08Jan

El mensaje global que se lanza es inquietante: si eres lo suficientemente fuerte, puedes imponer tu ley. Lo más peligroso no es que esto ocurra. Es que empiece a parecernos normal.

Miguel Ángel Valero

Lo de Venezuela no es un cambio de gobierno. Es la confirmación de un cambio de época. La caída de Nicolás Maduro y su sustitución por Delcy Rodríguez (presentada como presidenta “interina”, pero en la práctica como una pieza funcional dentro de una transición teledirigida desde Washington) es el tipo de acontecimiento que obliga a releer el mapa entero. "Porque aquí no estamos ante una presión internacional clásica, ni ante una transición pactada, ni ante un proceso avalado por consensos multilaterales. Estamos ante algo mucho más incómodo: una demostración de fuerza convertida en método", señala el analista Pablo Gil en The Trader.

El relato oficial se apoya en la justicia penal estadounidense y en la figura del narcotraficante perseguido. Pero cuesta creer que ése sea el verdadero motor. No porque el narcotráfico no exista, sino porque el premio es demasiado grande como para reducirlo a una cuestión moral o judicial. Venezuela es el país con más reservas de petróleo del mundo. Y ese dato, por sí solo, explica muchas cosas. Aunque lo realmente revelador es la paradoja: tener petróleo no te convierte en potencia energética si no puedes extraerlo.

La industria petrolera venezolana lleva años destruida desde dentro. Falta de inversión, infraestructuras obsoletas, oleoductos y gasoductos deteriorados, ausencia de seguridad jurídica, fuga de talento y un crudo especialmente complejo: pesado, con alto contenido en azufre y muy caro de refinar. Extraer un barril en Venezuela puede costar hasta diez veces más que en Arabia Saudí. En un entorno de precios relativamente bajos, eso lo cambia todo. Porque la cuestión deja de ser cuántas reservas tienes y pasa a ser cuánto te cuesta convertirlas en dinero. Esto explica también por qué las grandes petroleras internacionales han mostrado históricamente tan poco entusiasmo. Venezuela no es un yacimiento: es un proyecto de reconstrucción industrial, financiera y política. Decenas de miles de millones serían necesarios solo para levantar mínimamente el sector. Y, aun así, Trump no ha optado por influir. Ha optado por mandar. Lo que deja claro que el petróleo no es solo un negocio, sino un instrumento geopolítico.

Para Trump, Venezuela no es solo la caída de una dictadura. Es una pieza del hemisferio occidental, y eso implica una regla no escrita, pero muy clara: esa región es territorio estratégico estadounidense. El mensaje va dirigido directamente a China y a Rusia. La vieja idea de “América para los americanos” regresa sin complejos, sin diplomacia y sin disfraces. Washington no está dispuesto a tolerar potencias rivales, ganando influencia, recursos o posiciones estratégicas en lo que considera su zona de control natural. Por eso no sorprende que, tras la operación, el discurso se haya centrado en el “acceso total” al país y en el control de la transición. No es diplomacia. Es tutela. Un sheriff a distancia con palancas claras: embargo petrolero, sanciones, reconocimiento internacional y la amenaza explícita de derrocar también a la marioneta si no obedece.

Lo verdaderamente importante es lo que este episodio revela sobre el orden mundial. Durante décadas hemos vivido en un sistema imperfecto, a menudo hipócrita, pero con una liturgia clara: resoluciones, marcos legales, negociaciones, organismos multilaterales. Se respetaban las formas, aunque luego se forzaran los contenidos. Ahora ya no.

La operación en Venezuela no se articula bajo el paraguas de Naciones Unidas ni busca un consenso internacional real. Hay hechos consumados. Y eso marca un cambio profundo: el derecho internacional deja de ser un árbitro y pasa a ser un recurso retórico. Se invoca cuando conviene y se ignora cuando estorba.

Y aquí aparece la paradoja más inquietante. Trump no está tan lejos del resto de grandes actores como muchos quieren creer. Vladímir Putin lleva años demostrando en Ucrania que las fronteras se miden en capacidad militar, no en tratados, con los países bálticos siempre en el horizonte. Xi Jinping considera Taiwán una cuestión de tiempo, no de principios. Israel actúa en Gaza bajo su propia lógica de seguridad, asumiendo que la legitimidad se discute después, cuando los hechos ya están sobre la mesa. Conflictos distintos, narrativas diferentes, pero una misma conclusión de fondo: el poder legitima los hechos. El más fuerte decide. Y las normas solo pesan mientras no interfieran con los intereses estratégicos.

Esto nos lleva a un escenario cada vez más evidente: un reparto tácito del mundo. No firmado, no anunciado, pero real. Zonas de influencia, líneas rojas implícitas y una aceptación silenciosa de que cada potencia actúe en su esfera mientras no provoque una escalada incontrolable. No hay un gran acuerdo. Hay miedo a cruzar ciertos límites.

En este contexto, Venezuela es un precedente muy potente. Demuestra que se puede decapitar un liderazgo de forma rápida, venderlo como operación legal interna y asumir que la condena internacional no alterará el resultado. Y cuando algo funciona, se convierte en modelo. Por eso aparecen en el radar otros objetivos como Groenlandia. No es solo la isla. Es la señal. Si el método funciona en Caracas, ¿hasta dónde puede llegar en otros escenarios? Quizá no con tanques, pero sí con presión política, económica y estratégica. El mensaje está lanzado.

Europa, mientras tanto, queda en una posición especialmente delicada. No solo por su falta de cohesión o por una política exterior débil. Hay un problema aún más profundo: no existe una figura que represente a Europa con fuerza y respeto internacional. No hay un liderazgo claro capaz de sentarse de tú a tú con Washington, Moscú o Pekín. En un mundo que vuelve a girar en torno a personalidades fuertes, Europa aparece diluida, fragmentada y reactiva. Y eso tiene un coste. Porque en un orden basado en la fuerza, no basta con tener razón. Hay que tener poder, determinación y liderazgo para defenderla.

"Venezuela no es el origen de este nuevo orden mundial, pero sí una prueba evidente de que ya hemos cruzado el umbral. El sistema basado en reglas compartidas, arbitraje internacional y equilibrios multilaterales se está descomponiendo. En su lugar emerge otro mucho más preocupante, donde la fuerza vuelve a ser el argumento definitivo", subraya este experto.

"Entiendo la emoción de muchos venezolanos al ver caer a quien consideran un tirano. Es imposible no empatizar con un pueblo agotado por décadas de miseria, miedo y exilio. Pero el método importa. Y el mensaje global que se lanza es inquietante: si eres lo suficientemente fuerte, puedes imponer tu ley. Lo más peligroso no es que esto ocurra. Es que empiece a parecernos normal. Que asumamos que la soberanía es flexible, que las fronteras son negociables y que el derecho internacional es solo un decorado útil cuando conviene. Mi sensación es que entramos en una era donde los fuertes marcan el ritmo, los débiles se adaptan y los que dudan quedan fuera de la partida. Y Europa, si no reacciona, corre el riesgo de vivir bajo las reglas que otros están escribiendo. Porque en la geopolítica del siglo XXI, quien no tiene poder para defender su visión del mundo, termina aceptando la visión del mundo de otro", avisa.

Groenlandia tiene una posición estratégica

La insistencia de Donald Trump en hacerse con Groenlandia ya no suena a ocurrencia provocadora ni a titular diseñado para agitar titulares. En su segundo mandato ha pasado de la insinuación a la presión explícita. Y el contexto importa. La reciente intervención de EEUU en Venezuela ha encendido todas las alarmas en Europa, especialmente en Dinamarca, de la que depende este territorio autónomo que insiste en que no está en venta.

Durante años, Copenhague trató el asunto como una excentricidad más de Trump. Hoy ya no. La presión diplomática se ha intensificado, el embajador estadounidense ha sido llamado a consultas en varias ocasiones y, por primera vez, los servicios de inteligencia daneses han llegado a señalar a EEUU como un posible riesgo para su seguridad. Algo impensable hace solo unos años entre aliados históricos.

¿Por qué Groenlandia? La respuesta es menos extravagante de lo que parece. Su posición geográfica es estratégica: controla accesos clave al Atlántico Norte y al Ártico, una región cada vez más relevante por el deshielo, las nuevas rutas comerciales y la competencia directa con China y Rusia. Además, la isla alberga ya la base aérea más septentrional de Estados Unidos y sistemas de radar críticos para la defensa antimisiles y la vigilancia espacial. Desde la óptica de Washington, ampliar el control sobre Groenlandia reforzaría de forma decisiva su presencia militar en una zona que será central en la geopolítica de las próximas décadas.

Trump, como es habitual, mezcla argumentos estratégicos con un discurso simplista. Asegura que Dinamarca no invierte lo suficiente en la protección de la isla y presenta su interés como una cuestión de seguridad nacional. Ya lo intentó en 2019, cuando habló abiertamente de “comprar” Groenlandia como si se tratara de una operación inmobiliaria. Hoy el tono es distinto. Más duro. Más directo. Y acompañado por hechos que demuestran que está dispuesto a ir mucho más lejos de lo que muchos creían.

Pero hay un elemento clave que eleva este conflicto a otra dimensión y que no conviene minimizar. Dinamarca y el resto de la Unión Europea que la respalda son aliados de Estados Unidos dentro de la OTAN. Groenlandia está cubierta por el artículo 5 de defensa colectiva. Cualquier intento de presión extrema (y más aún una acción unilateral) no sería un conflicto externo, sino una fricción directa entre socios militares.

El simple hecho de abrir ese escenario ya es profundamente desestabilizador. Obliga a Europa a plantearse hasta dónde llega la fiabilidad del paraguas estadounidense y rompe uno de los pilares básicos de la Alianza: que las tensiones entre aliados se resuelven internamente y nunca mediante amenazas. En el peor de los casos, una escalada podría provocar una crisis existencial en la OTAN, forzando a los países europeos a posicionarse entre Washington y uno de los suyos.

Y aquí aparece el gran beneficiado colateral: Vladímir Putin. Un bloque occidental dividido, con desconfianza interna y debates sobre garantías de seguridad, es exactamente el escenario que el Kremlin lleva años intentando provocar. No necesita mover ficha. Le basta con observar cómo la cohesión atlántica se erosiona desde dentro. Cada duda europea sobre el compromiso real de EEUU es un punto a favor de Rusia en Ucrania, en el Ártico y en el equilibrio geopolítico global.

Conviene además no analizar este episodio de forma aislada. Groenlandia encaja en una secuencia más amplia. Trump ya tensó la relación con Canadá al insinuar, en tono nada casual, que su integración como el estado 51 de EEUUs sería una salida lógica dada su dependencia económica y de seguridad de Washington. No fue una broma ni una frase suelta, sino un aviso envuelto en ironía. Tras la caída de Maduro, esa misma lógica se ha trasladado a Colombia, Cuba e incluso México, con mensajes directos y sin demasiados matices. No es improvisación. Es una forma muy concreta de ejercer el poder basada en la presión constante, el hecho consumado y la redefinición unilateral de las reglas.

Durante años, muchos interpretaron “America First” como una retirada de EEUU del mundo. Una vuelta al aislacionismo para centrarse en lo doméstico y cumplir con el lema de “Make America Great Again”. Lo que casi nadie anticipó es que, en la visión de Trump, ese repliegue no implicaba menos poder hacia fuera, sino todo lo contrario.

"Groenlandia encaja en una lógica mucho más imperial que aislacionista. No se trata de liderar alianzas ni de sostener el orden internacional, sino de apropiarse (por la vía militar, económica o política) de aquello que se considera estratégico para los intereses de EEUU. Aunque eso implique presionar a aliados, tensar tratados o vaciar de contenido las reglas que han sostenido el equilibrio global durante décadas. Ése es el verdadero cambio de fondo. Y también el riesgo. Porque cuando la primera potencia del mundo deja de actuar como garante del sistema para comportarse como un actor más, pero con una fuerza descomunal, el problema ya no es solo Groenlandia. Es el precedente que se crea para todo lo que venga después", avisa Pablo Gil.

Columbia  Threadneedle: muchas razones para ser optimistas

Anthony Willis, Senior Economist de Columbia Threadneedle Investments, destaca que las acciones de EEUU para destituir al presidente venezolano Maduro fueron algo sorpresivas, a pesar de haber presenciado un aumento de la presencia militar en los últimos meses y ver cómo atacaba presuntos cargamentos de droga. Pocos esperaban la velocidad y el alcance de la medida, pero obviamente las acciones se planificaron con mucho tiempo de antelación. "Lo que vendrá después está por verse", apunta.

