientras los ataques continuaban, principalmente desde Israel. Con la posibilidad de que Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos se sumen al conflicto, el optimismo inicial respecto a una resolución rápida volvía a desvanecerse. A punto de cumplirse el mes de enfrentamientos, la presión de EEUU y de la diplomacia de los principales socios comerciales de Irán —Pakistán, India y China— alcanzaba su punto más alto. Esto ha llevado al Gobierno persa a plantear una estrategia más moderada en relación con el tránsito marítimo por el estrecho, aplicando restricciones únicamente a países “no hostiles” y, potencialmente, cobrando por la seguridad en la navegación mediante un peaje.

Turquía intenta contener el impulso de los estados árabes que buscan implicarse en el conflicto. En paralelo, Karoline Leavitt, secretaria de Prensa del Gobierno americano, se sumó al intercambio de mensajes, afirmando que Teherán está negociando tras la fachada de firmeza debido a su debilidad interna. Por otro lado, el envío de tropas estadounidenses a la región –aproximadamente 4.000 nuevas fuerzas de ataque anfibio y 3.000 de la fuerza aerotransportada, que se unirían a los 50.000 ya desplegados en la región– constituye probablemente la amenaza más seria que puede ejercer Washington y supone un arma de doble filo, ya que implicaría un gasto logístico y temporal mucho más elevado que el actual. 

Por su parte, Israel ha logrado sus primeros avances en el sur del Líbano, tras recientemente abrir un nuevo frente en el conflicto.

Los mercados interpretan el rechazo iraní como un paso más dentro de la escenificación que podría desembocar en un acuerdo en el corto plazo. Por ello, las caídas en los activos de riesgo han sido limitadas –el S&P 500 solo retrocede alrededor de un -5,5% desde máximos–. Las informaciones sobre una posible reapertura parcial del estrecho también han sido bien recibidas, especialmente en un contexto en el que la maniobra mafiosa de Irán podría ser asumida por las refinerías asiáticas, deseosas de crudo, con las referencias de precios árabes de crudo cayendo entre un -20% y un -30% desde máximos.

En este entorno, los hechos pesan más que las declaraciones. Aunque hay señales de acercamiento, la posibilidad de una invasión terrestre estadounidense aumenta ante un Irán que continúa resistiéndose. Los mercados centran su optimismo en la potencial reapertura del estrecho –a pesar de los potenciales costes– y en la ausencia de nuevos ataques relevantes contra infraestructuras energéticas en los últimos días. El marco negociador sigue siendo complejo, pero cada vez abundan los indicios de que el tiempo se agota para ambas partes. 

El Parlamento de Irán está elaborando un proyecto de ley destinado a imponer un peaje obligatorio a los buques que soliciten un paso seguro a través del estrecho de Ormuz. Según la agencia Fars, vinculada a la Guardia Revolucionaria, la propuesta se ultimará la próxima semana y otorgará reconocimiento legal a la supervisión que Irán ejerce sobre esta estratégica vía marítima. Aunque la legislación aún no se ha aprobado, diversos operadores marítimos han informado de que ya se está aplicando un peaje informal que puede alcanzar los dos millones$ por buque. Para procesar la solicitud de tránsito, las autoridades iraníes exigen a los armadores información detallada sobre la tripulación, la carga y el itinerario.

A primera vista, el pago de un peaje podría recordar al aplicado en infraestructuras como el Canal de Suez o el Canal de Panamá, donde las tarifas responden a la necesidad de cubrir los enormes costes de construcción, operación y mantenimiento de canales que requieren un trabajo diario de ingeniería, dragado, sistemas de esclusas, personal técnico y servicios de pilotaje. En el caso de Irán, sin embargo, los legisladores justifican el cobro del peaje no por el mantenimiento de una infraestructura –el estrecho es una vía natural–, sino por la mera prestación de seguridad. 

Además, Irán distribuyó una carta en la que afirma permitir el tránsito seguro de aquellos buques considerados “no hostiles”. El Ministerio de Asuntos Exteriores definió esta categoría como naves que “ni participan ni apoyan actos de agresión contra Irán” y que no pertenezcan a Estados Unidos o Israel. 

The Trader: cuidado con la percepción de que todo está bajo control

"La estabilidad es inestable", recuerda Nicolai Tangen, el gestor del mayor fondo soberano del planeta, el de Noruega. Y no es una reflexión teórica. Es una advertencia directa. Hablamos de un fondo de más de 2 billones$, que posee alrededor del 1,5% de todas las acciones cotizadas del mundo. "No es un actor más del mercado. Es el mercado. Y precisamente por eso, cuando este tipo de inversor empieza a plantear escenarios extremos, conviene prestar atención", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

Lo más interesante no es tanto lo que está pasando hoy, sino lo que temen que pueda pasar. Tras su reciente visita a Oriente Medio (justo antes de que estallara el conflicto con Irán), el equipo del fondo ha empezado a trabajar con dos grandes riesgos que, combinados, son potencialmente explosivos:

  • El primero es el regreso de la inflación: No una inflación moderada, sino una derivada de un shock energético. Si el Estrecho de Ormuz se ve afectado y el petróleo se mantiene estructuralmente por encima de los 100 dólares, el impacto sería inmediato: encarecimiento de costes, tensiones en cadenas de suministro y presión directa sobre los bancos centrales.
  • El segundo es aún más estructural: la fragmentación geopolítica. Un mundo que se divide en bloques, donde el comercio se reduce, la eficiencia cae y el crecimiento se resiente. Y aquí entra un factor clave: las políticas de EEUU, que están tensando las relaciones con sus propios aliados en un contexto ya de por sí delicado.

Lo relevante no es solo el diagnóstico, sino la magnitud de lo que manejan en sus escenarios. Según sus propios stress test, un entorno de ruptura comercial y menor crecimiento podría provocar una caída cercana al 50% en su cartera de renta variable y más de un 35% en el valor total del fondo. El inversor más grande del mundo está contemplando escenarios donde prácticamente se destruye la mitad del valor de las Bolsas.

Pero no solo están preocupados por la geopolítica. También lo están por el mercado tecnológico. Tangen reconoce ser un firme creyente en la inteligencia artificial, pero al mismo tiempo advierte de algo que muchos prefieren ignorar: las valoraciones pueden haber ido demasiado lejos. Y en un escenario de corrección, el impacto sería brutal. Sus propios cálculos apuntan a que una caída del sector tecnológico podría borrar más de la mitad del valor de su cartera de acciones.

Aquí es donde encajan dos ideas que el mercado tiende a separar… pero que en realidad están profundamente conectadas: Complacencia geopolítica + complacencia tecnológica. Si ambas fallan al mismo tiempo, el ajuste podría ser mucho más violento de lo que la mayoría anticipa. Y mientras tanto, los mercados siguen relativamente tranquilos. Lo que encaja perfectamente con una de las reflexiones más conocidas de Hyman Minsky, “largos periodos de estabilidad generan una falsa sensación de seguridad… que acaba desembocando en crisis”. "Es exactamente el punto en el que podríamos estar ahora", avisa Pablo Gil.

Lo más peligroso de este entorno no es el riesgo en sí, sino la percepción de que todo está bajo control. Cuando el mayor fondo del mundo empieza a preparar escenarios de caída del 40% o 50%, no significa que vayan a ocurrir mañana. Pero sí indica que el sistema es mucho más frágil de lo que parece. Y, sobre todo lanza un mensaje muy claro: el mercado sigue confiando en un escenario de normalidad… en un mundo que cada vez se parece menos a uno normal. Y como nos recuerda Tangen, “la estabilidad no desaparece de golpe. Primero se cuestiona. Luego se erosiona. Y cuando queremos reaccionar… ya es demasiado tarde”.

Capacidad productiva dañada

Durante semanas, el mercado ha estado centrado en un riesgo muy concreto: el posible bloqueo del Estrecho de Ormuz. Un cuello de botella por el que transita cerca de una cuarta parte del petróleo mundial y una parte muy relevante del gas natural licuado. Ese era el gran temor inicial. Un shock logístico. En ese primer escenario, el problema no era que faltara petróleo, sino que no pudiera llegar a su destino, una disrupción temporal del flujo. El mercado reacciona con subidas de precio, sí, pero impulsadas principalmente por la prima de riesgo geopolítico. En el fondo, los barriles siguen existiendo. La oferta global no desaparece, simplemente se retrasa o se encarece su transporte.

Pero lo que estamos viendo ahora es cualitativamente distinto.Los ataques sobre infraestructuras energéticas en Qatar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Kuwait cambian completamente el tablero. Ya no hablamos de rutas bloqueadas, sino de capacidad productiva dañada. Y eso es otra historia. El ataque al complejo de Ras Laffan en Qatar (el mayor centro mundial de gas natural licuado) es especialmente relevante. Parte de sus instalaciones, responsables de un porcentaje significativo de las exportaciones globales de LNG, han quedado fuera de juego y podrían tardar entre dos y tres años en recuperarse completamente. No estamos ante una interrupción puntual, sino ante una pérdida estructural de oferta. A esto se suman incendios en refinerías, paradas en instalaciones clave y amenazas sobre puertos estratégicos como Yanbu en Arabia Saudí, que se ha convertido en una vía crítica de exportación ante las tensiones en Ormuz. 

El riesgo ya no es solo que el petróleo no circule… es que directamente haya menos petróleo y menos gas disponible. Y aquí es donde el mercado entra en una segunda fase mucho más peligrosa. A comienzos de año, muchos análisis apuntaban a un escenario de sobreoferta de alrededor de 3 millones de barriles diarios. Un contexto cómodo, con capacidad suficiente para absorber shocks y mantener los precios relativamente contenidos. Hoy, ese escenario ha saltado por los aires.

Si la destrucción de infraestructuras continúa, podríamos pasar rápidamente a un déficit estructural. No un desequilibrio puntual, sino una situación en la que la oferta global no es capaz de cubrir una demanda que sigue siendo sólida. En ese contexto, el precio deja de subir por miedo… y empieza a subir por necesidad.Y eso lo cambia todo. Porque una cosa es un petróleo caro por tensión geopolítica (que puede revertirse rápidamente si baja la escalada bélica) y otra muy distinta es un petróleo caro porque, simplemente, no hay suficiente. En este segundo caso, los precios no corrigen fácilmente. Se quedan altos durante más tiempo y generan efectos de segunda ronda en toda la economía: inflación persistente, presión sobre márgenes empresariales y un nuevo problema para los bancos centrales.

El mercado energético podría estar dejando de ser un mercado de flujos para convertirse en un mercado de escasez. Y eso es exactamente lo que convierte esta fase del conflicto en algo mucho más serio. Este tipo de cambios no son lineales ni inmediatos en su impacto, pero sí profundamente persistentes. El mercado siempre tiende a infravalorar los shocks de oferta estructurales, porque está acostumbrado a pensar en términos de ciclos, no de rupturas. Y lo que estamos empezando a ver se parece más a una ruptura que a un simple episodio de volatilidad.

Si esta dinámica se consolida, el problema ya no será solo energético. Será macroeconómico. Un petróleo estructuralmente caro actúa como un impuesto global: reduce el crecimiento, presiona la inflación y deja a los bancos centrales atrapados en un entorno donde cada decisión tiene un coste elevado. Bajar tipos puede alimentar aún más la inflación; mantenerlos altos puede agravar la desaceleración.

Además, está la complacencia con la que muchos mercados han venido descontando un escenario de normalización económica en 2026. Esa narrativa (basada en la idea de inflación controlada y crecimiento moderado) encaja mal con un shock de oferta energética de esta magnitud.

"Estamos entrando en una fase donde la energía vuelve a ocupar un papel central en la economía global. Y cuando eso ocurre, la volatilidad deja de ser un episodio puntual para convertirse en el nuevo entorno base. De modo que la pregunta ya no es si el petróleo y el gas pueden subir más… sino cuánto tiempo pueden mantenerse en niveles elevados. Y esa es una pregunta que debería estar planteándose el inversor en este momento", avisa Pablo Gil.

Los escenarios del BCE

Por su parte, el escenario base del BCE parte de una hipótesis relativamente benigna dentro de lo malo. Asume que el petróleo rondará un pico cercano a 90$ por barril y el gas unos 50€ por MWh en el segundo trimestre de 2026, para después ir moderándose. Incluso bajo esa visión relativamente contenida, la inflación de la Eurozona subiría al 2,6% en 2026, el crecimiento del PIB se frenaría al 0,9%, y la tasa de paro se movería alrededor del 6,3%. Además, el propio BCE ha revisado al alza el coste de financiación esperado: el euríbor a tres meses pasa a una media del 2,3% en 2026 y del 2,6% en 2027 y 2028, mientras la rentabilidad del bono público a diez años en la eurozona se sitúa en el 3,3% en 2026, 3,5% en 2027 y 3,7% en 2028. Es decir, incluso en el caso “central” o “Línea de base”, la energía aprieta, el crecimiento afloja y la financiación se encarece levemente. 

Pero lo realmente importante del informe no está en el escenario base, sino en los escenarios alternativos. En el adverso, el BCE contempla una interrupción del 40% de los flujos de petróleo y GNL que atraviesan Ormuz durante el segundo trimestre de 2026. Ahí el barril subiría hasta 119€ y el gas europeo hasta 87€ por MWh. El resultado sería una inflación del 3,5% en 2026, un crecimiento del PIB de solo el 0,6% y una economía claramente más debilitada, aunque con cierta normalización posterior. En el escenario grave, el shock sería mucho más persistente: petróleo en 145$, gas en 106€ por MWh, crecimiento del 0,4% en 2026 y del 0,9% en 2027, e inflación disparada al 4,4% en 2026 y al 4,8% en 2027. Ahí ya no hablamos solo de un susto inflacionista, sino de una forma de estanflación en toda regla.El problema para el BCE es que sus herramientas monetarias sirven de poco cuando la inflación viene de un shock de oferta. 

Subir tipos puede frenar los efectos de segunda ronda, contener salarios y evitar que la inflación energética se contagie al resto de precios, pero también corre el riesgo de agravar la desaceleración económica. Bajar tipos para apoyar la actividad económica sería todavía más delicado si el petróleo y el gas siguen marcando el ritmo de los precios, ya que aceleraría el problema de la inflación.

Por eso el mensaje del BCE fue tan prudente: no se compromete con ninguna senda de tipos y se reserva la posibilidad de usar todos sus instrumentos si fuera necesario. Incluso recordó que el TPI (Instrumento de Protección de la Transmisión) sigue disponible para evitar tensiones desordenadas en los mercados de deuda soberana y proteger la transmisión de la política monetaria.

Aun así, el informe deja una matización muy relevante: en sus escenarios adverso y grave no incorpora ninguna reacción adicional de política monetaria o fiscal respecto al escenario base. Eso significa que las cifras más duras son, en cierto modo, una fotografía del daño si los gobiernos y el BCE no compensan el golpe. 

Y ahí entra la segunda pata del problema: la política fiscal. El BCE reconoce que los gobiernos podrían responder con ayudas temporales, rebajas fiscales en la electricidad o medidas para amortiguar el precio energético, como ya ocurrió en 2022 y como hemos comenzado a ver ya. Pero también advierte de que el margen no es amplio. El déficit público de la Eurozona subiría al 3,4% del PIB en 2026 y al 3,6% en 2027 y 2028, mientras la deuda pública agregada seguiría aumentando hasta el 89,5% del PIB en 2028. Eso obliga a que cualquier apoyo sea muy quirúrgico: temporal, selectivo y bien enfocado.

Además, aunque el BCE no publica una trayectoria distinta de tipos oficiales para cada escenario, sí deja claro que el coste de financiación de mercado empeoraría. En el escenario grave, los diferenciales de crédito subirían en el pico unos 70 puntos básicos (pb) para los bancos y 35 para las empresas, mientras las cotizaciones bursátiles caerían en torno a un 10% para la banca y un 7% para las compañías no financieras. Es decir, incluso aunque el BCE no mueva los tipos de referencia de forma inmediata, el endurecimiento financiero llegaría igualmente por la vía de diferenciales más altos, menor apetito por el riesgo y peores condiciones de crédito.

En medio de todo esto, Europa vuelve a descubrir que su gran fragilidad estratégica no es solo militar ni industrial, sino energética. Y cuando la energía se encarece de forma persistente, todo se complica a la vez: sube la inflación, cae el crecimiento, empeoran las cuentas públicas y el banco central se queda atrapado entre dos fuegos. La política monetaria puede ganar tiempo y la política fiscal puede amortiguar el golpe, pero ninguna de las dos arregla el problema de fondo. Si Europa no reduce de verdad su exposición a shocks externos en gas, petróleo y cadenas de suministro, seguirá siendo una economía demasiado vulnerable, obligada a reaccionar siempre a la defensiva cada vez que el mundo se incendia.

Una guerra de resistencia

Hay guerras que se libran con misiles, portaaviones y tecnología de última generación. Y hay otras que se libran en un terreno mucho más incómodo: el de la resistencia, el desgaste y la psicología colectiva. El conflicto actual en torno al Estrecho de Ormuz pertenece claramente a esta segunda categoría.

A simple vista, EEUU dispone de una superioridad militar abrumadora. Irán, en comparación, es una potencia regional con muchas más limitaciones. Pero no es una guerra convencional. Es una guerra de objetivos distintos. Para EEUU, ganar significa algo muy concreto: garantizar la libre circulación por el Estrecho de Ormuz. Es un objetivo binario. O se consigue, o no se consigue. Y si no se consigue, la percepción global será clara: ha perdido.

Para Irán, en cambio, el objetivo es completamente diferente. No necesita ganar en términos clásicos. Le basta con algo mucho más modesto —y al mismo tiempo mucho más difícil de combatir—: demostrar que no puede ser derrotado. Que tiene la capacidad de generar suficiente daño, suficiente inestabilidad y suficiente coste como para que el adversario se plantee si merece la pena seguir.

Ahí es donde cambia completamente el marco del conflicto. Irán no compite en fuerza. Compite en resistencia. Su estrategia pasa por alargar el conflicto, elevar progresivamente el coste y llevar la situación a un punto en el que la ecuación deje de ser militar y pase a ser política. Porque en una democracia, el límite no lo marca el ejército… lo marca la sociedad.

Y en ese terreno, en el político y psicológico, ha aparecido un nuevo factor que añade aún más incertidumbre: la forma de negociar de Donald Trump. En cuestión de horas hemos pasado de un ultimátum explícito (“tenéis 48 horas o destruiremos vuestras infraestructuras clave”) a un giro completo en el mensaje, hablando de negociaciones abiertas y ampliando los plazos a cinco días. Todo ello mientras desde Irán se niega que exista cualquier tipo de diálogo real.

Este tipo de movimientos no son anecdóticos. Forman parte de una estrategia de presión extrema, basada en la imprevisibilidad. El problema es que esa misma imprevisibilidad, que busca descolocar al adversario, también descoloca a los mercados. Y la reacción ha sido inmediata: volatilidad, caídas, rebotes, cambios bruscos en expectativas. Porque cuando el principal actor del conflicto cambia el mensaje en cuestión de horas, el mercado deja de intentar anticipar… y pasa a reaccionar.

Aquí es donde la guerra vuelve a cruzarse con la economía. Un conflicto largo no se mide solo en términos militares, sino en desgaste social y financiero. Subidas del precio de la energía, impacto en la economía, incertidumbre en los mercados, fatiga del electorado, presión política interna… todo eso acaba pesando más que cualquier victoria táctica sobre el terreno. Por eso, el verdadero campo de batalla no está solo en el Estrecho de Ormuz. Está en la paciencia de las sociedades… y ahora también en la estabilidad de los mercados.

Si el conflicto se alarga lo suficiente y el coste sigue aumentando, EEUU puede verse obligado a reducir su implicación o a buscar una salida que no necesariamente implique una victoria clara. Y en ese momento, el mensaje para el resto del mundo sería demoledor: incluso la mayor potencia del planeta tiene límites. Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá de Oriente Próximo. Porque en geopolítica, la percepción lo es todo. Los aliados observan. Los rivales también. Y los flujos de capital, las decisiones estratégicas y los equilibrios de poder empiezan a ajustarse en función de quién demuestra fortaleza… y quién muestra debilidad. En este contexto, el control del Estrecho de Ormuz no es solo una cuestión energética. Es una prueba de credibilidad global.

"La historia está llena de episodios en los que una potencia dominante pierde influencia no por una derrota total, sino por no ser capaz de imponer su voluntad en un punto crítico. No hace falta perder una guerra completa. A veces basta con no poder ganarla de forma clara", advierte Pablo Gil. Parafraseando a Ray Dalio, “cuando una potencia dominante muestra que no puede controlar un punto clave del sistema (ya sea una ruta comercial, una región estratégica o un conflicto relevante), lo que está en juego no es solo ese episodio concreto. Es la confianza en todo el orden que ha construido”. Y hoy, además, hay un matiz adicional que no conviene ignorar: cuando la estrategia se basa en la presión y la imprevisibilidad, no solo se tensiona al adversario… también se tensiona al propio sistema. Porque el poder no se mide solo por la capacidad de actuar, sino por la credibilidad de que puedes hacerlo de forma coherente y sostenida en el tiempo. Y cuando esa credibilidad se vuelve errática, el mundo no solo duda… empieza a protegerse. Y ahí es donde, casi sin darnos cuenta, se siembran las primeras grietas de cualquier hegemonía.

UBS: visión positiva sobre la renta variable de emergentes

El UBS CIO Daily insiste en evitar la tentación de intentar anticipar el mercado: "puede resultar atractivo en periodos de alta volatilidad. Sin embargo, creemos que este enfoque puede perjudicar el crecimiento del patrimonio a largo plazo. Consideramos que mantenerse invertido con una cartera bien diversificada puede ayudar a los inversores a gestionar la incertidumbre. El market timing requiere mucho tiempo y recursos. Los mejores días suelen venir después de los peores, y perdérselos pone en riesgo la rentabilidad. La toma de decisiones emocionales también puede afectar negativamente al rendimiento".

Mark Haefele, Chief Investment Officer de UBS Global Wealth Management, afirma: "Si bien los conflictos geopolíticos y la volatilidad del mercado pueden tentar a los inversores a intentar anticipar sus entradas y salidas del mercado, la historia y las estadísticas demuestran que este enfoque está lleno de riesgos. Seguimos creyendo que mantenerse invertido con una cartera bien diversificada es la mejor manera de captar el crecimiento del mercado a largo plazo, y los inversores pueden considerar el oro, los bonos de calidad, las estrategias de preservación de capital y los hedge funds como coberturas y elementos diversificadores de la cartera”. 

Renta variable de mercados emergentes: "Mantenemos una calificación de Atractiva para la renta variable de mercados emergentes dentro de nuestras preferencias globales. A pesar de la reciente volatilidad derivada de las tensiones geopolíticas y el aumento de los precios del petróleo, mantenemos una visión constructiva sobre la renta variable de mercados emergentes, respaldada por unos fundamentales resilientes y por su exposición a tendencias estructurales de crecimiento como la IA y la demanda de memoria”, señalan Laura Smith, analista, y Alejo Czerwonko, director de inversiones de Mercados Emergentes Américas.

EEUU: La incertidumbre por los conflictos prolongará la pausa de la Fed hasta el tercer trimestre
“Ahora esperamos que el próximo recorte de tipos de la Fed se produzca en septiembre, seguido de un segundo recorte en diciembre, lo que situaría el tipo de interés en torno al 3,00%-3,25% a finales de año, cerca de niveles neutrales”, opina Andrew Dubinsky, economista.

