21Feb

La inteligencia artificial promete transformar la economía, pero el mercado ya no compra el relato sin mirar la factura… ni el balance. A partir de ahora, el foco no estará en quién invierte más, sino en quién convierte antes ese gasto masivo en beneficios reales y sostenibles.

Miguel Ángel Valero

Elon Musk ha dado uno de los pasos corporativos más agresivos (y menos convencionales) de los últimos años: SpaceX ha adquirido xAI, su empresa de inteligencia artificial. No se trata de una compra al uso. Es una reorganización interna de poder, capital y narrativa. La operación eleva la valoración del grupo por encima del billón$ y consolida a Musk como el mayor empresario privado del planeta. Pero más allá del titular, lo relevante es por qué lo hace ahora… y qué riesgos asume.

xAI llega tarde a la carrera de la inteligencia artificial. Ha tenido que gastar miles de millones para intentar alcanzar a competidores muy consolidados, con un modelo de ingresos todavía débil. La fusión con SpaceX es, en la práctica, un rescate financiero. SpaceX no es una empresa cualquiera: es un contratista clave de gobiernos, con flujos de ingresos relativamente estables y una reputación tecnológica sólida. Al absorber xAI, importa riesgos financieros, regulatorios y reputacionales que antes no tenía.

Y aquí aparece la primera gran pregunta estratégica de ese movimiento, ¿cuál es el verdadero plan?  Porque sinceramente hace falta un auténtico acto de fe para entender cómo una empresa que combina redes sociales con un chatbot de IA ayudará a SpaceX a lograr lo que Musk ha descrito durante años como su objetivo último: llevar seres humanos a Marte.

Desde el punto de vista del inversor, el intercambio es claro:

  • más ambición
  • más complejidad
  • más incertidumbre

El punto más revelador no es Grok, ni los chatbots, ni las redes sociales. Es esto: Musk quiere llevar centros de datos al espacio. El verdadero plan es infraestructura, no el software. Sin restricciones de suelo. Con acceso directo a energía solar. Y bajo una estructura privada, poco transparente y altamente centralizada.

No es ciencia ficción: es una apuesta a largo plazo por controlar la infraestructura crítica del futuro… como el lenguaje de Musk (como en el de Trump) todo es grandilocuente, no se descarta una posible IPO o salida a Bolsa en 2026, con el objetivo de levantar decenas de miles de millones.  

"La lógica es conocida: crecer primero, explicar después. Esto no va de IA. No va de Marte. No va de redes sociales. Va de algo mucho más clásico: control, escala y poder financiero. El problema es que cuando demasiadas piezas críticas (tecnología, datos, contratos públicos, narrativa y capital) se concentran en una sola estructura, el margen de error se vuelve peligrosamente pequeño", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

Una fase completamente nueva para las grandes tecnológicas

Pero no es solo Elon Musk, SpaceX y xAI. Las grandes tecnológicas han entrado en una fase completamente nueva. Ya no compiten solo con software, talento o cuota de mercado. Ahora compiten a base de hormigón, electricidad, chips y cientos de miles de millones de dólares en inversión física.

Amazon, Microsoft, Alphabet y Meta prevén invertir conjuntamente cerca de 650.000 millones$ este año. Una cifra sin precedentes en este siglo, comparable solo con grandes episodios históricos de construcción de capacidad: la burbuja de las telecomunicaciones de los 90, el ferrocarril del siglo XIX o el New Deal estadounidense.

El destino de ese capital es claro: centros de datos, redes eléctricas, generación de energía, sistemas de refrigeración, infraestructuras de red y chips de alto rendimiento. La carrera por dominar el cómputo necesario para la IA se ha convertido en un mercado de “el ganador se lo lleva casi todo”. Y nadie quiere quedarse atrás.

Cada una de estas compañías va a gastar en un solo año más que cualquier gran corporación estadounidense en la última década. Amazon apunta a cerca de 200.000 millones$. Alphabet hasta 185.000 millones. Meta podría elevar su “capex” cerca de un 90 % interanual. Microsoft ya ha incrementado su inversión más de un 60 %. Todo para sostener modelos de IA que requieren miles de chips fabricados por Nvidia y producidos por Taiwan Semiconductor Manufacturing Company. 

Pero el problema ya no es solo el tamaño del gasto, sino cómo se financia y qué efectos secundarios está empezando a generar. Una parte creciente de esta inversión se está financiando a través del mercado de bonos corporativos de alta calidad. Gigantes como Oracle o Microsoft están aumentando de forma significativa sus emisiones de deuda para sostener esta carrera. El resultado es una presión creciente sobre un mercado que ya cotiza con diferenciales históricamente estrechos, muy cerca de los niveles de finales de los 90.

El mercado empieza a lanzar señales de advertencia. Las nuevas emisiones tecnológicas ya muestran un peor comportamiento relativo frente a los bonos del Tesoro. Los spreads se amplían tímidamente, pero desde niveles tan ajustados que dejan muy poco margen para errores. No hace falta una crisis: basta con una decepción en retornos, retrasos en monetización o una desaceleración inesperada.

Al mismo tiempo, la disrupción que promete la IA está empezando a reflejarse en el crédito. Los préstamos apalancados de empresas de software caen, los modelos tradicionales empiezan a ponerse en cuestión y sectores enteros ven cómo el mercado descuenta que parte de sus ingresos pueden quedar obsoletos. La IA no solo crea ganadores: también acelera la destrucción de modelos de negocio.

Todo esto está transformando la esencia de estas compañías. Durante años fueron negocios ligeros en activos físicos. Hoy, Meta ya gasta más en infraestructura que en ingenieros. Su balance en propiedades y equipamiento se ha multiplicado por cinco desde 2019. La tecnología se está volviendo intensiva en capital… y eso cambia radicalmente las reglas del juego.

Los inversores lo han entendido. A pesar de que los ingresos siguen creciendo y los negocios principales se mantienen sólidos, el mercado ha empezado a castigar los anuncios de gasto. No por dudar del potencial de la IA, sino por cuestionar el ritmo, el retorno y la rentabilidad real de esta inversión colosal. La historia demuestra que las grandes oleadas de inversión suelen ser potentes catalizadores económicos… pero no siempre buenos negocios para todos los accionistas ni para todos los acreedores.

La IA promete transformar la economía, pero el mercado ya no compra el relato sin mirar la factura… ni el balance. A partir de ahora, el foco no estará en quién invierte más, sino en quién convierte antes ese gasto masivo en beneficios reales y sostenibles. Y en paralelo, en cómo esa carrera se filtra al mercado de crédito, donde los precios dejan poco margen para decepciones. La verdadera criba bursátil —y crediticia— acaba de empezar.

El mensaje estratégico de Alphabet: un bono a 100 años

Por eso hay movimientos financieros que, más allá de la cifra, envían un mensaje estratégico muy potente. Alphabet ha emitido deuda por valor de 5.500 millones de libras (unos 7.530 millones$) dentro de un programa más amplio que también incluye 3.055 millones en francos suizos y hasta 20.000 millones con vencimiento en 2066. Pero el titular que realmente destaca es otro: un bono a 100 años por 1.000 millones de libras con un cupón del 6,125 % anual.

Ese 6,125% es el interés que la compañía pagará cada año a los inversores que han comprado ese bono. Durante un siglo. Y en 2126, además, devolverá el principal. No es una cifra menor. Supone fijar hoy el coste del dinero durante cien años, algo que solo pueden permitirse empresas con enorme fortaleza financiera y credibilidad en los mercados.

Ahora bien, la pregunta interesante no es por qué Alphabet emite ese bono. Es porque alguien lo compra. Ningún inversor particular adquiere un bono a 100 años pensando en esperar al vencimiento. Los compradores son grandes instituciones, fondos de pensiones y aseguradoras que necesitan activos capaces de generar flujos estables durante décadas. Tienen obligaciones futuras muy largas y necesitan emparejar esos compromisos con ingresos previsibles. Para ellos, un 6,125% anual en una compañía como Alphabet puede resultar atractivo dentro de una estrategia de largo plazo. Además, estos bonos cotizan en mercado secundario, por lo que no es necesario mantenerlos hasta el vencimiento.

Conviene también distinguir entre un bono a 100 años y un bono perpetuo. En el bono centenario existe una fecha concreta de devolución del principal, aunque esté muy lejana. El inversor sabe que, además de los cupones, hay una amortización final. En un bono perpetuo no hay vencimiento: el emisor paga intereses indefinidamente y no tiene obligación de devolver el principal. Desde el punto de vista del comprador, eso implica que toda la rentabilidad depende exclusivamente de los cupones futuros y que la sensibilidad a los tipos suele ser todavía mayor.

Pero lo verdaderamente relevante es el destino del dinero. La carrera por la IA se ha convertido en una competición de capital intensivo. Centros de datos, chips especializados, energía, talento, adquisiciones estratégicas… Todo exige miles de millones. Y las grandes tecnológicas han entendido que esto no va de pequeñas mejoras incrementales, sino de dominar infraestructuras críticas para la próxima década.

Si una empresa decide endeudarse a 100 años es porque percibe que el retorno esperado de esa inversión es superior al coste de la deuda durante un siglo. Es una apuesta implícita sobre el crecimiento futuro de la demanda de servicios basados en IA, sobre la monetización de modelos avanzados y sobre su capacidad para mantener márgenes elevados en un entorno cada vez más competitivo. Estamos viendo cómo la IA no solo transforma modelos de negocio, sino también estructuras financieras. Las tecnológicas ya no compiten solo con código y talento, sino con balances capaces de absorber inversiones históricas.

"Cuando una compañía es capaz de comprometerse financieramente durante cien años para acelerar su apuesta tecnológica, no está pensando en el próximo trimestre. Está construyendo una posición estructural para dominar el siguiente ciclo económico. Y como inversores deberíamos preguntarnos si estamos valorando estas decisiones con la profundidad temporal que realmente merecen", apunta Pablo Gil.

Quién define las reglas del juego

Durante años, los grandes líderes de la inteligencia artificial han repetido el mismo mensaje: Queremos regulación”. Pero cuando la regulación empieza a tomar forma, el discurso se vuelve más complejo. En EEUU se está librando una batalla poco visible pero muy relevante para el futuro del sector: una guerra de influencia política entre las propias empresas de IA, una batalla silenciosa por regular la inteligencia artificial.

Dos grandes actores del sector, OpenAI y Anthropic, están apoyando —directa o indirectamente— organizaciones políticas con visiones muy distintas sobre cómo debe regularse la inteligencia artificial. Por un lado, está OpenAI, creadora de ChatGPT y probablemente la empresa más reconocida del sector. Nació como organización sin ánimo de lucro con la misión de desarrollar una IA “segura y beneficiosa para la humanidad”, pero hoy opera bajo un modelo híbrido con fuertes alianzas estratégicas, especialmente con Microsoft. Es uno de los grandes impulsores de la adopción masiva de la IA generativa.

En el otro lado está Anthropic, fundada por antiguos investigadores de OpenAI y centrada desde el inicio en el desarrollo de modelos con fuertes mecanismos de seguridad. Su modelo Claude compite directamente con ChatGPT, pero su posicionamiento público ha sido más prudente y orientado al control de riesgos. Ambas compiten en el mismo mercado. Pero no comparten la misma visión regulatoria.

Anthropic ha anunciado estos días una aportación de 20 millones$ a un PAC o grupo que defiende reglas más estrictas en materia de seguridad y control de la IA. En paralelo, otro PAC respaldado por figuras cercanas a OpenAI ha reunido más de 100 millones para promover una regulación federal más uniforme y evitar un mosaico de leyes estatales que frene la innovación. No es solo una discusión técnica. Es una disputa estratégica sobre quién define las reglas del juego.

En EEUU, un PAC (Political Action Committee) es una organización que recauda dinero para influir en elecciones o en políticas públicas. Un 'super PAC' puede recaudar cantidades ilimitadas de dinero de empresas, inversores o particulares para financiar campañas publicitarias y apoyar candidatos o causas concretas. Aunque no pueden coordinar directamente con los políticos, su capacidad de influencia es enorme. En la práctica, son una herramienta clave para moldear el entorno regulatorio, o ganar elecciones.

Todo esto es relevante porque la regulación que se diseñe en EEUUU marcará el estándar global. La IA ya no es solo una cuestión tecnológica. Es una cuestión geopolítica, económica y laboral. Mientras algunas empresas apuestan por menos restricciones para acelerar la innovación, otras temen que el desarrollo sin límites genere riesgos sistémicos: desde pérdida masiva de empleo hasta problemas de seguridad o de concentración de poder.