Desde el punto de vista de los mercados financieros, todo parece ir bien, con ligeros movimientos marginales en cuanto a la búsqueda de refugios seguros: el dólar, el franco suizo y el oro. El precio del petróleo ha bajado, una tendencia significativa. Venezuela posee el 18 % de las reservas mundiales de petróleo, pero solo representa alrededor del 0,8% del suministro mundial (la mayor parte de sus exportaciones se destina a China), por lo que no se esperan interrupciones significativas. Sin embargo, si se desbloquean las exportaciones y el petróleo venezolano fluye hacia los mercados globales, podría convertirse en una tendencia significativa, aunque llevará tiempo. Es evidente que el presidente Trump desea que las empresas estadounidenses faciliten esta tendencia, pero esto llevará varios años.

Cuando se producen shocks geopolíticos, los mercados tienden a sufrir una caída inicial antes de que los fundamentales se reafirmen rápidamente. "Creo que esta medida, desde la perspectiva de la Administración estadounidense, podría ser beneficiosa: se avecinan elecciones de mitad de mandato, y la bajada de los precios del petróleo y de los tipos de interés será beneficiosa desde el punto de vista electoral", señala.

"Desde una perspectiva geopolítica, los acontecimientos ponen de relieve la creciente polarización entre las superpotencias políticas, cada una de ellas cada vez más dispuesta a tomar medidas que muestran poco respeto por el Derecho internacional o las normas de los últimos 70 años. Se está eludiendo por completo la autoridad de organismos internacionales como Naciones Unidas, y resulta interesante que el gobierno estadounidense haya optado por ignorar también a su propio Congreso. Por ahora, los poderes del Congreso estadounidense siguen limitados, aunque esto bien podría cambiar tras las elecciones de mitad de mandato", advierte.

Los cambios geopolíticos sirven de recordatorio a los líderes europeos de la necesidad de unidad y de aumentar su propio gasto en defensa en un momento en que el antiguo orden mundial de la «Pax Americana» posterior a la Segunda Guerra Mundial está llegando a su fin.

"Creo que debemos ser positivos desde el punto de vista de los mercados y, a pesar de la incertidumbre geopolítica actual, las perspectivas siguen siendo optimistas: el crecimiento global es resiliente y el estímulo fiscal para extender el ciclo en EEUU, Europa y Japón está en marcha o en proceso de implementación. La política monetaria sigue siendo favorable, dado que esperamos más recortes de tipos en EEUU y el Reino Unido en los próximos meses. En Japón, la narrativa se basa en nuevas subidas que se implementarán de forma lenta y constante. En el contexto de un sólido crecimiento de las ganancias, aún vemos muchas preguntas en torno a los aranceles, la inteligencia artificial y las elevadas valoraciones, pero debemos recordar que los fundamentales siguen siendo favorables y que las perspectivas económicas globales para 2026 son relativamente optimistas. En resumen, hay muchas razones para ser optimistas en este momento", concluye este experto.

Trump quiere un 50% más de gasto en Defensa

Por otra parte, Trump ha propuesto un incremento significativo en el gasto de defensa de cara a los presupuestos de 2027. Su planteamiento contempla un aumento del 50% en la partida destinada a defensa, elevándola hasta los 1,5 billones$, lo que supondría el mayor incremento del gasto militar en la historia del país. Con esta subida, el presupuesto militar estadounidense igualaría el gasto total actual de la OTAN, donde EEUU representa aproximadamente dos tercios del desembolso.

No obstante, Trump lanzó críticas hacia los grandes contratistas de defensa americanos, advirtiendo que, para acceder a nuevos contratos, deberán cesar la recompra de acciones, reducir el reparto de dividendos, limitar la remuneración de los altos ejecutivos y redirigir estos recursos hacia el fortalecimiento de capacidades: más fábricas y mayor inversión en investigación y desarrollo. 

Estas exigencias, que han provocado caídas significativas en el sector de defensa de EEUU, con retrocesos en compañías como Lockheed Martin (-4,8%), Northrop (-5,5%) o el grupo RTX (-2,2%), responden al persistente retraso en las entregas que arrastra el sector, así como a la creciente preocupación por no quedar rezagados frente a las nuevas tecnologías bélicas que se están desplegando en conflictos como el de Ucrania, entre ellas vehículos autónomos, drones y sistemas avanzados de defensa.

Más allá de esto, para que la propuesta se materialice, deberá obtener la aprobación del Congreso, donde los demócratas se muestran escépticos, especialmente tras las tensiones generadas por el recorte del gasto en sanidad, uno de los factores que provocó el reciente cierre del Gobierno. Por ello, es posible que el ambicioso plan resulte excesivo y que finalmente se opte por cifras más moderadas como objetivo definitivo.

La reacción del sector ha sido negativa debido a las nuevas restricciones, aunque un nuevo incremento global en el gasto militar podría favorecer a empresas de otras regiones (Indra ha llegado a subir en Bolsa). Pese al buen comportamiento del sector el año pasado (+51%), los analistas siguen considerando que la tendencia alcista en el gasto en defensa se mantendrá en los próximos trimestres, con EEUU también decidido a reforzar sus capacidades militares.

Ebury:“La reacción de los mercados de divisas seguirá siendo moderada”

El año nuevo ha arrancado con gran revuelo tras la impactante captura del presidente venezolano, Nicolás Maduro, por parte de las fuerzas estadounidenses. Sin embargo, la reacción inicial de los mercados de divisas ha sido moderada. Las principales divisas están cotizando prácticamente sin cambios con respecto al cierre del viernes, salvo por un modesto repunte del dólar y el franco suizo, que suelen actuar como activos refugios en períodos en los que aumenta la aversión al riesgo. Los precios del petróleo han caído ligeramente ante la expectativa de que el suministro venezolano aumente la oferta global. Si bien la volatilidad de las divisas latinoamericanas podría aumentar estos días, el aislamiento de Venezuela bajo el régimen chavista ha limitado, de forma general, las repercusiones de estos acontecimientos. Por ahora, las divisas y los mercados financieros siguen teniendo como foco principal la política monetaria, la inflación y los datos de crecimiento. "Aunque aún hay mucha incertidumbre sobre lo que le deparará a Venezuela, creemos que la reacción de los mercados seguirá siendo moderada estos días", señalan en Ebury.

  • USD Los datos económicos durante las vacaciones no cambiaron significativamente el panorama de un mercado laboral con bajos niveles de contratación y despidos, y un crecimiento económico estable. Esta semana se publicarán datos de empleo y culminará con el informe de nóminas no agrícolas de diciembre, el viernes. Las predicciones de los economistas sobre esta cifra crítica están inusualmente dispersas, pero la mediana se sitúa en torno a los 60.000 puestos de trabajo netos creados. Se trata de un nivel bastante mediocre pero, de confirmarse, debería ser suficiente para que la Fed se abstenga de recortar los tipos en su reunión de este mes. La incertidumbre en torno a la composición del Comité Federal de Mercado Abierto será clave para los mercados. Trump ya ha declarado que tiene la intención de anunciar un nuevo presidente a finales de este mes, y la pugna parece estar muy reñida entre los dos Kevins: Hassett y Warsh. En cualquier caso, quienquiera que sea el designado, sin duda compartirá el entusiasmo de Trump por bajar los tipos de interés. 
  • EUR El calendario económico e institucional durante las vacaciones fue aún más tranquilo en la zona euro, y la moneda también se movió muy poco. Los mayores cambios se observaron durante la jornada bursátil asiática del lunes, cuando los inversores reaccionaron a las noticias del fin de semana pujando al alza por el dólar, considerado un valor refugio, frente a la mayoría de las divisas. Aunque cabría esperar que el EUR/USD siga bajando si la inquietud geopolítica se intensifica en los próximos días, parece que la volatilidad está bastante controlada por ahora. La inflación general y subyacente se han moderado en diciembre, como hemos podido observar este martes. Por otro lado, las expectativas de crecimiento para 2026 se han revisado al alza en general. El ciclo de recortes de tipos ha terminado, y el BCE podría empezar a plantearse subirlos antes de que termine 2026, lo que debería provocar una apreciación gradual de la moneda única. 
  • GBP La libra esterlina apenas se movió frente a sus homólogas durante las vacaciones de Navidad, ya que se publicaron pocos datos destacables y no se produjeron decisiones ni discursos importantes en materia de política monetaria. Los mercados están descontando poco más de un recorte adicional por parte del Banco de Inglaterra en 2026. Esto implica que la libra podría verse sustancialmente respaldada gracias al amplio diferencial de tipos con respecto al Banco Central Europeo, al menos hasta que este último empiece a plantearse subidas. Cabe reconocer que esto puede suceder antes de que lo haga el Comité de Política Monetaria británico. Sin embargo, seguimos mostrándonos cautelosos con respecto a la libra este año, dado el conjunto de riesgos bajistas que acechan a la economía británica, y prevemos que continúe el crecimiento que hemos observado en 2025. Esto debería ser suficiente para que la libra esterlina le siga el ritmo al euro, a medida que las divisas europeas se fortalecen frente al dólar estadounidense.

Transporte y logística: gran impacto de los aranceles

Por otra parte, el impacto de los aranceles en la actividad comercial está siendo especialmente significativo en el sector del transporte y la logística. Crédito y Caución ha revisado a la baja la previsión de crecimiento de la producción con respecto a las estimaciones realizadas hace un año, que lo situaban en el 3,7%. Sin embargo,  se prevé ahora que el sector finalice 2026 con un repunte del 2,4%. 

Las nuevas tarifas arancelarias están provocando una reacción en cadena en todas las etapas de la economía de bienes, repercutiendo en una menor producción y transporte de materias primas. Las importaciones estadounidenses procedentes de China han disminuido y la demanda mundial de contenedores en 2026 se enfrenta a un futuro incierto. Esto está generando una reducción de los costes de transporte. 

En este contexto, la zona euro es uno de los mercados que cuenta con peores perspectivas de crecimiento ya que se espera que en 2026 este sector experimente un ligero repunte del 0,9%. La desaceleración se debe principalmente a la lentitud que se está produciendo en la recuperación industrial. Aunque el sector demostró cierta resistencia en el primer semestre de 2025 por la anticipación de pedidos ante la amenaza de los aranceles, la llegada de las nuevas tarifas y la creciente competencia china han comenzado a lastrar la producción industrial, el comercio y la inversión. 

Reino Unido es el mercado que presenta mejores previsiones de crecimiento. Sin embargo, la actual escasez de personal obstaculiza la actividad y el crecimiento del sector. Además, en el transporte por carretera, el aumento de los salarios, los gastos de sustitución de vehículos y los precios del combustible están reduciendo los márgenes comerciales, lo que afecta a la salud financiera de las empresas. Además del déficit de mano de obra, el sector se enfrenta a otros retos como la volatilidad del precio del petróleo o los riegos geopolíticos, ya que el subsector marítimo depende en gran medida de la libertad de navegación. Las tensiones crecientes o los conflictos armados podrían provocar también perturbaciones.

Los nuevos estándares de sostenibilidad requieren una inversión significativa, tanto a medio como a largo plazo. Esto creará oportunidades, pero también supone un riesgo para las empresas que no puedan o no quieran.

01Jan

Cuando un sistema deja de ofrecer expectativas creíbles a la mayoría, pierde legitimidad política antes que eficiencia económica. La próxima gran decisión no será ideológica, sino práctica: o se reparte mejor la renta que generen el capital y la IA, o el propio sistema acabará empujando hacia soluciones cada vez menos democráticas.

Miguel Ángel Valero

El analista Pablo Gil hace en The Trader interesantes reflexiones sobre el capitalismo, que pueden servir para hacer pensar en este comienzo de 2026. Defiende que el capitalismo sigue siendo “el sistema económico menos malo de todos”, pero desde hace tiempo ha comenzado a generar desigualdad, fragilidad financiera y la sensación de que el juego está trucado. El motivo que subyace en esa metamorfosis es la mezcla de cinco fuerzas que poco a poco han distorsionado el modelo hasta volverlo inoperante.

La primera es la demografía. El capitalismo de posguerra funcionó gracias a muchos trabajadores, pocos jubilados y un crecimiento suficiente para sostener pensiones, sanidad y movilidad social. Hoy el mundo envejece, la población activa se estanca y las promesas hechas a los 'baby boomers' son casi imposibles de cumplir. Esto alimenta un conflicto generacional: jóvenes que financian un sistema del que difícilmente se beneficiarán y que llegan tarde a vivienda y patrimonio.

La segunda fuerza es la globalización. Generó prosperidad y sacó a millones de la pobreza, pero debilitó a la clase media industrial, creando un 'precariado' con empleos inestables, salarios estancados y una sensación crónica de fragilidad. El mercado no compensó estas pérdidas: lo hicieron más las cuentas de las grandes multinacionales que la vida del 20%-25% que siente que siempre le toca perder.