“Nuestra estrategia preferida para la plata se mantiene sin cambios: favorecemos vender riesgos a la baja del precio para obtener rendimiento adicional durante los próximos tres meses”, aportan Wayne Gordon, estratega, y Dominic Schnider, responsable global de divisas y materias primas. Sobre el cobre, "mantenemos una visión positiva a largo plazo, pero esperamos mayor claridad sobre la evolución en Oriente Medio; a corto plazo, preferimos monetizar el riesgo a la baja en torno a 11.250$ por tonelada métrica para mejorar el rendimiento durante los próximos seis meses”.

Swisscanto: el único sector con ganancias en Bolsa es el energético

René Nicolodi, responsable de Renta Variable de Zürcher Kantonalbank, gestora de los fondos Swisscanto, resalta que la renta variable afronta el arranque del segundo trimestre de 2026 condicionada por la incertidumbre geopolítica, el shock energético derivado del cierre del Estrecho de Ormuz, y una redefinición de las dinámicas de mercado.

La situación continúa siendo altamente volátil y se prevé que las rápidas fluctuaciones del mercado persistan hasta que se alcance un acuerdo formal y estable entre las partes implicadas.
En este contexto, la prima de riesgo de la renta variable estadounidense ha aumentado hasta el 3,6%, en paralelo con niveles muy elevados del Índice de Incertidumbre de Política Económica de EEUU. Se espera que el 'riesgo de titulares' impulse movimientos en las valoraciones, dado que el sentimiento del mercado está siendo más influenciado por el flujo de noticias que por acontecimientos concretos.

Swisscanto maneja un escenario base que contempla una resolución relativamente rápida del conflicto en Oriente Medio. Esta perspectiva está respaldada por el interés de EEUU en limitar sus consecuencias económicas y políticas antes de las elecciones de mitad de mandato. No obstante, su resolución no depende exclusivamente de este país. no puede descartarse en este momento la posibilidad de una escalada repentina, como el despliegue de fuerzas militares estadounidenses sobre el terreno, lo que podría provocar represalias militares por parte de Irán.

Desde el punto de vista del comportamiento inversor, por el momento, se sigue observando una relativa calma. La corrección en los mercados de renta variable ha sido bastante moderada en comparación con la magnitud del shock sobre el suministro energético global. El índice VIX ha repuntado, pero aún no ha alcanzado niveles por encima de 30 que hemos visto durante periodos recientes de estrés en los mercados. No obstante, un conflicto más prolongado, la ausencia de negociaciones o el bloqueo continuado del Estrecho de Ormuz podría agotar la paciencia de los inversores y desencadenar una reducción de riesgo más pronunciada.

Cuanto más tiempo permanezca cerrado el Estrecho de Ormuz, mayor será la disrupción en el suministro energético global. El precio del crudo Brent ha aumentado cerca de un 60% respecto a niveles previos al conflicto, superando los 100$ por barril. Un periodo prolongado de precios energéticos significativamente elevados podría tener efectos de gran alcance, como el aumento de las expectativas de inflación y el deterioro de las previsiones de crecimiento global. Estas eran relativamente optimistas al inicio del año a pesar de la incertidumbre derivada de las disrupciones en torno a la IA, el anuncio de nuevos aranceles comerciales y el aumento de las tasas de impago en el crédito privado. Si empezaran a materializarse unas menores expectativas de beneficios, la situación podría traducirse en ajustes adicionales en las valoraciones de renta variable.

El mercado ya ha reaccionado velozmente, con un ajuste del PER del S&P 500 desde 26,8 hasta 20,4 en apenas tres semanas, aunque la valoración media a 20 años se sitúa en 17,7 y está por encima del nivel actual.

Adicionalmente, se observa un mayor escrutinio en torno al mercado de crédito privado y sus actores. Este segmento ha experimentado un crecimiento extraordinario en los últimos años al expandirse en áreas no institucionales con soluciones semilíquidas, que empiezan a mostrar ahora signos de fragilidad, especialmente en aquellas vinculadas al software. Dada su opacidad y su interconexión con la economía real, las tensiones sobre el mercado del crédito privado podrían actuar como catalizadoras de una inestabilidad financiera generalizada.

A nivel regional, el mercado ha penalizado especialmente a aquellas áreas con mayor exposición energética a Oriente Medio. EEUU ha mostrado mayor resiliencia, beneficiándose además de su condición de exportador neto de petróleo y del flujo hacia activos refugio. Por el contrario, Europa y los mercados emergentes han sufrido un impacto más significativo.

A corto plazo, la renta variable de mercados emergentes se ha visto más afectada por el conflicto en Oriente Medio debido a su mayor exposición a los mercados energéticos y a las posibles repercusiones económicas, incluyendo una postura monetaria más restrictiva, un dólar estadounidense más fuerte y el riesgo de un debilitamiento de las perspectivas de crecimiento global. Tras el inicio del conflicto, la región ha caído un 11%, [1]frente al -4% del S&P 500 y el -9% del Stoxx 600. Sin embargo, a pesar de la elevada volatilidad y la limitada visibilidad en torno a evolución de los conflictos geopolíticos, los expertos de Swisscanto mantienen una visión positiva sobre la renta variable de esta clase de activo.

En Europa, sectores defensivos han superado a los cíclicos en aproximadamente un 3% desde el inicio del conflicto. En EEUU, los sectores cíclicos han mantenido una mayor resiliencia en el S&P 500, aunque esta podría deteriorarse en favor de los defensivos si el conflicto se prolonga.

El conflicto en Oriente Medio ha revertido algunas de las rotaciones que estaban impulsando las rentabilidades desde el inicio del año. En primer lugar, el mejor comportamiento de las acciones value se detuvo en marzo. En segundo lugar, la tendencia se ha invertido para las small caps, que quedan rezagadas frente a las large caps en un 3% [2] en marzo, tras dos meses de fuerte rentabilidad. En tercer lugar, la reversión ha impulsado a las acciones de alta calidad, que a largo plazo muestran un rendimiento superior.

En este escenario, el único sector con rentabilidades positivas generalizadas ha sido el energético, mientras que el de materiales ha registrado caídas pronunciadas en todas las regiones.

Si bien deben considerarse reversiones repentinas debido al flujo de noticias geopolíticas en un entorno volátil, se considera adecuado un posicionamiento más defensivo, con exposición a consumo básico, utilities y salud. Una mayor asignación a compañías de calidad puede contribuir a reforzar la resiliencia de las carteras. Paralelamente, se mantiene intacto el papel de la inteligencia artificial como catalizador estructural de crecimiento. Los principales beneficiarios de este ciclo de inversión siguen siendo los semiconductores, las redes y los proveedores de infraestructuras de centros de datos, impulsados por el elevado nivel de gasto en capital de los grandes hiperescaladores.

Columbia Threadneedle: el conflicto refuerza la inversión en transición energética

Natalia Luna, Senior Investment Analyst, Sustainability Research en Columbia Threadneedle Investments destaca que el conflicto en Oriente Medio está causando una disrupción significativa en los mercados energéticos globales. El encarecimiento del petróleo y el gas vuelve a situar en primer plano la seguridad y la independencia energética, y está acelerando el respaldo político y la inversión en energías renovables y nuclear. Además, el impacto en los precios - especialmente en las economías de la UE y Asia, altamente dependientes de las importaciones de combustibles fósiles, a diferencia de Estados Unidos - refuerza la necesidad de reducir la exposición a estos combustibles y de impulsar la inversión en fuentes de energía limpia más competitivas en costes.

El conflicto refuerza la tesis de inversión en la transición energética, que abarca la generación doméstica no fósil, como las energías renovables y la nuclear, junto con iniciativas de eficiencia energética y electrificación que reducen estructuralmente la demanda total de energía. El aumento de los precios de la energía también plantea preocupaciones en torno a la asequibilidad, lo que podría dar lugar a compromisos políticos a corto plazo y ajustes en la regulación climática y los marcos normativos. En particular, la UE está considerando reformas en su mercado de carbono, incluidas propuestas para prolongar la asignación gratuita de derechos más allá de 2035 y para crear un fondo de descarbonización industrial de 30.000 millones€, orientado a reducir los costes energéticos y a respaldar a las industrias intensivas en energía.

El conflicto también podría llevar a los responsables políticos a poner mayor énfasis en acelerar la inversión en infraestructuras de red, que representan un cuello de botella clave en la transición energética, y en facilitar un despliegue más rápido de la energía nuclear. "Seguimos esperando un aumento de la inversión en la transición energética con el impulso existente reforzado por las preocupaciones sobre la seguridad y la independencia energética derivadas del conflicto", recalca.

22Mar

Varios “hubs” de tránsito en la zona han limitado o detenido operaciones y los vuelos directos se han reducido hasta quedar en servicios mínimos. El resultado es una caída drástica de la capacidad de carga aérea. Y cuando la oferta de transporte cae, el precio se dispara: el coste del transporte aéreo ya ha aumentado entre un 30% y un 100%.

Miguel Ángel Valero

Cada vez que estalla un conflicto en Oriente Próximo, la conversación pública suele centrarse en lo mismo: cuánto va a subir el petróleo y cuánto pagaremos por la gasolina o el gasóleo. Es lógico, porque el impacto energético es inmediato y visible. Pero reducir el análisis únicamente al precio del barril es quedarse con una parte muy pequeña de la historia.

La realidad es que un conflicto en esa región del mundo tiene implicaciones mucho más profundas para la economía global. Oriente Medio no es solo un gran productor energético; también es uno de los principales nodos logísticos del planeta. Y cuando ese nodo se tensiona, las consecuencias se multiplican en sectores que, a priori, nada tienen que ver con el petróleo. El índice de materias primas ya muestra con claridad que nos encontramos en uno de los momentos más críticos de los últimos cincuenta años.

Uno de los primeros impactos se observa en el transporte aéreo y, por extensión, en el turismo. La región funciona como punto de escala entre Europa y Asia. Muchos de los grandes aeropuertos del Golfo conectan ambos continentes y canalizan una parte enorme del tráfico aéreo mundial. Si las aerolíneas empiezan a modificar rutas, cancelar escalas o reducir operaciones por motivos de seguridad, las consecuencias se dejan sentir inmediatamente: vuelos más largos, más caros y con menor disponibilidad. 

Esto no solo afecta a los viajeros. Impacta directamente en la industria turística de decenas de países. Cuando se encarecen los vuelos intercontinentales o se reducen las conexiones, el turismo internacional se resiente. Y el turismo es una de las grandes fuentes de ingresos para muchas economías, especialmente en Europa.

Pero hay un ejemplo aún más claro de hasta qué punto un conflicto puede alterar la economía global: la cadena de suministro de medicamentos.

La industria farmacéutica europea depende enormemente de Asia para los principios activos con los que se fabrican los medicamentos, los llamados API (Active Pharmaceutical Ingredients). Más del 50% de estos ingredientes se producen fuera de Europa, principalmente en China e India. En algunos casos la dependencia es prácticamente total.

El problema no es solo geográfico, sino también de concentración. Para muchos principios activos existen entre uno y cinco fabricantes certificados en todo el mundo. Esto significa que cualquier interrupción logística puede tener consecuencias inmediatas en la disponibilidad de medicamentos.

La guerra en la región está empezando a tensionar precisamente ese sistema logístico. El transporte aéreo, clave para determinados envíos farmacéuticos, es el más afectado. Varios “hubs” de tránsito en Oriente Próximo han limitado o detenido operaciones y los vuelos directos entre India y Europa se han reducido hasta quedar en servicios mínimos. El resultado es una caída drástica de la capacidad de carga aérea. Y cuando la oferta de transporte cae, el precio se dispara: el coste del transporte aéreo ya ha aumentado entre un 30% y un 100%.

Esto tiene efectos en cadena. Los retrasos en el envío de muestras necesarias para validar lotes de producción pueden añadir días o incluso semanas a la disponibilidad final de medicamentos en Europa.

El transporte marítimo tampoco está a salvo. Algunas grandes navieras han suspendido rutas por zonas sensibles como el Estrecho de Ormuz o el Canal de Suez, obligando a rodear África por el Cabo de Buena Esperanza. Ese simple desvío añade entre 15 y 20 días a cada trayecto y eleva significativamente los costes logísticos. Además, los medicamentos no cuentan con ningún tipo de prioridad logística especial. En algunos casos, los envíos quedan retenidos durante largos periodos en aeropuertos o puertos, lo que puede provocar incluso desviaciones de temperatura que obliguen a descartar lotes completos por riesgo de pérdida de calidad.

Todo esto ocurre en un contexto de dependencia estructural. Europa produce alrededor del 70% de los medicamentos terminados que consume, pero solo fabrica aproximadamente un tercio de los principios activos necesarios para producirlos. Esa vulnerabilidad se amplifica porque muchos de esos ingredientes dependen indirectamente de China incluso cuando se importan desde India. La cadena de suministros es más frágil de lo que parece.

Por eso, cuando analizamos un conflicto como el actual, debemos mirar mucho más allá del petróleo. La energía es solo el primer eslabón visible de una cadena mucho más compleja que afecta a la logística global, al comercio, al turismo y, en última instancia, a sectores tan sensibles como el sanitario.

La globalización ha creado sistemas extremadamente eficientes, pero también extraordinariamente dependientes. Funcionan muy bien mientras todo fluye con normalidad, pero cuando uno de los grandes nodos del sistema se altera, las consecuencias se propagan rápidamente por toda la economía.

"La guerra en Oriente Próximo es un recordatorio de algo que llevamos años ignorando: la resiliencia de las cadenas de suministro se ha convertido en un asunto estratégico. Y probablemente será uno de los grandes debates económicos de la próxima década", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

19Mar

Algunas de las decisiones adoptadas por Donald Trump con la intención de proteger los intereses de EEUU están teniendo un efecto colateral difícil de ignorar: terminan fortaleciendo a los adversarios de sus propios aliados… y también a sus grandes competidores estratégicos.

Miguel Ángel Valero

Los ataques a infraestructuras energéticas marcan una nueva fase del conflicto en Oriente Medio. Por primera vez, Israel inició la escalada con un ataque unilateral sobre refinerías iraníes en Pars Sur, un yacimiento de 9.700 km2 cuya explotación se reparte entre Irán (40%) y Catar (60%), y que suministra un 70% del gas doméstico iraní. En represalia, Irán dirigió su respuesta a la zona industrial de Ras Laffan, centro industrial catarí que, antes de paralizar su actividad a principios de mes, representaba un 19% de las exportaciones globales de gas natural licuado (GNL). Como resultado de este cruce, el Brent se dispara por encima de los 110 $/barril  el gas europeo avanza un 23%.

Aunque todavía se desconoce el alcance del daño en Ras Laffan, destacan dos elementos. El primero es el carácter unilateral del ataque israelí, sin el apoyo de EEUU (al menos oficialmente) ni de Catar. Trump asegura que Israel actuó por libre y se compromete a que no se repetirán los ataques sobre Pars Sur, revelando las primeras fisuras en la alianza. 

El segundo es que el golpe a infraestructuras energéticas eleva significativamente el riesgo de un conflicto más extenso y profundo, un escenario no deseado por Trump, quien ya sufre la presión de una gasolina a 3,9 $/galón (+30% desde el inicio de los ataques) a menos de ocho meses para las elecciones.

La prioridad sigue siendo la reapertura del estrecho de Ormuz y la normalización del flujo energético. 

Universidad Carlemany: puede haber una crisis de suministro global

Joan Escuer, profesor de geología en la Universidad Carlemany, explica que el yacimiento de South Pars (la parte iraní) y el de North Dome (la parte catarí, también conocido como Ras Laffan) no son dos yacimientos distintos y distantes. Son, en realidad, el mismo campo de gas, una única estructura geológica submarina compartida por Irán y Catar en medio del Golfo Pérsico. La distancia entre ambos no es un factor relevante ya que la estructura geológica es la misma y continua. La frontera entre ambos países divide lo que la naturaleza creó como un todo. 

Por eso, un ataque a la infraestructura de una de las partes (como el reciente bombardeo israelí a South Pars o el iraní a Ras Laffan) se considera un golpe directo a la integridad y seguridad de la principal fuente de riqueza energética de ambos países. Comprender esta unidad geológica explica por qué las recientes amenazas del presidente Trump de "destruir masivamente todo el yacimiento de South Pars" son tan alarmantes. No es solo una amenaza solo contra Irán. Un daño severo a la integridad del yacimiento del lado iraní podría, en teoría, afectar a la presión y la productividad del lado catarí dado que comparten el mismo sistema. La destrucción de la planta de Ras Laffan en Catar no solo paraliza la producción catarí, sino que también impide el procesamiento del gas de una parte fundamental de este yacimiento compartido, desencadenando una crisis de suministro global.

¿Afectará este ataque a España? "La respuesta corta es que sí", contesta este experto. El suministro de gas proveniente del yacimiento puede ser sustituido parcialmente, pero no completamente a corto plazo. La crisis en Catar ha dejado al descubierto una vulnerabilidad estructural del mercado global de GNL: no hay capacidad de reemplazo inmediato para el 20% de la oferta mundial. 

Para España la situación es compleja pero no catastrófica gracias a su infraestructura diversificada, trabajo realizado durante años y que ahora es una ventaja clave. Según datos de Cores (Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos), la cesta de suministro español incluye el gasoducto de Medgaz (Argelia), que a pesar de las tensiones diplomáticas ha ampliado su capacidad recientemente; EEUU, que se ha convertido en uno de nuestros principales proveedores de GNL en los últimos años; Nigeria, nuestro proveedor tradicional de GNL; Rusia, que aunque con tendencia a la baja por razones políticas, aún nos envía algunos cargamentos.

Pero aún hay más. Un efecto colateral menos conocido pero crítico de estos ataques es el impacto en el mercado del helio. Ras Laffan también es una fuente clave de este gas. De hecho, Catar produce alrededor de un tercio del helio mundial y su producción, ligada al procesamiento de gas, también está paralizada. El principal uso del helio es, sin duda, su aplicación crítica en la industria de alta tecnología, específicamente en la fabricación de semiconductores y chips electrónicos. Por eso esta crisis se puede convertir en una de las gordas.

The Trader: Trump está favoreciendo a sus competidores estratégicos

"La política internacional está llena de paradojas, pero pocas tan evidentes como la que estamos viendo en estos momentos. Algunas de las decisiones adoptadas por Donald Trump con la intención de proteger los intereses de EEUU están teniendo un efecto colateral difícil de ignorar: terminan fortaleciendo a los adversarios de sus propios aliados… y también a sus grandes competidores estratégicos", explica el analista Pablo Gil en The Trader.

La última muestra de esta dinámica se está produciendo en el mercado energético. En medio de la guerra con Irán y de las tensiones que amenazan con bloquear el Estrecho de Ormuz (por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una parte significativa del gas natural licuado) la Casa Blanca ha decidido flexibilizar temporalmente algunas restricciones sobre el petróleo ruso que ya se encontraba en tránsito por el mercado internacional. El objetivo es evidente: evitar que una interrupción brusca del suministro dispare aún más los precios de la energía y termine trasladando ese impacto a la inflación y al crecimiento económico dentro de Estados Unidos.

Desde un punto de vista táctico, la decisión tiene lógica. Si el suministro global se reduce de forma abrupta en un momento de tensión geopolítica extrema, el precio del petróleo puede dispararse. Permitir que ese petróleo ruso llegue al mercado ayuda a compensar parte de esa pérdida de oferta. Pero la otra cara de la moneda es mucho más incómoda. El propio Kremlin reconoce que esta flexibilización podría permitir a Moscú ingresar hasta 10.000 millones$ adicionales si el precio del crudo se mantiene cerca de los 100$ por barril. En un momento en el que Occidente llevaba años intentando limitar la capacidad financiera de Rusia para sostener su guerra en Ucrania, una decisión adoptada en Washington puede terminar proporcionando a Moscú un inesperado balón de oxígeno. Y Rusia no es el único beneficiado.

El conflicto con Irán está obligando a EEUU a concentrar enormes recursos militares en Oriente Medio. Solo en los primeros días de la campaña se han empleado centenares de misiles de largo alcance y el coste de las operaciones ya supera los 10.000 millones$, lo que sugiere un ritmo de gasto cercano a los 1.000 millones diarios. Pero más allá del coste económico, hay un elemento aún más relevante: parte de esas municiones y capacidades proceden del mismo arsenal estratégico que abastece a otros frentes. Eso implica que, para sostener esta guerra, EEUU no solo está gastando, sino también redistribuyendo recursos militares, debilitando su capacidad operativa en otras regiones clave.

Eso significa que, mientras Washington centra su atención y sus recursos en el Golfo, el frente europeo pierde prioridad… pero también el Indo-Pacífico. Y ahí es donde entra China. Desde Pekín, este conflicto se está observando con enorme atención. No solo porque EEUU está desviando activos militares desde Asia hacia Oriente Próximo (incluyendo unidades, sistemas de defensa y capacidad logística) sino porque la guerra está ofreciendo algo aún más valioso: información.

China está analizando en tiempo real cómo opera el ejército estadounidense, cómo responde ante ataques con drones de bajo coste, cómo consume sus reservas de munición y hasta qué punto su capacidad militar puede verse tensionada en un conflicto prolongado. Cada día de guerra es, en la práctica, un laboratorio estratégico. Además, el simple hecho de que EEUU tenga que repartir sus recursos entre varios frentes altera el equilibrio global. Cuanta más atención y capacidad se destine a Oriente Próximo, menor será la presión efectiva sobre China en su entorno natural.

Rusia gana por los precios del petróleo. China gana por el desgaste estratégico. Y EEUU empieza a enfrentarse a un problema clásico en geopolítica: el riesgo de sobreextensión.

Mientras tanto, la guerra tampoco se está quedando confinada al enfrentamiento directo entre EEUU, Israel e Irán. Como suele ocurrir en Oriente Medio el conflicto está empezando a extenderse a través de una red de actores indirectos. Milicias iraquíes vinculadas a Teherán han intensificado sus ataques contra bases donde permanecen desplegadas fuerzas occidentales en el norte de Irak. La escalada ya está teniendo consecuencias visibles. Algunos países europeos han comenzado a retirar parte de sus tropas ante el deterioro de la seguridad. Italia ha iniciado la salida de parte de su contingente, mientras que Alemania, Noruega o Suecia también han puesto en marcha repliegues temporales. Irak se está convirtiendo, poco a poco, en otro escenario de la guerra indirecta entre EEUU, Israel e Irán.

Este tipo de dinámicas sigue un patrón bastante conocido en geopolítica: el de las guerras por delegación. Las grandes potencias rara vez se enfrentan de manera directa. En su lugar utilizan aliados regionales, milicias o grupos armados para desgastar al adversario y ampliar la presión estratégica sin desencadenar una guerra abierta entre Estados. El problema es que este tipo de conflictos tienen una característica muy peligrosa: una vez que empiezan a multiplicarse los frentes, resulta extremadamente difícil controlar su evolución. Cada ataque genera represalias. Cada represalia abre un nuevo frente. Y cada nuevo frente aumenta el riesgo de errores de cálculo o incidentes que nadie había planeado.

En paralelo, la guerra está empezando a provocar un segundo problema para Washington: el aislamiento diplomático. La Casa Blanca está intentando ahora formar una coalición internacional para garantizar el tráfico marítimo a través del Estrecho de Ormuz y escoltar petroleros en la zona. El propio Trump ha pedido públicamente ayuda a varios países (incluidos aliados europeos, Japón, Corea del Sur o incluso China) argumentando que todos ellos dependen de esa ruta energética. Pero la respuesta está siendo, por ahora, fría.