"Y aquí está la clave: la discusión ya no es si habrá regulación. La discusión es quién va a ser quien la escriba", resalta Pablo Gil.

15Feb

Con la estabilización gradual del mercado de la vivienda y la mejora de las tendencias del empleo, la confianza de los consumidores regresará. Eso debería contribuir a liberar el abultado ahorro de los hogares, activar la demanda embalsada y reforzar el papel del consumo como pilar clave del crecimiento duradero.

Miguel Ángel Valero

Tras un buen año en los mercados internacionales, 2026 ha comenzado con más volatilidad, arrastrado por los rápidos sucesos geopolíticos y los cambios en las prioridades económicas en el mundo. Mientras los inversores se enfrentan a este panorama cambiante, las perspectivas de China para el año que acaba de comenzar adquieren una relevancia mayor. Fidelity International pone de relieve la evolución de los argumentos de inversión en China, ahora que se adentra en el Año del Caballo, asociado tradicionalmente con el dinamismo, la fortaleza y la volatilidad en la astrología china. 

En el Año del Caballo también se pondrá en marcha el 15º Plan Quinquenal, una hoja de ruta esencial que fija las políticas y el rumbo de la siguiente etapa de desarrollo del país. Con una mayor claridad en las prioridades estratégicas, los inversores pueden esperar que se preste más atención a la ejecución, a medida que las políticas se traduzcan en actuaciones tangibles en sectores clave durante los próximos meses.

Peiqian Liu, Economista para Asia de Fidelity International, comenta: “A pesar de que el cuadro interno es complejo, se observa un mayor equilibrio y resistencia en las perspectivas macroeconómicas de China en 2026, a las que contribuyen la estabilidad institucional y la fortaleza que siguen mostrando los grandes motores de crecimiento. En ausencia de un giro radical en sus políticas, se prevé que China mantenga el patrón de crecimiento de dos vías, caracterizado por una pérdida de vigor de la demanda interna y unas exportaciones fuertes. El crecimiento real del PIB probablemente alcance o supere la previsión actual del 4,2% que maneja el FMI. Las expectativas del mercado apuntan a un objetivo de PIB cercano al 5%, cimentado en el dinamismo constante de las manufacturas, unos mercados de exportación cada vez más diversificados y una inversión sostenida en infraestructuras. Sin embargo, este año la atención de los inversores debería desplazarse progresivamente hacia el crecimiento nominal, que será crucial para evaluar el potencial de generación de beneficios en los diferentes sectores”. La reflación, una evolución ligeramente más probable“.

Aunque la estabilización controlada sigue siendo la hipótesis de trabajo para el entorno macroeconómico de China, las primeras señales de políticas de apoyo para la demanda interna aumentan la probabilidad de que se imponga la reflación en 2026. Un aspecto importante es que el riesgo de desaceleración grave parece limitado, ya que la coyuntura exterior sigue siendo en general favorable, y el sector inmobiliario emite nuevas señales de estabilización.

Se espera que las presiones deflacionistas se mantengan a corto plazo, ya que todavía tiene que asentarse una recuperación duradera en el consumo interno. Por ahora, "creemos que el principal impulsor del crecimiento real sigue siendo la oferta", señala este experto.

"Se espera que la política presupuestaria siga siendo favorable, pero contenida, y que el déficit se mantenga en el entorno del 4%. Las cuotas de emisión de bonos especiales de las Administraciones locales podrían aumentar moderadamente para apoyar la inversión en infraestructuras. Aunque el perfil concreto de las políticas en materia presupuestaria sigue evolucionando, una novedad positiva para la demanda interna sería un cambio en forma de mayores ayudas directas a los hogares", añade Liu.

También se espera que "el Banco Popular de China mantenga una postura moderadamente expansiva, lo que incluye recortes de los tipos de interés de referencia de alrededor de 10 puntos básicos (pb) y reducciones del coeficiente de reservas obligatorias de 50pb durante el año. Las presiones inflacionistas son escasas y los indicadores de crecimiento siguen de capa caída, por lo que el banco central chino probablemente desarrolle un ciclo de relajación muy medido en el que conjugará el apoyo al crecimiento con la estabilidad cambiaria, los objetivos en materia de empleo y los márgenes de intermediación del sistema bancario”.

Los sectores orientados al crecimiento tirarán de la Bolsa

Stuart Rumble, responsable de Dirección de Inversiones para Asia-Pacífico de Fidelity International, cree que “a medida que nos adentramos en el Año del Caballo, el mercado chino está empezando a mostrar a los inversores un dinamismo renovado. Las condiciones de liquidez y los flujos de capitales siguen siendo favorables, tanto en el mercado interno como en los mercados externos de China, en un momento en el que las autoridades siguen impulsando una agenda de políticas moderadas centradas en el apoyo al consumo, la estabilidad del mercado de la vivienda y las reformas estructurales. No obstante, persisten algunos grandes riesgos, sobre todo en relación con la tenue recuperación de la vivienda, la incertidumbre geopolítica y las prolongadas presiones deflacionistas. Sin embargo, la coherencia en la ejecución de las políticas y la mejora de la visibilidad de los beneficios probablemente sostengan la liquidez interna y atraigan a los inversores extranjeros hacia los activos chinos".

Hace entre 12 y 18 meses, las valoraciones estaban por los suelos. Aunque el entorno a corto plazo sigue siendo desigual, el efecto combinado de los estímulos presupuestarios focalizados, la relajación monetaria y las iniciativas de modernización industrial sigue apuntalando la confianza en las perspectivas a medio plazo. Las valoraciones bursátiles han experimentado un ascenso moderado, pero siguen siendo razonables frente a las medias históricas y otros mercados internacionales.

El índice MSCI China subió un 31,4% en 2025, con lo que superó tanto a la Bolsa estadounidense como a los mercados desarrollados. Las temáticas impulsadas por la innovación, sobre todo la tecnología y la IA, propiciaron este rebote tras el anuncio del modelo de IA de DeepSeek a comienzos de 2025. El buen momento ha continuado, lo que se refleja en las salidas a bolsa de empresas chinas de IA y tecnología en Hong Kong a finales de 2025, que atrajeron un gran interés inversor. La postura anticíclica del gobierno ha ayudado a estabilizar la dinámica de crecimiento durante el último año y ha sentado las bases para una recuperación más duradera. 

La pregunta clave es si esta fortaleza obedece a una mejora de los fundamentales o, en cambio, constituye una subida de las valoraciones motivada por el sentimiento. La mejora de la coyuntura macroeconómica y la aparición de nuevos motores de expansión contribuyen al buen comportamiento de los sectores orientados al crecimiento. La tecnología y la innovación siguen presentando oportunidades atractivas. El éxito de DeepSeek es el resultado de inversiones constantes en I+D y una tendencia de innovación más amplia en China. La innovación se extiende más allá de la IA y llega a la robótica, la conducción autónoma, la movilidad del futuro y la fabricación avanzada. 

Junto a eso, las reformas estructurales -como la liberalización de los mercados de capitales-, la modernización de la oferta, las medidas antiinvolución y las políticas para prestar apoyo a la iniciativa privada están ayudando a crear un entorno de inversión más saludable y favorable a la innovación. Estas reformas están elevando la eficiencia en la asignación del capital y alentando un crecimiento a golpe de innovación en diversos sectores. El consumo sigue siendo fundamental para las metas de crecimiento a largo plazo de China. Aunque el gasto de las familias es bajo a corto plazo y confirma que la cautela se mantiene, los cimientos están fortaleciéndose. Con la estabilización gradual del mercado de la vivienda y la mejora de las tendencias del empleo, la confianza de los consumidores regresará. Eso debería contribuir a liberar el abultado ahorro de los hogares, activar la demanda embalsada y reforzar el papel del consumo como pilar clave del crecimiento duradero. De este modo, se crean oportunidades para que los inversores activos accedan a empresas de consumo líderes en la segunda mayor economía del mundo a unas valoraciones atractivas. 

Las medidas de las autoridades tienen como finalidad impulsar la actividad en el sector servicios y fomentar un consumo orientado al bienestar y las experiencias. Esta transición estructural está creando fuertes divergencias entre sectores y categorías y están surgiendo ganadores claros en áreas como los servicios prémium, la salud, las plataformas en línea, el ocio y la gran distribución basada en experiencias.

Diversificación por medio de la renta fija

La diversificación de una cartera se puede mejorar significativamente invirtiendo en mercados de renta fija con bajas tasas de correlación con otras grandes plazas internacionales. Stuart continúa: “El mercado de renta fija de China ofrece en 2026 una atractiva combinación de carry elevado, duración relativamente baja y riesgos sistémicos en descenso aunque, para que la asignación de activos sea satisfactoria, se necesita cada vez más una selección de emisores rigurosa.La coyuntura macroeconómica de China -caracterizada por una estabilización controlada, una inflación baja y una elevada liquidez interna- favorece la inversión en renta fija pública, bonos del sector financiero, deuda de empresas estatales y deuda cuasipública, y crea un marco estable para los títulos investment grade".

Al mismo tiempo, las persistentes tensiones en el sector inmobiliario y la baja confianza del sector privado siguen provocando fuertes divergencias en la deuda corporativa, lo que deja a los bonos high yield muy dependientes del carry y de los fundamentales de cada título. Los sectores high yield no inmobiliarios, como los servicios financieros, los servicios públicos y los videojuegos, ofrecen perfiles de flujos de efectivo más resistentes, mientras que la exposición inmobiliaria debe seguir estando muy cuidada y centrada en emisores de primer nivel o con vínculos estatales que muestren trayectorias de refinanciación claras

.Las dinámicas de la geopolítica y el comercio, como el aumento de las primas de riesgo estructural y la volatilidad de los tipos en todo el mundo, añaden una capa adicional de incertidumbre, lo que justifica una postura entre neutral y moderadamente favorable con un sesgo claro hacia la calidad. En conjunto, la renta fija china sigue encontrando apoyo en una elevada liquidez interna, la mejora de los indicadores técnicos y el descenso de las tasas de impago, pero la alta dispersión y unas valoraciones ajustadas desde una perspectiva histórica aconsejan un posicionamiento selectivo, una duración entre corta y media y un énfasis en la generación de rentas a través de inversiones en títulos investment grade de calidad y oportunidades en high yield cuidadosamente seleccionadas”.

The Trader: China lleva una década reduciendo su exposición a la deuda de EEUU

Por su parte, un análisis de The Trader subraya que China lleva más de una década reduciendo de forma sostenida su exposición a la deuda de EEUU. El gráfico es claro: desde el pico alcanzado en torno a 2013, las tenencias de bonos del Tesoro han caído de manera casi ininterrumpida hasta situarse en niveles no vistos desde la crisis financiera de 2008.

No ha sido una decisión puntual ni un movimiento táctico ligado a un momento concreto del mercado. Ha sido una estrategia prolongada en el tiempo, coherente y deliberada. Menos dependencia de la deuda estadounidense y más diversificación de reservas.

¿Hacia dónde ha ido parte de ese capital? Principalmente hacia el oro. China ha incrementado de forma muy notable sus reservas de oro en los últimos años, reforzándolo como activo refugio alternativo. No genera rentabilidad, pero no depende de la política fiscal de ningún país, no puede sancionarse y no está expuesto al riesgo de inflación monetaria. Para un banco central que busca autonomía y estabilidad a largo plazo, el mensaje es evidente.

A esta tendencia estructural se suma ahora la recomendación reciente de los reguladores chinos a sus bancos: limitar la exposición a los Treasuries. El argumento con el que lo justifican es la “prudencia”: evitar en lo posible una concentración excesiva del riesgo de las carteras y protegerse ante un potencial aumento de la volatilidad. 

Pese a que muchos piensan que esta estrategia de China intenta desestabilizar la capacidad de financiación de EEUU., la realidad es que ésta vive su mejor momento. Las compras internacionales de deuda estadounidense están en máximos históricos. Las tenencias extranjeras superan los 9,4 billones de dólares y siguen creciendo, con Europa, Japón y fondos institucionales compensando con creces la menor presencia china, como se puede ver en el gráfico.