La tercera es la financiarización. Tras romperse el vínculo del dólar con el oro, el sistema pasó a depender de la confianza en los bancos centrales. Eso abrió décadas de dinero barato, ingeniería financiera y rescates constantes. Cada crisis se resolvía con liquidez adicional en lugar de dejar que el mercado limpiara excesos. El crédito barato se convirtió en norma, alimentando burbujas, apalancamiento y sucesivos 'momentos Minsky'.

El Momento Minsky se refiere al punto en que los inversores sobreendeudados se ven obligados a vender incluso sus inversiones más sólidas para poder pagar sus préstamos. Esto provocaría grandes pérdidas en los mercados, así como una gran demanda de liquidez, lo que obligaría a los bancos centrales a hacer importantes préstamos de dinero. Se trata de una teoría elaborada por Hyman Minsky, un economista y profesor de la Universidad de Berkeley, basada en su hipótesis de la inestabilidad financiera.

La cuarta fuerza es el riesgo moral. Si los grandes actores creen que el Estado no les dejará caer, asumen riesgos excesivos. La crisis de 2008 lo escenificó: se dejó caer a Lehman, pero hubo que rescatar al resto. El mensaje fue que siempre habrá red de seguridad. Desde entonces, las pérdidas extremas se socializan y los beneficios extremos se privatizan.

La quinta fuerza es la concentración de poder. Años de tipos bajos y regulación capturada han favorecido a gigantes que dominan sectores enteros, acumulan datos, beneficios y capacidad de influencia. Empresas zombis sobreviven gracias al crédito barato. La competencia real se reduce, las barreras de entrada aumentan y los beneficios corporativos están cerca de máximos históricos. Algunos actores privados ya rivalizan en poder con los propios Estados.

"Todo esto genera un riesgo claro: que el capitalismo deje de percibirse como un sistema imperfecto, pero justo, y pase a verse como un juego amañado. Y cuando esa percepción se extiende, la democracia se erosiona: populismo, rechazo a la inmigración y polarización son síntomas de esa fractura entre mercado, Estado y ciudadanía", advierte este experto.

La historia muestra momentos en los que el capitalismo se “reseteó”, como tras la Gran Depresión o la crisis de los 70. Hoy podría tocar un nuevo reseteo, coincidiendo con la revolución de la inteligencia artificial. Si la IA cumple sus promesas de productividad, muchos trabajos desaparecerán o cambiarán radicalmente, no solo fabriles, también administrativos, profesionales y de servicios. Y para hacer frente a esa potencial situación surge la propuesta más polémica: una Renta Básica Universal. ¿Puede sostenerse un sistema capitalista y democrático si el 50%-70% no tiene empleo estable? Para unos, la renta básica es una compensación necesaria. Para otros, un mecanismo que rompe el vínculo entre trabajo, utilidad y autoestima.

"El problema no es que el capitalismo esté muriendo, sino que lleva demasiado tiempo sin actualizarse. Cuando un sistema deja de ofrecer expectativas creíbles a la mayoría, pierde legitimidad política antes que eficiencia económica. La próxima gran decisión no será ideológica, sino práctica: o se reparte mejor la renta que generen el capital y la IA, o el propio sistema acabará empujando hacia soluciones cada vez menos democráticas. La buena noticia es que el capitalismo ya se ha adaptado antes. La mala es que los grandes cambios suelen llegar tras crisis profundas. 

Cuentas para niños en EEUU

Esta reflexión sobre el capitalismo y la necesidad de ponerse al día se refuerza con otro análisis sobre la decisión de Michael Dell, fundador y CEO de Dell Inc., uno de los principales vendedores de computadoras en el mundo. y su esposa Susan Dell han anunciado una donación récord de 6.250 millones$ para financiar las llamadas Trump Accounts, un nuevo instrumento de inversión para niños en EEUU

Los Dells aportarán 250$ a las cuentas de inversión de unos 25 millones de niños de hasta 10 años que no habrían sido elegibles para ayudas del gobierno (1.000$ para recién nacidos entre 2025 y 2028). La aportación del magnate informático debe invertirse en fondos indexados que replican el mercado bursátil, y las cuentas solo serán accesibles cuando los niños beneficiarios cumplan 18 años. Entonces podrán usar los fondos para educación, vivienda, emprendimiento… o lo que definan como “futuro”.

Entre la parte interesante y discutible del plan está que este gesto filantrópico se vende como un “salto generacional”: una inyección de capital en jóvenes sin recursos, una forma de democratizar el ahorro/inversión desde la infancia. Sin embargo, conviene mirar con lupa varios aspectos:

  • 250$ no es una suma elevada: aunque supone un empujón inicial, el éxito real dependerá de cuánto aporten las familias después (y muchas vivirán al límite, sin capacidad adicional de ahorro).
  • El programa (y la donación) no resuelven problemas estructurales de pobreza infantil, desigualdad o acceso real a oportunidades educativas y profesionales. En ese sentido, puede ser más un parche simbólico que una solución definitiva.
  • Que las aportaciones vengan de individuos con enorme patrimonio (como los Dell) refuerza la idea de que la creación de riqueza en gran parte depende de voluntarismo y no de políticas estructurales sostenibles.

Pero esta decisión pone sobre la mesa algo crucial, ya que evidencia algo que muchos olvidan: invertir temprano sigue siendo una de las grandes herramientas de futuro. La llamada “magia del interés compuesto” lo demuestra: pequeñas cantidades, si se invierten con constancia y tiempo, pueden crecer de forma exponencial. A largo plazo, un capital inicial modesto puede multiplicarse. Cuanto antes se empiece, más tiempo tiene el dinero para crecer. Esa acumulación, además de ofrecer seguridad financiera, puede permitir educación, salud, vivienda, emprendimiento o simplemente mayor libertad de decisiones vitales.

"Me pregunto por qué en países con alta desigualdad (o con un Estado del bienestar limitado) no hay iniciativas sistemáticas que fomenten el ahorro/inversión desde la infancia… ¿No sería más eficaz combinar intervenciones sociales estructurales con herramientas de inversión temprana y educación financiera desde jóvenes?", subraya Pablo Gil.

"Para quienes hablamos de independencia financiera, inversión a largo plazo y educación financiera, esta noticia es un recordatorio: el verdadero capital no está solo en el dinero, sino en el tiempo y en la constancia. Un capital que, bien gestionado, permite abrir puertas de oportunidad, movilidad social y libertad personal", concluye.

31Dec

Con un cambio de presidente en la Reserva Federal previsto para mayo y con Trump presionando abiertamente por un nivel de tipos mucho más bajo, los inversores parecen anticipar que el equilibrio de fuerzas dentro del banco central podría cambiar antes de lo que hoy descuenta el discurso oficial.

Miguel Ángel Valero

El Tesoro estadounidense sorprendió al mercado con la mayor recompra de deuda ('buyback') de su historia: 12.500 millones$ en una sola operación. A primera vista puede parecer una maniobra destinada a reducir la deuda, pero no es eso lo que está ocurriendo. Esta operación forma parte del nuevo programa de 'buybacks' que el Tesoro reactivó este año con un objetivo muy distinto: estabilizar el mercado de bonos más importante del mundo en un momento de tensiones crecientes.

La lógica detrás del movimiento es clara. Muchos bonos antiguos, los denominados 'off-the-run', se negocian con poca liquidez y generan distorsiones en la curva de tipos. Al recomprarlos, el Tesoro intenta 'limpiar' esos tramos del mercado y reemplazarlos posteriormente con emisiones nuevas, más líquidas y fáciles de negociar. No es expansión monetaria, no es QE (Quantitative Easing, expansión cuantitativa, una herramienta no convencional de política monetaria utilizada por bancos centrales para aumentar la oferta de dinero, incrementando el exceso de reservas del sistema bancario mediante la compra de activos financieros en el mercado para reducir los tipos de interés a largo plazo) y no supone una reducción real de deuda: simplemente es una gestión más fina del inventario de bonos del Tesoro.

Pero el mensaje implícito es más relevante que la cifra. En un entorno de déficits gigantescos, un volumen récord de emisiones y un mercado cada vez más sensible a cualquier sobresalto, el Tesoro está actuando para evitar episodios de tensión como los que ya vivimos en 2020 y 2023. Que se haya necesitado la mayor recompra de la historia no es casualidad: refleja el grado de estrés estructural que existe en un mercado que sirve como columna vertebral del sistema financiero global.

El impacto inmediato es técnico: algo más de liquidez, spreads más ajustados y menos ruido en los bonos ilíquidos. Pero el impacto estratégico es político y financiero: el Tesoro reconoce que la arquitectura del mercado necesita apoyo y que la acumulación de deuda está obligando a intervenir más activamente para mantener la estabilidad. Es un recordatorio de que, aunque la narrativa oficial se centra en la normalidad, debajo sigue creciendo las fragilidades que obligan a vigilar cada movimiento.

"En un año en el que los tipos a largo plazo se mantienen altos, los déficits siguen descontrolados y la emisión neta de deuda no deja de crecer, esta operación no cambia la tendencia de fondo, pero nos advierte del estado real del mercado, algo que tiende a pasar desapercibido para el inversor común", advierte el analista Pablo Gil en The Trader

La Fed gana tiempo

Mientras, la Reserva Federal recibe una noticia que llevaba tiempo esperando. La inflación en EEUU sorprendió claramente a la baja y lo hizo de forma contundente. La tasa general cayó en noviembre hasta el 2,6%, cuando el consenso esperaba que se mantuviera en el 3% del mes anterior. Pero el dato más relevante llegó por el lado de la inflación subyacente, que bajó al 2,7% desde el 3% previo, justo cuando los analistas anticipaban incluso un repunte hasta el 3,1%.

Sobre el papel, estos datos son justo lo que la Fed necesitaba. Confirman que el proceso desinflacionista sigue vivo, que no se ha estancado y que, además, avanza más rápido de lo que muchos esperaban. En condiciones normales, cifras así abrirían claramente la puerta a una política monetaria más laxa, reforzando la idea de nuevas bajadas de tipos en los próximos meses.

Sin embargo, la reacción del banco central ha sido mucho más fría de lo que podría pensarse. Y ahí entran en juego las palabras de John Williams, presidente de la Reserva Federal de Nueva York y una de las voces con más peso dentro del FOMC (el Comité que fija los tipos de interés). Williams dejó claro que no ve ninguna urgencia para seguir recortando tipos, pese a las presiones de Donald Trump. Según su visión, las bajadas ya realizadas han colocado a la política monetaria en una posición adecuada y ahora toca observar cómo evoluciona la economía.

El mensaje es claro: la Fed celebra estos datos, pero no quiere precipitarse. El objetivo sigue siendo llevar la inflación al 2%, sí, pero sin provocar un daño innecesario al mercado laboral. Y aunque el empleo empieza a mostrar signos de enfriamiento (más paro y menor creación de puestos de trabajo), desde la Fed insisten en que no hay señales de deterioro brusco.

Este contraste entre unos datos de inflación muy favorables y un discurso prudente por parte de la Fed es clave. Mientras la Fed gana tiempo, gana margen de maniobra y recibe ese balón de oxígeno que necesitaba para justificar una pausa prolongada y mantener los tipos estables, el mercado ha reaccionado justo en sentido contrario. Las Bolsas han celebrado el dato como si las bajadas de tipos fuesen a acelerarse, descontando un escenario mucho más laxo del que hoy sugiere el mensaje de la Reserva Federal. De nuevo, inversores y banco central parecen hablar idiomas distintos: unos anticipan recortes más profundos y rápidos, mientras la Fed insiste en observar, confirmar y no precipitarse hasta tener la certeza de que la desinflación es sostenible y no simplemente coyuntural.

La inflación está haciendo su parte, pero la Fed no tiene prisa. Al menos la Fed actual. Tal vez el mercado no esté mirando solo los datos, sino también el calendario. Con un cambio de presidente en la Reserva Federal previsto para mayo y con Trump presionando abiertamente por un nivel de tipos mucho más bajo, los inversores parecen anticipar que el equilibrio de fuerzas dentro del banco central podría cambiar antes de lo que hoy descuenta el discurso oficial. Por ahora, el mensaje sigue siendo de paciencia y prudencia, pero el mercado ya está empezando a jugar la partida que viene después.



28Dec

Alemania debe cambiar de modelo económico en el peor momento posible: con una industria que pierde competitividad, un Gobierno incapaz de alinearse, una guerra que exige cada vez más recursos, y un socio estadounidense cada vez más reacio.

Miguel Ángel Valero

Alemania ha vivido durante décadas de un modelo que parecía inamovible: energía barata, industria exportadora fuerte, una automoción hegemónica y una disciplina fiscal que se vendía como ejemplo para toda Europa. Aquella combinación ya no existe. Y lo más inquietante es que Alemania debe reinventarse justo cuando su entorno político, económico y geopolítico hace que cualquier error sea más costoso que nunca.