Japón ha dejado claro que no tiene planes de enviar buques de guerra. Australia ha descartado participar con barcos militares. En Europa, países como Reino Unido se muestran reticentes a implicarse directamente en operaciones navales en la zona. Incluso algunos gobiernos del Golfo han expresado en privado su frustración por el hecho de que la guerra se iniciara sin una consulta previa real con los aliados.

Éste es quizá uno de los aspectos más llamativos de la situación actual. La decisión de lanzar la ofensiva militar contra Irán se tomó en Washington sin una coordinación significativa con muchos de los países que ahora se consideran socios estratégicos de EEUU. Sin embargo, cuando el conflicto empieza a generar consecuencias económicas globales (especialmente en el mercado energético) la Casa Blanca pide ahora a esos mismos aliados que se impliquen para estabilizar la situación.

Intentar evitar una crisis energética hoy (una crisis que, en buena medida, ha sido provocada precisamente por la decisión de EEUU de sumarse a Israel en su ofensiva para neutralizar la amenaza militar que representa el régimen de los ayatolas) puede terminar financiando indirectamente la guerra de Rusia mañana… y facilitando el reposicionamiento estratégico de China en el largo plazo.

Abrir un nuevo conflicto en Oriente Próximo no solo desvía recursos. También ofrece información, tiempo y oportunidades a sus principales rivales. Rusia obtiene ingresos. China obtiene aprendizaje y margen de maniobra.

Trump ha demostrado que no necesita consultar a nadie cuando decide iniciar una guerra. Sin embargo, cuando esa guerra empieza a enquistarse, cuando los precios del petróleo se disparan y cuando el impacto económico amenaza con trasladarse a la inflación y al crecimiento global, entonces sí reclama que el resto del mundo se involucre para ayudar a estabilizar la situación.

"En geopolítica, como en los mercados, las decisiones rara vez producen un solo efecto. Cada movimiento en el tablero genera consecuencias que van mucho más allá de la intención inicial. Y en este caso, la paradoja es difícil de ignorar: una guerra diseñada para reforzar la posición de Estados Unidos está terminando por abrir nuevos frentes, tensionar sus alianzas… y fortalecer, al mismo tiempo, a Rusia y China", recalca Pablo Gil.

Columbia Threadneedle: el precio del petrólo es un impuesto efectivo

William Davies, Global Chief Investment Officer de Columbia Threadneedle Investments, avisa que la escalada del conflicto en Oriente Medio ha intensificado la tensión geopolítica y ha provocado fuertes oscilaciones en los mercados energéticos. Dado que el mpacto económico depende del flujo de petróleo, los inversores deben mantenerse disciplinados y centrarse en los fundamentales a largo plazo por encima de titulares cambiantes.

Desde una perspectiva de inversión, la cuestión central es si el conflicto en Oriente Medio permanece contenido o evoluciona hacia una disrupción más prolongada, con implicaciones más amplias para los mercados globales. 

Los precios del petróleo han mostrado una considerable volatilidad a medida que el conflicto ha evolucionado, llegando casi a duplicarse en su punto extremo. Aunque estos movimientos generan titulares llamativos, no siempre reflejan la realidad económica subyacente. Si asumimos que los precios del petróleo más elevados persisten, el efecto inmediato es un aumento de los costes asociados. Esto suele interpretarse como inflacionario, lo que suscita preocupaciones sobre la posibilidad de que los bancos centrales deban endurecer la política monetaria. 

"Sin embargo, creemos que esta interpretación puede resultar engañosa. Consideramos los altos precios del petróleo menos como una fuente de inflación  sostenida y más como un impuesto efectivo sobre la economía global. La demanda de energía tiende a ser bastante inelástica. Hogares y empresas no pueden prescindir fácilmente del combustible y la electricidad. Por ello, cuando los precios de la energía aumentan, una mayor proporción de los ingresos se destina a cubrir estos costes. El resultado es una reducción de la renta disponible", explica.

Desde un punto de vista macroeconómico, esta dinámica reduce la demanda en lugar de generar inflación. Es cierto que los precios más altos del petróleo elevan los niveles generales de precios a corto plazo, pero simultáneamente frenan la actividad económica. Por esta razón, tratar los aumentos del precio dela energía únicamente como inflacionarios supone diagnosticar erróneamente el problema.

Aunque la duración del conflicto importa - especialmente desde una perspectiva humanitaria -, el impacto económico final depende del flujo físico de energía. Oriente Medio es un nodo crítico del sistema energético global, con el Estrecho de Ormuz actuando como un cuello de botella para las exportaciones de la región. Aproximadamente el 20% del crudo mundial, los productos refinados y el gas natural licuado transitan por este estrecho. La economía global puede tolerar un elevado grado de tensión geopolítica siempre que este petróleo continúe llegando a los mercados internacionales. Si así ocurre, podríamos experimentar precios más altos y cierta volatilidad, pero el impacto general podría seguir siendo manejable. Rutas alternativas de exportación, como a través del Mar Rojo, también pueden contribuir a aliviar la presión.

Sin embargo, si los flujos de petróleo se contienen o restringen, la situación sería muy distinta. En ese escenario, el impacto económico sería mucho más acusado. En términos macroeconómicos, el entorno resultante probablemente se asemejaría a la estanflación: niveles de precios más altos impulsados por los costes energéticos, combinados con una actividad económica más débil. Tal combinación complica la labor de los bancos centrales y podría presionar los precios. En última instancia, podría llevar a las autoridades monetarias a adoptar un enfoque más cauteloso, esperando evaluar si los aumentos de los precios dela energía son temporales o persistentes antes de realizar ajustes significativos de política.

Pese a los temores iniciales de que el crecimiento chino se vería gravemente afectado por los aranceles, hasta ahora no se ha observado el impacto negativo previsto. Además, la disposición del presidente Xi Jinping a interactuar con el sector privado, reconociendo su papel esencial en el crecimiento económico de China, ha favorecido una recuperación en los mercados del país. Este desarrollo subraya la importancia de mantenerse atento a las dinámicas geopolíticas y a sus implicaciones económicas.

Los mercados financieros han respondido hasta ahora con cierto grado de resiliencia. A nivel agregado, las principales clases de activos - con la excepción de las materias primas y la energía - no han experimentado desajustes significativos. Sin embargo, bajo la superficie han surgido divergencias. Dentro de los mercados de renta variable, por ejemplo, distintos sectores han estado influidos por fuerzas diferenciadas. Las empresas energéticas se han beneficiado del aumento de los precios del petróleo, mientras que sectores como el software se han visto condicionados por tendencias estructurales como el auge de la inteligencia artificial.

De forma similar, los mercados de renta fija se han mantenido relativamente estables en su conjunto, aunque han aparecido focos de volatilidad. Los diferenciales de crédito se han ampliado de forma moderada, y ciertos segmentos del crédito muestran una mayor sensibilidad que antes. En partes del crédito privado y otros mercados menos líquidos comienzan a observarse señales de tensión.

Ninguno de estos desarrollos es atribuible exclusivamente a la geopolítica, pero ilustran que los mercados podrían estar entrando en una fase más compleja y frágil, en la que la diferenciación adquiere mayor relevancia.

Los periodos de tensión geopolítica suelen fomentar la toma de decisiones reactivas. Los titulares cambian rápidamente, el sentimiento del mercado oscila y los inversores pueden reposicionar sus carteras en respuesta a desarrollos a corto plazo, solo para revertir esas decisiones cuando la situación vuelve a cambiar. "Nuestra experiencia sugiere que estas reacciones a corto plazo rara vez producen buenos resultados. En su lugar, nos centramos en el horizonte de medio a largo plazo y en las áreas donde contamos con mayor convicción. Nuestro posicionamiento ya reflejaba cierto grado de cautela incluso antes del conflicto actua", señala. 

Por ejemplo, las valoraciones en determinadas áreas de los mercados de crédito parecían tensionadas desde hace tiempo, y los riesgos más amplios - incluido el apalancamiento en los balances gubernamentales, la evolución de las dinámicas del crédito y los cambios tecnológicos estructurales - ya eran evidentes. "Por ello, hemos preferido créditos de mayor calidad frente a emisores más débiles y hemos mantenido una postura relativamente conservadora en las carteras. No obstante, cuando existe una convicción clara, estamos dispuestos a reflejarla en las carteras. Y cuando predomina la incertidumbre, tratamos de protegerlas frente a riesgos no intencionados", añade.

Una realidad que los inversores deben afrontar es que el riesgo geopolítico se está convirtiendo en un rasgo cada vez más persistente del entorno global de inversión. En los últimos años, los mercados se han enfrentado repetidamente a eventos geopolíticos - desde tensiones comerciales hasta conflictos-. En muchos casos, los peores temores de los inversores no se han materializado y los mercados han acabado recuperándose. Esta experiencia sirve como un recordatorio importante: rara vez es prudente extrapolar el peor resultado posible de acontecimientos que aún están en desarrollo. Al mismo tiempo, sería complaciente asumir que los shocks geopolíticos siempre serán temporales. En algún momento, un evento puede tener un impacto económico más duradero. El reto para los inversores es que rara vez resulta evidente cuál será el acontecimiento decisivo. Esta realidad refuerza la importancia de la disciplina, la diversificación y la convicción.

En última instancia, los mercados seguirán reaccionando a los acontecimientos en Oriente Medio, especialmente a través del prisma del suministro energético. La duración del conflicto sigue siendo incierta y la situación continuará evolucionando. Sin embargo, la variable económica más relevante sigue siendo clara: si el petróleo puede continuar fluyendo desde el Golfo. Si así ocurre, la economía global puede enfrentarse a precios más altos y a una mayor incertidumbre, pero probablemente absorberá el shock. Si no es así, las implicaciones serán significativamente más graves. "Para los inversores, la respuesta adecuada no es seguir cada titular y cada movimiento del mercado, sino mantenerse centrados en los fundamentales, preservar la disciplina en la construcción de carteras y actuar con decisión allí donde la convicción sea mayor", insiste.

Swisscanto: el oro no se mantiene como activo refugio

Roger Rüegg, responsable de Multi-Asset Solutions en Zürcher Kantonalbank, gestora delegada de los fondos Swisscanto, resalta que, desde el estallido del conflicto en Irán, el precio del oro no ha logrado mantener su condición de “activo refugio” ni sostenerse en sus máximos. Por el contrario, ha perdido alrededor de un 10 % de su valor desde comienzos de marzo. Las principales razones de esta caída se explican por tres factores clave:

  • Fortaleza del dólar estadounidense: La continua apreciación del dólar está ejerciendo una presión significativa sobre el precio del oro. Al cotizar en dólares, el oro se encarece para los inversores fuera de Estados Unidos, lo que reduce la demanda.
  • Inflación y evolución de los tipos de interés: El aumento de los precios del petróleo ha intensificado las preocupaciones inflacionistas. Como consecuencia, el mercado ha descartado las bajadas de tipos previamente previstas por los bancos centrales y han aumentado las rentabilidades en los tramos largos de la curva. Dado que el oro no genera intereses, pierde atractivo frente a activos que sí ofrecen rentabilidad.
  • Toma de beneficios: Tras dos años excepcionalmente positivos para el oro, la recogida de beneficios también está influyendo de forma relevante en la evolución reciente del precio y no debe subestimarse. A corto plazo, la toma de beneficios podría seguir presionando al precio del oro hasta que encuentre un suelo sólido. 

"No obstante, mantenemos una visión positiva a medio y largo plazo. En particular, la tendencia hacia la desdolarización, el aumento de los niveles de deuda pública y las continuas compras de oro por parte de los bancos centrales apuntan a un contexto favorable en el futuro", precisa.

15Mar

La IA puede generar un mundo en el que, en promedio, todos sean más ricos, pero donde las diferencias entre quienes se benefician de la tecnología y quienes quedan desplazados se amplíen considerablemente. Algo que ya ocurrió en otras grandes transformaciones económicas, desde la revolución industrial hasta la globalización.

Miguel Ángel Valero

El Banco de Inglaterra estudia realizar simulaciones de crisis o pruebas de resistencia, los llamados stress tests en la jerga financiera, para analizar qué ocurriría en la economía británica si la inteligencia artificial (IA) provocara un shock en el empleo y en el tejido empresarial. El banco central anticipar qué pasaría si la adopción masiva de esta tecnología destruye millones de puestos de trabajo, reduce la capacidad de pago de familias y empresas y termina trasladando ese impacto al sistema financiero.

No se trata de ciencia ficción ni de un ejercicio teórico. Es planificación económica. El Banco de Inglaterra quiere entender cómo reaccionaría el conjunto de la economía si se produjera una transformación tecnológica de gran escala. Y el simple hecho de que un banco central esté planteándose estos escenarios dice mucho sobre la magnitud del cambio que algunos economistas creen que se avecina.

El debate se ha intensificado después de que el CEO de Anthropic, Dario Amodei, advirtiera que la inteligencia artificial podría sustituir hasta el 50% de los empleos administrativos de nivel inicial en los próximos cinco años. Puede parecer una previsión extrema, pero empiezan a aparecer señales que alimentan esa preocupación. La empresa tecnológica Block anunció un recorte cercano al 50% de su plantilla citando explícitamente la adopción de inteligencia artificial como uno de los factores clave. Y su fundador, Jack Dorsey, advertía que muchas otras compañías terminarán siguiendo ese mismo camino.

En Reino Unido, la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria ha calculado que el desplazamiento tecnológico provocado por la IA podría añadir medio millón de desempleados adicionales sin generar necesariamente más crecimiento económico. Ese escenario implicaría más gasto público, más endeudamiento y tensiones sociales importantes. Por eso el Banco de Inglaterra quiere analizar con calma posibles escenarios extremos: qué pasaría con los préstamos de familias y empresas, cómo se comportarían los mercados financieros o qué impacto macroeconómico tendría una adopción masiva de esta tecnología.

La coyuntura y la situación geopolítica convulsa (como las guerras comerciales por los aranceles, y los conflictos armados por el petróleo, como los ataques de EEUU e Israel a Irán o el asalto de Trump a Venezuela) pueden estar distrayendo la atención de lo que realmente será el gran cambio estructural de las próximas décadas: la inteligencia artificial. El verdadero desafío económico no estará en las tensiones comerciales entre países, sino en la destrucción de empleo y en las transformaciones profundas que esta tecnología puede provocar en el mercado laboral.

El economista jefe del Banco de Inglaterra, Huw Pill, cree que  el escenario más probable no es necesariamente una economía peor. De hecho, es posible que la riqueza agregada aumente gracias a los avances tecnológicos y a la mejora de la productividad. El problema es cómo se distribuirá esa riqueza. La IA podría generar un mundo en el que, en promedio, todos sean más ricos, pero donde las diferencias entre quienes se benefician de la tecnología y quienes quedan desplazados se amplíen considerablemente. Algo que ya ocurrió en otras grandes transformaciones económicas, desde la revolución industrial hasta la globalización.

Por eso algunos gobiernos empiezan a discutir ideas que hasta hace poco parecían casi utópicas: desde programas masivos de reconversión laboral hasta nuevas formas de redistribución fiscal o incluso la posibilidad de implantar una renta básica universal en los sectores más afectados por la automatización. No significa que esas políticas se vayan a aplicar mañana, pero el simple hecho de que estén sobre la mesa demuestra que algunos países están empezando a pensar seriamente en cómo gestionar una transición tecnológica que podría ser muy abrupta.

También las empresas se están moviendo en esa dirección. En la  junta de accionistas de Mapfre se dedicó un apartado destacado a la IA, mencionando expresamente los procesos de reciclaje profesional y apoyo para nuevas tareas (más de 4.500 empleados han recibido formación en IA). "La mejor IA es la que multiplica el valor de las personas, a la vez que hace a la compañía más productiva, eficiente y cercana", aseguraba su presidente, Antonio Huertas. En apenas un año de existencia, el Centro de IA del grupo ha desarrollado más de 150 casos de uso. "Nos hemos comprometido públicamente a que no usaremos la IA para acometer reducciones de plantilla, sino para mejorar las capacidades de nuestros empleados y colaboradores", señala José Manuel Inchausti, vicepresidente 1º del grupo asegurador.

Y aquí aparece una reflexión incómoda. Mientras en algunos países bancos centrales, universidades y gobiernos analizan escenarios de disrupción tecnológica, en España el debate público, salvo algunas excepciones, sigue centrado casi exclusivamente en el corto plazo. La política gira alrededor de conflictos partidistas, cálculos electorales y estrategias para conservar o alcanzar el poder. Sin embargo, apenas se discute sobre los cambios estructurales que podrían afectar de forma profunda al mercado laboral en los próximos años.

Y eso debería preocuparnos. Porque si algo nos enseña la historia económica es que "las revoluciones tecnológicas no esperan a que los países estén preparados. Simplemente ocurren. La revolución industrial hizo desaparecer profesiones enteras y creó otras nuevas. Internet transformó sectores completos y cambió la forma en la que trabajamos, consumimos y nos comunicamos. Y todo apunta a que la inteligencia artificial puede provocar un cambio aún más profundo", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

El verdadero problema, por tanto, no es que la IA vaya a transformar la economía. Eso parece inevitable. El verdadero riesgo es no prepararse para ello. Los países que anticipen el cambio podrán adaptar su sistema educativo, su mercado laboral y sus políticas económicas. Los que no lo hagan simplemente reaccionarán cuando el impacto ya sea inevitable. Y entonces gestionar las consecuencias será mucho más difícil.

"Quizá dentro de unos años miremos atrás y entendamos que el gran debate económico de esta década no eran los aranceles, ni las guerras comerciales, ni las tensiones políticas del momento. Quizá el verdadero cambio que estaba empezando a gestarse era otro mucho más profundo: una transformación radical del trabajo, de la productividad y del propio funcionamiento del sistema económico. La pregunta que deberíamos hacernos no es si ese cambio llegará. La pregunta es si estaremos preparados cuando lo haga", insiste este experto.

Las lecciones del caso Anthropic

La decisión de Donald Trump de ordenar a todas las agencias federales que dejen de utilizar la tecnología de Anthropic no es solo un episodio más en la batalla cultural estadounidense. Es una señal de advertencia para el mercado. El detonante ha sido la negativa de Anthropic a permitir determinados usos de su IA por parte del Pentágono, especialmente en ámbitos como la vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses y el desarrollo de drones autónomos armados. La compañía defendió que esos usos cruzaban una línea ética y tecnológica que no estaba dispuesta a traspasar. La respuesta presidencial fue fulminante: ruptura de contratos, orden de desconexión progresiva y amenaza de designarla como riesgo para la seguridad nacional. Lo verdaderamente relevante no es el choque ideológico. Es el precedente que se crea.

Aquí es donde entra en juego el movimiento de Sam Altman OpenAI, y es precisamente ahí donde surge la mayor sorpresa del mercado. OpenAI anunció rápidamente un acuerdo para desplegar sus modelos en la red clasificada del Departamento de Defensa, ocupando el espacio que dejaba Anthropic. Hasta ahí, podría parecer simplemente una jugada competitiva. Pero el matiz es clave: Altman afirmó públicamente que OpenAI mantiene exactamente las mismas líneas rojas que defendía Anthropic: no permitir el uso de su tecnología para vigilancia masiva nacional ni para sistemas de armas letales autónomas sin supervisión humana. Entonces, ¿qué cambia?

Si ambas compañías comparten los mismos límites éticos, el desenlace resulta desconcertante. O bien el Gobierno ha aceptado con OpenAI lo que negó a Anthropic (lo que plantearía dudas sobre la coherencia del conflicto) o bien las condiciones reales del acuerdo no son exactamente las mismas. En ambos casos, la sensación que se transmite al mercado es de opacidad y discrecionalidad. Y eso es lo que introduce un nuevo riesgo.

Hasta ahora, el gran debate en torno a la inteligencia artificial era si las inversiones multimillonarias en centros de datos, chips y energía generarían retornos suficientes. Ahora se suma una variable adicional: el alineamiento político como factor determinante para acceder a contratos estratégicos. No hablamos de una regulación clara y previsible. Hablamos de decisiones ejecutivas que pueden alterar de forma drástica el posicionamiento competitivo de una empresa de un día para otro. Si el mensaje implícito al sector es que la relación con el poder puede pesar tanto como la superioridad tecnológica, la prima de riesgo cambia. Porque entonces el valor ya no depende solo de innovación, cuota de mercado o ventajas competitivas, sino también de la estabilidad institucional y de la cercanía al Ejecutivo.

El episodio de Anthropic/OpenAI marca un antes y un después. Durante años hemos analizado a las grandes tecnológicas como si operaran en un entorno casi autónomo, donde el riesgo principal era el ciclo económico o la competencia. Pero cuanto más estratégicas se vuelven (especialmente en defensa y seguridad nacional) más expuestas están al poder político. Y lo más inquietante no es que el Gobierno castigue a una empresa. Lo más inquietante es que otra ocupe su lugar defendiendo públicamente los mismos principios y, aun así, el acuerdo salga adelante. Eso deja una pregunta flotando en el aire: ¿cuál fue realmente la línea roja? ¿La ética declarada… o la relación con el poder?

"Creo que el mercado todavía no ha interiorizado del todo lo que implica este episodio. No estamos hablando de una simple disputa contractual. Estamos hablando de la señal que se envía a todo un sector que concentra una parte enorme del crecimiento esperado para la próxima década. Si las compañías tecnológicas entienden que su acceso a contratos estratégicos puede depender de decisiones políticas cambiantes, ajustarán su comportamiento. Y si los inversores perciben que la seguridad jurídica es menos sólida de lo que pensaban, ajustarán sus valoraciones", explica Pablo Gil.

La inteligencia artificial seguirá avanzando. Las inversiones seguirán llegando. Pero el entorno ya no es el mismo. Cuando el poder ejecutivo demuestra que puede alterar el tablero competitivo en cuestión de horas, la ecuación riesgo-rentabilidad cambia. Y en un momento en el que ya empiezan a surgir dudas sobre el retorno real de las gigantescas inversiones en IA, añadir incertidumbre política a la ecuación puede ser el factor que transforme la euforia en prudencia. Porque al final, lo que más penaliza el mercado no es el riesgo conocido. Es la sensación de que las reglas pueden cambiar en cualquier momento.

La oportunidad de la Artificial General Intelligence

Por otra parte, en el mundo de la inteligencia artificial hay una palabra que se repite constantemente: AGI, o Artificial General Intelligence. En teoría, se refiere a una inteligencia artificial capaz de hacer todo lo que puede hacer un ser humano, en cualquier campo: pensar, razonar, aprender, crear, decidir. Muchos líderes del sector creen que ese momento está cerca. Sam Altman, CEO de OpenAI, ha llegado a sugerir que podríamos verla antes de 2030.Pero no todo el mundo está de acuerdo.

Uno de los grandes referentes históricos del sector, Yann LeCun (considerado uno de los 'padrinos' de la IA), plantea una reflexión muy interesante: quizá estamos persiguiendo el objetivo equivocado. Según LeCun, la idea de una IA artificial completamente generalista puede no ser ni necesaria ni realista. Y propone una alternativa que cambia el enfoque: lo importante no es que una máquina sepa hacerlo todo, sino lo rápido que puede aprender cosas nuevas. A esto lo llama Superhuman Adaptable Intelligence (Inteligencia Adaptable Superhumana). 

La idea es bastante sencilla si la comparamos con cómo funcionan los humanos. Tenemos la capacidad de aprender prácticamente cualquier cosa: tocar un instrumento, programar, cocinar o pilotar un avión. Pero nadie sabe hacerlo todo. Cada persona se especializa en ciertas áreas y aprende nuevas habilidades cuando las necesita. Con la inteligencia artificial podría ocurrir algo parecido.