Mientras China se retira gradualmente, otros entran en un mercado de Treasuries que sigue siendo líder por profundidad, liquidez y que, además, hoy por hoy, no cuenta con una alternativa real a escala global. El dólar puede ser cuestionado en el discurso, pero en los datos continúa dominando.

Lo relevante es la tendencia de fondo que ha tomado China, que lleva años reduciendo su dependencia financiera de EEUU, reforzando el oro como activo refugio y ahora trasladando esa prudencia a su sistema bancario. Para un competidor por la hegemonía mundial, no depender de su adversario parece una medida razonable. Pero al mismo tiempo, el mercado demuestra que la deuda estadounidense sigue encontrando comprador sin dificultad. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez. Y entender esa dualidad es clave para no confundir una estrategia de largo plazo con una señal de crisis inmediata.

Xi Jinping blinda su poder

Por otra parte, la caída del general Zhang Youxia ya no puede interpretarse como una purga más dentro del ritual disciplinario del Partido Comunista chino. Con el paso de los días, y a medida que emergen nuevas informaciones, su destitución adquiere un significado mucho más inquietante: revela hasta qué punto Xi Jinping está dispuesto a dinamitar incluso los pilares que él mismo levantó para blindar su poder.

La versión oficial habla, como casi siempre, de “graves violaciones de la disciplina”. Un eufemismo que en China sirve para abarcar desde corrupción hasta deslealtad política. Pero las filtraciones apuntan a algo más delicado: redes de favores dentro del Ejército Popular de Liberación, venta de ascensos, pérdida de control sobre determinadas cadenas de mando e incluso, según versiones no confirmadas, posibles filtraciones de información sensible. Nada de esto ha sido reconocido públicamente por Pekín, pero el patrón es claro y consistente con purgas anteriores.

Zhang no era un general cualquiera. Era un aliado histórico, un “hermano jurado”, una figura clave en la toma de control del estamento militar tras la llegada de Xi al poder. También era uno de los últimos mandos con suficiente peso, experiencia y redes internas como para representar un contrapeso real, aunque fuera silencioso. Su desaparición deja a la cúpula militar no solo descabezada, sino profundamente politizada.

Este tipo de decisiones suelen interpretarse como una demostración de fortaleza. En realidad, suelen ser lo contrario. Un liderazgo que empieza a eliminar a sus hombres más cercanos no está proyectando seguridad, sino desconfianza. El problema no es la corrupción en sí (endémica en muchos sistemas), sino la obsesión por erradicar cualquier atisbo de autonomía. El resultado es un ejército más obediente, sí, pero también más temeroso, menos transparente y peor preparado para escenarios complejos. La historia demuestra que los ejércitos gobernados por el miedo tienden a ocultar errores y a paralizar la iniciativa.

Este patrón no es exclusivo de China. Es una constante en los sistemas personalistas. Vladimir Putin lleva más de dos décadas aplicándolo: oligarcas, generales y jefes de seguridad han ido cayendo no tanto por lo que hicieron, sino por lo que podían llegar a representar. La lealtad deja de medirse por competencia o resultados y pasa a medirse por sumisión absoluta. Y aun así, el sistema vive atrapado en una paranoia permanente.

Lo interesante es que esta lógica empieza a asomar, con formas distintas, en democracias sometidas a fuerte tensión institucional. Donald Trump ha mostrado una dinámica sorprendentemente similar: eleva figuras a posiciones de enorme influencia y, cuando estas introducen fricción o discrepan, pasan automáticamente al campo del enemigo. El caso de Elon Musk es ilustrativo. De aliado estratégico y símbolo de genialidad empresarial a problema político en cuanto dejó claro que no obedecería sin matices.

El paralelismo es evidente: los liderazgos que no toleran el desacuerdo acaban rodeándose de silencio. Y el silencio, en política, rara vez es neutral. En el caso chino, las implicaciones son profundas. Afectan a la credibilidad del mando militar, a la planificación sobre Taiwán, a la sucesión prevista para 2027 y a la estabilidad interna del Partido. Un sistema donde el líder ya no confía ni en su núcleo duro se vuelve más opaco, más rígido y, paradójicamente, más frágil.

No deja de ser paradójico que cuanto más poder concentra el líder, más amenazas percibe. Y cuantas más amenazas percibe, más limpia su entorno. El resultado final no es un régimen más fuerte, sino un régimen más solo.

La destitución de Zhang Youxia no es una anécdota ni un episodio aislado. Es una señal de alarma sobre cómo funcionan los sistemas de poder cuando dejan de confiar en las instituciones y dependen exclusivamente de una figura. China, Rusia y, en menor medida, EEUU muestran que el verdadero riesgo no siempre viene de fuera. "Cuando el liderazgo se basa en eliminar contrapesos en lugar de gestionarlos, el mayor peligro no es la oposición externa, sino el vacío interno que deja el miedo", subraya el analista Pablo Gil.

13Feb

Los aranceles están perjudicando a los consumidores al aumentar los precios de los productos, incluidos los moldes para tartas y las latas de alimentos y bebidas. Algo que preocupa al equipo de Trump y a los republicanos de cara a las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre.

Miguel Ángel Valero

Trump lo vuelve a hacer. La Casa Blanca reconoce que estudia reducir y acotar el alcance de los aranceles del 50% aplicados a las importaciones de acero, aluminio y productos derivados. Estos aranceles, que se habían introducido inicialmente bajo el argumento de tratar de frenar las importaciones y devolver a EEUU la fortaleza industrial, están derivando en quejas internas y dificultades operativas de las empresas norteaamericanas, dada la elevada dificultad que se encuentran en calcular el contenido de acero y aluminio en los productos y con ello aplicar esta tasa del 50% decidida por Trump. 

El año pasado, el Departamento de Comercio de EE UU aumentó los aranceles al acero y al aluminio sobre más de 400 productos, incluyendo turbinas eólicas, grúas móviles, electrodomésticos, excavadoras y otros equipos pesados, además de vagones de ferrocarril, motocicletas, motores marinos, muebles y cientos de otros productos.

Esta decisión surge horas después de haberse conocido un estudio de la Fed de Nueva York que revela que el 90% de los aranceles los están pagando los propios consumidores y las empresas estadounidenses, contradiciendo el discurso oficial de que lo pagan los exportadores extranjeros. 

Además, este arancel es uno de los escollos en los acuerdos comerciales con otros países –entre ellos la UE–, dado que, debido a la amplitud de productos que caerían sobre las tarifas que se aplican al acero y el aluminio, podría debilitar el acuerdo que contemplaba un tope arancelario del 15% para la UE.

Esta nueva marcha atrás de Trump, haciendo bueno el TACO (Trump Always Chickens Out, Trump Siempre Se Acobarda) popularizado por los demócratas, tiene también mucho que ver con el encarecimiento del coste de la vida en EEUU y con el índice de popularidad más bajo de un presidente de EEUU desde Nixon y el caso Watergate, como publicó Dinero Seguro el 11 de febrero.

Los aranceles están perjudicando a los consumidores al aumentar los precios de los productos, incluidos los moldes para tartas y las latas de alimentos y bebidas. Algo que preocupa al equipo de Trump y a los republicanos de cara a las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre.

Pendientes del Supremo

Mientras, todos están pendientes del Tribunal Supremo, que debe determinar si los aranceles impuestos por Donald Trump durante su segundo mandato se ajustan a la legalidad. No es solo un debate jurídico. Es, sobre todo, un pulso político y económico. Los aranceles del llamado “Liberation Day”, con gravámenes de entre el 10% y el 50% sobre la mayoría de las importaciones, han sido el emblema de esa estrategia. Los tribunales inferiores ya han cuestionado su encaje legal al apoyarse en una ley de emergencia de 1977 pensada para contextos muy distintos. Ahora, la última palabra la tiene el Supremo.

Desde el punto de vista fiscal, la Casa Blanca ha logrado su objetivo a corto plazo. La recaudación por aranceles se ha disparado y en 2025 ha superado ampliamente los 160.000 millones$, un salto histórico impulsado por el uso extensivo de poderes ejecutivos. Los ingresos han sido reales y cuantiosos, aunque el coste ha recaído principalmente en las empresas y ciudadanos estadounidenses. Pero ese coste no solo se refleja en “mayores impuestos” sino que empieza a ser evidente en otros frentes. El mercado laboral muestra un deterioro significativo desde la entrada en vigor de los aranceles, con una clara pérdida de dinamismo en la creación de empleo. La industria y los sectores más expuestos al comercio exterior están ajustando márgenes, inversión y contratación. 

El resultado es evidente: más ingresos fiscales, pero menos creación de empleo, como se comprueba en los gráficos aportados por The Trader.

Si el Supremo falla contra la Casa Blanca, habrá ganadores inmediatos. Sectores intensivos en importaciones (textil, bienes de consumo, mobiliario) aliviarían costes rápidamente. Pero el problema de fondo no desaparecería. Una sentencia contraria abriría una nueva batalla política y legal para buscar vías alternativas que mantengan los aranceles sin afrontar devoluciones masivas, con implicaciones fiscales y presupuestarias relevantes.

Además, menos ingresos por aranceles significan más presión sobre el déficit en un momento en el que la deuda estadounidense y los tipos a largo plazo ya están bajo vigilancia constante del mercado.

"Más allá del fallo del Supremo, el mensaje para los mercados es claro: las reglas pueden cambiar en cualquier momento. La recaudación vía aranceles ha sido elevada, pero el deterioro del empleo sugiere que el precio económico empieza a ser alto. Si los aranceles caen, la incertidumbre no se disipará; simplemente cambiará de forma. Y mientras la política económica se gestione a golpe de excepción, la volatilidad podría dejar de ser un episodio puntual para convertirse en el escenario base", advierte el analista Pablo Gil.

12Feb

Si la actividad económica está fuerte, el mercado laboral muestra estabilización, la tasa de paro baja y los salarios crecen, ¿qué urgencia existe para volver a bajar tipos? Más aún cuando la inflación todavía no está plenamente controlada.

Miguel Ángel Valero

A pesar de las fuertes revisiones de la serie histórica, dejando a 2025 como el año de menor creación de empleo promedio sin una recesión, las buenas cifras de enero alejan la posibilidad de una bajada de tipos en los próximos meses. El empleo inicia el año con buen pie en EEUU. Las esperadas cifras oficiales del mercado laboral estadounidense de enero fueron positivas y mostraron que la economía ha creado 130 mil nuevos puestos de trabajo, duplicando las expectativas y registrando así el mayor ritmo de creación de empleo desde diciembre de 2024. 

Los sectores cíclicos de la economía aportaron 25.000 nuevos empleos, siendo especialmente destacado el buen desempeño de la construcción (+33.000). Además, destaca cierta reactivación en el empleo manufacturero, que aumentó en enero en 5.000 personas, siendo éste el primer mes con creación de empleo en este sector desde la llegada de Trump. 

Por otro lado, también la encuesta de empleo a los hogares fue positiva, al mostrar que la tasa de paro bajó una décima en enero hasta situarse ahora en el 4,3%, su segundo descenso mensual consecutivo y volviendo así a los niveles de agosto. Esta bajada del paro estuvo acompañada de un aumento de la tasa de participación que se elevó una décima hasta el 62,5%. En cuanto a la evolución de los salarios, siguen mostrando crecimientos sólidos que permitirán mejorar los ingresos de los hogares, pero su ritmo de crecimiento se va normalizando: en enero los salarios por hora avanzaron un 3,7% interanual, una décima menos que en el mes previo.

Pero estas cifras deben interpretarse con cierta cautela debido a que enero es un mes particular en la publicación de los datos del mercado laboral en EEUU, a causa de factores estacionales y sobre todo a que coincide con las habituales revisiones estadísticas anuales. En esta ocasión la Oficina de Estadísticas Laborales (BLS) revisó a la baja en menos 898.000 puestos de trabajo las cifras del año pasado, una corrección notable frente a lo publicado anteriormente (equivale al 0,5% del total del empleo), pero que se mantuvo dentro del rango previsto –en septiembre el BLS ya había señalado una cifra similar (-911.000)–. Esta revisión de los datos publicados el año pasado, nos deja un mercado laboral con menor dinamismo de lo esperado. En el conjunto de 2025 la economía estadounidense apenas habría creado 181.000 empleos, una cifra débil y que correspondería a una media de 15 mil nuevos puestos de trabajos mensuales, muy por debajo de los 49.000 publicados previamente y lejos de los 121.000 de media registrados en 2024 previos al inicio del mandato de Trump. 