El repunte de la producción industrial es una buena noticia, pero no cambia el diagnóstico: el viejo modelo está agotado. La industria química trabaja al 70% de su capacidad, la manufactura pierde peso y la ventaja competitiva de Alemania se erosiona. El país necesita un giro profundo hacia tecnologías limpias, digitalización y autonomía energética, pero ese giro requiere un consenso político que hoy no existe.

Y mientras Alemania discute consigo misma, dos amenazas externas presionan sin descanso.

La primera es China. Durante años fue un socio estratégico y un mercado clave para los fabricantes alemanes. Hoy se ha convertido en su principal rival sistémico. China exporta coches eléctricos a un ritmo que trastoca todo el equilibrio europeo, ofreciendo precios y volúmenes que la industria alemana no puede igualar sin una transformación acelerada. Los gigantes del automóvil alemán, que durante décadas marcaron el estándar global, se enfrentan ahora a un competidor que domina la cadena tecnológica y que cuenta con un respaldo estatal masivo. Para Alemania, es un choque frontal con su industria más emblemática.

La segunda amenaza es la guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania. Berlín ha tenido que abandonar, casi de un día para otro, la comodidad estratégica que sostuvo durante décadas. Requiere miles de millones en defensa, en munición, en apoyo logístico y en un rearme que choca directamente con su tradicional aversión al gasto militar. Alemania tiene que reindustrializarse y rearmarse al mismo tiempo. Y eso es algo que no había tenido que hacer desde la posguerra.

A todo ello se suma un problema silencioso, pero clave: la pérdida de rigor fiscal. Las reglas que durante años definieron el ADN económico alemán se han ido flexibilizando una y otra vez, primero para capear crisis, luego para responder a la pandemia, después para amortiguar la crisis energética. La “Schuldenbremse”, el freno de deuda ha dejado de ser un pilar y ahora es un obstáculo para un Gobierno que necesita gastar, pero que ya no sabe justificar ante sus ciudadanos por qué todo lo que antes era imposible hoy se vuelve urgente.

Alemania debe cambiar de modelo económico en el peor momento posible: con una industria que pierde competitividad, un Gobierno incapaz de alinearse y una guerra que exige cada vez más recursos en un contexto en el que el socio estadounidense, que durante décadas financió buena parte de la seguridad europea, ha decidido que su compromiso tiene límites. 

"Alemania se enfrenta a un dilema histórico: cambiar rápido o perder centralidad. El problema no es solo económico, es estratégico. Sin un nuevo modelo industrial y energético, Alemania dejará de ser el ancla de Europa. Y si Alemania se debilita, el proyecto europeo entra en una fase mucho más incierta", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.


27Dec

El presidente de EEUU no busca acuerdos discretos ni equilibrios diplomáticos. Busca tensión, hechos consumados y demostraciones de poder, con confrontación abierta, mensajes directos y desprecio por los mecanismos clásicos de contención diplomática.

Miguel Ángel Valero

Trump termina 2025 de la misma forma que empezó el año, tensionando las relaciones con su principal rival, China. EEUU acaba de aprobar una de las mayores ventas de armas de su historia a Taiwán, por un importe superior a los 11.100 millones$ (9.428 millones€). El paquete incluye sistemas de misiles, artillería avanzada, drones y munición de precisión. Más allá del volumen o del detalle técnico, lo relevante es el mensaje político que encierra esta decisión.

Para China, Taiwán no es una cuestión negociable. Es una línea roja absoluta. Pekín lo ha repetido durante años de forma clara y explícita: cualquier paso que acerque a la isla a una independencia formal obligaría a una respuesta militar. No es retórica. Es doctrina de Estado.

En este contexto, la apuesta de Washington va mucho más allá de reforzar la capacidad defensiva de la isla. EEUU está elevando su nivel de implicación en un conflicto potencial que hasta ahora había gestionado desde la ambigüedad estratégica. Dotar a Taiwán de armamento avanzado no solo refuerza su defensa, también altera el equilibrio psicológico y político en la región.

La reacción china ha sido inmediata y dura, denunciando la violación del principio de “una sola China” y advirtiendo de represalias. Pero lo verdaderamente preocupante no es el cruce de declaraciones, sino la dinámica que se está generando. Cada venta de armas, cada maniobra militar y cada gesto diplomático reduce el margen de error y acerca a las partes a un escenario de confrontación directa.

La relación entre China y EEUU vuelve a tensarse por Taiwán. El Ministerio de Exteriores chino ha impuesto sanciones a 20 empresas (y a diez de sus directivos) estadounidenses del sector de la defensa y diez de sus altos directivos, en represalia por el último paquete de venta de armas a la isla. 

Esta operación, que aún debe completar su tramitación en el Congreso estadounidense, será el mayor acuerdo de suministro militar a Taipéi hasta la fecha.

La Cancillería china detalla en un comunicado que las sanciones, ya en vigor, incluyen la congelación de activos que esas compañías e individuos puedan tener en China, la prohibición de realizar nuevas inversiones en el país, y la restricción a la cooperación de cualquier tipo con organizaciones o particulares chinos. Además, los ejecutivos afectados tendrán vetada la entrada en el país, así como en Hong Kong y Macao.

Entre las empresas sancionadas figuran algunos de los principales pilares del complejo militar-industrial estadounidense, como Northrop Grumman Systems Corporation, uno de los grandes desarrolladores de sistemas de misiles, radares y plataformas aeroespaciales; L3Harris Maritime Services, especializada en sensores, sistemas de comunicación y tecnología naval avanzada (un ámbito estrechamente vinculado a la modernización de las capacidades defensivas de Taiwán frente a China); una filial de Boeing, uno de los mayores grupos aeronáuticos del mundo.

Las sanciones van dirigidas contra compañías y personas que han participado en la entrega de armamento a Taiwán “en los últimos años”, porque esas ventas suponen una “injerencia en los asuntos internos de China” y que “socavan su soberanía e integridad territorial”. 

Además, se trata de una “grave violación” de los marcos en los que se basan las relaciones diplomáticas entre Pekín y Washington.

Taiwán es el lugar en el que se exiliaron las fuerzas nacionalistas tras perder la guerra civil china en 1949. La República Popular la considera una parte inalienable de su territorio y asegura que la reunificación es “inevitable”, no descartando el uso de la fuerza para lograr ese objetivo.

En su comunicado, la Cancillería china subraya que “la cuestión de Taiwán está en el centro de los intereses fundamentales de China y es la primera línea roja que no debe cruzarse”. “Cualquiera que intente traspasarla y provocar se encontrará con la respuesta firme de China, y pagará un alto precio por su ofensa. Ningún país debe subestimar jamás la determinación, voluntad y capacidad del Gobierno y el pueblo chino para salvaguardar su soberanía e integridad territorial”, zanja.

Curiosamente, EEUU no reconoce a Taiwán como Estado soberano, aunque desde 1979 (año en el que reconoció al Gobierno en Pekín como el representante de China) mantiene una estrecha relación de seguridad con Taipéi basada en el Acta de Relaciones con Taiwán, que le obliga a suministrar armas y asistencia defensiva para fortalecer su capacidad de autoprotección.

La Casa Blanca responde que las nuevas ventas contribuirán a salvaguardar “los intereses nacionales, económicos y de seguridad de Estados Unidos” porque respaldan “los esfuerzos del destinatario por modernizar sus fuerzas armadas y mejorar su capacidad defensiva”, y ayudarán a “mantener la estabilidad política, el equilibrio militar y el progreso económico en la región”.

Japón se implica en el pulso entre EEUU y China

El problema es que Taiwán ya no es un pulso exclusivamente entre EEUU y China. Japón se está involucrando cada vez más de forma explícita en el asunto. Las visitas continuas de parlamentarios japoneses a la isla y los mensajes políticos desde Tokio refuerzan la percepción de un alineamiento regional que China interpreta como un cerco estratégico. En Pekín no se lee como diplomacia parlamentaria, sino como una señal de escalada. Y cuando Japón entra en escena, la carga histórica y militar del conflicto se multiplica.

Hasta ahora, el gran choque entre EEUU y China había sido fundamentalmente económico y tecnológico: aranceles, semiconductores, cadenas de suministro. Un conflicto serio, pero contenido. Taiwán introduce una dimensión completamente distinta. Ya no es solo una cuestión de comercio o de poder económico, sino de soberanía, identidad nacional y prestigio geopolítico.

Geopolítica de la provocación

Este patrón de actuación se repite en otros frentes. Es lo que el analista Pablo Gil describe en The Trader como "geopolítica de la provocación". En Europa, con el último movimiento de Donald Trump respecto a Groenlandia. El nombramiento de un enviado especial,  Jeff Landry, gobernador de Luisiana, con el objetivo explícito de allanar una futura anexión ha provocado una reacción airada tanto del Gobierno danés como de las autoridades groenlandesas.

Dinamarca ha calificado el gesto como una provocación inaceptable y un ataque verbal directo a su soberanía. Groenlandia es un territorio autónomo bajo administración danesa, y cualquier intento de apropiación choca frontalmente con el derecho internacional y con los principios que, en teoría, sustentan la relación entre aliados.

Lo relevante no es solo el interés estratégico de Estados Unidos por Groenlandia (minerales, posición geográfica, control del Ártico) sino la forma. Trump no busca acuerdos discretos ni equilibrios diplomáticos. Busca tensión, hechos consumados y demostraciones de poder. Da igual que sea frente a China en Asia, frente a un aliado histórico en Europa, apoyando sin matices a Israel en Oriente Medio o endureciendo la presión política y económica sobre Venezuela, como publicó Dinero Seguro. El patrón es siempre el mismo: confrontación abierta, mensajes directos y desprecio por los mecanismos clásicos de contención diplomática.

"La política exterior de Trump no reduce riesgos, los acumula. Empuja varias líneas rojas a la vez, involucra a más actores y estrecha peligrosamente el margen de error. Pero, más allá de Trump, lo que queda claro es que el mundo ha cambiado. Los equilibrios, las reglas no escritas y los valores que durante décadas sirvieron para contener los conflictos pesan cada vez menos. La geopolítica ya no se rige por consensos, sino por pulsos de poder. Y en ese nuevo escenario, la estabilidad que dábamos por sentada empieza a parecer una excepción, no la norma", avisa Pablo Gil.

26Dec

No atraviesa una crisis política pasajera, sino la fractura de su pacto social. El bienestar que sostuvo al continente durante décadas exige un crecimiento que ya no existe, una demografía que ya no acompaña y un consenso político que se está desmoronando.

Miguel Ángel Valero

Europa lleva años evitando decir en voz alta lo que ya se ve en cada rincón del continente: el modelo social que definió a la región durante décadas está entrando en una fase terminal. Lo vemos en gobiernos que se tambalean, economías incapaces de crecer, tensiones demográficas imposibles de sostener y partidos antisistemas que capitalizan el malestar ciudadano. Y lo más inquietante es que no hablamos de episodios aislados, sino de señales repetidas desde Londres hasta Berlín, desde Helsinki hasta París y, cómo no, también desde Madrid.

En el Reino Unido, el retraso de las elecciones para cuatro nuevas alcaldías ha abierto una nueva grieta política que refleja un país desbordado por tensiones sociales y fiscales. El Gobierno de Starmer justificó la decisión hablando de reorganización administrativa, pero la oposición lo interpretó como un intento de retrasar una derrota anunciada. Cuando partidos de todo el arco político, desde conservadores hasta liberales, verdes y Reform UK, coinciden en acusar al Ejecutivo de “democracia denegada”, no estamos ante una disputa procedimental, sino ante un síntoma de descomposición institucional. Un Estado que ya no logra financiar servicios básicos sin subir impuestos, que externaliza problemas hacia los gobiernos locales y que ahora aplaza elecciones para ganar tiempo, es un Estado que muestra claros signos de agotamiento.

En Alemania el cuadro es todavía más explícito. El gobierno de Friedrich Merz, que apenas lleva siete meses, se enfrenta a una rebelión interna por la reforma de pensiones. Un grupo de diputados jóvenes de su propio partido se niega a apoyar un sistema que, según ellos, carga demasiado peso sobre generaciones futuras que pagarán prestaciones que probablemente nunca recibirán. La coalición se sostiene por solo doce escaños; si esta reforma fracasa, puede caer entero el gobierno. Mientras tanto, el país vive una parálisis económica que la industria ya describe como “caída libre”, con un modelo que exige cada vez más gasto público para sostener el bienestar, la defensa, la transición energética y la reconstrucción de infraestructuras. Es el choque frontal entre un Estado social diseñado para una sociedad joven, rica y en expansión, y una realidad envejecida, endeudada y sin crecimiento.