En lugar de intentar construir un único sistema que lo sepa todo desde el principio, el objetivo sería crear modelos capaces de adaptarse muy rápido a nuevas tareas, aprender con pocos ejemplos y aplicar lo que ya saben a problemas distintos. En otras palabras: no una IA que lo sepa todo, sino una IA que pueda aprender casi cualquier cosa rápidamente.

Mientras tanto, el debate en el sector sigue abierto. Algunos investigadores incluso empiezan a plantear otra pregunta inquietante: si estas máquinas podrían llegar a desarrollar algún tipo de conciencia. Pero quizá la cuestión más importante no es cuándo llegará la AGI, sino algo más práctico. Porque, mientras discutimos sobre el futuro, ya tenemos delante sistemas de inteligencia artificial mucho más potentes de lo que la mayoría de empresas y profesionales saben utilizar. Y ahí es donde probablemente está la verdadera oportunidad de los próximos años.

14Mar

Fondos, bancos de inversión y vehículos estructurados compiten por colocar capital en nichos donde la regulación es más laxa que en la banca tradicional.

Miguel Ángel Valero

Market Financial Solutions (MFS), una firma londinense especializada en préstamos inmobiliarios con más de 2.400 millones de libras en créditos, ha entrado en administración tras detectarse posibles irregularidades graves, entre ellas la sospecha de doble pignoración de activos (el mismo colateral podría haber sido utilizado como garantía en más de una operación). El agujero potencial ronda los 930 millones. De 1.160 millones en préstamos analizados, apenas 230 millones tendrían un valor real y sólido como colateral. El resto podría ser, en el mejor de los casos, garantías sobrevaloradas. En el peor, directamente inexistentes.

Esto ya no es un problema de mala gestión. Es un problema de confianza. El impacto no se ha quedado en Londres. El golpe ha salpicado a grandes nombres del sistema financiero internacional. Barclays Bank podría tener una exposición cercana a 600 millones. Jefferies también aparece en la lista. Santander está vinculado indirectamente a la estructura. Wells Fargo y Atlas SP (filial de Apollo) también figuran entre los acreedores. Atlas ha reconocido unos 400 millones de libras de exposición, aproximadamente el 1% de su balance.

"Las cifras, aisladas, no parecen sistémicas. Ninguno de estos bancos va a quebrar por esto. Pero el problema no es la cifra puntual. El problema es el mensaje", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

Durante años, el crédito privado ha vivido una expansión silenciosa. Tipos bajos, exceso de liquidez y una búsqueda constante de rentabilidad llevaron a financiar operaciones cada vez más complejas y menos transparentes. Fondos, bancos de inversión y vehículos estructurados competían por colocar capital en nichos donde la regulación era más laxa que en la banca tradicional. El argumento era sencillo: mayor rentabilidad a cambio de riesgo controlado. Pero cuando aparece un caso como éste, la pregunta inevitable es otra: ¿realmente estaba controlado el riesgo?

La doble pignoración es especialmente preocupante porque revela un fallo en la supervisión y en la diligencia debida. Si varios financiadores aceptaron el mismo activo como garantía sin detectarlo, significa que la cadena de control no era tan robusta como se asumía. Aquí es donde entra el llamado “efecto cucaracha”. Cuando ves una, lo normal es que haya más. No significa que todo el edificio esté infestado. Pero sí que conviene encender la luz y revisar bien cada rincón. Y lo cierto es que, en paralelo, empiezan a aparecer tensiones en algunos de los grandes vehículos de crédito privado del mundo.

El fondo estrella de crédito privado de Blackstone, BCRED, con unos 82.000 millones$ en activos, ha recibido solicitudes de reembolso por valor de 7,9% de su capital en un solo trimestre, unos 3.800 millones. Ante esa presión, la firma decidió levantar su límite habitual de retirada del 5% e inyectar 400 millones de su propio capital para poder atender las solicitudes.

Al mismo tiempo, Blue Owl Capital ha dejado de realizar pagos trimestrales de liquidez en su estrategia principal de crédito privado dirigida a inversores minoristas. En lugar de ofrecer liquidez periódica, ha optado por realizar distribuciones puntuales financiadas mediante la venta de activos.

Y apenas unos días después, el fondo de crédito privado de BlackRock, con unos 26.000 millones$ bajo gestión, también comenzó a limitar retiradas ante el aumento de solicitudes de reembolso.

Tres episodios distintos, en tres grandes gestoras globales, que reflejan una misma realidad: cuando los inversores quieren liquidez, los activos privados no siempre pueden ofrecerla con facilidad. Éste es uno de los riesgos estructurales del crédito privado. Muchos de estos vehículos prometen cierta liquidez a inversores que, en realidad, están financiando activos ilíquidos. Mientras las entradas de capital continúan, el sistema funciona sin fricciones. Pero cuando el flujo se invierte, aparecen las limitaciones.

No es un problema menor si tenemos en cuenta el tamaño que ha alcanzado este mercado. El crédito privado ya mueve cerca de 1,8 billones$ a nivel global, tras más de una década de crecimiento acelerado. Parte de esa expansión se explica porque, después de la crisis de 2008, la regulación obligó a los bancos a reducir su exposición a determinados préstamos corporativos. Ese espacio lo ocuparon las grandes gestoras de activos, que comenzaron a financiar directamente a empresas desde vehículos privados.

En los últimos años, además, estas estrategias se han abierto cada vez más a inversores de Banca Privada e incluso a pequeños ahorradores a través de fondos llamados “semi-líquidos”: productos que permiten entrar y solicitar retiradas periódicas, pero que invierten en préstamos que no se pueden vender rápidamente en el mercado. Mientras el dinero entra, el sistema funciona sin demasiadas fricciones. Pero cuando los inversores empiezan a querer salir al mismo tiempo, aparece el verdadero problema: no se puede crear liquidez a partir de activos que, por naturaleza, son ilíquidos.

A esto se suma otro factor que empieza a preocupar a algunos analistas: el deterioro gradual en la calidad crediticia de parte de estos préstamos. Según datos de Fitch, la tasa de impago en el crédito privado en EEUU ha alcanzado el 5,8% en los últimos doce meses, el nivel más alto desde que se empezó a seguir este mercado de forma sistemática. No es todavía un nivel propio de crisis, pero sí una señal de que el ciclo de crédito empieza a tensarse.

Al mismo tiempo, algunos de los vehículos cotizados vinculados a este mercado —como las llamadas Business Development Companies (BDC)— ya están enviando señales de tensión. Varias de estas compañías cotizan con fuertes descuentos frente al valor teórico de sus carteras y algunas han tenido que recortar dividendos recientemente, una señal de que el mercado empieza a cuestionar la calidad de ciertos préstamos.

En los últimos años, el crédito privado ha crecido hasta convertirse en un mercado de varios billones de dólares, ocupando espacios que antes estaban dominados por la banca tradicional. Esa expansión ha permitido financiar empresas, proyectos inmobiliarios y operaciones corporativas que quizás no habrían encontrado financiación en los canales tradicionales, pero también ha trasladado parte del riesgo hacia estructuras más opacas y difíciles de valorar en tiempo real. El problema no es necesariamente una crisis inmediata. El problema es que empiecen a aparecer grietas que obliguen a revisar valoraciones, endurecer la financiación y restringir el flujo de crédito hacia determinadas áreas de la economía. Y cuando el crédito empieza a tensarse, la economía suele tardar poco en notarlo.

Nada de esto implica que estemos ante una nueva crisis financiera global. El sistema bancario hoy es mucho más sólido que en 2008 y los grandes actores implicados tienen balances capaces de absorber episodios puntuales de tensión. Pero sí estamos viendo algo que los mercados suelen ignorar hasta que ya es demasiado evidente: los primeros síntomas de estrés en el crédito. La historia financiera está llena de ejemplos donde las grandes crisis no empezaron con un colapso repentino, sino con pequeñas señales dispersas en segmentos aparentemente secundarios del sistema financiero.

Hoy esas señales aparecen en el crédito privado. Puede que no sea el inicio de nada grave. Pero como decía el CEO de JP Morgan, Jamie Dimon, recientemente, “cuando varias cucarachas empiezan a salir al mismo tiempo de debajo de la alfombra, lo prudente no es mirar hacia otro lado. Lo prudente es empezar a preguntarse qué está pasando realmente dentro de la habitación”.

DWS: alta exposición al software en EEUU

El crédito privado se ha vuelto popular entre muchos inversores al ofrecer ingresos relativamente altos y la promesa de una menor volatilidad diaria, en comparación con los mercados de bonos públicos. En lugar de comprar bonos negociables, los inversores prestan dinero directamente a las empresas y reciben pagos regulares de intereses. Sobre el papel, esto puede parecer estable. Sin embargo, recientemente, este segmento ha sido objeto de un mayor escrutinio, ya que los inversores reevalúan si las valoraciones y las suposiciones de liquidez siguen siendo válidas en un entorno más desafiante.

Desde una perspectiva europea, es importante reconocer que esta visión más crítica se debe en gran medida a los desarrollos en EEUU. Europa no cuenta con un equivalente directo a las compañías de desarrollo de negocios (BDC, por sus siglas en inglés) de EEUU, y el crédito privado se mantiene típicamente en estructuras más conservadoras, orientadas a inversores institucionales. Por ello, el estrés en las valoraciones tiende a surgir más lentamente y de manera menos visible. En EEUU, en cambio, el crédito privado, a través de las BDC, es más accesible para inversores minoristas y, por tanto, puede estar más expuesto a cambios en el sentimiento del mercado.

"El debate no se centra en el crédito privado como clase de activo, sino en las valoraciones, la liquidez y la resiliencia de los prestatarios", señala un análisis de DWS. Las preocupaciones se intensificaron tras varias quiebras corporativas de alto perfil en 2025, lo que planteó dudas sobre la calidad de la evaluación crediticia y la concentración de riesgo entre prestatarios altamente apalancados. Entre finales de 2025 y principios de 2026, la cautela de los inversores se tradujo en un aumento brusco de las solicitudes de reembolso en productos centrados en crédito privado, superando los 7. 000 millones$, concentrándose gran parte de la presión en vehículos estadounidenses, principalmente BDC, que ofrecen opciones de reembolso limitadas.

Estos vehículos ofrecen una perspectiva útil sobre las tensiones actuales del mercado. Prestan a empresas privadas pequeñas y medianas y dan acceso a inversores minoristas a estrategias de crédito privado que antes estaban dominadas por instituciones. Las estructuras cotizadas reaccionan rápidamente al sentimiento del mercado, ya que los inversores pueden simplemente vender sus acciones, mientras que las versiones no cotizadas se valoran más cerca del valor neto de los activos (NAV) y permiten solo reembolsos limitados y periódicos. Esto las hace particularmente sensibles cuando la confianza se debilita.

Esa sensibilidad se evidenció cuando un gran gestor de activos estadounidense canceló una transacción planificada que involucraba una de sus BDC. La decisión desencadenó solicitudes de reembolso inusualmente altas, obligando al gestor a restringir los retiros y vender activos para obtener liquidez. Si bien esto ayudó a gestionar la liquidez a corto plazo, también reforzó las preocupaciones de los inversores sobre la facilidad con que se puede acceder al capital cuando el sentimiento cambia.

En periodos de estrés, los vehículos cotizados suelen negociar muy por debajo de su NAV declarado. Aunque en teoría ofrecen liquidez, ésta puede tener un costo elevado cuando los mercados están agitados. Los descuentos actuales sugieren que los precios están siendo más impulsados por titulares negativos y preocupaciones sobre segmentos específicos de prestatarios, especialmente modelos de negocio relacionados con software, que por cualquier caída confirmada en el valor reportado de los activos.

"La alta exposición al software en la industria de crédito privado de EEUU sí representa un riesgo dado el potencial de disrupción por la inteligencia artificial. Sin embargo, el software que ofrece soluciones críticas con altos costos de cambio debería seguir desempeñándose bien, mientras que las empresas con datos fácilmente replicables podrían tener dificultades. Para los inversores minoristas, la cuestión clave parece ser si se puede confiar en el NAV en sí mismo si las condiciones de crédito más amplias –y los fundamentos de los prestatarios– se debilitan aún más. En el crédito privado, la confianza se construye lentamente, pero puede desvanecerse rápidamente cuando se ponen a prueba las suposiciones", advierte el análisis de DWS.

Deutsche Bank se desploma en Bolsa por el crédito privado

Las acciones del Deutsche Bank cayeron un 5% el jueves 12 de marzo después de que revelara los riesgos asociados con su creciente cartera de crédito privado en su informe anual. El mayor banco de Alemania indicó que su cartera de crédito privado creció alrededor de un 6% hasta casi 26.000 millones€ en 2025, frente a los 24.500 millones en 2024. Y reconoce que, aunque no estaba expuesto a riesgos significativos, "podría enfrentar riesgos crediticios indirectos potenciales a través de carteras y contrapartes interconectadas".

La revelación se produce mientras aumentan las preocupaciones de los inversores sobre la industria del crédito privado de 2 billones de dólares tras el deterioro de la calidad crediticia y la exposición al sector del software. "La quiebra de un número selecto de prestamistas de alto riesgo en EEUU incrementó la atención de los inversores sobre los riesgos asociados al crédito privado y planteó inquietudes más amplias sobre los estándares de suscripción y el riesgo de fraude", explica en el Deutsche Bank, que asegura que aplica "estándares de suscripción conservadores" a su cartera. 

La divulgación del informe anual del Deutsche sigue al creciente escrutinio del sector del crédito privado, que ha atraído una atención significativa de los inversores en los últimos años. Los reguladores han manifestado su preocupación por la exposición de los bancos al crédito privado, en parte debido a que la información disponible es escasa. El crédito privado se ha visto empañado por las dudas sobre el deterioro de la calidad crediticia y la exposición al sector del software, una industria que se considera vulnerable a la disrupción por los avances en inteligencia artificial.

12Mar

Lo realmente inquietante es que nadie tiene una idea clara de cuánto puede durar la situación actual. En gran medida dependerá de una carrera de desgaste.

Miguel Ángel Valero

El anuncio de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) sobre la liberación de hasta 400 millones de barriles de crudo de sus reservas estratégicas para paliar los efectos del conflicto en Irán no ha frenado la escalada del petróleo. Y eso que se trata del mayor despliegue coordinado realizado por el organismo en su historia y que permitiría mantener el suministro de petróleo equivalente a cuatro semanas del flujo habitual que pasa por el estrecho de Ormuz. EEUU aportará 172 millones de barriles; Japón, 80 millones; Corea del Sur, 22 millones, y Francia, 14,5 millones.

Por otro lado, el DFC —el organismo público encargado de desplegar las promesas de aseguramiento a los buques que crucen el estrecho, impulsadas por la Administración Trump— desvela que contará con la aseguradora estadounidense Chubb como socio asesor principal para seleccionar las compañías sobre las que se articulará la red de reaseguros destinada a cubrir los riesgos de tránsito por el estrecho de Ormuz. Este anuncio supone un avance operativo relevante para reactivar la actividad marítima en la zona.

Sin embargo, los incidentes registrados en puertos de Omán –fuera del estrecho de Ormuz– vuelven a ejercer presión sobre los precios del crudo, con el Brent rozando la barrera psicológica de los 100 $/barril.

El despliegue combinado de reservas estratégicas ofrece tiempo adicional para que los gobiernos estadounidense e israelí avancen hacia sus objetivos, a lo que se suman las presiones diplomáticas de China, que previsiblemente se intensificarán en las negociaciones con Irán en la búsqueda de un paso libre para los buques con destino al país asiático. Cualquier noticia de reapertura, aunque sea parcial, podría alterar rápidamente la percepción de riesgo del mercado, especialmente ahora que existen múltiples vías de solución sobre la mesa.

The Trader: fase mucho más incierta del conflicto de lo que muchos anticipaban

La guerra abierta entre Irán, Israel y EEUU ha entrado "en una fase especialmente delicada", opina el analista Pablo Gil en The Trader. Los bombardeos continúan, los objetivos se amplían y el conflicto empieza a afectar a infraestructuras críticas como depósitos de petróleo, redes energéticas o instalaciones estratégicas del régimen. Pero más allá de las imágenes de explosiones y columnas de humo, hay una decisión política reciente que puede tener implicaciones profundas en la evolución de esta crisis: la elección de Mojtaba Jamenei, hijo del ayatolá Ali Jamenei, como nuevo líder supremo de Irán. Porque, más allá de la cuestión sucesoria, es un mensaje político muy claro. La Asamblea de Expertos, el órgano religioso encargado de elegir al líder supremo, ha decidido mantener la continuidad del sistema y cerrar filas en torno a la familia Jamenei en pleno conflicto. El régimen no solo no se desmorona tras el ataque, sino que responde reafirmando su estructura de poder y su línea política. Justo lo que Trump y Netanyahu querían evitar.

Este episodio también pone de relieve uno de los rasgos más característicos de la política exterior de Trump: la idea de eliminar a la cúpula de un régimen hostil y confiar en que el sistema político interno termine produciendo un liderazgo más favorable a los intereses estadounidenses. Algunos analistas han bautizado esta estrategia como “decapitar y delegar”: eliminar al liderazgo enemigo y dejar que los actores locales reconstruyan el poder bajo nuevas reglas.

En teoría, el modelo pretende evitar invasiones a gran escala. La lógica es sencilla: si se elimina al líder y se genera suficiente presión política y militar, el propio país acabará produciendo un liderazgo más pragmático o dependiente de Washington. Algo parecido a lo que EEUU intentó hacer recientemente en Venezuela. La idea era sencilla: descabezar el régimen, favorecer una transición interna y apoyar a una figura más manejable que reordenara el país y restableciera relaciones con Occidente. El problema es que trasladar ese modelo a Irán es mucho más complicado. Venezuela es un país profundamente dividido, con una economía colapsada y con un sistema político mucho más personalista. Irán, en cambio, es una estructura de poder mucho más compleja. El liderazgo no depende únicamente de una persona, sino de un entramado de instituciones religiosas, militares y económicas (especialmente la Guardia Revolucionaria) que actúan como columna vertebral del régimen. Incluso eliminando al líder supremo, el sistema tiene capacidad para regenerarse.

La historia reciente ofrece demasiados ejemplos de lo difícil que resulta intentar rediseñar desde fuera la estructura política de Oriente Próximo. En Irak, la caída de Saddam Hussein abrió la puerta a años de guerra civil y al surgimiento del Estado Islámico. En Afganistán, dos décadas de intervención internacional terminaron con el regreso de los talibanes al poder en cuestión de días. En Libia, la eliminación de Gadafi dejó un vacío que el país todavía no ha conseguido llenar. La idea de que un régimen complejo puede sustituirse rápidamente por otro más favorable suele chocar con la realidad de las dinámicas internas de estos países: tribales, religiosas, ideológicas y militares. Factores que desde fuera muchas veces se subestiman.

Mientras tanto, la guerra sigue ampliando su radio de acción. Los ataques ya han alcanzado infraestructuras energéticas clave, depósitos de petróleo y centros logísticos del régimen. Irán ha respondido con misiles y drones, no solo contra Israel, sino también contra objetivos en la región del Golfo. Pero quizá uno de los elementos más inquietantes de esta escalada es que el conflicto ha empezado a afectar a infraestructuras absolutamente vitales para la supervivencia de varios países de la región: las plantas de desalinización de agua.

Puede parecer un objetivo menor en términos militares, pero en realidad es todo lo contrario. En buena parte del Golfo Pérsico, el agua potable depende casi por completo de la desalinización del agua del mar. Países como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Catar o Bahréin apenas cuentan con recursos hídricos naturales y extraen entre el 60% y el 90% del agua que consumen a partir de este proceso industrial. Sin esas plantas, simplemente no tendrían suministro suficiente para sostener a su población.

La paradoja es evidente. Algunos de los países más ricos del mundo gracias al petróleo viven, al mismo tiempo, en uno de los entornos más hostiles del planeta desde el punto de vista climático. La lluvia es escasa, los acuíferos son limitados y el agua dulce disponible apenas cubre una fracción de las necesidades diarias. Por eso la desalinización se ha convertido en una infraestructura estratégica comparable a una refinería o a una central eléctrica.

El problema es que el margen de seguridad es extremadamente reducido. En muchas ciudades del Golfo las reservas de agua almacenadas apenas cubren unos pocos días de consumo si las plantas dejan de funcionar. Una interrupción prolongada del proceso de desalinización podría provocar rápidamente escasez de agua potable para millones de personas. Y por ello, que este tipo de instalaciones haya empezado a aparecer entre los objetivos indirectos del conflicto eleva el nivel de riesgo de la guerra a una dimensión completamente distinta. Ya no se trataría solo de petróleo, gas o rutas marítimas, sino de algo mucho más básico: el acceso al agua en una de las regiones más secas del planeta. Y eso convierte cualquier ataque contra estas infraestructuras en un factor potencial de desestabilización regional de enorme magnitud.

Todo esto ocurre mientras los objetivos políticos de la guerra siguen sin estar completamente claros. En Washington se ha hablado alternativamente de neutralizar el programa nuclear iraní, destruir sus capacidades militares, provocar un cambio de régimen o lograr una rendición incondicional. Son metas muy diferentes entre sí y que requieren estrategias completamente distintas.

Israel parece tener más claro su objetivo: debilitar estructuralmente al régimen iraní y reducir su capacidad de proyectar poder en la región durante años. Para EEUU, sin embargo, el riesgo es quedar atrapado en otro conflicto prolongado en Oriente Próximo sin un plan claro para el día después.

Y ahí es donde aparece la dimensión económica y financiera de esta guerra. El estrecho de Ormuz sigue siendo el gran factor de riesgo latente de todo este conflicto. Por ese paso marítimo circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo y cerca del 20% del gas natural licuado que se comercializa globalmente. Es uno de los puntos más sensibles de todo el sistema energético internacional. Pero el problema no es solo el volumen que pasa por allí, sino la falta de alternativas reales. Algunos países del Golfo han construido oleoductos para evitar parcialmente el estrecho, pero su capacidad apenas cubre una fracción de lo que normalmente sale por vía marítima. La inmensa mayoría del crudo y del gas sigue dependiendo de ese corredor de apenas unas decenas de kilómetros de ancho.

A eso se suma otra circunstancia poco comentada: los grandes depósitos de almacenamiento de petróleo de muchos productores están prácticamente llenos. Si el petróleo no puede salir por barco, no hay dónde seguir almacenándolo. Y cuando eso ocurre, la producción tiene que reducirse o incluso detenerse temporalmente. Un bloqueo prolongado del estrecho no solo afectaría al transporte del crudo, sino también a la capacidad misma de producirlo.

Lo realmente inquietante es que nadie tiene una idea clara de cuánto puede durar la situación actual. En gran medida dependerá de una carrera de desgaste. Por un lado, de si Irán pierde la capacidad de seguir atacando porque se queda sin misiles o, más probablemente, sin lanzaderas, que están siendo uno de los objetivos prioritarios de los ataques. Por otro, de si los países que están interceptando esos ataques empiezan a quedarse sin munición defensiva. Sistemas como la Cúpula de Hierro israelí o las baterías antimisiles desplegadas en países del Golfo funcionan muy bien… pero también dependen de un suministro constante de interceptores. Esta guerra puede no decidirse tanto por una gran batalla decisiva como por algo mucho más simple y mucho más inquietante: quién se queda antes sin capacidad de seguir disparando o de seguir interceptando.