En cualquier caso, con una tasa de paro reduciéndose y con señales de fortalecimiento en la contratación parece que los argumentos de los miembros de la Fed más proclives a la reducción de tipos oficiales se desvanecen. La probabilidad implícita en el mercado de futuros para una primera bajada en 2026 se ha desplazado una reunión adicional, hasta julio. El mercado, a falta del dato de inflación (que se conocerá el 13 de febrero) mantiene su previsión de dos reducciones de tipos este año.

The Trader: ¿qué urgencia existe para bajar tipos?

El analista Pablo Gil en The Trader profundiza en la cuestión: El mercado laboral estadounidense ha comenzado 2026 con una sorpresa positiva. En enero se crearon 130.000 empleos, el doble de lo previsto, y la tasa de paro descendió al 4,3 %. Los salarios avanzaron un 0,4 % mensual. A simple vista, el mensaje es claro: el empleo resiste y la economía no se está enfriando con la intensidad que muchos temían.

Los sectores que impulsaron el dato fueron principalmente salud, asistencia social y construcción. En cambio, el gobierno federal y el sector financiero recortaron plantilla. No es un crecimiento homogéneo, pero sí suficiente como para alejar, al menos por ahora, el fantasma de un deterioro rápido del mercado laboral. 

Sin embargo, el verdadero giro no está solo en el dato de enero. Está en lo que el Bureau of Labor Statistics (BLS) revisó al mismo tiempo. El ajuste anual mostró que en los doce meses hasta marzo de 2025 se habían creado 862.000 empleos menos de lo que inicialmente se había publicado. El total de empleos estimados para 2025 pasó de 584.000 a apenas 181.000 tras cruzar la información con registros administrativos más completos.

"El presente luce mejor… pero el pasado fue bastante más débil de lo que creíamos. Este contraste cambia el marco de interpretación. Porque si uno se queda solo con enero, podría concluir que la economía está acelerando. Pero si incorpora la revisión, entiende que venimos de un periodo mucho más frágil de lo que indicaban las cifras oficiales", argumenta.

La Reserva Federal había justificado tres bajadas de tipos a finales de 2025 por la debilidad del empleo y el riesgo de aumento del paro. Luego hizo una pausa en enero, argumentando señales de estabilización. El nuevo dato refuerza esa pausa y aleja la probabilidad de un nuevo recorte del mes de junio hacia julio o incluso más adelante.

"Y aquí surge el dilema político. Si la actividad económica está fuerte, el mercado laboral muestra estabilización, la tasa de paro baja y los salarios crecen, ¿qué urgencia existe para volver a bajar tipos? Más aún cuando la inflación todavía no está plenamente controlada", razona.

Pese a la falta de argumentos, Donald Trump no ha tardado en celebrar el dato e insistir en que Estados Unidos debería tener los tipos más bajos del mundo. Kevin Warsh, señalado como posible sucesor de Jerome Powell al frente de la Fed, ha mostrado también una postura más favorable a recortar pese a que los números actuales no parecen exigirlo con claridad.

"Si en los próximos meses vemos una bajada de tipos con un mercado laboral estabilizándose y una actividad que no da señales de colapso, la pregunta no será si el recorte era posible, sino cuál será el argumento utilizado para justificarlo. Porque cuando los datos no presionan con urgencia, el relato se convierte en protagonista. Y en política monetaria, la credibilidad lo es todo", advierte.

UBS: recortes de 25 pb en junio y en septiembre

El UBS CIO Daily va en esa línea: "los datos de empleo de enero moderaron las expectativas de los inversores sobre un recorte de tipos a corto plazo. Pero creemos que el ciclo de relajación monetaria no es probable que se altere. Las acciones estadounidenses tienen margen para seguir subiendo en un contexto de ampliación del rally. La renta fija de calidad y los bonos de mercados emergentes ofrecen rentabilidades atractivas. El mercado alcista del oro sigue intacto".

Mark Haefele, Chief Investment Officer en UBS Global Wealth Management, afirma: "Mantenemos nuestro escenario base de dos recortes de tipos de 25 puntos básicos este año, comenzando en junio y seguido de otro en septiembre, creando un entorno favorable para la renta variable, la renta fija y el oro".

Robeco: no será fácil reducir el balance de la Fed

En este contexto, un análisis de Robeco subraya que Kevin Warsh ha sido retratado como un 'halcón' de la inflación, pero el panorama es mucho más matizado. En realidad, sus opiniones sugieren margen para tipos de interés más bajos (no más altos), y su objetivo de reducir el balance de la Fed podría resultar ser más un deseo que una realidad.

Durante su etapa como gobernador de la Reserva Federal, el candidato a presidente se mostró preocupado por los riesgos inflacionistas derivados de la flexibilización cuantitativa (QE) y se convirtió en uno de sus críticos internos más vehementes. Hoy conocemos la QE principalmente como una política que ha engrosado el balance de la Fed. Por ello, no sorprende que, en un artículo de opinión publicado en The Wall Street Journal en noviembre de 2025, sostuviera que "el balance abultado de la Fed… puede reducirse de forma significativa". Esta postura ha afianzado su reciente retrato como un 'halcón' de la inflación. Sin embargo, también ha matizado que "si hiciéramos que la imprenta funcionara un poco más silenciosamente, entonces podríamos tener tipos de interés más bajos". 

Así que no es un halcón puro. Es más: ya en julio criticó la "reticencia" de la Fed a recortar tipos en una entrevista con CNBC, algo que difícilmente suena a postura agresiva. En cuanto a la idea de Warsh de que el balance de la Fed debería disminuir, los inversores podrían interpretarla como negativa para el soporte de los tramos de mayor vencimiento del mercado de Treasuries de EEUU, algo que el actual secretario del Tesoro, Scott Bessent, sin duda no celebraría

Hay otra dificultad práctica que conviene tener en cuenta: reducir de forma agresiva el balance de la Fed podría reavivar las tensiones en los mercados monetarios de EEUU. Una caída rápida de las reservas corre el riesgo de empujar al sistema de nuevo hacia la escasez, aumentando la volatilidad de los tipos de financiación a un día y de los mercados de repos. De hecho, para evitarlo, la Fed ha decidido recientemente —tras varios años de Quantitative Tightening (QT)— volver a expandir su balance, principalmente mediante un mayor volumen de compras de letras del Tesoro.

"Creemos que la imagen de Kevin Warsh como un 'halcón' está exagerada y esperamos que respalde una nueva reducción de los tipos oficiales para junio, lo que probablemente sería su primera reunión como presidente. En cuanto a su opinión de que el balance de la Fed puede ser excesivamente grande, creemos que, en la práctica, será difícil reducirlo de manera significativa sin ajustes regulatorios al régimen de “reservas abundantes” del sistema bancario", argumentan los expertos de Robeco.

Un resultado plausible es que el balance —actualmente en torno al 20% del PIB— crezca más lentamente que la economía estadounidense en los próximos años y/o que Warsh abogue por acortar más rápidamente el vencimiento medio de la cartera de bonos de la Fed. "Esto haría que nuestra preferencia por el tramo de 2 a 5 años de la curva del Tesoro frente a los vencimientos a 10 años esté lejos de ser un mero deseo: sería, más bien, una consecuencia lógica de una Fed que, bajo Warsh, probablemente se incline por el pragmatismo antes que por la ideología", concluyen en Robeco.

Más problemas para Trump

Los propios republicanos se han rebelado contra Trump: en la Cámara de Representantes, seis legisladores del Partido Republicano se desmarcaron y votaron a favor de suspender los aranceles a las importaciones procedentes de Canadá. Aun así, el resultado es meramente simbólico, dado que es improbable que llegue a convertirse en ley; incluso si obtuviese la aprobación del Senado, Trump tiene la facultad de vetar cualquier legislación aprobada por el Congreso.

En cualquier caso, la votación supone un revés político para Trump al evidenciar que no solo pierde apoyos entre los votantes, sino también dentro de su propio partido, a pocos meses de unas elecciones legislativas midterm que serán clave: en ellas podría perder el control republicano de ambas cámaras del Congreso. Antes de la votación, Trump había lanzado advertencias a los suyos dentro del partido, asegurando que cualquier republicano que votara en contra de su política arancelaria “sufrirá las consecuencias en época electoral”

.Mientras tanto, los demócratas han superado las expectativas en varias citas electorales recientes, como la alcaldía de Miami y las gubernaturas de Nueva Jersey y Virginia. En las últimas semanas, un escaño del Senado estatal de Texas quedó vacante tras la renuncia del senador, lo que obligó a convocar una elección especial para ese escaño concreto. En esa votación –en un distrito tradicionalmente republicano–, los demócratas lograron la victoria con un giro de 31 puntos.

12Feb

Las iniciativas orientadas exclusivamente a reducir costes son las que ofrecen menor retorno. Entre las principales oportunidades destacan la mejora de la experiencia de cliente, la expansión de cuota de mercado y el refuerzo de la resiliencia.

Miguel Ángel Valero

La dinámica de la denominada “destrucción creativa” de la inteligencia artificial (IA)continúa manifestándose en los mercados con ejemplos más allá del sector del software. El caso más reciente es el de la gestora y consultora inmobiliaria CBRE, que retrocedió un -12% en Bolsa a pesar de los buenos resultados, precisamente por la posible disrupción de la IA en su negocio. 

El mercado se encuentra en modo “vende primero y pregunta después”, ya que resulta precipitado calibrar el impacto real en modelos de negocio tan diversos y se anticipan consecuencias sin evidencias empíricas. 

No obstante, estos movimientos bruscos pueden representar oportunidades atractivas para la gestión activa, que además cuenta con el apoyo de una menor concentración en los retornos gracias a una ampliación en la base del crecimiento de beneficios: se espera que el 90% de las compañías del S&P 500 registre incrementos en ganancias en 2026, frente al 60% promedio de los últimos tres años.

Pero ese dato contrasta con este otro: solo el 30 % de los consejeros delegados de las empresas confía en el crecimiento de ingresos en 2026. Hace un año era el 38 %, en 2022 era el 56 %. "La caída no es solo macro. Es estructural", señala un análisis de The Trader sobre el último  Global CEO Survey de PwC, que dibuja un escenario incómodo para muchas compañías: años invirtiendo en transformación digital y en inteligencia artificial… pero con retornos todavía muy desiguales y que pueden serlo más porque la IA se ha convertido en una línea divisoria.

Solo 12% de CEO dice que la IA ya ha generado beneficios en costes y en ingresos; 3 de cada 10 ve mejoras parciales, y más de la mitad no ve un impacto financiero relevante.

Las empresas que han integrado IA de verdad (en producto, decisión estratégica y experiencia cliente) están siendo los grandes beneficiados. La IA no está fallando, pero sí está ya exponiendo quién sabe ejecutarla… y quién no. El informe de la consultora muestra cómo los CEO están gestionando un entorno cada vez más hostil entre aranceles, riesgos del ciberespacio y la geopolítica. Curiosamente, la inflación deja de ser el centro del miedo; ahora a los que más asusta a los que dirigen es quedarse atrás estructuralmente. Y tal vez por ello más del 40% de empresas ya compiten en sectores nuevos.

La tecnología es el principal destino de expansión. Pero el problema con el que muchas empresas se encuentran a la hora de hacer negocios es la ejecución y el tiempo; los CEO pasan casi la mitad de su tiempo abordando problemas del próximo año y solo un 16 % dedicado a tomar decisiones en el medio plazo.

"2026 puede ser el año en el que el mercado deje de premiar el discurso de transformación… y empiece a premiar solo la ejecución real. La ventana para capturar el valor de la IA se está estrechando y las compañías que ganen esta década no serán las que experimentaron más. Serán las que apostaron antes, integraron mejor y ejecutaron con convicción", subraya el analista Pablo Gil.

SAS: un problema de confianza

En este contexto, un estudio de SAS realizado en el seno del sector asegurador demuestra que éste confía más en la IA generativa que en la tradicional, pero no siempre se invierte lo suficiente en gobernanza para que esa confianza esté justificada. El Informe sobre el impacto de la IA y los datos: La confianza como clave explica cómo, en un escenario marcado por el rápido avance de la tecnología, la confianza sigue siendo un territorio complejo y lleno de retos. Y precisamente por eso, en un momento donde se espera que la IA impulse el valor de negocio, las aseguradoras deben resolver los desafíos vinculados a la gobernanza, calidad del dato y madurez de las infraestructuras para alcanzar todo su potencial.