Finlandia ofrece otra perspectiva: incluso el país más admirado por su calidad de vida reconoce que el modelo ya no es sostenible tal como está. La llamada “superpotencia del estilo de vida” atraviesa una recesión, un desempleo cercano al 10% y un deterioro de sus finanzas públicas que obliga a replantearlo todo. El gobernador del Banco de Finlandia (y uno de los candidatos a sustituir a Luis de Guindos como vicepresidente del Banco Central Europeo a partir de mayo de 2026) Olli Rehn advirtió que Europa debe “ponerse las pilas” en defensa, productividad y energía, porque la era del bienestar garantizado está tocando fin. Finlandia lo afronta con una mezcla de pragmatismo y resiliencia: reformas del mercado laboral, ajustes fiscales, e inversión en capital humano. El mensaje es inequívoco: si la productividad no crece, el bienestar dejará de ser financiable.

Francia vive un proceso parecido, aunque más ruidoso. Los últimos años han sido una secuencia continua de protestas contra la reforma de las pensiones, huelgas en sectores clave y un malestar social que recuerda que el modelo francés depende de una estructura fiscal cada vez más pesada sobre una base laboral cada vez más pequeña. El Gobierno ya ha reconocido que la jubilación a los 62 años era incompatible con la demografía actual, y aun así el ajuste no detendrá el desequilibrio durante mucho tiempo. Con un déficit crónico, un Estado hipertrofiado y un gasto social que supera el 30% del PIB, Francia se acerca al mismo dilema que sus vecinos: prometer más de lo que la economía puede producir.

España no es una excepción. El Gobierno intenta sostener un gasto público que crece bastante más rápido que la economía. El PIB aparenta dinamismo, pero en gran parte por el aumento de población inmigrante; cuando se mira la renta per cápita, España se aleja de la media europea, lo que significa que ese crecimiento no mejora el bolsillo del ciudadano. A esta brecha se suma una carga fiscal muy elevada y una productividad estancada que limita cualquier avance real. La Seguridad Social mantiene déficits crecientes, las pensiones suben cada año por la indexación a la inflación y la demografía juega claramente en contra. Con un envejecimiento rápido, un paro estructural persistente y una economía incapaz de generar suficiente valor añadido, España está atrapada en la misma lógica que el resto del continente: un Estado del bienestar que promete más de lo que la economía puede sostener y que necesita endeudarse de forma continua para mantener la apariencia de estabilidad.

La conclusión es clara. Europa no atraviesa una crisis política pasajera, sino la fractura de su pacto social. El bienestar que sostuvo al continente durante décadas exige un crecimiento que ya no existe, una demografía que ya no acompaña y un consenso político que se está desmoronando. Reino Unido aplaza elecciones; Alemania no puede garantizar sus pensiones sin poner en riesgo su propia gobernabilidad; Finlandia reconoce que la comodidad del pasado se desvanece; Francia estalla cada vez que se intenta ajustar el sistema; y España sostiene un modelo de bienestar con ciudadanos cada vez más pobres, una presión fiscal asfixiante y un endeudamiento que no deja de crecer. 

"Todo indica que hemos llegado al límite de un modelo diseñado para un mundo que ya no existe. Y la verdadera pregunta no es si será reformado, sino cuánto tiempo más podrá evitar su inevitable reinvención", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

BCE

En este contexto, el Banco Central Europeo (BCE) ha dejado claro que, por ahora, no tiene prisa por mover los tipos de interés. Tras mantener la tasa de depósito en el 2% por cuarta reunión consecutiva, el mensaje que sale de Frankfurt es de cautela absoluta. No solo no hay una hoja de ruta definida, sino que tampoco existe consenso sobre cuál debería ser el siguiente movimiento cuando llegue el momento.

La inflación en la Eurozona está muy cerca del objetivo del 2%, una situación que, en teoría, debería dar tranquilidad al banco central. De hecho, las propias proyecciones del BCE apuntan a que los precios se mantendrán en torno a ese nivel durante los próximos años. Para un banquero central, eso es casi el escenario ideal. 

Sin embargo, el entorno que rodea a la economía europea sigue cargado de incertidumbre: Las tensiones geopolíticas, el riesgo de una nueva guerra comercial, el impacto de un mayor gasto público y la evolución futura de los salarios mantienen al BCE en una posición defensiva. A esto se suma un crecimiento que ha sorprendido por su resistencia, lo que ha llevado a muchos miembros del Consejo de Gobierno a pensar, en privado, que el ciclo de bajadas de tipos probablemente ya ha terminado.

Pese a ello, nadie quiere dar por cerrada ninguna opción. Algunos responsables reconocen que, si la economía se enfría más de lo esperado y la inflación sigue moderándose, podría haber margen para nuevos recortes. Otros, en cambio, admiten que, si el crecimiento se consolida y reaparecen presiones inflacionistas, no se puede descartar un movimiento en sentido contrario. Hoy por hoy, ambos escenarios siguen sobre la mesa.

Lo relevante no es tanto la dirección potencial de los tipos, sino el cambio de tono del BCE, que ha abandonado cualquier intento de guiar al mercado y se refugia en un enfoque estrictamente dependiente de los datos, reunión a reunión. La “opcionalidad total” se convierte así en la palabra clave de esta fase del ciclo monetario.

El BCE ha llegado a una zona cómoda: ya no necesita estimular la economía, pero tampoco ve motivos para endurecer las condiciones financieras. El problema es que esta ambigüedad deja al mercado sin referencias claras y aumenta la volatilidad cada vez que aparece un dato relevante. Mientras tanto, empresas, familias e inversores tendrán que convivir con un banco central que observa, duda y espera. Y esa espera, en un entorno tan cambiante como el actual, puede convertirse en el principal factor de incertidumbre.

24Dec

El reto ahora es separar innovación de euforia y crecimiento futuro de flujos de caja presentes. Porque la IA cambiará el mundo, sí, pero no todos los que apuesten fuerte llegarán vivos al final del camino.

Miguel Ángel Valero

Aumento vertiginoso de la inversión, rápida innovación y creciente volatilidad. Son las razones de por qué la inteligencia artificial (IA) está redefiniendo ganadores y perdedores, y de cómo "la selección activa podría ser clave en lo que creemos que podría ser un auge, no una burbuja", subraya un análisis de DWS.

La IA sigue siendo un potente motor para los mercados. Pero en 2025, la adopción exponencial, la innovación y el aumento de las inversiones no solo lograron captar el interés inversor, sino que también introdujeron una mayor volatilidad. "Nuestro objetivo para el S&P 500 de 7.500 puntos para finales de 2026 se basa en la expectativa de que habrá un crecimiento de dos dígitos en los beneficios, con la IA desempeñando un papel clave, especialmente en el caso de las acciones estadounidenses", explican en la gestora ligada al grupo Deutsche Bank. 

Pero la verdadera prueba de fuego para la sostenibilidad de estos modelos de negocio aún está por venir. Hiperescaladores como Microsoft, Alphabet, Meta y Amazon han revisado repetidamente al alza sus planes de inversión en capital y pueden permitírselo, gracias a su sólida generación histórica de flujo de caja. Su gasto en capital como porcentaje del flujo de caja operativo sigue estando en rangos manejables. Sin embargo, estas inversiones están transformando a los gigantes tecnológicos de innovadores con pocos activos a proveedores de infraestructura intensiva en capital, lo que plantea importantes preguntas sobre cómo los valorarán los mercados en el futuro.

La esperanza sigue pasando por que los grandes modelos de lenguaje y los centros de datos proporcionen una infraestructura similar que pueda impulsar años de productividad, como lo hicieron en el pasado los ferrocarriles o las redes de fibra óptica. Pero el riesgo de exceso de capacidad, activos varados y estrés financiero es real, especialmente si la demanda no sigue el ritmo o si las restricciones energéticas son más duras de lo esperado. Los inversores deben sopesar tanto las promesas como los peligros de esta nueva era.

Los fabricantes de hardware y los proveedores de centros de datos fueron los primeros ganadores de la IA, y "creemos que algunos de ellos, como los proveedores de chips asiáticos o las empresas europeas y estadounidenses que están construyendo infraestructuras eléctricas, podrían mantener una posición sólida. También buscamos empresas que apliquen la IA a problemas del mundo real en la industria, la sanidad y la educación", remarcan los expertos de DWS.

En este universo de inversión en IA cada vez más amplio, la necesidad de una selección activa y táctica podría ser aún más importante. Cuando la innovación acorta los ciclos de los productos y la volatilidad sigue siendo alta, las estrategias de compra y mantenimiento pueden parecer cada vez más arriesgadas.

El camino a seguir está lejos de estar claro. La IA está planteando muchas preguntas sin resolver. ¿Se convertirá la demanda energética en el principal obstáculo para la expansión de la IA? ¿Podrá China superar a Occidente con electricidad más barata, regulaciones más laxas y una fuerza de trabajo de ingeniería masiva? ¿Se convertirá la concentración del mercado estadounidense en un puñado de gigantes tecnológicos en una prueba de fortaleza o una vulnerabilidad? ¿Y son los grandes modelos lingüísticos actuales la última palabra o solo un paso hacia algo todavía más transformador? 

Medir las verdaderas ganancias de productividad de la IA también sigue siendo un desafío, ya que los avances que acaparan los titulares suelen tardar tiempo en convertirse en modelos de negocio. Algunas innovaciones tendrán éxito. Otras nunca llegarán a ser fundamentales o serán superadas y quedarán obsoletas. La incertidumbre es lo único seguro.

¿Es la IA una burbuja o un auge? Para los analistas de DWS, podría ser un auge, pero con algunos excesos. Las comparaciones con la era puntocom son tentadoras, pero imperfectas. Las ganancias actuales probablemente estén más impulsadas por los beneficios que por las valoraciones. Los beneficios, las inversiones y las innovaciones son reales, y la creciente selectividad del mercado puede ser una señal de madurez. 

"Se espera que el tren de la IA mantenga su rápido ritmo, y la mejor manera de disfrutar del viaje parece ser mantener la curiosidad, cuestionar regularmente nuestras propias convicciones sobre la IA y seguir bien diversificados", concluyen en DWS.

The Trader: No todos llegarán al final del camino

Por su parte, el analista Pablo Gil aporta sus reflexiones sobre la IA en The Trader. Larry Ellison, cofundador de Oracle, uno de los veteranos más influyentes y polémicos de Silicon Valley, lleva casi cinco décadas dejando su huella en la industria tecnológica. A sus 81 años, lejos de retirarse, ha decidido protagonizar el mayor salto estratégico de su carrera: convertir a Oracle en un pilar central de la revolución de la inteligencia artificial.

Lo que empezó con un mensaje en LinkedIn terminó convirtiéndose en el mayor contrato de computación en la nube jamás firmado: OpenAI se compromete a gastar 300.000 millones$ en servidores de Oracle. El proyecto, bautizado como Stargate, exige construir algunos de los centros de datos más grandes del mundo y situó a Ellison en el epicentro del boom de la IA.

La reacción inicial fue eufórica. Oracle sumó 250.000 millones$ en capitalización, Ellison llegó a encabezar la lista de multimillonarios y el mercado asumió que, en IA, ningún riesgo era demasiado grande. Pero esa narrativa ha empezado a agrietarse. La construcción de los megacentros está disparando costes, alargando plazos y llevando el flujo de caja de Oracle a niveles negativos no vistos desde los años 90. El suministro eléctrico se ha convertido en un cuello de botella y la empresa depende en exceso de un único cliente: OpenAI, que pierde miles de millones al año y cuyos ingresos aún no justifican semejante infraestructura. 

Microsoft (socio histórico de OpenAI) rechazó un acuerdo similar al considerar que dedicar centros multigigavatio a un solo cliente era una apuesta demasiado arriesgada. Oracle, en cambio, la asumió sin dudar.

Las señales de alerta ya están en los mercados: sus “credit default swaps”, seguros contra impagos de deuda, se han disparado y sus acciones han corregido casi un 50% en pocos meses. Oracle ha pasado de símbolo del entusiasmo por la IA a termómetro del miedo creciente a un posible exceso.

La compañía se ha convertido así en el barómetro del momento. Su apuesta puede ser histórica si la IA cumple las expectativas transformadoras que promete. Pero si la adopción avanza más lenta de lo previsto, podría quedar atrapada con infraestructuras gigantescas, carísimas y difíciles de rentabilizar.

El tiempo dirá si, tal y como Ellison piensa, “la IA es el mejor negocio en la historia de la humanidad”, o si estamos ante el preludio del pinchazo de la mayor burbuja tecnológica de nuestra era. 