"Estamos entrando en una fase mucho más incierta del conflicto de lo que muchos anticipaban cuando comenzaron los primeros bombardeos. La eliminación de un líder no ha derrumbado al régimen iraní, la guerra se está extendiendo a infraestructuras cada vez más sensibles y el resultado final depende ahora de una carrera de desgaste militar que puede prolongarse durante semanas o incluso meses. Para los mercados financieros, el verdadero riesgo no es solo el conflicto en sí, sino la falta de visibilidad sobre su desenlace. Cuando una guerra tiene un objetivo claro y un horizonte temporal limitado, los inversores terminan adaptándose rápidamente. Pero cuando el conflicto entra en una dinámica abierta, con múltiples actores y con infraestructuras críticas en juego, la incertidumbre se convierte en el factor dominante. Y en este momento, precisamente eso es lo que tenemos sobre la mesa: una guerra cuyo resultado nadie puede predecir y cuyo impacto potencial sobre la energía, la inflación y la estabilidad geopolítica global podría ser mucho mayor de lo que muchos están descontando hoy", concluye este experto.

Colegio de Economistas de Madrid: una UE más competitiva

En la presentación del número 191 de la publicación del Colegio de Economistas de Madrid “Economistas 2025. Un balance”, Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, avisa que “la exposición de la economía y de nuestras empresas es enorme respecto del contexto internacional, que vive momentos de incertidumbre y volatilidad nunca vistos en décadas. Y el terreno en el que hay que jugar la partida se llama UE”. En ese sentido, hay que apostar por más Unión Europea, por más integración: “Todo esto pasa por contribuir como país y desde el mundo de las empresas a conformar una Europa más integrada e incluyente. Una UE más competitiva y más capaz de impulsar las inversiones para ganar productividad”.

Por su parte, la decana del Colegio de Economistas de Madrid, Amelia Pérez Zabaleta, establece un paralelismo con la segunda crisis del petróleo en 1979, “todo lo que está ocurriendo lo hace a la sombra de la geopolítica, un factor que, como bien advierte el Banco de España, se ha convertido en una pieza clave para que nuestra economía no se tambalee. Las lecciones de 1979 no versaron solo sobre el petróleo, sino sobre la necesidad de diversificación y cooperación. En 2026, el conflicto entre Irán, Israel y EEUU nos recuerda que la seguridad energética y la paz geopolítica son bienes públicos globales". Y reclama prudencia: “España se encuentra en una encrucijada donde nuestras decisiones no solo afectan a nuestra imagen diplomática, sino al bolsillo de cada familia y a la viabilidad de nuestras empresas”.

El presidente del Consejo de Economistas de España, Miguel Ángel Vázquez Taín, pone en valor "el papel que desempeñamos los economistas en la sociedad. Nuestro trabajo está presente en muchas de las decisiones que influyen en el desarrollo económico, tanto en las empresas como en las administraciones públicas o en el ámbito financiero. Queremos seguir contribuyendo al impulso del conocimiento económico y al fortalecimiento del debate público, promoviendo iniciativas como esta revista que ayudan a tomar decisiones económicas más informadas, rigurosas y responsables". 

El acero exige ayudas ante incrementos de costes energéticos 

Por su parte, la Unión de Empresas Siderúrgicas (Unesid) ha trasladado durante una reunión con el ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo, y el ministro de Industria y Turismo, Jordi Hereu, su preocupación por el impacto que la actual escalada de tensiones internacionales está teniendo sobre la industria siderúrgica española, especialmente por el fuerte incremento de los costes energéticos y logísticos.

El encarecimiento del gas natural y de la electricidad está teniendo un impacto inmediato sobre la competitividad de la industria. De mantenerse los niveles actuales de precios, el incremento de costes globales para el conjunto de la siderurgia española podría ascender a 60 millones€ mensuales. A este impacto energético se suman otras presiones sobre los costes operativos, como el aumento del precio del transporte terrestre —con incrementos semanales de hasta el 2,5% por el encarecimiento del gasóleo—, la subida de los fletes marítimos, que ya registran incrementos de entre el 10% y el 20%, y el encarecimiento de materias primas e insumos industriales.

Además, las empresas están detectando tensiones en las cadenas de suministro internacionales, con cancelaciones o encarecimientos de seguros marítimos en zonas de conflicto, redireccionamiento de rutas hacia puertos considerados seguros y retrasos en las entregas.

“Las empresas siderúrgicas están afrontando un aumento muy significativo de sus costes en muy poco tiempo, lo que supone una presión enorme sobre la competitividad de una industria que ya opera en mercados globales muy exigentes”, alerta Carola Hermoso, directora general de Unesid.

El contexto actual también está generando una elevada incertidumbre en los mercados, lo que dificulta la planificación comercial y la contratación de pedidos. En algunos sectores consumidores de acero, la demanda ya venía debilitándose por la coyuntura económica, mientras que en otros segmentos se están produciendo comportamientos dispares, con clientes que retrasan compras por prudencia y otros que adelantan pedidos ante el riesgo de nuevas subidas de precios. En términos agregados, algunas empresas estiman que el impacto sobre los costes variables podría situarse ya entre un 20% y un 25%, lo que podría trasladarse a medio plazo a una contracción de la demanda y al retraso de inversiones si la situación internacional se prolonga.

“Nos enfrentamos a un entorno de gran volatilidad que afecta simultáneamente a la energía, a la logística y a las materias primas. Si no se adoptan medidas que permitan contener estos costes, existe un riesgo real de pérdida de competitividad para la industria europea”, ha añadido Hermoso. 

Ante la rapidez con la que están aumentando los costes energéticos, Unesid considera necesario activar medidas urgentes que permitan aliviar la presión sobre la industria electrointensiva. Entre ellas, el sector plantea reactivar la excepción ibérica para desacoplar el precio del gas del precio de la electricidad y eliminar temporalmente el impuesto del 7% sobre el valor de la producción de energía eléctrica. Y considera prioritario reforzar las compensaciones por costes indirectos de CO₂, incrementar la reducción de peajes eléctricos para los consumidores electrointensivos y acelerar la puesta en marcha de herramientas europeas de defensa comercial.

UBP: de riesgo geopolítico a choque macroeconómico

La Perspectiva Semanal de UBP: Los precios del petróleo en el centro de atención, avisa que "los mercados de renta variable retrocedieron, con pérdidas concentradas fuera de EEUU. Los tipos de interés repuntaron, mientras que el oro cayó de forma inesperada y el dólar estadounidense avanzó ligeramente, reflejando un aumento de la aversión al riesgo. La evolución de los precios del petróleo en los próximos días seguirá siendo un foco clave para los inversores”.

La tecnología se mantuvo más sólida, impulsando el rendimiento relativo del mercado estadounidense frente al resto. Los rendimientos de los bonos han subido nuevamente debido a los temores de inflación provocados por el aumento de los precios de la energía. Es probable que el dólar se mantenga fuerte hasta que los mercados obtengan claridad sobre el conflicto en Oriente Medio. "Nuestra postura en el sector energético funciona como una cobertura frente a los riesgos de escalada", señala. 

“La reciente escalada en torno a Irán ha evolucionado de un riesgo geopolítico a un posible choque macroeconómico. El canal de transmisión, a través del aumento de los precios de la energía y la ralentización del comercio, ha comenzado con la ralentización casi total del transporte marítimo a través del Estrecho de Ormuz. Si esta situación se mantiene, empezará a poner a prueba la resiliencia de la economía mundial, ya que el principal riesgo es un crecimiento más lento acompañado de una inflación más alta, también conocido como estanflación. Europa y gran parte de Asia han mostrado una mayor sensibilidad al conflicto y a la interrupción de los flujos energéticos globales debido a su condición de importadores netos de energía, en contraste con EEUU, que es un exportador neto y el mayor productor de petróleo a nivel mundial", apunta.

En la renta variable global, el riesgo principal es un periodo sostenido de interrupciones graves en el suministro de petróleo que afecte al crecimiento económico y debilite la confianza corporativa y el incipiente repunte de la actividad industrial, que ha contribuido a las recientes subidas en muchas empresas y regiones de la “economía tradicional”. Esto provocaría que las expectativas actuales de crecimiento de beneficios (MSCI ACWI +17%) se revisen a la baja, acompañadas de una posible contracción de valoración (actualmente el PER (ratio precio-beneficio) a futuro se encuentra en 18,1x frente a un promedio de 10 años de 17,2x). En este sentido, EEUU sigue estando mejor protegido frente a las revisiones a la baja de beneficios debido a su fuerte exposición al sector tecnológico y a las siete grandes tecnológicas (que combinados representan el 54% del crecimiento del beneficio por acción de EE UU en 2026), los cuales permanecen relativamente inmunes al conflicto. Por el contrario, la limitada exposición de Europa al sector tecnológico (7% del STOXX Europe 600) no será suficiente para compensar la debilidad macro en otras áreas (Finanzas 23,8% del índice, Industriales 19,2%).

En renta fija, el principal riesgo son los precios persistentemente altos de la energía, que se traducirían directamente en mayores expectativas de inflación. En este escenario, los bonos gubernamentales dejarían de actuar como el refugio seguro típico, con los rendimientos de los bonos del Estado incrementando (como ha ocurrido en la última semana). "Aunque hasta ahora no hemos visto una ampliación significativa de los diferenciales, un choque energético seguramente los incrementaría. Por el momento, hemos reducido la exposición a bonos AT1 (a principios de la semana pasada), ya que se negociaban a niveles muy ajustados. No estamos cambiando nuestra visión estratégica de ser positivos en high yield y mercados emergentes, manteniendo una duración por encima de la neutralidad, pero estamos preparados para reevaluar esta postura si el estrecho de Ormuz no se reabre pronto", explican en UBP.

"Dado que la visibilidad sigue siendo limitada, consideramos que todavía es demasiado pronto para modificar nuestras perspectivas estratégicas y nuestras estimaciones de crecimiento económico para 2026. No hemos realizado cambios adicionales en las carteras tras el desempeño de la semana pasada y mantenemos una vigilancia constante sobre las novedades para poder actuar con rapidez y aprovechar las oportunidades de inversión a medida que surjan”, concluyen.

UBS: la volatilidad no es una buena razón para salir del mercado

El UBS CIO Daily recomienda mantenerse invertido pese a la incertidumbre a corto plazo: "Los periodos de elevada volatilidad geopolítica y de mercado pueden tentar a los inversores a retirarse de los mercados. Sin embargo, los datos históricos sugieren que los inversores con un horizonte temporal más largo deberían mantenerse invertidos con una cartera diversificada. La volatilidad no es una buena razón para salir del mercado. Intentar acertar el momento de entrada o salida del mercado puede resultar costoso. Mantenerse invertido probablemente se vea recompensado con una rentabilidad atractiva a largo plazo".

Mark Haefele, Chief Investment Officer de UBS Global Wealth Management, afirma: “Los inversores deben recordar que la rentabilidad pasada no garantiza resultados futuros. Pero para los inversores que mantienen una cartera bien diversificada y tienen la capacidad de permanecer invertidos a largo plazo, seguimos creyendo que se verán recompensados por mantenerse firmes en su estrategia. Para aquellos con posiciones concentradas en renta variable, recomendamos ampliar la exposición entre distintos sectores y geografías”. “También creemos que contar con asignaciones adecuadas a renta fija de calidad, oro y alternativas como los hedge funds ayudaría a los inversores a navegar mejor el mercado en el futuro”, añade.

“Mantenemos una inclinación procíclica y estructural en nuestras preferencias regionales, pero reducimos los bancos europeos a Neutral, ya que observamos un perfil de riesgo-rentabilidad más equilibrado para el sector durante el resto del año”, aportan Matthew Gilman, Estratega, y Rolf Ganter, Responsable de Renta Variable Europa.

Franklin Templeton: un escenario indeserable, pero no de crisis

Sonal Desai, CIO de Renta Fija de Franklin Templeton, avisa: "El shock del petróleo ya está aquí. ¿Qué impacto tendrá sobre el entorno macroeconómico? La perspectiva es clave. Los precios del crudo superaron brevemente los 100$ por barril antes de retroceder —con fuerza, pero sin constituir una ruptura estructural a la escala de crisis anteriores—. Es probable que impulse al alza la inflación de los precios al consumo, aunque no hacia niveles de dos dígitos, especialmente porque el impulso fiscal actual, aunque significativo, es de una magnitud mucho menor que en 2022. Según nuestras estimaciones de elasticidad, si el Brent se estabiliza cerca de 90$ hasta mediados de año, el índice de precios al consumo general podría registrar un incremento adicional de 0,60–0,75 puntos, llevando la inflación hacia 3,50%–3,75% a finales de año: un escenario indeseable, pero no de crisis".

El crecimiento debería ser más lento, no detenerse: los precios más altos de la gasolina erosionarán el poder adquisitivo, pero ese lastre debería verse parcialmente compensado por el inminente estímulo fiscal, y el ciclo de capex impulsado por la inteligencia artificial no muestra señales de pausa. "Mi previsión, superior al consenso, de 3% de crecimiento del PIB estadounidense en 2026 tiene riesgos a la baja, y la recesión ya no puede descartarse por completo, pero sigo considerándola un riesgo de cola", precisa.

La divergencia entre EEUU y Europa se amplía, con un riesgo de estanflación considerablemente más relevante en Europa. Desde el punto de vista de la inversión, un apoyo a corto plazo para el dólar estadounidense, oportunidades selectivas en la corrección del software, un panorama diferenciado en mercados emergentes y una duración global que resulta poco atractiva.

Las perspectivas de crecimiento son más débiles que antes de que comenzara el conflicto con Irán —especialmente en Europa frente a EEUU— y la trayectoria de la inflación es ligeramente más elevada. "Mantengo mi opinión de que el ciclo de relajación monetaria de la Reserva Federal podría haber terminado ya, una visión basada en la resiliencia de la actividad económica y en mi estimación del tipo de interés neutral, y que ahora se ve respaldada por el shock inflacionario derivado del petróleo. Cuánto tiempo persista el conflicto y si se amplía de forma material aún está por determinar —y esa incertidumbre exige agilidad—. Pero con los niveles actuales y la evidencia disponible hoy, me encuentro más alineado con los mercados que con los alarmantes titulares de los medios de comunicación", subraya.

08Mar

EEUU no sostiene solo a Europa. Europa sostiene buena parte de la capacidad operativa global de Estados Unidos. Y en un mundo cada vez más inestable, romper ese equilibrio no debilitaría solo a una orilla del Atlántico. Debilitaría a ambas.

Miguel Ángel Valero

Donald Trump suele transmitir una idea muy clara: sin EEUU, la OTAN no es nada. Y es cierto que la capacidad militar norteamericana (en presupuesto, tecnología y poder de fuego) no tiene comparación dentro de la Alianza. Pero la pregunta incómoda es otra, para el analista Pablo Gil en The Trader: ¿qué sería de EEUU sin su red militar en Europa?

La actual guerra de Oriente Medio, iniciada por los ataques conjuntos de EEUU e Israel contra Irán, pone en evidencia que la relación no es de dependencia unilateral. Es de interdependencia estratégica. Hoy EEUU mantiene alrededor de 85.000 soldados en el continente europeo, distribuidos en más de 30 bases permanentes y decenas de instalaciones con acceso rotacional o logístico. No hablamos solo de presencia simbólica. Hablamos de una red operativa que convierte a Europa en la gran plataforma de lanzamiento del poder militar estadounidense hacia Oriente Próximo, África y el Ártico.

La base de la Base Aérea de Ramstein es el principal hospital militar para las operaciones del Mando Central estadounidense. Desde la Base Naval de Rota operan destructores clave en el escudo antimisiles. RAF Lakenheath en Reino Unido y Base Aérea de Morón en España son escalas fundamentales en cualquier despliegue hacia Oriente Próximo.

Cuando Washington ha protegido el espacio aéreo de Israel, cuando ha desplegado fuerzas para rodear a Irán o cuando ha proyectado poder hacia África, lo ha hecho apoyándose en esa infraestructura europea. Sin ella, el tiempo de respuesta no sería cuestión de días. Sería de semanas.

Un informe del Center for Strategic and International Studies advertía en 2024 que, en caso de perder el acceso a bases en Reino Unido, España o Italia, Estados Unidos tendría enormes dificultades para controlar el Atlántico en un escenario de conflicto europeo. No es un detalle menor. Es arquitectura estratégica.

Además, el cuartel general del Mando Africano de EEUU está en Stuttgart. La protección de aliados en Oriente Próximo pasa por corredores logísticos europeos. Incluso la creciente relevancia del Ártico, con el deshielo acelerado, incrementa el valor geopolítico del continente como plataforma avanzada.

Trump ha amenazado con relativizar el Artículo 5 de la OTAN. Eso tensiona la alianza políticamente. Pero nunca ha hablado seriamente de abandonar las bases. Porque el Pentágono sabe que las necesita. Y aquí está el punto clave: Europa no puede usar las bases como herramienta de presión, porque su seguridad depende en buena medida de la garantía estadounidense. Pero Estados Unidos tampoco puede prescindir de ellas sin asumir un coste operativo enorme.

Si Washington perdiera acceso a esa red logística: 

  • Su capacidad de disuasión en Eurasia se debilitaría.
  • Su tiempo de reacción ante crisis en Oriente Próximo aumentaría significativamente.
  • Su control estratégico del Atlántico se resentiría.
  • Su proyección hacia África y el Ártico sería más lenta y cara.

La OTAN no es solo un paraguas defensivo para Europa. Es la columna vertebral logística de la proyección global estadounidense. Durante décadas, esta interdependencia ha sido tan estable que casi nadie la cuestionaba. Hoy, en un mundo más fragmentado y con tensiones comerciales crecientes, el debate empieza a aflorar. Pero sigue sin plantearse en toda su profundidad.

Trump puede utilizar la OTAN como herramienta de presión política, pero la realidad estratégica es más tozuda que el discurso. Estados Unidos no sostiene solo a Europa. Europa sostiene buena parte de la capacidad operativa global de Estados Unidos. Y en un mundo cada vez más inestable, romper ese equilibrio no debilitaría solo a una orilla del Atlántico. Debilitaría a ambas.

07Mar

El déficit en 2026 se situará en el 5,8 % del PIB. En 2028, en el 6 %. Y en 2036 alcanzará el 6,7 %. La media de los últimos 50 años ha sido del 3,8 %. Además, el déficit superará el 5,6 % del PIB durante más de cinco años consecutivos, algo que no ocurría desde que existen registros.

Miguel Ángel Valero

La Oficina Presupuestaria del Congreso de EEUU, la Congressional Budget Office (la CBO), vuelve a lanzar una advertencia incómoda: la senda fiscal del país no es sostenible. Y lo hace con números encima de la mesa.

Según su último informe, las políticas aprobadas por Donald Trump (especialmente la extensión de los recortes fiscales de 2017 y el nuevo paquete tributario de 2025) incrementarán el déficit acumulado de la próxima década en 1,4 billones de dólares adicionales respecto a lo previsto anteriormente. Solo la prolongación y ampliación de los recortes fiscales sumará 4,7 billones en diez años. A eso hay que añadir unos 500.000 millones derivados del endurecimiento de la política migratoria.

Los aranceles, que han elevado el tipo efectivo medio por encima del 13 % (el nivel más alto desde los años 40), generarán ingresos adicionales. La CBO estima que reducirán el déficit en unos 3 billones. Pero no compensa. El saldo final sigue deteriorándose.

El problema no es solo el flujo anual. Es la dinámica acumulativa. El déficit en 2026 se situará en el 5,8 % del PIB. En 2028, en el 6 %. Y en 2036 alcanzará el 6,7 %. Para ponerlo en perspectiva: la media de los últimos 50 años ha sido del 3,8 %. Además, el déficit superará el 5,6 % del PIB durante más de cinco años consecutivos, algo que no ocurría desde que existen registros modernos. Y, mientras tanto, la deuda sigue creciendo.

La ratio deuda/PIB superará el récord histórico del 106 % alcanzado tras la Segunda Guerra Mundial. Ahora se prevé que lo haga en 2030, un año más tarde de lo estimado previamente, gracias a un crecimiento algo más fuerte en 2026 (2,2 %). Pero después, la economía volvería a una velocidad de crucero del 1,8 % anual. Muy lejos del 3 % que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha marcado como objetivo político.

El verdadero elefante en la habitación es el coste de los intereses. El pago por la deuda pasará de 1 billón en 2026 a 2,1 billones en 2036. Cada vez más recursos públicos se destinan simplemente a pagar los excesos del pasado.

El presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, avisa: el nivel actual de deuda no es el problema inmediato. Lo es la trayectoria. EEUU está generando déficits enormes en un contexto de pleno empleo. Eso no es típico de una economía en expansión. Es típico de una economía que vive estructuralmente por encima de sus posibilidades fiscales.

En cuanto a la inflación, la CBO prevé que se modere hacia el 2 % a medio plazo, aunque este año seguirá en torno al 2,7 %. El desempleo podría repuntar al 4,6 % en 2026. Nada dramático en el corto plazo, pero sí inquietante en el largo. Porque cuando una economía crece al 1,8 %, mantiene déficits del 6 % del PIB y paga intereses crecientes sobre una montaña de deuda, el margen de maniobra se estrecha. Y cada crisis futura será más costosa de gestionar.

"El problema no es un presidente concreto ni una medida puntual. El problema es estructural. EEUU lleva años acostumbrándose a convivir con déficits que antes solo veíamos en guerras o recesiones profundas. Mientras el crecimiento no acelere de verdad y el gasto no se ajuste, la deuda seguirá aumentando a un ritmo difícil de sostener. El privilegio del dólar como moneda de reserva mundial compra tiempo, pero no elimina las matemáticas. Y en economía, cuando las matemáticas se ignoran demasiado tiempo, siempre terminan imponiéndose", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

05Mar

Los mercados temen un escenario de guerra prolongada de desgaste, con el estrecho de Ormuz bloqueado, ya que tendría consecuencias inmediatas sobre los precios de la energía, la inflación y el crecimiento mundial.

Miguel Ángel Valero

Sexto día de conflicto entre Irán y EEUU-Israel, sin cambios significativos en la situación y con el estrecho de Ormuz aún cerrado de facto, a la espera de que se materialicen las promesas de Trump sobre los seguros y la escolta a los buques. Esas declaraciones moderaron las subidas en los precios de la energía, pero cada jornada adicional con el estrecho bloqueado tensiona la logística: el almacenaje en tierra de los exportadores de petróleo y gas del Golfo Pérsico comienzan a quedarse sin espacio ante la falta de barcos, lo que obligaría a detener, eventualmente, la producción.

En este contexto, China y Japón han optado por limitar las exportaciones de sus refinerías y priorizar el abastecimiento interno de diésel y gasolina ante la posible escasez de crudo en las próximas semanas, aunque por ahora no se han registrado problemas notables en el mercado físico. De hecho, las compañías refinadoras japonesas están en conversaciones con el Gobierno para acceder a las reservas estratégicas en caso de necesidad las próximas semanas.

A pesar del flujo de noticias, los mercados continúan descontando un conflicto breve y un cierre del estrecho limitado en el tiempo. Esta percepción se reflejó en una menor tensión en los precios de la energía, lo que proporcionó cierto alivio a los activos más castigados y permitió avances en las Bolsas globales, lideradas por las regiones que habían sufrido mayores caídas —Asia y Europa—. De igual modo, el sector tecnológico mostró una reacción favorable, impulsado además por los resultados de Broadcom. También destacó el sólido comportamiento de las compañías de ciberseguridad, en un entorno marcado por la habitual guerra informática en la sombra.