Óscar Saavedra, Consulting Manager de SAS para España, afirma: “La IA es un imperativo para las empresas, pero no es una píldora mágica. Para que genere valor en toda la organización, es necesario el talento, pero también datos fiables y conectados. Las aseguradoras que integren la IA en sus operaciones y establezcan la gobernanza necesaria para desplegar una IA segura y responsable a escala ganarán una ventaja competitiva en crecimiento, innovación y creación de valor para sus clientes”.

El informe identifica patrones que apuntan a un enfoque prudente del sector frente a la IA, en comparación con otros como la Administración Pública o la banca. Solo el 7% de las aseguradoras se considera “transformadora” (el porcentaje más bajo del conjunto) y el 14% mantiene infraestructuras de datos en silos, lo que frena la innovación y la adopción a nivel corporativo.

Además, sorprende que solamente un 8% prevé aumentar el gasto en IA un 20% o más en el próximo año; cerca de un 60% espera incrementos de entre el 4% y el 20%. Alrededor de un tercio anticipa subidas menores (3% o menos) o incluso reducciones. Al mismo tiempo, existen brechas de confianza: más del 40% se sitúa en escenarios de infrautilización (baja confianza en sistemas fiables) o dependencia excesiva (alta confianza en sistemas no probados).

Estos porcentajes, lejos de ser desalentadores, indican que las aseguradoras buscan una base de datos sólida para aplicar estas tecnologías emergentes de manera que aporten valor además de eficiencia. El 51% afirma carecer de una gobernanza de datos eficaz y el mismo porcentaje señala que sus bases de datos no están centralizadas u optimizadas. También combinar las herramientas emergentes con un equipo humano capaz de supervisar y acompañarlas, ya que el 44% percibe escasez de talento especializado en IA.

Kathy Lange, Research director, AI and Automation Practice (IDC), añade: “Nuestra investigación muestra que la industria aseguradora está en línea con otros sectores a la hora de ofrecer una IA fiable. Sin embargo, en lo relativo a la madurez de la IA y de las infraestructuras de datos, las aseguradoras se quedan atrás”.

A medida que las aseguradoras evolucionen hacia una mayor madurez, el foco tenderá a desplazarse hacia casos de uso con mayor impacto en crecimiento. El estudio de SAS indica que las iniciativas orientadas exclusivamente a reducir costes son las que ofrecen menor retorno dentro de los usos de IA analizados. Entre las principales oportunidades destacan la mejora de la experiencia de cliente, la expansión de cuota de mercado y el refuerzo de la resiliencia.

06Feb

""En el caso de apostar por una recuperación del sector creemos que hay que ser muy selectivo en la elección de valores. Pese a la tendencia bajista, todavía existen modelos de negocio resistentes, cuyos fundamentales no se ven tan impactados por la disrupción de la IA", señalan en Ibercaja Gestión.

Miguel Ángel Valero

Toda disrupción tecnológica termina produciendo cambios en la forma en la que vivimos y trabajamos. Como en todo proceso de cambio, aparecen modelos de negocio ganadores, que impulsan la nueva tecnología y se aprovechan de ella para crecer, y perdedores, que terminan desapareciendo o pasando a un segundo plano. En este sentido, la inteligencia artificial (IA) y el desarrollo de agentes está impulsando una narrativa que prevé el fin de los negocios de servicios de Software (SaaS), destaca un análisis de Ibercaja Gestión.

La creciente penetración de la IA, su continua mejora y la previsión de que sea capaz de reemplazar a un elevado número de trabajadores ha provocado un cambio en las expectativas de los inversores. La preocupación se ha acrecentado en los últimos seis meses, provocando grandes caídas en buena parte de los valores cotizados que cuentan con un modelo de negocio centrado en el SaaS.

Los inversores que tienen una visión negativa del sector cuentan con múltiples argumentos que la avalan. En 2024 el sector ha pasado de vivir en un entorno con incontables vientos de cola (nula competencia, expectativa de bajadas de tipos de interés, elevados márgenes e inversores centrados en el largo plazo) a un escenario completamente opuesto, con expectativas de entrada de nuevos competidores, necesidad de sacrificar márgenes para competir con la IA y un cambio en las expectativas de los inversores acerca del valor terminal.

Todo esto se ha visto reflejado en cifras de crecimiento de los ingresos por debajo de lo habitual, con escasas revisiones y una compresión en el múltiplo derivada de la menor seguridad y visibilidad en el crecimiento de los ingresos y la estabilidad de los márgenes.

La lista de riesgos antes no contemplados -ya sea por su baja probabilidad de producirse o porque no existían-,es material. El inversor no solo tiene la obligación de conocerlos, sino que además debe contar con una respuesta definida ante ellos. Dentro de esta lista se incluye:

  • La diferenciación de las plataformas tiende a cero, con aceleración en la tendencia de que toda plataforma es capaz de ofrecer múltiples soluciones.
  • Las empresas que nacen en este nuevo ecosistema con IA ofrecerán un valor enorme a precios más bajos, reduciendo la cuota de mercado de los SaaS actuales.
  • A medida que los agentes de IA realizan más trabajos, el modelo de ingresos basado en el cobro por licencia/trabajador pierde atractivo.
  • Los SaaS actuales se enfrentan a complejidades para evolucionar a un modelo de ingresos distinto y su adopción de la IA es más lenta.
  • Los márgenes se deterioran por una degradación en el poder de fijación de precios y por el mayor coste computacional que necesitan los agentes.
  • El coste de adquisición de los clientes (CAC) se incrementará por un cambio en los usos de internet, a medida que crece el uso de los LLM.

El mercado es un agregador de expectativas que pone en precio los riesgos al alza y a la baja de forma veloz. De este modo, la negatividad de los inversores se ha trasladado a una caída de los múltiplos de valoración. La valoración por múltiplos suele ser el reflejo de dos factores:

  • las expectativas acerca de la capacidad decrecimiento
  • y la incertidumbre -o el riesgo- a la que se expone el inversor.

La compresión actual del múltiplo promedio de las compañías del sector refleja los riesgos. En los últimos meses, se ha producido una convergencia entre el múltiplo del promedio de las compañías de SaaS y el resto del índice SPX. En el gráfico se observa como el SaaS ha vuelto a su promedio histórico de x24 veces los beneficios de los próximos 12 meses, mientras que el mercado en su conjunto se encuentra en máximos, cotizando a x21 veces.

El cambio de narrativa ha afectado negativamente a las empresas de SaaS, pero ha fortalecido las valoraciones del sector de semiconductores. Históricamente el sector del software ha cotizado con una prima de valoración frente a los semiconductores, por las mayores fortalezas y expectativas de crecimiento. Desde el lanzamiento de Chat GPT, esta prima ha pasado a ser negativa y se encuentra en mínimos de los últimos 20 años.

"Es pronto para ver una recuperación, pero buen momento para tomar posiciones en compañías sólidas cuyos fundamentales no se han visto tan deteriorados. Tras las caídas experimentadas durante los últimos meses muchos inversores se preguntan si hemos tocado mínimos. Por valoraciones ya hemos visto que los niveles actuales son atractivos, pero también es cierto que el paradigma actual es diferente. Por ahora, es difícil saber si estamos ante una equivocación del mercado en la valoración o ante una trampa de valor. El sentimiento de los inversores se mantiene en mínimos, pero un cambio de narrativa -como el que vimos con Google a mediados de 2025- podría resultar en una revalorización rápida de estas compañías", explican en Ibercaja Gestión.

"En el caso de apostar por una recuperación del sector creemos que hay que ser muy selectivo en la elección de valores. Pese a la tendencia bajista, todavía existen modelos de negocio resistentes, cuyos fundamentales no se ven tan impactados por la disrupción de la IA. En este sentido, creemos que tiene más sentido analizar las empresas desde una visión bottom-up (de la micro a la macro) para llegar a detectar las oportunidades. Ante la amenaza actual, preferimos estar expuestos a esos SaaS que se dirigen a sectores regulados, con un alto coste de error para el cliente y con un ciclo de adopción largo. Estas características aumentan la defensividad delos negocios y ralentizan una posible caída en las ventas. Por otro lado, preferimos aquellos Software con una complejidad técnica elevada, que ofrecen beneficios de estar integrados en una única plataforma y tienen la propiedad de los datos", concluyen.

Banca March: la  IA como motor de crecimiento económico

Los avances tecnológicos son una fuente de disrupción, pero también el principal motor del crecimiento económico. Así ocurrió durante la revolución industrial, la electrificación de los años 20 – llegando al 68% de los hogares estadounidenses en tan solo una década–, o el desarrollo de internet, periodos en los que la enorme inversión supuso un destacado impulso de la productividad. A pesar de las fortísimas inversiones que actualmente se están llevando a cabo, equivalentes a un 7% del PIB norteamericano, "no nos encontramos en niveles desproporcionados si tenemos en cuenta la tendencia histórica de inversión en tecnología e I+D. De hecho, la variación de la inversión como porcentaje del PIB fue mucho mayor en otros ciclos previos de progreso tecnológico, como la minería en Australia a comienzos del milenio (+5,1 puntos desde 2005 a 2012), o el petróleo en EE.UU. en los 70’ (+1,5 puntos)", señala el House View de Banca March.

Hoy en día, la inversión agregada supone un 27% del flujo de caja mientras que, en el año 2000, llegó a alcanzar el 90%. Es fundamental tener en cuenta que las actuales inversiones se están abordando con mucha menos deuda que en el pasado. Dentro de los hiperescaladores –grandes proveedores globales de servicios y computación en la nube– hay compañías como Alphabet que, aunque están destinando a inversión la mitad de su flujo de caja, no tienen deuda neta. Otros, como Microsoft, Meta o incluso Amazon, tienen una deuda neta contenida respecto a sus beneficios que se sitúa ampliamente por debajo de las 1,6x del promedio de compañías que componen el S&P 500.

En cualquier caso, por más que se vayan a extender las inversiones en IA y que la deuda esté contenida, la visión de los expertos de Banca March para 2026 es que hay que continuar “ampliando el espectro de inversión”. No debemos limitarnos exclusivamente a los hiperescaladores, los desarrolladores de código o a las compañías de semiconductores porque la ola de destrucción creativa generará ganadores adicionales en esta revolución tecnológica. 

Como ejemplo, los centros de datos necesarios para ofrecer más capacidad de computación necesitarán grandes redes de conexión, compañías de infraestructuras, energía y agua. Simplemente por tener una referencia del tipo de cambio al que nos enfrentamos, la demanda de electricidad para abastecer a los centros de datos en EE.UU. en el año 2030 supondrá un 20% del total estadounidense y a nivel mundial alcanzará consumos equivalentes a los que actualmente soporta la India –tercer mayor consumidor del mundo con más de 1.500 millones de habitantes–. En conclusión, la evidencia es clara: la inversión asociada a la ola tecnológica, lejos de agotarse, está entrando en una frase más profunda y transversal con implicaciones estructurales para un número creciente de sectores. 

Tras los resultados presentados por Amazon el 5 de febrero, es evidente que las grandes tecnológicas volverán a acelerar su inversión en centros de datos e inteligencia artificial en 2026. En esta ocasión, el gigante del comercio electrónico anticipó que destinará 200.000 millones$ a infraestructura de centros de datos, chips y equipamiento, abarcando no solo proyectos vinculados con la IA, sino también otras áreas como su división aeroespacial o la robótica aplicada a la logística. La compañía espera que este esfuerzo inversor le permita consolidar su liderazgo en el mercado de servicios en la nube a través de Amazon Web Services (AWS), cuyos ingresos crecieron un 24%, el mayor avance de los últimos tres años.

Al igual que los directivos de Microsoft y Alphabet, el CEO Andy Jassy considera que el actual escenario representa una oportunidad excepcional y observa una demanda de capacidad computacional que continúa estando por encima de la oferta disponible. Este contexto explica el incremento de la inversión en un 50% con respecto al año anterior.

Si agregamos las inversiones previstas para este ejercicio por los cinco principales hiperescaladores —Meta, Amazon, Alphabet, Microsoft y Oracle—, la cifra asciende a 670.000 millones$, frente a los algo más de 500.000 millones estimados antes de las presentaciones de resultados. En definitiva, el volumen de inversión sigue creciendo ante una demanda de computación que no da muestras de desaceleración. Las grandes tecnológicas mantienen una estrategia alineada y un objetivo claro: no quedarse atrás en el desarrollo, despliegue y soporte de la inteligencia artificial. Sin embargo, el mercado sigue escéptico en la capacidad de rentabilizar estas inversiones y continuó castigando al sector tecnológico. 