"Creo firmemente en la IA como revolución, pero también sé que los mercados suelen adelantarse demasiado a la economía real. Oracle no es el problema; es el síntoma. El reto ahora es separar innovación de euforia y crecimiento futuro de flujos de caja presentes. Porque la IA cambiará el mundo, sí, pero no todos los que apuesten fuerte llegarán vivos al final del camino", advierte este experto.

14Dec

Si el Banco de Japón sube demasiado rápido, la carga de intereses de la deuda (235% del PIB) puede desbordar las cuentas públicas, pero si lo hace demasiado lento, corre el riesgo de perder el control de la inflación y del yen.

Miguel Ángel Valero

Prácticamente el mismo día que el Banco Central Europeo (BCE), el Banco de Japón tomará decisiones de política monetaria. Con una diferencia sustancial: mientras el BCE seguirá en modo pausa, el Banco de Japón subirá el precio oficial del dinero.

Anthony Willis, Senior Economist de Columbia Threadneedle Investments, subraya que un movimiento al alza ahora parece mucho más probable que hace una semana, tras el discurso pronunciado el pasado lunes 8 de diciembre por el gobernador del Banco de Japón, Kazuo Ueda, que enunció los “pros y contras” de subir el tipo de interés oficial y afirmó que “todo se tomará en consideración” en la reunión de política monetaria que tendrá lugar entre el 18 y el 19 de diciembre.

¿Por qué está pensando Japón en subir los tipos de interés? Actualmente, la inflación en Japón se sitúa en el 3%, por debajo del reciente máximo del 4,3% registrado al comienzo de 2023, pero considerablemente más alta que en la última década, donde se situó en un promedio por debajo del 1%, salvo esporádicos repuntes hasta el 1,5% debido a aumentos del impuesto sobre las ventas. Japón estuvo en deflación en 2016 y nuevamente en 2020 y 2021.

Con una inflación del 3% y un tipo de referencia en Japón de solo el 0,5%, merece la pena centrarse en la historia reciente de los tipos japoneses, que se situaron en apenas el 0,1% entre 2009 y 2016, cuando se redujeron al -0,1%. Desde 2024, han ido aumentando gradualmente hasta el nivel actual del 0,5%.

¿Qué viene ahora? Se espera que la inflación en Japón vaya reduciéndose gradualmente hasta situarse alrededor del 2%. La shunto, la ronda anual de negociación salarial entre empresarios y sindicatos de crecimiento salarial, se esperaba que en primavera fuera utilizada por el Banco de Japón como guía para el momento probable en el que subiera tipos, pero "parece que el responsable de la política monetaria japonesa es menos paciente de lo que pensábamos", explica el experto de Columbia Threadneedle.

Además de una inflación ya elevada, también tenemos el paquete de estímulos fiscales anunciado por la recientemente nombrada primera ministra Sanae Takaichi, que busca generar un impacto positivo en la economía. Esta medida, dotada con 135.000 millones de libras, pretende impulsar el crecimiento en la economía japonesa, que sigue siendo relativamente débil si observamos los datos trimestrales del PIB.

¿Qué implicación tiene esta situación para los mercados? El 'carry trade' en yenes ha sido una estrategia de inversión próspera en los mercados globales en los últimos años: es un tipo de operación que consiste en endeudarse muy barato en yenes japoneses e invertir en el extranjero en activos de mayor rendimiento. El volumen de lo que supone el carry trade es difícil de determinar, pero puede llegar al billón$. 

Históricamente, cuando el Banco de Japón ha subido los tipos, se produce  una volatilidad significativa en los activos financieros, en particular en los bonos del gobierno japonés, pero también en los bonos de otros países. La volatilidad también puede extenderse a los mercados de renta variable. 

El dinero está regresando a Japón desde el extranjero y la incertidumbre sobre los tipos siempre genera volatilidad. Esto se observó durante el verano de 2024, cuando una subida de tipos provocó una caída del12% en la renta variable japonesa en tan solo un día.

Esta vez parece que el Banco de Japón está haciendo un mejor trabajo en cuanto a hacer públicas sus intenciones, sin duda mejor que en 2024. Pero un movimiento de política monetaria podría alterar los flujos de capital globales a medida que Japón suba los tipos y posiblemente insinúe futuros movimientos, algo que parece probable. 

"Un mayor desmantelamiento del carry trade interrumpirá los flujos de capital. Los cambios en los patrones de inversión serán un tema que seguiremos de cerca y, aunque varios bancos centrales se reunirán en las próximas semanas, los anuncios del Banco de Japón parecen destinados a atraer mucha atención", avisa Anthony Willis.

The Trader

El analista Pablo Gil también destaca en The Trader el discurso de Kazuo Ueda, que ha dejado caer que el Banco de Japón podría volver a subir los tipos de interés en diciembre. No fue una insinuación vaga: habló de ello como una posibilidad real si los salarios siguen creciendo y la inflación subyacente mantiene su persistencia.

Lo llamativo es que este mensaje llega después de que la primera ministra Sanae expresara abiertamente su desacuerdo con las últimas subidas. Su postura es clara: endurecer demasiado rápido puede comprometer la frágil recuperación del país. Por primera vez en años, la fricción entre el Gobierno y el Banco de Japón es evidente.

Y, sin embargo, Ueda insiste. ¿Por qué? Porque Japón está intentando salir de un régimen deflacionario de tres décadas y teme que cualquier titubeo devuelva a la economía a su viejo patrón. Desde esa perspectiva, un tipo de interés algo más alto no es un problema, sino una forma de anclar credibilidad: inflación estable, salarios al alza y fin del experimento monetario más extremo del mundo.

Pero aquí es donde aparece la parte delicada. Japón es la economía más endeudada del planeta, con una deuda pública que supera el 235% del PIB tras décadas de déficits, estímulos y compras masivas de bonos y Bolsa por parte del propio banco central. Cuando cargas un país con esta montaña de deuda, subir el coste del dinero no es un simple ajuste técnico: es un movimiento que puede reconfigurar por completo el funcionamiento del Estado.

Y la curva de tipos ha empezado a reflejarlo: Los bonos a corto han repuntado con fuerza tras las palabras de Ueda, anticipando una posible subida en diciembre. El tramo medio y largo lleva meses ajustándose al alza, señal de que los inversores asumen un cambio estructural que hará que Japón no vuelva a los tipos de interés “cero” de forma permanente.

Y éste es el verdadero riesgo, ya que cada décima adicional en el coste del dinero multiplica su efecto sobre una base de deuda gigantesca. El coste financiero del Estado puede aumentar de forma explosiva si los rendimientos se normalizan rápido. Y el mercado lo sabe: por eso cada mensaje de endurecimiento se traduce en movimientos bruscos en los bonos.

Japón avanza hacia la normalización monetaria, pero lo hace sobre un terreno inestable. Ueda quiere construir credibilidad; Sanae quiere proteger el crecimiento y evitar que el coste de la deuda se convierta en otra crisis silenciosa.

El dilema es claro: Si el Banco de Japón sube demasiado rápido, la carga de intereses puede desbordar las cuentas públicas, pero si sube demasiado lento, corre el riesgo de perder el control de la inflación y del yen. 

"El próximo 19 de diciembre sabremos quién impone su criterio, si el Banco de Japón o el gobierno japonés", apunta Pablo Gil.

11Dec

"La gran incógnita es qué pesará más en 2026: el interés político o la estabilidad financiera. De esa respuesta dependerán el dólar, la pendiente de la curva y el riesgo global durante los próximos años", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

Miguel Ángel Valero

En una votación con 9 apoyos y 3 votos en contra, el Comité de la Reserva Federal decidió mantener la senda de reducción de los tipos oficiales, situándolos en la banda del 3,5%-3,75%.En la rueda de prensa Powell alternó mensajes más restrictivos –como la referencia a que los actuales niveles de tipos se aproximan a la neutralidad– con otros más moderados, como las alusiones a la debilidad del mercado laboral. Todo esto debido a la amplia división dentro del Comité, que en esta reunión se incrementó, con posturas dispares para 2026 que van desde tipos oficiales al 2,25% hasta otros que apuntan a mantener los tipos sin cambios.  Según explicó, el Comité afronta riesgos en ambos frentes de su mandato: desaceleración del empleo e inflación elevada. 

En este sentido, Powell subrayó que el repunte inflacionario responde principalmente a los aranceles y tendría carácter transitorio; no obstante, prefiere sostener los tipos en niveles neutrales por si su diagnóstico fuera erróneo y las presiones inflacionistas se enquistan –recordando la situación vivida en 2021–.

En cuanto a las previsiones económicas, el tono es notablemente optimista. El crecimiento estimado para 2025 se revisa al alza en una décima, hasta el +1,7%, y el del próximo año en cinco décimas, hasta el +2,3%. El Comité atribuye esta mejora a la resiliencia del consumo y a la ola de inversión impulsada por la tecnología. Para 2026, las proyecciones para la tasa de desempleo e inflación apenas varían respecto a septiembre: 4,4% y +2,4%, respectivamente.

La gran novedad vino del lado del balance, con el presidente de la Fed señalando que se trata de una herramienta de manejo de la liquidez, al margen de la discusión sobre política monetaria. Ante la persistencia de tensiones en el mercado monetario, la Fed lanza oficialmente un nuevo “mini” programa de compras de activos denominado Reserve Management Purchase (RMP). Se centrará en la adquisición de letras del Tesoro, aunque podría incluir bonos con vencimiento de hasta tres años si fuera necesario. 

El programa arrancará esta misma semana con el objetivo de comprar unos 40.000 millones$ en letras del Tesoro durante diciembre, para reforzar la liquidez del mercado ante el periodo de pago de impuestos. A partir de ahora, cada noveno día laborable del mes se anunciará una cantidad tentativa de compras. Según las expectativas del comité, la participación del banco central será relevante al menos hasta abril, momento en el que el programa debería reducirse de forma natural. Además, se confirma que los vencimientos de los MBS en balance se reinvertirán también en instrumentos soberanos de corto plazo.

La última reunión del año cierra con un tono más moderado de lo esperado. Aunque las proyecciones de crecimiento siguen siendo optimistas y el dot plot prevé únicamente una bajada de tipos en 2026 —frente a las dos anticipadas por el mercado—, la preocupación de Powell por el empleo, su visión de la inflación como transitoria y la nueva estrategia sobre el balance apuntan a un sesgo menos restrictivo. En ausencia de nuevos datos y por el lenguaje del comunicado, todo indica que el próximo año arrancará con una pausa. Sin embargo, lo realmente significativo es que el comité parece más enfocado en cuándo retomar la senda de reducción de tipos que en aplicar cualquier medida de carácter restrictivo.

Diaphanum: la división dentro de la Fed sigue aumentando

Carlos del Campo, del equipo de inversiones de Diaphanum, destaca que la división en la Fed sigue aumentando. Recortó por tercera reunión consecutiva los tipos de interés hasta el 3,5%-3,75%, en línea con lo esperado y acumulando 75 puntos básicos (pb) de bajadas en el 2025, y 175 pb desde 2024. A pesar de la falta de datos por el cierre de la Administración, la moderación en la creación de empleo de los últimos meses, el leve aumento de la tasa de paro, la caída de la confianza del consumidor y una inflación que no está sorprendiendo negativamente, llevó a la Fed a rebajar los costes de financiación. No obstante, la división entre los diferentes miembros sigue aumentando y por primera vez desde noviembre de 2019 hubo tres votos contrarios a un movimiento de 25 pb, dos de ellos hawkish. 

Las proyecciones de tipos de interés no aportaron novedades y siguen esperando un recorte adicional en 2026, a diferencia de los dos esperados por el mercado. Además, Powell lanzó un mensaje de prudencia para futuros movimientos, especialmente en un FOMC (Federal Open Market Committee) que podría ser muy distinto en 2026. 

Por el lado macroeconómico, esperan un crecimiento superior derivado de la inversión en IA, una inflación próxima al 3% y una tasa de paro estable, aunque ya no consideran que esté en niveles reducidos. Otro aspecto relevante y dovish fue la confirmación del programa de compra de letras a corto plazo para restaurar las reservas bancarias y evitar tensiones de liquidez. La reacción del mercado fue positiva en Bolsas, mientras que el dólar se depreció ligeramente. 

The Trader: la prima de riesgo sube por las dudas sobre la independencia de la Fed

La Reserva Federal recortó los tipos de interés en 0,25 puntos, un movimiento que el mercado ya daba por hecho. Lo relevante no fue el gesto, sino el mensaje que lo acompañó. Proyecta ahora un escenario macro más optimista: espera que el crecimiento económico repunte en 2026 hasta el 2,3%, frente al 1,8% estimado anteriormente.