En renta fija, las ventas continúan presionando la parte larga de la curva, ante el repunte de los temores inflacionistas. Las expectativas de recortes de tipos en EEUU empiezan a desplazarse hacia finales de año, lo que podría seguir apoyando al dólar en el corto plazo.

"El conflicto no debería prolongarse en exceso y la presión diplomática china junto con las garantías americanas debería provocar una reapertura del estrecho de Ormuz más pronto que tarde. Si esto se materializa, la percepción de riesgo disminuirá; por ello, consideramos que realizar movimientos precipitados en este entorno podría tener efectos negativos sobre la rentabilidad a medio plazo. Un ejemplo reciente fue el fuerte rebote tras el giro de Trump en el Liberation Day: perderse esa sesión habría postergado la recuperación del inversor más de seis meses, y actualmente nos encontramos en un escenario igual de dual", argumentan en Banca March.

China reduce la producción

Mientras, China fijó su objetivo de crecimiento más modesto desde 1991, con una horquilla del 4,5% al 5% para este año, y apenas mostró disposición a impulsar el consumo pese al creciente desequilibrio entre una oferta fuerte y una demanda débil. El Gobierno mantendrá el apoyo fiscal en niveles similares a 2025 y recortará subvenciones para la compra de bienes de consumo, incluida la financiación del programa de renovación de electrodomésticos y vehículos, que caerá de 300.000 millones de yuanes a 250.000 millones ante el menor interés de unas familias presionadas por la inseguridad laboral y el débil crecimiento salarial.

En lugar de desplegar grandes paquetes de gasto general, Pekín centrará sus esfuerzos en los sectores emergentes y fija un aumento medio anual del 7% en I+D hasta finales de la década, priorizando la autosuficiencia tecnológica, la digitalización y la construcción de industrias modernas por encima del impulso a la demanda interna. Mientras tanto, mantuvo su objetivo de inflación en el 2%, después de un 2025 en el que los precios al consumidor permanecieron prácticamente estancados.

Por otro lado, y en pleno contexto del conflicto de Irán, China busca proteger el suministro interno de petróleo y combustibles ante la interrupción de los flujos de crudo procedentes de Oriente Medio. Para ello, ha solicitado a las empresas nacionales que suspendan la firma de nuevos contratos de exportación de combustibles refinados y que intenten cancelar envíos ya acordados. La medida excluye tanto el repostaje de aviones en vuelos internacionales como el abastecimiento de buques en régimen de depósito. Además, al menos dos refinerías —Zhejiang Petrochemical Corp y Fujian— ya han reducido su actividad alrededor de un 20% este mes, y se espera que más plantas apliquen recortes adicionales en la producción.

Mejora la confianza de los empresarios en EEUU y en Europa

La guerra en Oriente Medio contrasta con favorables datos de actividad que apuntan a una aceleración del crecimiento en EEUU: repunta la creación de empleo privado y mejora la confianza de los empresarios de los servicios en febrero. Según la consultora ADP el empleo privado aumentó en 63.000 nuevos puestos de trabajo en febrero, un repunte desde el débil dato del mes previo (en enero solamente se han creado 11.000 puestos de trabajo). Además, también se publicó una importante mejora de la confianza de los empresarios con el ISM de los servicios superando ampliamente las expectativas y escalando en febrero hasta 56,1 desde el 53,8 previo y muy por encima del 53,5 esperado. Una clara mejora de las expectativas, apoyada por el fuerte incremento del subíndice de nuevos pedidos, que subió hasta 58,6 desde el 53,1 anterior, y también la mejora del subíndice de empleo, que escaló hasta 51,8 desde el 50,3 previo. En conjunto cifras que apuntan a una aceleración de la actividad y mayor contratación en los próximos meses.

En la zona euro, también datos positivos con la tasa de paro bajando a nuevos mínimos históricos en la región y con la confianza de los empresarios manteniéndose en terreno expansivo. El paro del conjunto de la zona euro retrocedió en enero más de lo esperado al bajar hasta 6,1% desde el 6,3% anterior. Con ello, superó así las expectativas y alcanzó nuevos mínimos, mostrando que la actividad en la región ha comenzado el año 2026 con fortaleza. 

Por otro lado, la confianza de los empresarios, según el PMI compuesto, subió en febrero hasta 51,9, su mayor nivel desde noviembre. Por países, en Alemania este indicador subió hasta 53,2, muy por encima de la media de la región, mientras que en Francia se situó por debajo del umbral de expansión (49,9 el nivel actual). Entre las dos grandes economías de la región, en Italia subió hasta 52,1 desde el 51,4 previo, frente a ello, se deteriora la confianza en España, con el PMI compuesto bajando hasta 51,5 desde el 52,9 previo.

 The Trader: EEUU no sabe quién manda ahora en Irán

El analista Pablo Gil aporta interesantes reflexiones en The Trader sobre el conflicto de Irán, especialmente sobre el asesinato de Ali Jamenei, que durante más de tres décadas fue el eje alrededor del cual giraba todo el sistema iraní: "La tentación inmediata es pensar que, eliminado el líder, el sistema se desmorona. Pero la historia reciente nos obliga a ser prudentes. En 2003, cuando cayó Saddam Hussein, también parecía que el problema estaba resuelto. El dictador había desaparecido y el aparato militar había sido derrotado. Sin embargo, lo que vino después fue mucho más complejo. La desarticulación del Estado iraquí dejó un vacío que derivó en guerra civil, radicalización sectaria y el nacimiento del Estado Islámico. Derribar fue rápido. Reconstruir resultó casi imposible"

Irán no es Irak. Tiene una estructura de poder más cohesionada y un aparato de seguridad diseñado precisamente para sobrevivir a situaciones extremas. La Guardia Revolucionaria no es solo un brazo militar, es una red política, económica y estratégica profundamente arraigada. Aunque la figura del líder supremo desaparezca, el sistema puede reconfigurarse. De hecho, la Constitución prevé mecanismos de sucesión y el poder puede redistribuirse entre el presidente, la judicatura y la Asamblea de Expertos mientras se designa un nuevo líder, tal y como está ocurriendo en este momento.

Por eso el escenario más probable a corto plazo no es el colapso, sino la continuidad. Un régimen herido, pero cohesionado frente a una agresión exterior. Paradójicamente, los ataques externos suelen fortalecer la narrativa nacionalista. Cuando las bombas caen desde fuera, el resentimiento interno muchas veces se transforma en defensa patriótica. Lo vimos en Irak tras la primera Guerra del Golfo. Lo hemos visto en muchos otros lugares.

El segundo escenario es más inquietante. Si la estructura central se fractura, el vacío puede activar tensiones latentes. Irán es un país multiétnico con regiones kurdas y baluches donde ya existen movimientos armados. La oposición está profundamente fragmentada entre monárquicos, reformistas, grupos étnicos y movimientos en el exilio sin liderazgo unificado. La experiencia iraquí demuestra que cuando no existe una alternativa cohesionada, el vacío no genera democracia automática. Genera competencia por el poder. Y eso suele traducirse en violencia.

El tercer escenario es una guerra prolongada de desgaste. Irán ya ha demostrado capacidad de respuesta rápida contra las bases estadounidenses en el Golfo y contra su archienemigo Israel. El estrecho de Ormuz es una vía crítica, por donde transita cerca del 25% del petróleo y el 20% del gas natural licuado transportado por mar, convirtiéndolo en un cuello de botella energético global. Una escalada que afecte a ese flujo durante semanas tendría consecuencias inmediatas sobre los precios de la energía, la inflación y el crecimiento mundial. En un contexto económico frágil, el impacto sería enorme.

Además, hay un factor estratégico más amplio. Cada recurso militar que Washington concentra en Oriente Próximo es un recurso que no está en el Indo-Pacífico. En 2003, la implicación prolongada en Irak tuvo consecuencias geopolíticas globales. Hoy el tablero incluye a China y a un equilibrio internacional mucho más delicado.

"Por eso el verdadero debate no es si Jamenei debía o no ser eliminado. El debate es si existe un plan sólido para el día después. En Irak no lo hubo. Y el vacío fue ocupado por la violencia. En geopolítica existe una tendencia peligrosa a personalizar los problemas. Creer que eliminando al líder se elimina el sistema. Pero los regímenes autoritarios no se sostienen solo en una persona. Se sostienen en redes, estructuras, intereses y equilibrios de poder. Si esas piezas no se gestionan con precisión, el resultado puede ser peor que el punto de partida", señala este experto.

"Lo inquietante en esta ocasión no es solo la magnitud del golpe, sino la ausencia de un relato coherente sobre el día después. La propia Casa Blanca ha reconocido que no sabe con claridad quién está al mando ahora mismo en Irán", añade. Trump ha alternado en cuestión de horas entre hablar de cambio de régimen, destrucción del programa nuclear, intervención limitada de “cuatro o cinco semanas”, posibilidad de desplegar tropas o búsqueda de un acuerdo. Incluso ha admitido que no saben quién podría asumir el liderazgo en Teherán. Cuando el objetivo político cambia cada día, la estrategia deja de ser estrategia y pasa a ser reacción.

La historia demuestra que el vacío no se llena solo. En Irak se pensó que la caída del líder resolvería el problema. Lo que vino después fue una década de inestabilidad que reconfiguró todo el equilibrio regional. Hoy el riesgo no es únicamente militar. Es estratégico. Si no existe un plan sólido para gestionar la transición, el poder puede fragmentarse, radicalizarse o escaparse del control de quienes iniciaron la operación.
Irán entra ahora en una fase decisiva. Puede reforzar su cohesión interna frente a un enemigo exterior, puede fracturarse en luchas de poder o puede arrastrar a la región a un conflicto prolongado. Pero el verdadero interrogante no está solo en Teherán. Está en Washington. Porque en geopolítica, lo verdaderamente peligroso no es solo derribar un régimen. Es hacerlo sin tener claro qué se construye después.

El verdadero campo de batalla está en Ormuz

Cuando hablamos de tensiones en Oriente Medio, solemos pensar en misiles, portaaviones o amenazas cruzadas. Pero el verdadero campo de batalla, muchas veces, no está en tierra firme. Está en el agua. Y en concreto en un punto muy estrecho del mapa: el estrecho de Ormuz. Por ese paso marítimo, situado entre Irán y Omán, transita aproximadamente el 20% del petróleo que se consume en el mundo, más un 10% de productos derivados y cerca del 20% del gas natural licuado que se comercializa globalmente. En el primer trimestre de 2025, cruzaron por allí una media de 20,1 millones de barriles diarios. Uno de cada cinco barriles del planeta depende de ese embudo de apenas 50 kilómetros de ancho y menos de 60 metros de profundidad.

Pero detrás de ese porcentaje hay nombres propios. Desde el lado de los exportadores, los países más expuestos son Arabia Saudí, Irak, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Catar. Arabia Saudí es el mayor exportador mundial de crudo y una parte esencial de sus envíos sale de terminales del Golfo Pérsico que necesariamente cruzan Ormuz. Irak depende casi por completo de esa vía para colocar su producción en los mercados internacionales. Kuwait y Emiratos tienen también una dependencia crítica. Y en el caso del gas natural licuado, Catar es el actor clave: es uno de los mayores exportadores mundiales de GNL y prácticamente todo su gas debe atravesar el estrecho.

Del lado de los importadores, el impacto sería especialmente severo en Asia. China es el principal comprador del crudo que sale del Golfo y el mayor cliente del GNL catarí. India, Japón y Corea del Sur también dependen en gran medida de esos flujos energéticos. Para ellos, Ormuz no es una variable secundaria, es una arteria vital. Europa recibe un porcentaje mucho menor del crudo que pasa por el estrecho, pero sí depende en parte del gas natural licuado catarí para diversificar su suministro tras la crisis con Rusia. EEUU importa relativamente poco crudo del Golfo en comparación con Asia, pero el precio internacional del petróleo marcaría igualmente su inflación.

Tras los bombardeos de EEUU e Israel sobre instalaciones iraníes, el tránsito marítimo se ha paralizado. No sería la primera vez que Teherán juega la carta de bloquear este acceso como arma. Lo hizo en 2008, en 2012, en 2018 y el pasado junio, cuando incluso su Parlamento aprobó el cierre tras ataques a sus instalaciones nucleares. Nunca llegó a ejecutarlo. Pero esta vez el entorno es distinto: mayor despliegue militar estadounidense, presencia de portaaviones y señales de que Irán habría preparado minas navales en semanas previas.

La clave es entender que no hace falta un cierre total para generar un shock. En un entorno bélico, el simple riesgo eleva las primas de seguro, encarece el transporte y ralentiza los envíos. El petróleo puede seguir fluyendo, pero más caro y con retrasos. Eso basta para tensionar el mercado.

Ahora bien, ¿qué alternativas existen si el estrecho se bloquea o se vuelve impracticable? Aquí es donde el coste económico empieza a ser tangible en términos de tiempo y logística. Tomando como referencia cargamentos que parten del este de Arabia Saudí (lo que implica cruzar Ormuz en condiciones normales), las rutas serían hacia la costa este de Estados Unidos vía canal de Suez, entre 32 y 36 días de tránsito. Si el canal de Suez no fuese viable y hubiera que rodear África por el Cabo de Buena Esperanza, entre 47 y 51 días. Cruzando el Pacífico hacia la costa oeste estadounidense, entre 39 y 43 días. Cada alternativa supone más días en el mar, más combustible, más costes financieros por capital inmovilizado y mayor tensión en las cadenas de suministro. Y eso sin contar posibles cuellos de botella en otros puntos estratégicos.

En el plano terrestre, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos disponen de oleoductos que permiten desviar parte del crudo evitando el estrecho. El gran oleoducto este-oeste saudí puede enviar hasta 5 millones de barriles diarios hacia el mar Rojo. Emiratos cuenta con capacidad adicional hacia el golfo de Omán. Pero, en conjunto, solo podrían sustituir una fracción del volumen total que hoy atraviesa Ormuz. Irak, Kuwait y Catar, en la práctica, no tienen alternativa significativa. Y en el caso del gas natural licuado, la dependencia del tránsito marítimo es prácticamente total.

Por eso el escenario más probable no es un apagón energético global inmediato, sino un encarecimiento progresivo por fricción logística. Más días. Más riesgo. Más coste. Y, por tanto, más presión inflacionista. Y ahí es donde el impacto deja de ser regional y se vuelve global: afecta a las economías asiáticas que importan energía, golpea a Europa vía gas y presiona a Estados Unidos vía precios internacionales. Si el petróleo se disparase de forma sostenida, los bancos centrales que contemplaban recortes de tipos tendrían que replanteárselo. La inflación energética es el impuesto más regresivo que existe: afecta a transporte, alimentos, industria. El crecimiento se resentiría y los mercados, que hoy descuentan cierta estabilidad, tendrían que ajustar expectativas.

No se trata solo de mirar el precio del Brent cada mañana. Se trata de entender que una parte esencial del suministro energético mundial depende de un corredor marítimo extremadamente vulnerable. Los grandes exportadores del Golfo se juegan su principal fuente de ingresos. Las grandes economías asiáticas se juegan su seguridad energética. Y el resto del mundo se juega la estabilidad de precios. En un sistema tan interconectado, el cierre de Ormuz no sería un problema local. Sería un shock global. Y cuando la energía tiembla, la economía siempre termina sintiéndolo.

01Mar

Cuando el tablero cambia, el mayor error no es equivocarse de jugada, sino llegar tarde y seguir jugando con reglas que ya nadie respeta.

Miguel Ángel Valero

Donald Trump no solo ha convertido la imprevisibilidad en una forma de gobierno. Ha ido un paso más allá: ha normalizado la distorsión sistemática de la realidad como herramienta política y el desorden como método de poder. No gobierna desde una ideología reconocible ni desde un proyecto coherente de largo plazo, sino desde el impacto emocional, la amenaza constante y la sensación de que siempre puede cruzar una línea que nadie más se atrevería a atravesar. Ese es el núcleo de lo que ya no es una anomalía, sino una auténtica doctrina del caos.

Trump ha demostrado que, en el ecosistema político y mediático actual, no es necesario que algo sea cierto para que funcione. Basta con repetirlo, amplificarlo y envolverlo en un relato emocionalmente potente. El escándalo permanente no es un efecto colateral: es la estrategia. Cuando todo es exagerado, contradictorio o directamente absurdo, la verdad deja de ser un ancla y se convierte en una pieza más del espectáculo. Esa lógica explica su insistencia en presentarse como gran pacificador global. 

Desde su regreso a la Casa Blanca repite que ha logrado poner fin a ocho conflictos armados. La afirmación encaja a la perfección con su imagen de líder fuerte, negociador implacable y aspirante, confeso al Premio Nobel de la Paz. El problema es que, cuando se analiza caso por caso, el balance real es mucho más ambiguo de lo que sugiere el eslogan. 

En algunos escenarios, como el alto el fuego entre Israel y Hamás, el papel de EEUU ha sido relevante. Pero incluso ahí hablamos de una tregua frágil, incompleta y permanentemente amenazada por nuevos episodios de violencia. Presentarlo como una guerra resuelta es una simplificación interesada, pensada más para el titular que para describir la realidad. En otros casos, el resultado ha sido directamente efímero. El supuesto acuerdo histórico entre Camboya y Tailandia apenas duró unas semanas antes de romperse, dando paso a enfrentamientos más intensos y a cientos de miles de desplazados. En África central, el acuerdo firmado en Washington entre la República Democrática del Congo y Ruanda no ha cambiado la situación sobre el terreno: los rebeldes del M23 siguen avanzando con apoyo externo, dejando en evidencia la falta de capacidad real para imponer una paz duradera. En Asia, el anuncio de un alto el fuego entre Pakistán e India volvió a mostrar el mismo patrón. Islamabad agradeció la mediación estadounidense, pero Nueva Delhi negó cualquier intervención extranjera y subrayó que el acuerdo fue bilateral. Más que un éxito diplomático claro, el episodio reveló la dificultad de separar hechos verificables de declaraciones políticas cuando el ruido domina el relato.

Pero lo verdaderamente preocupante es que esta forma caótica de ejercer el poder no se proyecta solo hacia el exterior. También está siendo aplicada, de forma cada vez más explícita, dentro de EEUU. La doctrina del caos no distingue entre política exterior y política doméstica. En varios estados gobernados por demócratas, la cuestión migratoria se ha convertido en un campo de confrontación directa. El Gobierno federal ha impulsado medidas punitivas, recortes de fondos y amenazas legales como forma de disciplinar a quienes no se alinean con su discurso, utilizando la inmigración no como un problema a gestionar, sino como un arma política para polarizar y castigar al adversario interno.

Algo similar ocurre con el poder judicial. Cada vez que un tribunal dicta una sentencia contraria a sus intereses, Trump no se limita a recurrirla: desacredita públicamente a los jueces, cuestiona la legitimidad del sistema y presenta cualquier fallo adverso como parte de una conspiración. El mensaje es claro y peligroso: la justicia solo es válida cuando confirma su relato. Cuando no lo hace, pasa a formar parte del enemigo.

Las universidades tampoco han quedado al margen. Presiones políticas, amenazas de retirar financiación, campañas públicas de descrédito y exigencias de alineamiento ideológico han convertido a algunos de los grandes centros académicos en objetivos directos del poder presidencial. No se trata solo de controlar el discurso, sino de domesticar espacios tradicionalmente críticos y autónomos.A esto se suma la persecución abierta de fiscales, funcionarios y empresarios que no se pliegan o no rinden pleitesía. Investigaciones, inspecciones, ataques personales y represalias administrativas forman parte de un ecosistema en el que la lealtad pesa más que la legalidad, y la sumisión más que la competencia. El mensaje vuelve a ser inequívoco: quien no se alinea, paga un precio.

Hay, además, un factor que marca un punto de inflexión histórico. Trump es el primer presidente de EEUU que no solo no oculta, sino que asume sin complejos, que utiliza el poder presidencial para favorecer sus negocios personales. Decisiones políticas, relaciones internacionales, concesiones regulatorias y visibilidad institucional se entremezclan con intereses privados de una forma inédita en la historia moderna del país. La frontera entre el cargo público y el beneficio personal no se difumina: se borra deliberadamente.Todo encaja en la misma lógica. Lo que importa no es la consistencia, ni la legalidad, ni siquiera la eficacia a medio plazo. Importa el impacto inmediato, el dominio del relato y la demostración constante de poder. 

Trump no busca cerrar conflictos complejos (internos o externos) que requieren tiempo, confianza y compromisos incómodos. Busca mantener a aliados, rivales y ciudadanos en un estado permanente de incertidumbre y dependencia. Ésta es la esencia de la doctrina del caos. La política deja de ser un ejercicio de previsión y responsabilidad para convertirse en una 'performance' continua. La amenaza sustituye al argumento, la exageración al dato y la improvisación al análisis. El desorden no es un fallo del sistema: es el sistema.

Ese uso recurrente de medias verdades, afirmaciones infladas o directamente falsas no es un detalle menor. Moldea percepciones, desplaza responsabilidades y convierte realidades complejas en relatos simples y emocionales. El patrón se repite una y otra vez. Como cuando Trump asegura haber sido quien más ha gastado en el apoyo a Ucrania, pese a que los datos muestran que la ayuda europea, en conjunto, es comparable o incluso superior, y que muchas de las cifras que utiliza mezclan compromisos futuros, préstamos o estimaciones presentadas como gasto efectivo. No es un error puntual: es una forma de ejercer el poder. La paz, la democracia y la verdad no se construyen con “slogans” ni con relatos grandilocuentes, sino con hechos verificables, contrapesos institucionales y respeto a las reglas. Hay una diferencia enorme entre anunciar resultados y asumir la complejidad de gobernar con responsabilidad. Esa diferencia marca la frontera entre la política entendida como propaganda permanente y la política entendida como servicio público. Y hoy, con Trump, esa frontera no solo está desdibujada: está siendo cruzada de forma consciente y sistemática.

Desmontando el orden internacional tras la II Guerra Mundial

En ese sentido, la Conferencia de Seguridad de Múnich ha sido una advertencia. El mensaje que sale de allí es claro: el orden internacional posterior a la Guerra Fría está siendo desmontado pieza a pieza. El secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, fue el encargado de verbalizarlo. Tono conciliador, pero fondo inequívoco. EEUU quiere actuar con Europa… pero actuará solo si lo considera necesario. La cooperación es preferible, no imprescindible. Y la alianza transatlántica ya no puede basarse en inercias del pasado. Rubio habló de errores compartidos: externalización de soberanía, desindustrialización, confianza excesiva en instituciones multilaterales incapaces de frenar a actores revisionistas. Cuestionó el modelo de globalización que definió las últimas décadas y defendió un liderazgo estadounidense dispuesto a fijar el marco estratégico de esta nueva etapa.No fue un discurso de ruptura. Fue un discurso de jerarquía.