The Trader: la IA ya no es Software, es infraestructura

En el Foro de Davos se dijo en voz alta algo que los mercados empiezan a asumir en silencio: la IA ya no es Sofware, la IA es infraestructura. La inteligencia artificial no es una moda tecnológica, sino el mayor despliegue de infraestructuras de la historia moderna. La frase la pronunciaba el CEO de Nvidia, Jensen Huang, quien puso cifra al fenómeno: 85 billones$ en 15 años destinados a energía, chips, centros de datos y fábricas de IA. No lo hizo como previsión o visión futurista, sino como confirmación de lo que ya está en marcha. El mercado reaccionó con fuerza porque esta vez el relato es tangible.

La IA no empieza en una app ni en un modelo matemático. Empieza mucho antes:

  • Energía y generación eléctrica
  • Redes y capacidad de transporte
  • Chips y fabricación avanzada
  • Centros de datos, suelo, refrigeración
  • Infraestructura cloud
  • Y solo al final, la capa de aplicaciones

Cuando todo ese 'pastel de capas' tiene que construirse y operarse, lo que aparece no es un ciclo tecnológico, sino un cambio de régimen económico. Si el capital sigue comprometiéndose a esta escala, la IA deja de ser una historia de productividad digital y pasa a convertirse en infraestructura básica, al nivel de la electricidad, las carreteras o las telecomunicaciones.

Este despliegue, explicaban en el Foro de Davos, no destruye empleo: elimina tareas. La IA libera tiempo y amplía capacidades en sanidad, industria o servicios financieros, desplazando el trabajo desde la ejecución mecánica hacia el propósito, o dicho de otro modo, la automatización libera tiempo para que las personas hagan mejor aquello que realmente aporta valor.

Este despliegue está teniendo, además, una consecuencia poco comentada: la IA está impulsando una reindustrialización silenciosa. La demanda ya no es solo de ingenieros de software, es de electricistas, técnicos de redes, obreros de construcción, fontaneros, diseñadores industriales, arquitectos y operadores de centros de datos entre otros. La economía digital vuelve a necesitar mundo físico. Y eso explica por qué los grandes inversores no están tratando este momento como una burbuja, sino como una fase larga, desigual y estructural de construcción.

Si hay una idea clave que se repite en todo el discurso del Foro de Davos es que el mayor beneficio económico llegará en la capa de aplicaciones: sanidad, industria, servicios financieros, logística, robótica, educación, donde por primera vez los modelos son lo suficientemente buenos como para construir negocios encima. No es casualidad que el capital riesgo esté fluyendo de forma masiva hacia empresas nativas de IA.

"La pregunta incómoda hoy no es si hay una burbuja. La pregunta es otra: ¿y si el riesgo es quedarse fuera de la mayor inversión estructural de las próximas décadas? Nadie duda de si cambiará el mundo. Eso ya está ocurriendo. Lo que ahora inquieta a los expertos el momento en el que una tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en infraestructura (como la energía o las finanzas), también se convierte en poder. Y el poder, si no se regula, no desaparece: se concentra", señala en The Trader  el analista Pablo Gil

Mustafa Suleyman: una ola de poder sin precedentes

En The Coming Wave, la Ola que viene, Mustafa Suleyman, cofundador de DeepMind, aborda el gran dilema tecnológico del siglo XXI: la inteligencia artificial y la biología sintética avanzan más rápido que nuestra capacidad para gobernarlas. El libro publicado por Debate sostiene que no estamos ante una innovación más, sino ante una ola de poder sin precedentes, comparable a la Revolución Industrial, pero mucho más rápida y difícil de contener. La tecnología ya no solo impulsa productividad: redistribuye poder, amplificando lo que individuos, empresas y Estados pueden hacer.

Suleyman no adopta un tono apocalíptico ni optimista. Reconoce el enorme potencial económico y social de la IA, pero advierte que, sin reglas claras, coordinación global y responsabilidad institucional, el riesgo no es el colapso tecnológico, sino la desestabilización política, económica y social. Es un libro incómodo con una conclusión clave, la ola no se puede detener, pero sí gobernarse. 

Morgan Stanley: las empresas británicas han  perdido el 8% del empleo por la IA

En este sentido, el Reino Unido se ha convertido en el primer gran laboratorio donde la inteligencia artificial empieza a mostrar su cara más incómoda. No por falta de avances tecnológicos, sino por la velocidad a la que esos avances se están traduciendo en destrucción neta de empleo.

Según un estudio de Morgan Stanley, las empresas británicas han registrado en los últimos doce meses una pérdida neta de empleo del 8% atribuible directamente a la adopción de IA. Es la cifra más elevada entre las principales economías desarrolladas y duplica la media internacional. Alemania, EEUU, Japón o Australia están lejos de ese impacto.

Lo llamativo es que el problema no es la productividad. Las empresas británicas que han incorporado IA reconocen mejoras medias del 11,5%, prácticamente idénticas a las observadas en EEUU. La diferencia está en la reacción empresarial. Mientras en EEUU la ganancia de eficiencia se ha acompañado de creación de nuevos puestos, en Reino Unido se ha optado por recortar plantilla o no reemplazar vacantes.

Este fenómeno no llega en un buen momento. La economía británica ya venía lastrada por bajo crecimiento, costes laborales al alza, subidas del salario mínimo y mayores cotizaciones sociales. El resultado es un mercado laboral tensionado, con despidos al ritmo más rápido desde 2020 y una tasa de paro en máximos de casi cinco años.

La IA está afectando especialmente a empleos de 'cuello blanco' y perfiles cualificados. Desde el lanzamiento de ChatGPT en 2022, las vacantes en ocupaciones expuestas a la automatización (desarrolladores, consultores, servicios profesionales o IT) han caído un 37%, frente a un 26% en el resto de los sectores. No hablamos de trabajos precarios, sino de la base tradicional de la clase media urbana.

El impacto es aún más duro entre los jóvenes. Muchos de los puestos recortados son empleos de entrada, aquellos que permiten acumular experiencia y progresar dentro de una empresa. La tasa de paro juvenil ha subido hasta el 13,7%, el nivel más alto desde la pandemia, y crece más rápido que el desempleo general. La IA está cerrando la puerta de acceso antes incluso de que los trabajadores puedan demostrar su valor.

La paradoja es evidente. Instituciones como el Banco de Inglaterra y la oficina presupuestaria británica señalan que la IA podría elevar el crecimiento de la productividad hasta 0,8 puntos en la próxima década, mejorando el nivel de vida y las cuentas públicas. El potencial está ahí. El problema es el reparto de sus beneficios… y de sus costes.

El caso británico es una advertencia para Europa. La IA no destruye empleo por sí sola. Lo hace cuando se introduce en economías con bajo crecimiento, márgenes estrechos y empresas más preocupadas por sobrevivir que por reinventar su modelo productivo. Si la eficiencia solo sirve para recortar costes y no para crear nuevas oportunidades, la tecnología deja de ser progreso y se convierte en un acelerador de desigualdad. La pregunta ya no es si la IA cambiará el mercado laboral, sino qué países sabrán convertirla en crecimiento inclusivo y cuáles pagarán el precio de hacerlo mal y deprisa.

investing.com: Amazon deberá hacer más hincapié en la eficiencia

Thomas Monteiro, analista senior en investing.com, señala: "Los últimos resultados financieros de Amazon ponen de relieve la rapidez con la que el ciclo de inversión en IA está poniendo a prueba los balances de las grandes empresas tecnológicas. Si bien la decepcionante reacción general del mercado no es una sorpresa en sí misma, especialmente en un mercado que se ha mostrado implacable con los grandes errores tecnológicos, el alcance de las pérdidas en ambos lados del balance sin duda es motivo de alarma".

Para Amazon, este trimestre deja claro que la escala de la IA ya no es una cuestión de ambición, sino de resistencia del balance. Por un lado, la combinación del debilitamiento de la demanda de los consumidores, principalmente en los segmentos de ingresos bajos y medios, y las presiones sobre los precios derivadas de las continuas repercusiones de los aranceles ha creado una situación difícil para el negocio tradicional de Amazon de cara al resto de 2026, especialmente en lo que respecta a los márgenes.

Por otro lado, los continuos retos competitivos en el ámbito de la nube, observados a lo largo de esta temporada de resultados, están empezando a sembrar dudas sobre la suposición del mercado de que Amazon podrá seguir ampliando masivamente el crecimiento de AWS gracias a unos vientos favorables en gran medida incrementales. Aunque la trayectoria a largo plazo sigue siendo alcista para AWS, estas cifras indican que la empresa tendrá que realizar un gran gasto en infraestructura. 

Mantener un crecimiento trimestral del 20% no será barato. A medida que la competencia sigue aumentando tanto el CapEx como el OpEx, duplicando lo que ahora parece ser un ciclo sostenido de inflación a largo plazo de la infraestructura de IA en lugar de una fase de aceleración temporal, la capacidad de generar un flujo de caja libre creciente a partir de ofertas ya monetizadas y operativas se ha convertido en el campo de batalla clave para las grandes tecnológicas. "En este contexto, es posible que Amazon tenga que hacer mayor hincapié en la eficiencia. También es posible que tenga que recurrir a sus sustanciales reservas de efectivo más pronto que tarde", añade.

UBS: las tendencias estructurales de la IA siguen intactas

El UBS CIO Daily subraya que la volatilidad del mercado no descarrila las tendencias estructurales: "Los inversores que se centran en los movimientos de valores individuales pueden sentirse inquietos ante la avalancha de resultados empresariales publicada en los últimos días. Creemos que esta volatilidad en el comportamiento de las acciones pone de relieve la necesidad de diversificación. Igualmente importante es que los detalles de estos resultados recientes sugieren que las tendencias estructurales de la inteligencia artificial, el envejecimiento demográfico y la electrificación siguen intactas. Seguimos esperando que la innovación transformacional sea un motor clave de la rentabilidad de los mercados de renta variable en los próximos años":

  • Los mercados están premiando a las compañías que pueden demostrar beneficios financieros tangibles derivados de la IA.
  • Los productos y servicios que favorecen vidas más largas, más sanas y más activas deberían beneficiarse de los cambios demográficos globales.
  • El aumento de la demanda mundial de energía y de infraestructuras de red debería impulsar un gasto sostenido.

Mark Haefele, Chief Investment Officer en UBS Global Wealth Management, afirma: "Mantenemos la visión de que los cambios estructurales en la IA, las infraestructuras energéticas y la atención sanitaria transformarán industrias y ampliarán los beneficios globales, y esperamos que las oportunidades alineadas con estas temáticas ofrezcan un crecimiento estructural sólido y duradero, que vaya mucho más allá de la volatilidad de corto plazo de los mercados".

05Feb

Una estrategia diseñada para reforzar la posición norteamericana en el mundo puede estar sembrando las bases de una pérdida gradual de influencia.

Miguel Ángel Valero

La política comercial de Donald Trump ya no se define solo por los aranceles, sino por algo más corrosivo: la incertidumbre permanente. Nadie sabe cuál será el próximo anuncio, el siguiente castigo comercial o el nuevo aliado convertido en adversario. Y cuando esa imprevisibilidad se convierte en norma, los socios empiezan a protegerse.

Eso es exactamente lo que estamos viendo. Reino Unido se acerca a China no por afinidad, sino por necesidad. Europa acelera acuerdos comerciales largamente bloqueados, como los suscritos con Mercosur o India. Canadá, Corea del Sur o incluso socios asiáticos tradicionales de Washington revisan silenciosamente sus dependencias. No es una ruptura con EEUU, es una diversificación forzada.

En ese contexto, el acercamiento a China y, sobre todo, a India cobra todo el sentido. No son potencias marginales, sino las dos economías que, según el Fondo Monetario Internacional, concentrarán buena parte del crecimiento global durante la próxima década. India, en particular, emerge como la gran alternativa estratégica: crecimiento por encima del 6%, demografía favorable, ambición industrial y una posición geopolítica suficientemente autónoma como para no quedar atrapada en un solo bloque.