Y, pese a las grietas visibles en el mercado laboral, la Fed confía en que la tasa de desempleo tocará techo en 2025 y se irá corrigiendo gradualmente desde ese punto. También mejora su visión sobre la inflación: consideran que el impacto de los aranceles sobre los bienes ha sido un episodio aislado (un 'one off') y no el inicio de un proceso de retroalimentación al alza. De hecho, prevén que desde el 2,9% actual, la inflación retroceda al 2,4% el próximo año y vuelva a acercarse al objetivo, en torno al 2,1%, hacia 2027.

A este giro optimista se suma otro anuncio importante: la Fed empezará a comprar deuda pública de corto plazo para asegurar niveles de liquidez amplios y mantener el control sobre los tipos del mercado monetario. Estas compras arrancan el 12 de diciembre con una primera ronda de 40.000 millones. Powell insiste en que no es política monetaria encubierta, sino gestión técnica de reservas, pero el mercado lo interpreta (inevitablemente) como un paso hacia condiciones financieras más laxas.

Sin embargo, el gran problema sigue estando en la parte larga de la curva. Los tipos oficiales bajan, pero las rentabilidades de los bonos a largo plazo apenas ceden. Y eso importa: son esos tipos (no el “tipo de la Fed”) los que marcan el coste de las hipotecas, la financiación empresarial y el precio del capital para cualquier inversor.
Hay dos factores que explican esta resistencia:

  • 1. El Tesoro de EE. UU. quiere reducir la duración de sus emisiones. Más papel a corto plazo implica menor presión directa en la parte larga, pero también obliga a una refinanciación más frecuente en un entorno volátil. El mercado lo interpreta como una señal de estrés: si el Tesoro acorta plazos, los inversores exigen mayor compensación en el tramo largo para cubrir riesgo fiscal y político.
  • 2. La prima de riesgo sigue alta por dudas sobre la independencia de la Fed. Cada vez más inversores temen que la institución pierda autonomía a partir de mayo de 2026, cuando Trump prevé sustituir a Jerome Powell por un presidente escogido directamente por él. El favorito es Kevin Hassett. Si la Fed pasa a ser percibido como un instrumento político, el mensaje es claro para los compradores de bonos: más riesgo, más rendimiento exigido.

Es esta mezcla (la incertidumbre política, la presión fiscal y el ruido geopolítico) la que hoy dicta el comportamiento de los bonos largos. Y mientras esos rendimientos no bajen, el crédito no se abaratará. Por eso, aunque la Fed recorte tipos, el impulso real a la economía depende de algo más profundo: la credibilidad. Para que la financiación se abarate de verdad, el mercado tendría que confiar en que la Reserva Federal puede (y quiere) mantener bajo control el ciclo económico sin interferencias. Eso es lo que, en ciclos anteriores, abrió la puerta al “quantitative easing”. Hoy, con la inflación aún cerca del 3%, esa vía es mucho más difícil de justificar.

"La gran incógnita es qué pesará más en 2026: el interés político o la estabilidad financiera. De esa respuesta dependerán el dólar, la pendiente de la curva y el riesgo global durante los próximos años", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

Ebury: los mercados, aturdidos por la falta de claridad

Matthew Ryan, director de Estrategia de Mercado de Ebury, resalta que la Fed redujo los tipos de interés en otros 25 pb, aunque solo hubo dos disidentes que abogaron por mantenerlos intactos, cuando el mercado anticipaba que hubiese más. Por otro lado, un único miembro del comité se mostró a favor de una bajada mayor de 50 pb. Durante su rueda de prensa, Powell transmitió mensajes contradictorios. Insinuó que la Fed se mantendría de brazos cruzados en enero, aunque no transmitió la impresión de que se avecina una larga pausa en el ciclo, al expresar una cierta apertura a llevar a cabo nuevos recortes para apoyar al mercado laboral.

La división entre los miembros del FOMC es cada vez más evidente. La conclusión principal que se desprende del gráfico de puntos es que la mediana de los mismos sigue previendo únicamente un recorte en 2026 y 2027 respectivamente, tal y como estimaron en septiembre. Sin embargo, las previsiones dentro del FOMC sobre los tipos son tan dispares que los mercados se han quedado algo aturdidos por la falta de claridad.

De hecho, la división entre halcones y palomas está bastante equilibrada, ya que siete de los 19 miembros del Comité no prevén ningún cambio de tipos en 2026, mientras que ocho prevén dos o más recortes. Al menos, este enfoque proporcionará cierta flexibilidad a la Fed, lo que nos parece sensato dada la falta de datos económicos reciente. Prevemos una pausa en la próxima reunión de enero, pero nos alineamos ligeramente con las expectativas del mercado al descontar dos recortes más en 2026. Powell sigue sin mostrarse preocupado por el impacto de los aranceles sobre la inflación, ya que cree que el objetivo del 2% se puede alcanzar una vez excluido el efecto de los aranceles. Sus comentarios sobre el mercado laboral también fueron de carácter dovish, ya que señaló que la demanda de mano de obra se había "suavizado claramente" y que el enfriamiento del mercado laboral no se debe únicamente a disrupciones en la oferta laboral.

Como mencionó Powell, se van a publicar muchos datos económicos antes de la próxima reunión de enero, lo que podría ayudar a reducir las divergencias de opiniones y forjar un consenso dentro del FOMC. Los mercados también tendrán que lidiar con el nombramiento del nuevo presidente de la Fed a principios de 2026. Sin embargo, no creemos que este evento vaya a cambiar sustancialmente la trayectoria de tipos el año que viene.


DWS: la inflación de los aranceles se considera temporal

Christian ScherrmannEconomista jefe de DWS para EEUU, también resalta la división de la Fed en la bajada de tipos. Las proyecciones económicas actualizadas muestran un crecimiento de 2.3% en 2026 (frente al 1.8% anterior), una inflación de 2.4% (desde 2.6%) y un desempleo estable en 4.4%. La proyección mediana para las tasas de política monetaria permanece sin cambios, señalando un recorte adicional en 2026 y otro en 2027. El comunicado indica una mayor dependencia de los datos para las decisiones futuras, probablemente en respuesta a la situación actual en la que aún falta mucha información. El comunicado incluyó un comentario sobre la compra de bonos del Tesoro a corto plazo para mantener una amplia oferta de reservas, lo cual no debe interpretarse como una señal de que la Fed esté recurriendo a la flexibilización cuantitativa.

Durante la conferencia de prensa, el presidente de la Fed, Jerome Powell, reiteró esta perspectiva. Sobre la economía, Powell dijo que las perspectivas para el empleo y la inflación no han cambiado mucho, y añadió que la demanda laboral se ha debilitado claramente. Agregó que los recientes recortes de tipos han ayudado a estabilizar el mercado laboral. Señaló que la desinflación en los servicios parece continuar. Esto indica que la inflación de los bienes, probablemente afectada por los aranceles, sigue considerándose temporal. En general, los miembros de la Fed parecen optimistas sobre un consumo robusto, el apoyo fiscal y las inversiones, especialmente en IA.

08Dec

El transporte de mercancías sufre una profunda recesión, con 30 meses seguidos de descensos, lo que demuestra que el PIB de EEUU depende de los servicios, la tecnología, y el consumo.

Miguel Ángel Valero

Donald Trump ha confirmado que ya ha elegido a la persona que presidirá la Reserva Federal a partir de mayo de 2026l, cuando venza el mandato de Jerome Powell. No ha desvelado el nombre. Pero casi es lo de menos, porque su mensaje es inequívoco: quiere un presidente “dispuesto a bajar los tipos de interés”. Y eso supone un giro profundo en la política monetaria estadounidense.

El favorito es Kevin Hassett, su principal asesor económico y director del Consejo Económico Nacional. Es el candidato más alineado con la visión de Trump: una Fed más agresiva, recortando tipos, facilitando crédito barato y reactivando el crecimiento. Hassett no ha confirmado que sea el elegido, pero en una intervención en televisión que los mercados reaccionaron positivamente solo con el rumor de su posible nombramiento y que eso refleja que los inversores esperan una Fed más complaciente. Sus palabras funcionaron como una defensa indirecta ante la preocupación de algunos analistas sobre su autonomía respecto al presidente.

El proceso se acelerará en las próximas semanas. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha señalado que el anuncio de quién presidirá la Fed podría llegar antes de Navidad. En la lista de finalistas también figuran Christopher Waller y Michelle Bowman, actuales gobernadores de la Fed; Kevin Warsh, exgobernador; y Rick Rieder, ejecutivo de BlackRock. Trump menciona con frecuencia a Bessent como posible candidato, aunque él mismo lo descarta públicamente.

Sea quien sea el elegido, deberá ser confirmado por el Senado y, si procede de fuera de la institución, asumirá un mandato de 14 años como gobernador. El periodo como presidente comenzará cuando expire el mandato de Jerome Powell en mayo de 2026. Es una decisión de enorme trascendencia, porque marcará la orientación monetaria del país durante más de una década.

EEUU entra así en un momento decisivo. La elección del presidente de la Reserva Federal no es un trámite técnico; define la credibilidad de la política monetaria, la velocidad a la que bajarán los tipos, el comportamiento del dólar y, en última instancia, el clima financiero global. Trump quiere una Fed claramente más expansiva. El mercado ya lo está anticipando. Falta por ver si, cuando llegue el anuncio, ese giro se convierte en una nueva etapa de crecimiento… o en una fuente adicional de volatilidad y riesgo de nuevas presiones inflacionistas.

"La decisión de Trump no es solo un relevo técnico. Es un movimiento para extender su control sobre una institución que, en teoría, debería ser independiente. Y ese cambio marcará no solo la política monetaria, sino también el equilibrio de poder económico en Estados Unidos", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

El transporte de mercancías encadena 30 meses de descensos

El Cass Freight Index, un indicador que mide el volumen total de mercancías transportadas por carretera, ferrocarril y otros medios en EEUU, ha vuelto a encender las alarmas. En agosto cayó un 0,8% interanual y marcó su nivel más bajo desde 2020. Acumula treinta meses consecutivos de descensos, la racha más larga desde la crisis financiera. En tres años, los envíos se han desplomado un 22%. Y, si se mantiene la estacionalidad habitual, noviembre puede mostrar un retroceso del 10%.

Los datos pintan un cuadro claro: el sector del transporte de mercancías vive una recesión profunda. Es difícil encontrar otro indicador tan ligado al pulso físico de la economía real. Cuando se mueve menos carga, es porque algo se está enfriando. Y, sin embargo, el PIB de EEUU sigue mostrando una resistencia casi inexplicable para muchos. ¿Cómo puede el motor de la economía real debilitarse mientras el crecimiento se mantiene sólido?

La respuesta está en entender que EEUU ha cambiado. Su PIB ya no depende del movimiento de bienes como antes, sino del peso creciente del sector servicios, la tecnología y el consumo interno. Aunque el transporte sufre, actividades como salud, educación, ocio, servicios financieros, software, entretenimiento digital o consultoría mantienen una dinámica robusta. Son sectores que no necesitan mover contenedores para generar valor añadido.

Además, la política fiscal ha jugado un papel clave. El aumento del gasto público, los incentivos industriales y las inversiones en infraestructuras han sostenido la demanda agregada. A esto se suma un mercado laboral que, pese a cierta moderación, continúa mostrando una fortaleza suficiente para apoyar el consumo. Mientras la gente siga trabajando y gastando, el PIB no se hunde.

El contraste entre un sector logístico débil y un PIB resistente no es una contradicción, sino una señal de transición estructural. La economía estadounidense es cada vez menos industrial y más digital, menos intensiva en bienes y más intensiva en servicios. El Cass Freight Index nos avisa de que la parte tangible de la economía atraviesa un bache serio; el PIB nos recuerda que el país ha diversificado sus motores de crecimiento.

La clave ahora es determinar si esta recesión en el transporte es un ruido sectorial o un síntoma temprano de algo mayor. Por ahora, el consumo aguanta, los servicios siguen tirando y la inversión tecnológica continúa impulsando la productividad. Pero la brecha entre la economía que se ve en los datos físicos y la que se refleja en el PIB no puede ampliarse indefinidamente.

"Porque al final, por muy digital que sea la economía, ningún país puede desafiar demasiado tiempo la gravedad de lo real: si el movimiento de mercancías sigue cayendo, tarde o temprano el PIB también acabará notándolo", avisa Pablo Gil.


30Nov

Vivienda y salud, protegidas por barreras estructurales, oligopolios y rigideces institucionales, se encarecen año tras año. La educación, que antes era un ascensor social accesible, se ha convertido en una montaña imposible para millones de jóvenes.

Miguel Ángel Valero

Hay una fractura generacional que explica muchas discusiones sobre economía: los 'boomers' (o 'baby boomers' son la generación nacida aproximadamente entre 1946 y 1964, coincidiendo con el gran aumento de la natalidad tras la Segunda Guerra Mundial en muchos países occidentales, aunque en España se suele ampliar desde finales de los 50 a mediados de los 70 para ajustarlo al patrón propio de crecimiento demográfico) crecieron en un mundo donde los artículos de lujo eran realmente caros y las necesidades básicas eran asequibles. 