En paralelo, Volodymyr Zelensky volvió a recordar que para Ucrania esto no es teoría geopolítica. Es supervivencia. Pidió claridad, garantías reales y una Europa que asuma que la guerra en su frontera redefine su seguridad estructural. Sin ambigüedades, sin debates eternos, y es precisamente ahí cuando aparece el gran problema europeo. Alemania ha empezado a hablar de una Europa que “regresa de sus vacaciones de la Historia”. Francia lleva tiempo defendiendo una mayor autonomía estratégica, incluso reforzando la disuasión nuclear europea como pilar de seguridad frente a una posible menor implicación estadounidense. En ese contexto, Pedro Sánchez se ha distanciado de la propuesta franco-alemana de reforzar la dimensión nuclear como herramienta disuasoria común. España mantiene una posición más clásica, más alineada con el discurso pacifista y con la apuesta por el multilateralismo tradicional. Hasta aquí, sería simplemente una diferencia estratégica legítima. El problema es la incoherencia estructural: España es, al mismo tiempo, uno de los países más reticentes al incremento del gasto militar dentro de la OTAN y uno de los territorios clave para la proyección estratégica de Estados Unidos. Las bases de Rota y Morón son nodos esenciales para operaciones hacia Oriente Próximo, África o incluso el flanco oriental. Sin esa infraestructura logística, la capacidad de respuesta estadounidense se vería seriamente limitada. Es difícil sostener un discurso pacifista y de contención presupuestaria mientras se es pieza central del engranaje militar de la mayor potencia del mundo. No se trata de criticar la existencia de las bases. Se trata de reconocer la contradicción entre el relato político interno y la realidad estratégica externa.

Mientras Washington redefine el orden, mientras Rusia actúa con lógica imperial, mientras China proyecta poder industrial y tecnológico, mientras Israel opera con una claridad estratégica brutal, e incluso Canadá ha reforzado su liderazgo político con posicionamientos claros, Europa sigue debatiendo su identidad. Y ese es el verdadero fondo de lo ocurrido en Múnich. "Estamos entrando en un mundo de bloques, de competencia entre potencias, de soberanía energética, tecnológica y militar. Un mundo menos normativo y más crudo. Más directo. Más jerárquico", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

EEUU tiene un liderazgo claro, con una visión que puede gustar o no, pero que es coherente con sus fines y sus ambiciones. Rusia tiene el suyo. China también. Israel no duda en actuar cuando considera que su seguridad está en juego. Incluso potencias medias como Canadá muestran una dirección política definida y parecen dispuestas a defender sus líneas rojas. Europa, en cambio, no tiene un campeón. No tiene una voz única. No tiene un liderazgo capaz de sintetizar intereses nacionales divergentes en una estrategia común sólida. Y eso, en el nuevo mundo que se está configurando, es un problema.

La reunión celebrada en Múnich no es un simple reajuste diplomático. Es el aviso de que el equilibrio global ha cambiado de fase. La seguridad vuelve a ser el eje central. La soberanía vuelve a importar. La capacidad industrial y militar vuelve a pesar más que los discursos. Europa tendrá que decidir si quiere asumir ese nuevo escenario con ambición estratégica o si seguirá instalada en la comodidad retórica. "Porque en el mundo que viene, la neutralidad confortable no existe. O influyes… o te adaptas a lo que otros decidan por ti", advierte.

Davos: la política del poder

En Davos 2026 no se habla de crisis. No hay pánico ni urgencia, pero sí algo más profundo y quizá más inquietante: la aceptación tácita de que el eje de la economía global ha cambiado. Ya no se debate cómo crecer más o ser más eficientes, sino quién tiene el poder para imponer las reglas y con qué objetivos está dispuesto a hacerlo. En conversaciones privadas se repite una idea que define el tono del foro: la economía ha dejado de ser el centro. El foco está en la política del poder. Seguridad nacional, soberanía tecnológica, control de recursos estratégicos y estabilidad social se han integrado de forma natural en el debate económico hasta volverse inseparables. Lo que hace pocos años habría sonado exagerado hoy se verbaliza sin complejos. 

En Davos se asume que la deuda es sostenible mientras nadie la cuestione; que la inteligencia artificial no es neutral, sino una ventaja estratégica comparable a la energía o la defensa; y que la transición energética será más lenta, más cara y desigual de lo prometido. La IA ha dejado de presentarse como una promesa abstracta de productividad para convertirse en un activo de poder: quien controle infraestructura, datos y acceso concentrará una parte creciente del peso económico, con implicaciones incómodas en términos de regulación, concentración y desigualdad. Algo similar ocurre con la transición energética. El discurso climático sigue presente, pero ha perdido idealismo. El pragmatismo ha sustituido al eslogan: los mercados funcionan mejor cuando se enfrentan a restricciones reales y no a objetivos políticamente deseables, pero económicamente inviables. No son provocaciones, son diagnósticos compartidos. Este cambio explica por qué la geopolítica lo impregna todo. 

Las decisiones de inversión ya no se toman solo por eficiencia, sino por alineamiento político y control estratégico. La neutralidad económica global ha desaparecido. El capital fluye hacia donde es políticamente aceptable, no necesariamente hacia donde es más rentable. Esto introduce un riesgo estructural nuevo, difícil de modelizar, que obliga a replantear estrategias de inversión y de política económica. En Davos no se habla de desglobalización, sino de fragmentación. Cadenas de suministro más cortas, más caras y menos eficientes, pero más controlables. El consenso es incómodo: el mundo será menos eficiente, pero más resiliente… para quienes puedan pagar ese coste. Y aquí hay un punto que los mercados aún no han descontado del todo: menores márgenes estructurales, inflación de costes más persistente y un crecimiento potencial más bajo.

La deuda global sobrevuela todas las conversaciones. No hay soluciones claras, pero sí una aceptación explícita de que el ajuste será lento y políticamente gestionado. Inflación estructural, tipos reales bajos y distintas formas de represión financiera ya no son escenarios alternativos, sino parte del escenario central. Lo relevante no es la idea en sí, sino que ahora se diga abiertamente. También los bancos centrales reflejan este cambio. La inflación sigue importando, pero ya no es el único objetivo. La cohesión social y la estabilidad política han entrado de lleno en la ecuación. La política monetaria ha dejado de ser puramente técnica para convertirse en un instrumento de equilibrio social, complicando la lectura de los ciclos y la reacción de los mercados.

En este contexto encaja la frase más repetida en Davos, atribuida al primer ministro de Canadá, Mark Carney: los países medianos o se sientan a la mesa, o acaban formando parte del menú. Canadá lo está comprobando con nuevas amenazas de aranceles por parte de Donald Trump. Europa vive su propia prueba de estrés con Groenlandia, donde ya no se discute solo seguridad, sino soberanía, recursos estratégicos y control territorial. Poder, cadena de suministro y dominio tecnológico condensados en una sola negociación. En ese nuevo marco, donde las reglas ya no son las de antes, empieza a abrirse paso una advertencia incómoda, especialmente para EEUU: su liderazgo global no solo se mide por su poder militar o tecnológico, sino por algo mucho más frágil (la voluntad del resto del mundo de seguir financiando unos desequilibrios fiscales cada vez mayores.)

Davos 2026 no anuncia una ruptura, pero sí confirma un cambio de reglas. La economía ya no manda sola; mandan el poder, la seguridad y la capacidad de imponer condiciones. Para Europa, el riesgo no es crecer menos o quedarse atrás tecnológicamente. El verdadero riesgo es seguir actuando como si el mundo premiara la prudencia pasiva, cuando en realidad castiga la indefinición. En este nuevo escenario, no decidir también es una decisión… y suele ser la más costosa. Porque "cuando el tablero cambia, el mayor error no es equivocarse de jugada, sino llegar tarde y seguir jugando con reglas que ya nadie respeta", insiste Pablo Gil.

Gaza se ha convertido en un experimento

Por otra parte, Gaza ya no es solo un conflicto enquistado ni una tragedia humanitaria recurrente. Se ha convertido en algo más inquietante: un experimento. Un laboratorio donde se ensaya una nueva forma de gobernanza internacional en la que la estabilidad pesa más que la legitimidad y el derecho internacional queda subordinado a la correlación de fuerzas. Desde esa óptica, Gaza no es una anomalía, sino un precedente. Un territorio administrado desde fuera, con instituciones locales tuteladas, seguridad externalizada y decisiones estratégicas tomadas lejos del terreno. No se busca resolver el conflicto, sino contenerlo. No se persigue un orden justo, sino uno funcional.

La llamada Junta de la Paz impulsada por Donald Trump encaja perfectamente en ese esquema. Bajo una apariencia multilateral y con el paraguas formal de la Organización de las Naciones Unidas, el diseño real responde a una lógica muy distinta: una “pax americana” pragmática, jerárquica y reversible. Una paz concebida como instrumento de poder, no como expresión de legitimidad política. El gesto más revelador no está solo en la arquitectura del plan, sino en quiénes son invitados a sentarse en la mesa. Trump ha ofrecido formar parte del Consejo de Paz a Vladímir Putin y al líder de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko. No como actores marginales, sino como socios necesarios para administrar el nuevo equilibrio. 

Es una señal clara: en este modelo, el respeto al derecho internacional o al historial democrático deja de ser condición previa. Lo relevante es el peso, la capacidad de influencia y la utilidad estratégica.El entramado sobre el terreno es coherente con esa visión. Un gobierno tecnócrata palestino con margen mínimo de decisión, una supervisión político-estratégica internacional y una futura fuerza militar externa encargada de garantizar un orden básico. Tres capas de poder superpuestas sobre una población exhausta que no decide, no vota y no controla su propio destino. Gaza no se gobierna para construir un futuro, sino para evitar que vuelva a incendiar el tablero regional.

Lo verdaderamente relevante es cómo se interpreta este modelo fuera de Oriente Próximo. En Moscú no se percibe como una amenaza, sino como una confirmación. Putin ve en la Junta de la Paz y en el enfoque de Trump la prueba de que el mundo avanza hacia un sistema multipolar desordenado, donde las grandes potencias administran zonas de influencia y las reglas se aplican de forma selectiva.

Desde esa lógica, Gaza encaja en el mismo patrón que Ucrania, Venezuela, el Ártico o incluso Groenlandia. Escenarios distintos, pero una misma idea de fondo: la fuerza como criterio último, la seguridad nacional como justificación y el derecho internacional como marco flexible. Que Rusia observe este experimento con interés no es casualidad. Es parte del mismo tablero. La paradoja es evidente. Se habla de reconstrucción, de esperanza y de desarrollo, pero el modelo parte de una desconfianza total hacia los actores locales. Gaza no se gobierna para decidir su futuro, sino para que no vuelva a desestabilizar el equilibrio regional. Es una paz administrada, vigilada y, sobre todo, reversible.

Gaza está anticipando algo más profundo que su propio desenlace. Nos adelanta el tipo de mundo que se está configurando: uno donde los conflictos no se resuelven, se gestionan; donde la soberanía se fragmenta y la legitimidad se vuelve secundaria. Puede que este modelo funcione como solución provisional. Pero si el orden global se construye sobre la administración del desorden y el reparto de zonas de influencia, lo que hoy es un laboratorio mañana puede convertirse en norma. Y entonces el problema ya no será Gaza. Será el sistema entero.

28Feb

La política de confrontación de Trump puede estar acelerando justo lo contrario de lo que pretende: en lugar de aislar a China, está incentivando a sus propios socios a estrechar lazos con Pekín para proteger sus intereses económicos.

Miguel Ángel Valero

China es la mayor beneficiaria del fallo judicial estadounidense contra los aranceles basados en la ley de poderes económicos de emergencia (IEEPA), asegura un análisis de Natixis CIB. El fallo de la Corte Suprema de EEUU (SCOTUS) ha vuelto a generar conmoción en medio de incertidumbres geopolíticas inexploradas, pero aún puede ser prematuro celebrar un mundo con aranceles más bajos. Lo importante para China es la reducción de la brecha arancelaria con sus pares, lo que puede brindarle mayores ventajas. Para otros mercados, la reducción de la brecha plantea la cuestión de si tal compromiso vale la pena y cuáles serían sus posibles beneficios. 

En el nuevo escenario, China será la mayor beneficiaria, ya que el arancel efectivo estadounidense se reducirá un 15,6 % (del 36,8 % al 21,2 %). Con la medida de la Sección 122, la reducción sigue siendo significativa: del 9,9% con un arancel adicional del 10%, o del 7,1% con un arancel adicional del 15 %. Nadie sabe con certeza qué ocurrirá a continuación, por lo que los exportadores chinos o los importadores estadounidenses anticiparán sus envíos. 

Un factor de retroceso podría ser el ya reducido comercio directo entre EEUU y China. La exposición de EEUU a las exportaciones chinas ya ha disminuido del 19% en 2018 al 11% en 2025. La proporción también se redujo del 21% al 9% durante el mismo período para las importaciones estadounidenses procedentes de China. 

Suponiendo que los aranceles persistan y puedan cambiar pronto, las empresas chinas continuarán con su estrategia de globalización y utilizarán sus instalaciones de producción en el extranjero para ingresar al mercado estadounidense. 

Se espera que Japón termine enfrentando una tasa arancelaria efectiva ligeramente mayor debido a la decisión de la Corte Suprema de EEUU. Sin embargo, es probable que el efecto general en Japón sea marginalmente positivo, ya que se espera que el efecto indirecto de un mayor comercio mundial impulse las exportaciones. Para los mercados asiáticos (excluyendo China) en general, el impacto puede ser desigual debido a las menores ventajas sobre China y a la incertidumbre en torno a la inminente caja negra de los aranceles sectoriales bajo la Sección 232.

China mantiene una importancia moderada en los seis sectores reportados como objetivo, especialmente en baterías y telecomunicaciones. Esto refleja el objetivo de aumentar los aranceles en sectores estratégicos para reducir la exposición de EEUU a China y reactivar la manufactura. Por lo tanto, a pesar del fallo judicial, las corrientes geopolíticas persistirán y el comercio mundial no volverá a la normalidad. El impacto en Asia aún es incierto, en función de hasta dónde llegue EE. UU. con los aranceles sectoriales y de si existen exenciones preferenciales. Las futuras reacciones de Trump podrían empeorar la situación de China si se imponen grandes aranceles sectoriales. 

Si bien Trump ha alcanzado múltiples acuerdos comerciales, el fallo de la Corte Suprema ha vuelto a generar una conmoción en la nueva normalidad de incertidumbres geopolíticas inexploradas. Dado que el uso por parte de Trump de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional está ahora restringido, los aranceles recíprocos a nivel mundial y los adicionales relacionados con el fentanilo aplicados a China se consideran inválidos. Trump ha respondido invocando la Sección 122 para imponer aranceles adicionales (actualmente un 10%, con la posibilidad de aumentar al 15%) y ha amenazado con imponer aranceles sectoriales. Por tanto, puede ser demasiado pronto para celebrar un mundo con aranceles más bajos. 

Lo importante para China es la reducción de la brecha arancelaria con sus pares regionales, lo que puede brindarle mayores ventajas. Otros mercados han obtenido condiciones variadas y más favorables que China mediante diferentes promesas, incluyendo la inversión en EEUU. La reducción de la brecha ahora plantea la pregunta de si tal compromiso vale la pena para recuperar los beneficios relativos originales. 

China se ha enfrentado a las condiciones arancelarias más desfavorables desde el inicio de la guerra comercial. Esta decisión la convertirá en la mayor beneficiaria al aumentar sus exportaciones a EEUU. Según estimaciones de Global Trade Alert, la tasa arancelaria efectiva de EEUU sobre los productos chinos se reducirá un 15,6% (del 36,8 % al 21,2 %) con la eliminación de los aranceles de la IEEPA. Con la Sección 122, la reducción sigue siendo significativa: un 9,9 % con un arancel adicional del 10 %, o un 7,1 % con un arancel adicional del 15 %. La nueva tasa arancelaria efectiva se mantendrá vigente durante los próximos 150 días.

A pesar de la reducción, China sigue siendo el país con los aranceles más altos entre sus principales competidores, lo que significa que el impacto de la reducción será mayor. Bajo los dos escenarios arancelarios de la Sección 122, con tasas adicionales del 10% y el 15%, la tasa arancelaria efectiva promedio global impuesta por EEUU disminuye solo un 3,8% y un 2,2%, respectivamente. Si los aranceles temporales expiran después de 150 días, la ventaja de China volverá a una reducción del 15,6%, superior a la caída mundial del 7%. En ambos casos, China emerge como un beneficiario relativo significativo. 

Pero el panorama más allá de los 150 días sigue siendo muy incierto. Dado el estado actual de las relaciones entre EEUU y China, la posibilidad de que la administración busque medidas alternativas para restablecer los aranceles sobre China a niveles cercanos a sus niveles originales es alta. Este último escenario colocaría a China de nuevo en la posición desventajosa anterior. Por supuesto, cualquier decisión de este tipo también se vería influenciada por diversos factores, como la tasa de inflación estadounidense en ese momento.

Bajo el marco arancelario actual, los exportadores chinos tienen una ventana de oportunidad relativamente segura de menos de 150 días. Nadie sabe con certeza qué ocurrirá a continuación, y estas incertidumbres incentivarán a los exportadores chinos o a los importadores estadounidenses a predistribuir sus productos para aprovechar los aranceles más bajos. Estas actividades pueden impulsar temporalmente el crecimiento económico a corto plazo de China, especialmente en el primer semestre de 2026.

The Trader: la incertidumbre es más alta que los propios aranceles

Para el analista Pablo Gil, la sentencia del Tribunal Supremo que declara ilegales los aranceles impuestos por Donald Trump bajo la IEEPA "es, sin duda, la derrota más dolorosa de su segundo mandato". Seis de los nueve magistrados han dejado claro algo esencial: fijar aranceles es una competencia del Congreso, no del presidente.

"Pero la gran pregunta no es jurídica. Es económica y política. Porque el fallo no elimina todos los aranceles", avisa en The Trader. Solo tumba los aplicados mediante la IEEPA: los dirigidos a China, México y Canadá con el argumento del fentanilo y los llamados “recíprocos” de abril, que castigaban más a quien más exportaba a EEUU. Siguen en pie los sectoriales (acero, aluminio, automóviles) y cualquier otro que se ampare en leyes distintas. A Trump le han bastado unas pocas horas para reaccionar a la sentencia del tribunal. Activó la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974 e impuso un arancel global del 10%, que al día siguiente elevó al 15%, aunque solo puede mantenerlo 150 días sin pasar por el Congreso. Es una vía inédita, jurídicamente discutible y, casi con toda probabilidad, carne de nuevos recursos.

Pero merece la pena hacer una segunda lectura del fallo judicial. El Supremo limita la capacidad del presidente para usar los aranceles como arma inmediata de presión geopolítica. Sin embargo, algunos analistas sostienen que el fallo puede ser, paradójicamente, un regalo político. La sentencia ofrece a la Casa Blanca una oportunidad para recalibrar una política impopular entre los votantes preocupados por la inflación. Si el coste político empezaba a ser alto, ahora existe un “culpable institucional” al que atribuir el giro.

Mientras tanto, el mundo observa. El Parlamento Europeo ha congelado la ratificación del acuerdo entre la UE y EEUU hasta tener claridad jurídica. Francia habla de “adaptarse”, Alemania insiste en mantener una posición unida y Brasil asegura que el nuevo 10% no afectará a su competitividad. Corea del Sur subraya que su marco general de exportaciones se mantiene intacto.

Al margen de los comentarios internacionales de cada país, la realidad común es que hay más incertidumbre que antes. Y se da la paradoja de que muchos países que negociaron acuerdos bajo la amenaza de aranceles del 20% o 40% ahora se encuentran con un 10% general. A la espera de nuevos movimientos por parte de Trump, sienten que de momento han salido ganando. Mientras otros dudan sobre la validez política de compromisos firmados bajo presión.

Y luego está realmente 'el elefante en la habitación': los reembolsos. Si los tribunales inferiores obligan a devolver lo recaudado bajo la IEEPA, hablamos de hasta 170.000 millones$. Las empresas importadoras (no los consumidores) serían las beneficiarias. El proceso puede durar años de pleitos en tribunales. Y mientras tanto, la frontera comercial puede convertirse en un laberinto administrativo.

En el plano fiscal, el impacto es relevante. La Administración Trump esperaba recaudar billones en la próxima década gracias a los aranceles. Si la mitad de esos ingresos desaparece o se retrasa, el déficit se tensiona aún más en un país con deuda creciente y presupuestos bloqueados en el Congreso.

En términos macroeconómicos, la cuestión clave es otra: incluso con el fallo, el arancel efectivo medio seguirá muy por encima del 2% previo al regreso de Trump. Lo que está claro es que la política comercial no desaparece. Se transforma, se adapta y busca nuevas vías legales para seguir adelante.

El Supremo ha puesto límites formales al poder presidencial, pero no ha cerrado la etapa de tensión comercial. Lo que cambia es la forma, no el fondo. Pasamos de la discrecionalidad casi instantánea a un proceso más fragmentado, más litigioso y probablemente más caótico. El riesgo ha pasado de ser el nivel del arancel impuesto, a la falta de previsibilidad de qué será lo siguiente que sorprenda a empresas y consumidores. Y cuando no se sabe cuál será la regla dentro de seis meses, se producen retrasos en las decisiones, las inversiones y la contratación.

"En economía, la incertidumbre es un impuesto invisible. Y hoy, ese impuesto es más alto que el propio arancel", advierte este experto.

Trump empuja al mundo hacia China

Pero hay otro efecto de los aranceles de Trump. Durante décadas, la arquitectura económica y política internacional giró en torno a EEUU. Sus aliados orbitaban con naturalidad alrededor de Washington. La relación transatlántica era el eje. China era, en el mejor de los casos, la fábrica del mundo; en el peor, un socio incómodo. Ese equilibrio está cambiando. Y no solo por el ascenso estructural de Xi Jinping, sino también por las decisiones de Donald Trump.

En los últimos meses hemos visto un desfile constante de líderes occidentales por Pekín: Emmanuel Macron, Keir Starmer, Mark Carney, Friedrich Merz. Todos ellos representantes de países históricamente alineados con Washington. No es una anécdota diplomática. Es un cambio de fondo.

Mientras Trump ha tensado la cuerda con amenazas arancelarias, presión sobre el gasto en defensa y un discurso abiertamente transaccional con sus socios, Pekín ha optado por el mensaje contrario: estabilidad, multilateralismo y acceso a su mercado de 1.400 millones de consumidores. Donde Washington introduce incertidumbre, China ofrece previsibilidad. Donde EEUU levanta barreras, China tiende puentes comerciales.

Europa necesita exportar. Canadá necesita diversificar. Reino Unido busca oxígeno para su sector financiero y tecnológico. Y China, con su control de cadenas clave (baterías, paneles solares, tierras raras) sabe que tiene poder de negociación.

La ofensiva no es solo comercial. Es geopolítica. Pekín impulsa su propia arquitectura internacional, refuerza los BRICS y promueve una narrativa de “no injerencia” que seduce especialmente al Sur Global. Pero ahora también empieza a calar en el Norte. Las encuestas internacionales reflejan que la percepción de China mejora mientras la de EEUU se deteriora. No porque el modelo político chino resulte más atractivo, sino porque la volatilidad estratégica estadounidense genera fatiga. Los aliados quieren certidumbre. Y el comercio global odia la imprevisibilidad.

Paradójicamente, la política de confrontación de Trump puede estar acelerando justo lo contrario de lo que pretende: en lugar de aislar a China, está incentivando a sus propios socios a estrechar lazos con Pekín para proteger sus intereses económicos. No significa que Europa o Canadá vayan a romper con EEUU. Significa que están diversificando riesgos. Y cuando un aliado empieza a diversificar, es porque percibe vulnerabilidad en el liderazgo central. 

Estamos entrando en un mundo menos unipolar y más competitivo. El centro de gravedad ya no está en un solo lugar. Y la política exterior basada en la presión constante tiene un efecto secundario evidente: empuja a tus socios a buscar alternativas.

En economía y en geopolítica, la confianza es un activo estratégico de los más valiosos. Se tarda décadas en construirla y muy poco en erosionarla. Si EEUU continúa utilizando el comercio como arma permanente, puede ganar batallas arancelarias a corto plazo. Pero corre el riesgo de perder algo mucho más importante: la lealtad estructural de sus aliados.