El acuerdo entre la Unión Europea y la India no es, por tanto, un simple tratado comercial. Es una jugada de fondo. Permite a Europa diversificar cadenas de suministro, reducir vulnerabilidades frente a China y EEUU, y ganar acceso a sectores clave como tecnologías limpias, farmacéuticas, infraestructuras digitales o materias primas críticas. También refuerza el papel de India como potencia bisagra, capaz de relacionarse con Washington, Bruselas, Moscú y Pekín sin alinearse plenamente con ninguno.

Si a este movimiento se suma una ratificación del acuerdo con Mercosur, el mapa empieza a dibujarse con claridad. Europa estaría asegurando acceso preferente a Asia y América Latina justo cuando EEUU opta por una estrategia de confrontación comercial, incluso con sus aliados históricos. No es un movimiento ideológico, es una respuesta racional a un entorno cada vez más volátil.

"La paradoja es evidente. Una política diseñada para reforzar la posición estadounidense puede estar sembrando las bases de una pérdida gradual de influencia. No por un colapso abrupto, sino por algo más silencioso: la normalización de un mundo donde EEUU deja de ser el socio imprescindible y pasa a ser uno más, poderoso, sí, pero imprevisible", señala el analista Pablo Gil en The Trader. 

"Las hegemonías rara vez se pierden por un ataque externo. Suelen erosionarse desde dentro, cuando las decisiones propias minan la confianza que sostiene el liderazgo. Tal vez estemos asistiendo al inicio de ese proceso: no el final inmediato de la hegemonía estadounidense, pero sí el comienzo de un desgaste que hace solo unos años parecía imposible", subraya.

India-UE: "la madre de todos los acuerdos"

En ese contexto, la Unión Europea y la India han cerrado un tratado de libre comercio histórico que promete transformar las relaciones económicas entre ambos bloques tras casi dos décadas de negociaciones. Este pacto, calificado por Ursula von der Leyen como “la madre de todos los acuerdos”, abre un mercado de más de 2.000 millones de consumidores eliminando las barreras arancelarias que han limitado la presencia europea en India durante años.

Para España, el impacto de este tratado va mucho más allá. La notable coincidencia entre los bienes que la India importa a nivel global y los productos que España exporta abre una amplia ventana de oportunidades para los sectores de maquinaria industrial y agrícola, combustibles minerales, productos químicos y farmacéuticos, equipos eléctricos y electrónicos, así como productos plásticos. 

Esto puede suponer, según inAtlas:

  • Ahorros significativos para exportadores europeos (hasta 4.000 millones€ anuales en aranceles eliminados o reducidos) potenciando la competitividad de productos españoles en India.
  • Duplicar el comercio bilateral con India hacia 2032 gracias a mejor acceso al mercado y reducción de barreras no arancelarias.
  • Impulso a sectores estratégicos para España: energías renovables, infraestructuras, agroalimentario (como vinos y aceite de oliva, cuyos aranceles pasan de niveles muy altos a cero en apenas años), defensa, químico y servicios especializados.
  • Además, el acuerdo facilitará la cooperación regulatoria y la integración de cadenas de valor, reduciendo los costes logísticos y de certificaciones técnicas que tradicionalmente han frenado la internacionalización de las pymes españolas.

Propuesta de acuerdo sobre minerales críticos

Al mismo tiempo que se acerca a China y llega a acuerdos con Mercosur y con India, Europa no descuida la compleja relación con EEUU. La Unión Europea ha reactivado el proceso para implementar el acuerdo comercial con EEUU. Este pacto, firmado en julio de 2025,, y destinado a reducir aranceles entre ambas partes, está pendiente de completar los trámites burocráticos necesarios para su incorporación al marco legislativo europeo. Mientras tanto, los aranceles de ambos países continúan recaudándose con la intención de reembolsar posteriormente las cantidades a las empresas una vez que el acuerdo sea ratificado.

Sin embargo, el procedimiento de ratificación quedó bloqueado en el Parlamento Europeo después de que Trump lanzara una nueva amenaza arancelaria contra los países europeos que enviaron tropas militares a Groenlandia y, ahora que la situación se ha estabilizado, el acuerdo se someterá a votación en la Eurocámara el 24 de febrero. Además, la institución incorporará una “cláusula automática” que se activará en caso de que Trump intente ejercer nuevas presiones y modificar las condiciones pactadas. 

Además, la Unión Europea quiere proponer a EEUU un acuerdo sobre minerales críticos con el objetivo de limitar la influencia de China en este mercado estratégico. Aunque los detalles aún están por definirse, pretende presentar en los próximos tres meses una “hoja de ruta de asociación estratégica” a la Administración Trump. 

Esta iniciativa busca desarrollar, de manera conjunta, alternativas a la dependencia de China para el abastecimiento de minerales críticos mediante proyectos compartidos, actividades de investigación y mecanismos de intercambio de información. El plan también contempla la posibilidad de crear reservas que permitan protegerse frente a interrupciones repentinas en el suministro.

01Feb

Japón tiene cerca de cinco billones$ invertidos en activos extranjeros. Pero el creciente atractivo de la deuda pública de ese país hará que buena parte de ese dinero vuelva a casa.

Miguel Ángel Valero

La venta masiva de bonos japoneses a muy largo plazo ha sido tan espectacular que ha reavivado una vieja pregunta: ¿podría la deuda de Japón llegar a ser insostenible? Desde que la primera ministra, Sanae Takaichi, asumió el cargo en octubre de 2025, los inversores han tenido que descontar una política fiscal más expansiva. La revalorización se aceleró cuando convocó elecciones anticipadas para el 8 de febrero de 2026, junto con las conversaciones sobre nuevas medidas de desgravación fiscal, lo que provocó la última crisis de los rendimientos.

El rendimiento de los bonos del Estado japonés (JGB) a 40 años subió por encima del 4% y el de los bonos a 30 años aumentó aproximadamente un cuarto de punto en una sola sesión, un ritmo que habría sido casi impensable durante la era del control de la curva de rendimientos. La deuda pública de Japón sigue rondando el 230% del producto interior bruto (PIB), por lo que, según los expertos de DWS, es comprensible que los mercados reaccionen con nerviosismo cuando la prima de plazo pasa a ser el centro de atención, al menos temporalmente.

El gráfico aportado por DWS ayuda a traducir ese drama del mercado en cálculos aritméticos sobre la deuda. El eje izquierdo muestra los rendimientos de los bonos del Estado japonés a 10, 30 y 40 años, reflejando cómo los plazos largos se han revalorizado considerablemente y se han vuelto más volátiles. Sin embargo, el puente crucial hacia la sostenibilidad de la deuda se muestra en el eje derecho: los pagos netos de intereses del Gobierno como porcentaje del PIB, donde el área sombreada en azul marca el período de previsión hasta finales de 2027 por parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). 

Incluso con unos rendimientos que han subido considerablemente, el gráfico implica que la carga de los intereses solo aumenta de forma gradual y con un desfase. El coste de financiación soberana de Japón es una cuestión de stock, no de spot: la factura media de intereses se ajusta con un gran retraso a medida que se renueva el stock de deuda existente con cupones bajos, por lo que los gastos por intereses siguen mostrando inercia.

En este punto es donde el debate sobre la sostenibilidad de la deuda debería perder su dramatismo: la deuda acumulada de un país se considera sostenible, siempre que el crecimiento nominal se mantenga por encima del tipo de interés efectivo de la deuda pendiente (suponiendo que el presupuesto primario siga equilibrado). Esa lógica también es coherente con las evaluaciones externas: la agencia de calificación Fitch señala que la reflación puede respaldar la dinámica de la deuda a corto plazo, ya que el tipo de interés efectivo solo aumenta gradualmente y se ha mantenido por debajo de la inflación, incluso cuando los rendimientos se normalizan.

“La dinámica de la deuda de Japón ha sido bastante buena en los últimos años. Debido al retorno de la inflación y, por lo tanto, al mayor crecimiento nominal, la ratio deuda/PIB ya ha entrado en una senda descendente. Dadas nuestras perspectivas positivas tanto para el crecimiento real como para la inflación, la situación fiscal de Japón también parece estable”, señala Lucas Brauner, economista especializado en Japón de DWS.

Brauner añade además que el caso de riesgo es la imagen reflejada: "Si la inflación cayera de forma decisiva mientras los tipos de interés se mantuvieran elevados, el crecimiento nominal podría dejar de superar los tipos de interés efectivos, lo que en última instancia conduciría a una ratio deuda/PIB más alta y potencialmente insostenible". La incertidumbre en torno al alcance de la expansión fiscal es otro factor de riesgo. El mercado de bonos japonés puede seguir siendo volátil durante un tiempo, pero la sostenibilidad sigue dependiendo del crecimiento y la inflación, y no solo de los rendimientos de los bonos del Estado japonés a largo y ultralargo plazo.

The Trader

Japón se ha convertido en el principal foco de tensión de los mercados financieros globales. El yen vuelve a estar bajo presión y, esta vez, el aviso desde Tokio es explícito. Cuando el Gobierno japonés habla de movimientos “anormales y especulativos” en el mercado de divisas y la Reserva Federal de Nueva York contacta directamente con las mesas de trading para interesarse por el tipo de cambio, el mensaje es claro: el problema ya no es técnico, es político y sistémico.

El yen llegó a deslizarse hacia la zona de 160 por dólar, un nivel que Japón ya ha señalado en el pasado como línea roja. El posterior rebote fue uno de los más violentos desde agosto y el mercado lo interpretó como una advertencia directa de posible intervención, incluso coordinada con Estados Unidos. Cuando Washington entra en escena, ya no hablamos solo de la moneda japonesa, sino de estabilidad financiera global.

Pero el verdadero núcleo del problema no está en el yen. Está en la deuda. Los llamados JGB no son otra cosa que los bonos del Estado japonés, es decir, la deuda pública de Japón. Durante décadas fueron el mercado más estable del mundo. Pagaban tipos cercanos a cero, apenas se movían y servían como ancla de tranquilidad en los momentos de turbulencias globales. Esa estabilidad no era casual. Se sostenía sobre un pilar clave: el propio Banco de Japón.

Durante años, el banco central fue el gran comprador de deuda japonesa. El Gobierno emitía bonos, y más del 50% de toda la emisión la compraba el propio Banco de Japón. Gracias a eso, Japón pudo acumular una deuda gigantesca sin que subieran los tipos de interés. De hecho, durante mucho tiempo los inversores privados japoneses no eran los principales financiadores del Estado. No hacía falta. El mercado estaba, en la práctica, anestesiado.

Eso explica algo que a primera vista parece contradictorio. Cuando la deuda japonesa no pagaba casi nada, los inversores japoneses financiaban al resto del mundo. Bancos, aseguradoras y fondos de pensiones preferían comprar deuda de Estados Unidos o Europa, donde sí había rentabilidad. El yen era estable, cubrir el riesgo de divisa era barato y en casa el banco central garantizaba que todo permanecía bajo control. Ese equilibrio se ha roto.

La inflación ha regresado a Japón y se ha consolidado. La inflación subyacente cerró 2025 en el 3,1%, cuarto año consecutivo por encima del objetivo del 2%. Al mismo tiempo, el Banco de Japón ha puesto fin a los tipos negativos y ha comenzado a retirarse, lentamente, del mercado de deuda. Ya no compra bonos como antes. Y justo cuando ese comprador desaparece, el nuevo Gobierno ha apostado por más gasto público y estímulos fiscales de cara a las elecciones anticipadas de febrero.

El resultado es un mercado que pasa de no moverse nunca a moverse de forma brusca. Las rentabilidades de los bonos japoneses se han disparado, especialmente en los tramos largos. El bono a 40 años ha superado el 4%, algo impensable hace apenas dos años. Movimientos que antes tardaban meses ahora se producen en una sola sesión.

¿Quién está comprando ahora esos bonos? Aquí aparece el segundo gran cambio. Los primeros en entrar han sido los inversores extranjeros. No porque posean la mayor parte de la deuda, sino porque son quienes más operan en el mercado. Hoy representan alrededor del 65% del volumen mensual negociado. Son inversores rápidos, tácticos, que entran y salen con facilidad y que amplifican los movimientos cuando hay incertidumbre.