Ese mundo ya no existe. Los datos del Bureau of Labor Statistics de EEUU lo muestran de forma brutal: desde el año 2000, lo que más se ha encarecido no son los caprichos, sino los pilares de la vida cotidiana. Mientras los servicios hospitalarios, la educación universitaria, las guarderías o la vivienda se han disparado entre un 70% y más de un 200%, categorías que antes se consideraban 'lujosas' (televisores, software, juguetes, servicios de telefonía) se han abaratado entre un 50% y un 90%. El televisor que en los 80 era símbolo de estatus hoy vale menos que una cita rutinaria en un hospital. La educación, que antes era un ascensor social accesible, se ha convertido en una montaña imposible para millones de jóvenes. Y criar a un hijo cuesta más que nunca en términos reales.

El resultado es chocante para quien mira el mundo con el prisma del pasado. Un 'boomer' ve a un joven con un móvil de última generación y piensa que está tirando el dinero. Pero ese mismo móvil es hoy muchísimo más barato, en términos relativos, que la vivienda, la sanidad o los estudios. No es un lujo: es una herramienta de supervivencia en un mercado laboral digitalizado. 

En cambio, las auténticas necesidades (un techo, salud, formación) se han convertido en bienes de lujo. Esto cambia por completo la conversación sobre esfuerzo, ahorro y meritocracia. No es que las nuevas generaciones gasten mal; es que el tablero está inclinado contra ellas. Los consumibles tecnológicos son accesibles porque la competencia global y la innovación los abarata. Pero los servicios esenciales, protegidos por barreras estructurales, oligopolios y rigideces institucionales, se encarecen año tras año.

"Si uno mira los datos con honestidad, la conclusión es evidente: los jóvenes no quieren más lujos; quieren poder pagar lo básico. Lo que está roto no es su escala de prioridades, sino el sistema que convierte la vivienda, la salud y la educación en bienes de lujo. La brecha generacional no es moral, es económica. Y mientras no entendamos ese cambio, seguiremos discutiendo sobre gadgets tecnológicos mientras el coste de la vida se nos come por dentro", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

29Nov

Pese a su corta vida, en torno a los 18 meses, la infraestructura vinculada a la inteligencia artificial se financia con préstamos similares a los del sector inmobiliario, a 20 e incluso 30 años.

Miguel Ángel Valero

La revolución de la inteligencia artificial avanza a una velocidad que pocos anticiparon y con una intensidad de inversión que recuerda a las grandes épocas de exceso financiero. Paul Kedrosky, uno de los analistas más respetados en ciclos tecnológicos, sostiene que esta fase no es simplemente una burbuja tecnológica más, sino la suma de todas las burbujas anteriores concentradas en un solo fenómeno. Su tesis merece atención porque no cuestiona el potencial de la IA, sino la dinámica que se ha creado alrededor de ella.

En EEUU, la construcción de centros de datos se ha convertido en un motor económico tan potente que, según sus cálculos, llegó a representar más del 50% del crecimiento del PIB en la primera mitad del año. Este nivel de inversión es extraordinario. Nunca antes una sola categoría de gasto privado había impulsado tanto la actividad económica en tan poco tiempo. Y no hablamos solo de edificios; hablamos de energía, redes, refrigeración industrial, chips y una cadena de proveedores que se ha metido de lleno en la carrera.

El problema no es la inversión en sí, sino la naturaleza de lo que se está construyendo. El hardware clave, especialmente los chips de entrenamiento, tiene una vida útil sorprendentemente corta. Un GPU sometido a uso intensivo puede agotarse en torno a los 18 meses. La obsolescencia tecnológica hace que equipos de dos o tres años queden desplazados por nuevas generaciones más potentes. Y, aun así, gran parte de esta infraestructura se está financiando con esquemas típicos del sector inmobiliario, con préstamos a plazos de veinte o treinta años. El desajuste entre la duración real del activo y la duración de la deuda es enorme. En una burbuja inmobiliaria esto ya sería un riesgo grave; en una burbuja tecnológica con depreciación acelerada, lo es aún más.

A esto se suma un punto que rara vez se discute: el modelo económico de los grandes modelos de lenguaje. Lejos de comportarse como un software tradicional, donde cada usuario adicional reduce el coste medio, aquí sucede lo contrario. Los costes marginales no tienden a cero. La computación necesaria para entrenar, actualizar y servir modelos es elevada y crece con el tamaño de la demanda. No existe todavía una economía de escala que alivie la presión financiera. En algunos casos, los ingresos aumentan, pero los costes aumentan igual o más rápido. 

Otra capa de riesgo aparece en la estructura de la financiación. La infraestructura de IA se está financiando no solo con deuda bancaria tradicional, sino con mecanismos mucho más complejos: vehículos fuera de balance, deuda privada empaquetada, contratos de arrendamiento combinados con promesas de uso futuro. Es un ecosistema que recuerda a las titulizaciones previas a 2008: ingresos futuros muy optimistas y un exceso de confianza en que la demanda no solo se mantendrá, sino que crecerá indefinidamente.

Aun así, la inversión continúa porque la narrativa lo impulsa todo. La idea de que la IA es una carrera geopolítica que EEUU no puede perder crea un respaldo implícito. Los inversores creen que, si algo va mal, habrá apoyo público, incentivos, subsidios o rescates, igual que ocurrió en el sector financiero o en el sector automovilístico en momentos críticos. Esta expectativa reduce la percepción de riesgo y alimenta aún más el ciclo. Pero la brecha cada vez mayor entre el gasto necesario para construir centros de datos de IA y el dinero que realmente generan los productos que funcionan gracias a ellos crea un riesgo importante. 

Según el Center for Public Enterprise, "si se produce una parada repentina en la financiación de nuevos centros de datos, las empresas en situación de financiación Ponzi (con déficits de caja) se verán obligadas a intentar cubrir su posición vendiendo activos", provocando ventas forzadas a precios de derribo, lo que ‘probablemente conduciría a un colapso del valor de esos activos.

Nada de esto significa que la IA no vaya a transformar el mundo. Ya lo está haciendo. Pero como en todas las grandes revoluciones tecnológicas, el exceso suele preceder al impacto real. Es posible que hoy estemos adelantando inversión futura en cantidades imposibles de sostener. Y si llega una corrección, no afectará solo a las tecnológicas. Alcanzará al sector inmobiliario industrial, a los fondos de crédito privado, a la deuda corporativa de alto riesgo y a cualquier vehículo que dependa de que esta expansión continúe sin freno.

La pregunta no es si la IA representa o no una revolución tecnológica de las más importantes desde hace siglos, sino si el ritmo actual es sostenible.

El auge de la inteligencia artificial tiene fundamentos reales, pero el volumen, la velocidad y la estructura de la inversión están dibujando un patrón inquietantemente familiar. La combinación de infraestructuras que caducan rápido, deuda a largo plazo, expectativas elevadas y una narrativa casi mesiánica es lo que lleva a Kedrosky a afirmar que estamos frente a una “meta-burbuja”, la suma de todas las anteriores. 

"Si la historia sirve de guía, el riesgo no está en la tecnología, sino en las expectativas humanas. Y ese suele ser siempre el punto más frágil de cualquier ciclo económico", subraya el analista Pablo Gil en The Trader.

El problema de la ciberseguridad

Además, el desarrollo de la IA plantea el problema de la ciberseguridad. Joaquín Sastre, managing director en España y Head of Institutional Business en Boerse Stuttgart Digital, aporta una reflexión: "En el Día de la Ciberseguridad este domingo 30 de noviembre, cobra más relevancia que nunca que la solidez de la infraestructura es el pilar fundamental de la confianza en el ecosistema financiero, especialmente en un entorno donde los activos digitales avanzan hacia una adopción institucional plena. En el mercado español, cuyo interés crece de forma sostenida, la cuestión ya no es solo qué activos digitales incorporar, sino cómo hacerlo dentro de un marco seguro, transparente y regulado, alineado con las nuevas exigencias europeas".

"Desde Boerse Stuttgart Digital, respaldados por los más de 160 años de experiencia del Grupo Boerse Stuttgart, mantenemos una visión clara: la regulación y la seguridad no son opcionales, son estructurales. Nuestra licencia MiCAR para la custodia de criptoactivos, la certificación ISO 27001 y las auditorías externas periódicas no son simplemente requisitos normativos, sino la demostración práctica de un compromiso firme con la protección del inversor y la integridad del mercado", añade.

"En un momento en el que Europa avanza hacia estándares más exigentes y los inversores institucionales reclaman garantías reales, estas bases son esenciales para promover una adopción responsable, robusta y sostenible en mercados clave como el español. El Cyber Security Day nos recuerda que, junto a estas infraestructuras reforzadas, la vigilancia activa y la aplicación constante de buenas prácticas son imprescindibles para construir un futuro financiero digital fiable, competitivo y preparado para los retos actuales”, concluye.

Desde la tecnológica española Pandora FMS se recuerda que el Black Friday supone una fecha clave en el comercio mundial. Pero la digitalización de estas ventas ha hecho que la campaña sea una prueba más allá de por sus ofertas y sus transacciones. Este Black Friday es también fundamental para comprobar la capacidad de la infraestructura digital de las grandes marcas. “No se mide quién tiene mejores descuentos, sino quién tiene sistemas que aguantan la presión”, indica Sancho Lerena, CEO. 

“El problema siempre en estas fechas ha sido en la presión técnica, no en el consumo”, alerta. Y la inteligencia artificial, en boca de todos, es “un acelerador, no una solución” porque “aumenta carga y ataque en paralelo. La clave está en la preparación”, incide el especialista, que también pone el foco en la ciberseguridad tras los incidentes sufridos por compañías como Mango o El Corte Inglés en los últimos meses.

“El Black Friday ya se ha extendido a los días previos y posteriores. Son unas fechas de máxima actividad, donde las estructuras IT tanto de entidades bancarias, como del sector del transporte como de las propias marcas de venta no pueden fallar. Una caída de unos segundos puede suponer miles de euros de pérdidas y un notable daño reputacional”, explica Sancho Lerena. “Esto no se trata solo de invertir en IT, sino de tener sistemas actualizados y un entorno seguro que garantice el buen funcionamiento y potencie ventas y beneficios”, subraya Lerena. 

Según datos del Ontsi analizados por Pandora FMS, las nuevas tecnologías ya están a pleno rendimiento en los procesos de ventas de fechas como el Black Friday. El uso de IA, por ejemplo, ha aumentado en más de un 13% en los últimos dos años cuando se usa para generar lenguaje hasta rozar el 37%. Si se habla únicamente del análisis del lenguaje, éste ha aumentado en una cantidad similar hasta el 44,7%. Datos muy relevantes que hablan de la importancia que tienen las tecnologías en procesos como la atención online al cliente o potencial cliente. Siempre, como remarca Lerena, como un acelerador de procesos y no una solución generalizada para estos.

De igual manera, la IA que se utiliza para marketing o ventas, en el último año se ha disparado del 22,8% al 28,7% en el 2024, datos más recientes que se tienen en empresas de 10 o más empleados. Por el contrario, ha bajado en logística del 11,6 al 8,5% y en procesos de producción, pasando del casi 30% al 26,8% en un solo año. 

“La inteligencia artificial ha vivido una gran transformación en el último año. Y hay que verla como una herramienta de aceleración fundamental en momentos como el Black Friday, pero no hay que quedarse ahí. Hay que saber implementarla, ver los procesos donde más puede ayudar según la compañía… En definitiva, hay que estar preparados y saber cómo incorporarla a los procesos”, incide Lerena, quien alerta: “A más tecnología, más necesario es un entorno seguro”. 

El especialista reconoce que la digitalización de procesos de compra tiene que ir ligada a una evolución en ciberseguridad, porque las herramientas que las empresas utilizan también son empleadas por los ciberdelincuentes. “La IA también ayuda a quien quiere elaborar un ciberataque sofisticado. Y la propia IA puede ser un objetivo de ciberataque para que toda una estructura quede invalidada”, subraya Lerena. El sector bancario y el de transporte están reconocidos como sectores esenciales. En España, según datos de INCIBE analizados por Pandora FMS, los ataques a estos sectores junto al agua, las telecomunicaciones y la energía aumentaron en prácticamente un 43% en el último año.

“Los últimos meses hemos visto ciberataques a empresas como Mango. Y también caídas de sistemas como el de AWS, por lo que este Black Friday será un examen para muchas entidades”, subraya. Este Black Friday mide la preparación. Las que conocen su infraestructura resistirán; las que no, caerán.