27Feb

Tras las quiebras de First Brands Group o de Market Financial Solucions, Jamie Dimon, CEO de JPMorgan Chase & Co, avisa que “cuando aparece una cucaracha, lo normal es que haya más escondidas”.

Miguel Ángel Valero

La reciente calma en el mercado de crédito se ha visto alterada en las últimas semanas. Las vulnerabilidades en el sector del software, la suspensión de reembolsos en los fondos retail de crédito privado de la gestora estadounidense Blue Owl y la reciente quiebra de Market Financial Solucions en Reino Unido empiezan a generar presión, no solo en los mercados privados, sino también en el crédito cotizado. Este impacto es especialmente visible en los préstamos sindicados negociados en mercado y en la deuda corporativa de menor calidad crediticia (High yield), donde los diferenciales se han ampliado desde los mínimos en 25 puntos básicos (pb) en Europa y 32 pb en Estados Unidos. 

Aun así, los analistas de Banca March consideran que las insolvencias observadas hasta ahora son casos aislados, y los temores relacionados con el software todavía no se reflejan en los fundamentales. De hecho, diversas compañías privadas del sector, como McAfee o Rocket Software, han publicado sus resultados de forma anticipada con el objetivo de tranquilizar a los inversores.

Por otra parte, a nivel agregado, el endeudamiento corporativo no muestra signos de excesos: en EEUU se sitúa en el 73% del PIB —su nivel más bajo en una década— y en la Eurozona alcanza el 104%, cifras comparables a las de 2011.

"Ante el aumento del riesgo de crédito, nos reafirmamos en nuestra preferencia por la deuda de mayor calidad dentro del segmento corporativo cotizado, mientras que canalizamos la parte más arriesgada a través de mercados emergentes. No obstante, consideramos que es prematuro hablar de un contagio generalizado y mantenemos una postura vigilante. Por ello, seguimos confiando en la mejora del ciclo económico y entendemos que los episodios recientes son idiosincráticos y, en general, vinculados a entidades financieras fuera del sistema bancario tradicional, como evidencia el caso en Reino Unido", insisten en Banca March.

The Trader: el riesgo no ha desaparecido, se ha desplazado

El analista Pablo Gil aporta en The Trader otra visión. Durante más de una década, el mercado de crédito ha vivido instalado en una anomalía. Tipos de interés excepcionalmente bajos, liquidez abundante y una presión constante por encontrar rentabilidad llevaron a financiar empresas cada vez más endeudadas y con modelos de negocio poco probados. El crédito fluía con facilidad y el riesgo parecía diluirse. Hoy empezamos a comprobar que no había desaparecido. Solo se había desplazado… y camuflado.

El golpe de realidad llegó cuando First Brands Group se declaró en bancarrota tras años de crecimiento alimentado exclusivamente por deuda. Lo relevante no fue solo el tamaño del agujero, cercano a los 10.000 millones$, sino el perfil de los prestamistas: grandes fondos y entidades de primer nivel que, en muchos casos, desconocían el verdadero estado financiero de la compañía. El aviso fue tan gráfico como inquietante. Como señaló Jamie Dimon, CEO de JPMorgan Chase & Co, “cuando aparece una cucaracha, lo normal es que haya más escondidas”.

El problema es estructural. En 2025 se concedieron más de 1,4 billones$ en deuda a empresas estadounidenses por debajo del grado de inversión. El universo del llamado 'leveraged finance' (bonos basura, préstamos sindicados y crédito privado) supera ya los 4 billones. Muchas de estas compañías no cotizan en Bolsa, lo que reduce drásticamente la transparencia. Además, buena parte del riesgo ya no está en los balances de los bancos, sino en fondos de crédito, planes de pensiones y aseguradoras, empujados ahí por la regulación posterior a 2008. El sistema parece más seguro porque los bancos están mejor capitalizados. Pero el riesgo no ha desaparecido: se ha desplazado hacia zonas menos visibles.

El crecimiento del crédito privado es paradigmático. Ha pasado de unos 500.000 millones$ en 2020 a más de 1,3 billones en apenas cuatro años. Se trata de un mercado poco líquido, con valoraciones que se revisan trimestralmente y que, en muchos casos, dependen del propio prestamista. No existe una referencia diaria de precios como en el mercado de bonos cotizados. Esa estabilidad aparente ha sido uno de sus grandes atractivos. Y también uno de sus mayores engaños.

Hay otro elemento preocupante: la erosión de las protecciones tradicionales para los acreedores. Durante el auge del dinero fácil, muchas compañías (respaldadas por fondos de capital privado) lograron flexibilizar cláusulas que antes permitían a los prestamistas vigilar el deterioro financiero. En los últimos años hemos visto reestructuraciones en las que los acreedores asumían pérdidas significativas mientras los accionistas mantenían el control. Es una señal clara de que la disciplina crediticia se ha debilitado.

Además, la opacidad no solo afecta a los inversores. También inquieta a los reguladores. El número de empresas cotizadas en Estados Unidos se ha reducido a la mitad en dos décadas, mientras miles de compañías han migrado a los mercados privados. El Banco de Inglaterra, el Banco Central Europeo o el Consejo de Estabilidad Financiera han advertido de “lagunas de datos” que dificultan identificar dónde se está acumulando el riesgo. Es un problema serio: no se puede mitigar lo que no se ve. El sistema puede parecer estable… hasta que deja de serlo.

En este contexto entra en juego el factor que acelera todos los riesgos latentes: la inteligencia artificial. La carrera por la IA está reconfigurando sectores enteros. En Bolsa ya hemos visto el impacto: el sector software ha sufrido correcciones relevantes mientras el índice general se mantiene fuerte. Muchos modelos tradicionales, especialmente los vinculados a tareas administrativas o de back office, están perdiendo atractivo a gran velocidad. Las empresas intentan adaptarse incorporando IA a sus productos, pero no siempre es suficiente ni llega a tiempo.

El verdadero foco de vulnerabilidad está en el crédito que financió esas compañías en el pico de valoración tecnológica de 2021 y 2022. Durante esos años, el crédito privado llegó a cubrir entre el 40% y el 70% de las operaciones de compra apalancada en el sector tecnológico. Hoy, una parte relevante de esas carteras está expuesta a negocios que pueden volverse obsoletos más rápido de lo previsto.

Las estimaciones apuntan a que entre un 25% y un 35% de las carteras de crédito privado podrían estar especialmente expuestas a la disrupción provocada por la IA. Algunos escenarios contemplan tasas de impago que podrían acercarse al 6%, e incluso escalar más si la disrupción es agresiva. Y aquí aparece un riesgo adicional que suele pasar desapercibido. Cuando quiebra una empresa industrial, el acreedor puede recuperar parte del dinero vendiendo activos físicos. En el software, los activos son intangibles: código, licencias, talento. Difíciles de valorar y aún más difíciles de liquidar. Las recuperaciones pueden ser mínimas.

Pero la IA no solo tensiona el crédito de baja calidad. También empieza a afectar al mercado de bonos de alta calificación. Los grandes “hyperscalers” tecnológicos están embarcados en una carrera de inversión histórica en centros de datos e infraestructura. Eso implica mayores emisiones de deuda en un mercado donde los diferenciales ya cotizan en niveles históricamente ajustados. Si la expectativa de retorno sobre esas inversiones se recalibra o si el crecimiento no cumple lo prometido, incluso el crédito de mayor calidad podría verse presionado.

Hay además prácticas que pueden retrasar el reconocimiento del problema. El uso creciente de instrumentos como los préstamos con pago en especie (PIK), que permiten diferir el pago de intereses, puede maquillar temporalmente la tensión financiera. Las valoraciones trimestrales, al no reflejar precios de mercado en tiempo real, suavizan la volatilidad. Todo ello contribuye a una sensación de estabilidad que puede ser engañosa.

Y todo esto sucede con una economía estadounidense que todavía crece. Si el ciclo se deteriora, el ajuste puede acelerarse. El riesgo no parece tanto un colapso inmediato al estilo 2008. Es algo más silencioso. Un “slow burn”: pérdidas que tardan en aflorar, valoraciones artificialmente estables y rentabilidades que decepcionan cuando el polvo se asienta.

El crédito privado no es, por definición, un mal activo. Ha cubierto necesidades reales de financiación y ha ofrecido rentabilidades atractivas durante años. Pero en un entorno de disrupción tecnológica profunda, exceso de deuda, protecciones debilitadas y menor transparencia, el margen de error se reduce drásticamente.

La inteligencia artificial no es un ciclo más. Está redefiniendo qué empresas serán relevantes dentro de cinco o diez años. En ese contexto, financiar modelos fácilmente sustituibles puede convertirse en un error muy caro.

"Si hablamos de invertir en Private Equity o en estrategias de crédito asociadas, la diferencia entre hacerlo bien o mal no está en el cupón prometido ni en el relato comercial. Está en la capacidad del gestor para analizar a fondo la viabilidad del negocio subyacente, anticipar cambios tecnológicos y mantener disciplina cuando el mercado se deja llevar por la euforia. Porque en épocas de disrupción, el mayor peligro no siempre está en el balance. Muchas veces está en la obsolescencia del modelo de negocio que ese balance financia", advierte este experto.

El CEO de JPMorgan Chase & Co. asegura que empieza a ver paralelismos en el momento actual con 2005, 2006 y 2007. La misma dinámica que precedió a la crisis financiera: Competencia agresiva, crédito fácil y una carrera por inflar el ingreso neto por intereses (INI). “La marea creciente elevaba todos los barcos y todos ganaban mucho dinero”, ha recordado ante inversores esta semana… Hasta que dejó de hacerlo.

Dimon afirma que JPMorgan no está dispuesto a relajar estándares para maquillar resultados, pero reconoce que ve competidores haciendo “cosas tontas” para generar más margen. Y deja una advertencia clave: el ciclo crediticio siempre termina deteriorándose. La única incógnita es cuándo… y dónde aparece la primera grieta.

El año pasado cayeron Tricolor Holdings y First Brands Group, entonces Dimon utilizó una metáfora clásica en Wall Street sobre las cucarachas. 

En paralelo al riesgo crediticio, varias industrias viven una “operación de susto” vinculada a la inteligencia artificial. “Esta vez podría ser el software por la IA.” Si la IA reduce barreras de entrada y altera modelos de negocio tradicionales, algunas valoraciones (especialmente en tecnología) podrían tensionarse. Y cuando coinciden una competencia financiera intensa, deuda elevada, innovación tecnológica disruptiva y expectativas extremadamente optimistas, la volatilidad suele aumentar.

El mensaje de fondo es claro: No estamos en 2008, pero cuando la competencia se intensifica y el crédito se relaja, la historia suele empezar a rimar. Si Dimon, que sobrevivió a la última gran crisis, advierte… conviene escuchar.

Guía estratégica para integrar la IA en las organizaciones

En un momento en el que muchas empresas hablan de inteligencia artificial, pero pocas saben cómo integrarla estratégicamente, Cómo transformar el enfoque de tu organización hacia la IA con marcos probados de líderes mundiales, de Michael Lewrick, experto en metodologías de innovación y diseño estratégico, y Omar Hatamleh, asesor jefe de IA en la NASA (Deusto),  aporta un marco claro y estructurado.

Propone una guía estratégica para integrar la inteligencia artificial en organizaciones que buscan innovar de forma estructurada y sostenible y convertir la IA en una ventaja competitiva real. Recogen marcos ya aplicados en compañías como Siemens, GE o Microsoft y los traducen en herramientas prácticas para diseñar una hoja de ruta de cambio.

El mensaje central es contundente: la ventaja en IA no depende solo de la tecnología, sino de la capacidad organizativa para adoptarla con coherencia, rapidez y visión de futuro. Una lectura recomendable para directivos, responsables de estrategia e innovación que quieran pasar del entusiasmo a la ejecución estructurada.

DWS: evita los campos de batalla, concéntrate en los cuellos de botella

La inteligencia artificial (IA) está desafiando los modelos de negocio y la capacidad de análisis de los mercados. Las opiniones sobre a quién afectará negativamente y quién se beneficiará cambian casi cada semana. "No vamos a dejar que este nerviosismo creciente nos afecte. Suponemos que la euforia por la IA continuará, dentro de un entorno general positivo para los mercados de renta variable. Pero también creemos que es difícil invertir en una amplia cesta de IA, la selección de valores es obligatoria", afirma Vincenzo Vedda, Chief Investment Officer de DWS.

El buen comienzo del año en los mercados bursátiles oculta el hecho de que bajo la superficie hay turbulencias considerables. Muchas acciones individuales están experimentando fuertes oscilaciones, y algunas caen un 10% o más en un solo día. Los sectores defensivos están superando a las acciones de crecimiento en un grado que no se veía desde períodos como el del COVID, la crisis financiera o la burbuja puntocom. Tras siete semanas, los productos básicos de consumo del S&P 500 han subido más de un 10%, mientras que el sector del software ha caído más de un 20%. El sector de la IA no suele ser lineal. Las supuestas certezas se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos, y los ganadores y los perdedores cambian de posición. Los inversores están nerviosos. Aun así, estos movimientos del mercado concuerdan con nuestra convicción de que no estamos viviendo una burbuja de IA, sino un auge de la IA, al que el mercado se enfrenta con “exuberancia racional”.

El contexto económico favorable sigue beneficiando a las acciones, especialmente a las relacionadas con la inteligencia artificial. Esperamos un crecimiento económico sólido y un incremento aún mayor de los beneficios empresariales, con una probable subida de dos dígitos en el beneficio por acción de las empresas estadounidenses en los próximos años. Tanto en EEUU como en Europa, la política fiscal expansiva y las perspectivas de tipos de interés estables o más bajos proporcionan apoyo a los mercados. Consideramos que el riesgo de que los rendimientos de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años se sitúen por encima del 4,5% es muy bajo, lo que supone un importante impulso para las acciones de crecimiento. La temporada de resultados del cuarto trimestre de 2025 mostró que las empresas de IA siguen registrando un fuerte crecimiento de sus beneficios.

El impulso de la IA continuará en 2026. Se espera que los cinco principales 'hyperscalers' aumenten sus inversiones en más de un 50% interanual, superando una vez más las expectativas. Muchos lanzamientos de productos de IA también han superado las expectativas, y un número cada vez mayor de grandes empresas están informando del éxito en la implementación de la IA. La IA ya no es un tema nicho, sino un motor intersectorial de crecimiento de los ingresos y/o reducción de costes. A diferencia de lo que ocurrió durante la era puntocom, vemos casos aislados de sobrevaloración, pero no una burbuja en todo el mercado.  A esto lo llamamos "exuberancia racional", porque no hay signos de exceso de capacidad en el mercado ni de niveles peligrosos de endeudamiento en el sector.  La reciente venta de bonos por valor de 32 000 millones$ de Google, completada en 24 horas, ilustra la facilidad con la que se sigue obteniendo financiación para la IA.

Desde principios de 2026, los mercados han castigado duramente a sectores completos tan pronto como han surgido dudas sobre la resistencia de sus modelos de negocio frente a la disrupción provocada por la inteligencia artificial. Esto incluye a empresas de software, suministro y procesamiento de datos o mercados digitales. Como resultado, las valoraciones del software han caído con una rapidez y severidad inusuales. Seguimos manteniéndonos al margen de este campo de batalla, aunque algunos proveedores específicos de software empresarial esencial para la actividad puedan haberse estabilizado. Seguimos prefiriendo las empresas que operan en áreas de escasez estructural, en particular los fabricantes de semiconductores (asiáticos), especialmente en el ámbito de la memoria, los proveedores de infraestructuras que permiten la IA, como la electrificación, y los productores y distribuidores de energía. Estos cuellos de botella tienen otra ventaja: también ayudan a limitar el riesgo de exceso de capacidad.

A lo largo de la cadena de valor ampliada de la IA, pueden coexistir cuellos de botella y exceso de oferta. Por lo tanto, el bajo rendimiento del mercado no se limita a las empresas directamente amenazadas por la disrupción de la IA, sino que también puede afectar a sectores en los que la oferta crece más rápido que la demanda, lo que puede ocurrir incluso en un contexto de fuerte crecimiento. Dado el ritmo de desarrollo de la IA, la escasez actual puede convertirse rápidamente en un exceso de oferta mañana, lo que puede hacer tropezar incluso a los pioneros.

"Recientemente hemos rebajado la calificación de la renta variable estadounidense y hemos mejorado la de Japón y Europa. Creemos que los nuevos flujos de renta variable ya no serán una vía de sentido único hacia el mercado bursátil estadounidense, dado el temor a la disrupción de la inteligencia artificial, que se espera que limite una mayor expansión múltiple del S&P 500, con gran peso del sector tecnológico. Los inversores globales seguirán mostrando una preferencia creciente por la diversificación de las carteras de renta variable entre las distintas regiones", argumenta.

Desde la perspectiva de los inversores, es probable que el año 2026 esté menos condicionado por factores macroeconómicos y más por los fundamentos de los sectores y las empresas. Cabe esperar períodos de retrocesos y mayor volatilidad, tanto dentro de los sectores como entre ellos, pero esto no socava los argumentos a favor de las inversiones en IA, siempre que se sigan tres principios:

  • 1.    Dejar actuar a los ganadores: cuando el crecimiento y la creación de valor son claramente visibles, tiene sentido permitir que el impulso continúe. No creemos que los mercados de valores vayan a empeorar, siempre y cuando se mantenga el ciclo económico actual.
  • 2.    Evitar campos de batalla poco claros: mantenerse alejado de los sectores en los que aún no está claro hasta qué punto la IA puede alterar o dejar obsoletos los modelos de negocio existentes.
  • 3.    Centrarse en los cuellos de botella: dar prioridad a las áreas de escasez en las que la oferta limitada respalda el poder de fijación de precios y crea una visibilidad más clara de los beneficios.

En la configuración de la cartera, seguimos un enfoque claro en tres partes. Participamos en la innovación tecnológica a través de la renta variable, pero mantenemos deliberadamente una amplia diversificación en lugar de centrarnos únicamente en la inteligencia artificial en sentido estricto. Al mismo tiempo, mejoramos la estabilidad de la cartera mediante la diversificación entre clases de activos y regiones. Este enfoque permite a los inversores beneficiarse del potencial alcista estructural, al tiempo que se mantiene la resistencia ante posibles perturbaciones, que no pueden descartarse dado el actual entorno geopolítico.

UBS: preocupación por ir demasiado rápido

Por su parte, en el UBS CIO Monthly: ¿Demasiado, demasiado rápido?, Mark Haefele, Chief Investment Officer de tUBS Global Wealth Management, analiza las preocupaciones sobre un crecimiento demasiado rápido del Capex en IA, la continua elevada emisión de deuda pública y otros riesgos, así como cómo afrontarlos: "Creemos que los fuertes movimientos de mercado de los últimos meses deberían servir como catalizador para revisar las carteras. Nuestra estrategia consiste en utilizar nuestro marco de análisis de escenarios para rebalancear, diversificar y cubrir riesgo".

"Un gasto en capital mayor de lo previsto y el aumento de la competencia han elevado la incertidumbre en el ámbito de la IA, lo que hace que la selectividad y la diversificación sean aún más importante", señala.

En cuanto a la asignación de activos, afirma: "Calificamos la renta variable como Attractive y nos gustan EEUU, Europa, Japón, China y los mercados emergentes en general. También favorecemos bonos de calidad y el oro".

"La temática de energía y recursos sigue intacta pese a las dudas sobre un pico en el crecimiento del capex en IA. Mantenemos nuestra convicción en la temática de Power and resources y creemos que ofrece oportunidades atractivas para inversores que buscan ampliar su exposición más allá de la tecnología estadounidense”, añade.

"Mantenemos nuestra visión Attractive sobre la renta variable global. Nuestra confianza en una recuperación cíclica se mantiene, impulsada por la reducción de los vientos en contra arancelarios, los recortes de tipos previstos por la Fed y políticas fiscales cada vez más favorables. En este contexto, recomendamos una asignación diversificada por regiones y sectores”, aportan Fabian Deriaz, Strategist, y Ulrike Hoffmann-Burchardi, Chief Investment Officer Americas y Global Head of Equities.

"Calificamos la Eurozona como Attractive en nuestro universo global de activos. Vemos un potencial adicional moderado al alza en la renta variable de la Eurozona, respaldado por 

  • 1) una mejora del ciclo económico,
  • 2) un entorno estructural más favorable
  •  y 3) valoraciones razonables

”, apuntan Matthew Gilman, Strategist, y Rolf Ganter, Head Equities Europe, UBS Global Wealth Management

Renta variable suiza: "Neutral en nuestra estrategia global. La selección de valores y la diversificación siguen siendo clave. En general, preferimos centrarnos en compañías de calidad y líderes en rentabilidad, así como en determinadas mid-caps y valores cíclicos”, señala Stefan R Meyer, Strategist.

Renta variable británica: "Neutral en nuestras preferencias regionales. Favorecemos beneficiarios estructurales y cíclicos en la región. Seguimos prefiriendo los sectores bancario, industrial, IT e inmobiliario como beneficiarios de cambios estructurales globales, una mejora del ciclo y políticas favorables”, resalta Matthew Gilman, Strategist.

Renta variable estadounidense: “Mantenemos una visión Neutral en todos los segmentos por tamaño y estilo”, recalca David Lefkowitz, Head of US Equities.

Renta variable de mercados emergentes: "Attractive en nuestras preferencias globales. Dentro de emergentes, mantenemos nuestras preferencias por tecnología china, China, India, Brasil e Indonesia, y añadimos Malasia a esta lista”, precisan Laura Smith, Analyst, y Alejo Czerwonko, Chief Investment Officer Emerging Markets Americas.

Divisas: “Dado que el EURUSD ha alcanzado nuestro objetivo de 1,2, pasamos tanto el USD como el EUR a Neutral. Mantenemos una visión Attractive sobre AUD, NZD, NOK y CNY, y favorecemos posiciones largas selectivas en divisas de alto rendimiento”, explica Dominic Schnider, Head Global FX & Commodity. "Cambio en previsiones: introducimos estimaciones para marzo de 2027. Preferimos mantener posiciones largas en divisas pro-crecimiento que ofrezcan rendimiento y en aquellas con componente de materias primas. A nivel regional, creemos que las divisas asiáticas presentan la relación riesgo-recompensa más asimétrica, dado su peor comportamiento en 2025", explica.

Materias primas: “El oro y el cobre destacan entre las materias primas individuales. El aumento de precios beneficia estrategias orientadas a rentas y ayuda a diversificar carteras”, remarcan Giovanni Staunovo y Wayne Gordon, Strategists.“Nuestras oportunidades de la semana siguen centradas en el JPY. Favorecemos una posición corta en SGDJPY y, además, vemos atractivo en utilizar el JPY y las divisas escandinavas para estrategias de venta de volatilidad”, añade Dominic Schnider. Sobre el cobre, "orientación hacia precios más altos hasta 2027. Nuestra perspectiva de precios a corto plazo es prudente, pero esperamos que el precio del cobre suba de forma anual y hemos incrementado todas nuestras previsiones en 500$/tonelada métrica (proyectando 15.000$/tonelada a finales de marzo de 2027). En consecuencia, seguimos siendo positivos y sugerimos mantener posiciones largas en cobre”.

Renta fija: “Mantenemos nuestras recomendaciones Attractive en bonos high grade, investment grade y de mercados emergentes, y seguimos Neutral en high yield”, subraya Frederick Mellors, Strategist.