Y aquí surge la pregunta clave: ¿por qué los inversores japoneses no están comprando en masa ahora que la deuda sí paga una rentabilidad atractiva? La respuesta es menos intuitiva de lo que parece. No es que no quieran. Es que no pueden hacerlo de golpe. Bancos, aseguradoras y fondos de pensiones japoneses son inversores estructurales. Necesitan estabilidad, no volatilidad. Durante décadas delegaron la función de estabilizar el mercado en el Banco de Japón. Ahora el banco central se retira, pero los inversores domésticos no han ocupado aún ese vacío. Esperan a que el mercado se calme y los tipos encuentren un equilibrio más claro.

Mientras tanto, los extranjeros se adelantan. Eso explica la volatilidad actual. No es falta de interés local, es un desfase temporal entre la retirada del banco central y la vuelta progresiva del comprador doméstico.

El problema es que ese proceso tiene consecuencias globales. Japón tiene cerca de cinco billones$ invertidos en activos extranjeros. Durante décadas fue uno de los grandes financiadores silenciosos del mundo. Si una parte de ese capital empieza a regresar porque la deuda japonesa vuelve a ser atractiva, no hace falta un movimiento masivo para generar tensiones. Basta con que una fracción vuelva para presionar al alza las rentabilidades en Estados Unidos y Europa.

Además, el yen ha sido durante años uno de los pilares del “carry trade” global: pedir prestado en yenes baratos para invertir en activos más rentables fuera. Y no hablamos de cantidades menores, porque la última estimación cifra ese “carry trade” en 450.000 millones$. Si los tipos japoneses siguen subiendo, ese mecanismo empieza a romperse y obliga a deshacer posiciones en todo el mundo.

Aquí está el dilema imposible para Japón. Subir tipos ayuda a estabilizar el yen, pero encarece el servicio de una deuda pública que ronda el 230% del PIB. Intervenir en el mercado de divisas, como ya ocurrió en 2024, con cerca de 100.000 millones de dólares, solo compra tiempo. No soluciona el problema estructural si el gasto público sigue creciendo y el banco central se ve obligado a apagar fuegos constantemente.

"Lo que estamos viendo en Japón no es un episodio aislado de volatilidad ni un simple ajuste en el yen. Es el inicio de un cambio profundo en uno de los grandes pilares del sistema financiero global. El mundo se acostumbró a que Japón financiara el exceso de deuda ajeno gracias a tipos cero y a un banco central omnipresente. Ese modelo se está agotando. Si Japón empieza, aunque sea de forma gradual, a priorizar su propio mercado y a repatriar capitales, el impacto se sentirá en las curvas de tipos, en el dólar y en el coste de financiación global. El riesgo no es lo que Japón haga hoy. El riesgo es que el mundo siga actuando como si Japón pudiera seguir sosteniendo indefinidamente un sistema que ya ha empezado a resquebrajarse", advierte el analista Pablo Gil en The Trader.

31Jan

En un mundo donde el comercio se utiliza cada vez más como instrumento de poder, apostar por acuerdos a largo plazo con India o con Mercosur no es solo una decisión económica. Es una declaración de intenciones sobre el lugar que Europa quiere ocupar en el nuevo orden global. Lo que también beneficia a sus bonos.

Miguel Ángel Valero

El intento de anexión de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca, ha sido el punto de no retorno para las complejas relaciones entre la Unión Europea y Donald Trump, especialmente desde el pomposo Día de la Liberación Arancelaria de principios de abril de 2025. A una inicial política de apaciguamiento y de no enfrentamiento, que llevó a un acuerdo comercial que suponía pagar muchos más aranceles que antes, le sucede ahora una estrategia de diversificación y de reducción de la dependencia respecto a EEUU y también a China, que se ha concretado en acuerdos con India y con Mercosur. También cuentan aquí los estrechamientos de relaciones con Canadá (hasta el punto de que ya no parece una utopía plantear su incorporación a la Unión Europea) y con Reino Unido, especialmente en seguridad. Y los acercamientos a China, todavía sin grandes resultados.

En un mundo cada vez más fragmentado, la Unión Europea ha cerrado uno de los acuerdos comerciales más relevantes de su historia reciente. La UE y la India han alcanzado un pacto de libre comercio de dimensiones históricas que conectará a casi 2.000 millones de personas y concentrará cerca de una cuarta parte del PIB mundial. No es un tratado más. Es una decisión estratégica marcada por la geopolítica, la urgencia y, en buena medida, por Trump.

Durante años, las negociaciones entre la UE y la India avanzaron lentamente, bloqueadas por aranceles, estándares regulatorios y, sobre todo, por la movilidad laboral. Pero la vuelta de Trump a la Casa Blanca cambió el ritmo. Sus amenazas arancelarias, el uso del comercio como arma política y la sensación de ruptura del viejo equilibrio atlántico actuaron como catalizador. Bruselas entendió que debía acelerar la diversificación de sus alianzas, y Nueva Delhi llegó a la misma conclusión tras constatar que, pese a la aparente cercanía entre Trump y Narendra Modi, EEUU no estaba dispuesto a ofrecer un acuerdo comercial estable ni respetuoso.

Ese doble desencanto explica la velocidad final del pacto. En apenas un año, y tras casi dos décadas de negociaciones intermitentes, la UE decidió cerrar lo que desde la propia Comisión se ha bautizado sin complejos como “la madre de todos los acuerdos comerciales”. El simbolismo fue claro: el viaje conjunto del presidente del Consejo Europeo, António Costa, y de la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, a Nueva Delhi, como invitados de honor al Día de la República india, escenificó que Europa ve a la India como un socio estratégico de largo plazo, no como un simple mercado de oportunidad.

Para Europa, el contexto no podría ser más delicado. La relación con EEUU atraviesa uno de sus momentos más tensos, la dependencia de China se percibe cada vez más como un riesgo estratégico, y las cadenas de suministro siguen expuestas a shocks geopolíticos. En ese escenario, la India aparece como la gran alternativa: una economía que crece por encima del 6% anual, que ya ha superado al Reino Unido como quinta potencia mundial y que todo apunta a que será la tercera antes de que termine la década.

El acuerdo permitirá reducir hasta 4.000 millones€ anuales en aranceles para los exportadores europeos, con recortes muy significativos en sectores como el vino, el aceite de oliva, la automoción, la maquinaria industrial o los productos químicos. Para una industria europea castigada por la pérdida de competitividad y por un entorno global cada vez más hostil, el acceso preferente a un mercado de 1.400 millones de personas no es menor. Al mismo tiempo, la India se consolida como alternativa real a China como plataforma manufacturera y tecnológica, atrayendo inversión extranjera y creando empleo industrial para una población joven que sigue creciendo.

Desde el punto de vista geopolítico, el pacto refuerza el papel de la India como potencia bisagra. Nueva Delhi mantiene relaciones con Rusia, China, EEUU y Europa sin alinearse plenamente con ninguno, y esa autonomía estratégica es precisamente lo que la hace atractiva para Bruselas. Para la UE, el acuerdo es una forma de ganar margen de maniobra en un mundo donde las reglas del comercio global se están reescribiendo a golpe de arancel y presión política.

El contraste con Mercosur es inevitable. Mientras el acuerdo con Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay sigue atrapado en resistencias internas, vetos cruzados y bloqueos políticos tras más de 25 años de negociaciones, el pacto con la India avanza con menos oposición interna y con una lógica más claramente geoestratégica. Mercosur se ha convertido en el símbolo de la lentitud y las contradicciones europeas; la India, en cambio, representa una apuesta pragmática por diversificar riesgos, aunque eso implique asumir concesiones incómodas, como una mayor apertura a trabajadores cualificados indios en un continente envejecido y con escasez estructural de talento.

Este acuerdo entre la Unión Europea y la India dice mucho más de Europa que de la propia India. Revela hasta qué punto Bruselas ha entendido, quizá tarde pero con claridad, que su futuro económico y político pasa por diversificar alianzas y reducir dependencias peligrosas. También refleja un cambio de mentalidad: frente a la parálisis de Mercosur y al deterioro del vínculo con EEUU, Europa ha optado por moverse. En un mundo donde el comercio se utiliza cada vez más como instrumento de poder, apostar por un acuerdo amplio, complejo y a largo plazo con la India no es solo una decisión económica. Es una declaración de intenciones sobre el lugar que Europa quiere ocupar en el nuevo orden global.

Mercosur, la historia interminable

Mientras tanto, el acuerdo de la UE y Mercosur es la historia interminable. Después de firmarse tras más de 25 años de negociaciones, el Parlamento Europeo ha solicitado al Tribunal de Justicia de la UE (TUE) opinión sobre su legalidad, un proceso que podría prolongarse hasta dos años. No se avanzará en la ratificación hasta que el TUE emita su opinión. En el peor escenario, si detectara incompatibilidades con los tratados de la UE, sería necesario renegociarlo.

Las condiciones actuales contemplan la eliminación gradual durante 10 años de los aranceles a los bienes industriales, lo que beneficiaría principalmente a los exportadores de automóviles europeos, actualmente gravados con un 35%. En cuanto a los productos agrícolas, se eliminarían los tributos al 93% de este tipo de exportaciones europeas y se liberalizaría el 82% de estas importaciones procedentes de Mercosur. El acuerdo también establece cuotas para productos sensibles como la carne vacuna, el pollo o el azúcar, además de una cláusula de salvaguardia. La Comisión monitorizaría estos productos y, en caso de alterar sus precios en un 5%, lanzaría una investigación. Si determinase que hay perjuicio a los ganaderos europeos, podría revertir la eliminación de los aranceles.

A pesar del debate político y del potencial impacto en algunos sectores específicos, la relevancia del acuerdo para la UE es relativamente limitada: el comercio con Mercosur representa únicamente el 2,2% del total extracomunitario.

En cualquier caso, la aprobación del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur llega en un momento de toma de conciencia estratégica. Europa empieza a asumir algo que durante décadas evitó afrontar: ya no puede depender de EEUU ni para su seguridad, ni como socio comercial central, ni como garante último del orden internacional.

La guerra provocada por la invasión rusa de Ucrania dejó al descubierto la fragilidad del paraguas defensivo europeo. Y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha terminado de romper cualquier ilusión residual. EEUU ya no actúa como aliado previsible, sino como una potencia que prioriza su interés inmediato, utiliza los aranceles como arma política y no distingue entre competidores, socios o aliados. En ese contexto, Europa entiende que diversificar riesgos no es una opción ideológica, sino una necesidad estratégica.

Durante años, la UE miró hacia otro lado cuando se trataba de América Latina. Ese vacío lo ocupó China con una estrategia paciente y coherente: inversiones masivas en infraestructuras críticas (puertos, ferrocarriles, carreteras y energía) a cambio de acceso preferente a materias primas y mercados. Una relación útil para muchos países latinoamericanos, pero profundamente asimétrica. Mucho comercio, sí, pero poca industrialización local y escasa transferencia de valor añadido.

China no solo ha hecho eso en América Latina. Ha replicado el modelo en África y en buena parte de Asia, construyendo una red de dependencias económicas que le permite reducir su exposición a Estados Unidos, asegurar suministros estratégicos y ampliar su influencia política. Mientras Washington amenaza y sanciona, Pekín ofrece financiación, obra pública y acceso a su mercado. No impone reglas democráticas, pero sí genera dependencia estructural.

Frente a ese tablero, el acuerdo entre la UE y Mercosur representa una apuesta distinta. Europa no ofrece coerción ni cheques a cambio de lealtad, sino integración bajo reglas compartidas. Un espacio de libre comercio que, si se ratifica plenamente, será el mayor del mundo y que se regirá por estándares comunes en materia laboral, medioambiental y regulatoria. Para América Latina, abre la puerta a atraer inversión productiva y avanzar en industria y empleo de mayor calidad. Para Europa, supone acceso a mercados clave, diversificación comercial y un ahorro inmediato de miles de millones en aranceles.

El coste interno es real y no menor. Sectores como la agricultura y la ganadería europeas, especialmente en países como Francia o España, perciben el acuerdo como una amenaza directa. Pero aquí aparece una diferencia clave frente a otros modelos de poder: la Unión Europea asume el conflicto dentro de su propio sistema político, lo debate y trata de compensarlo con salvaguardias y fondos comunitarios. Eso no elimina la realidad de fondo: habrá ganadores y perdedores. Muchos profesionales del sector verán cómo su modelo de negocio deja de ser viable, explotaciones familiares quedarán por el camino y proyectos de vida construidos durante décadas se verán truncados. Como en toda gran negociación, se cometerán injusticias y no todos los costes se repartirán de forma equitativa. La diferencia es que Europa, al menos, reconoce ese daño, lo discute abiertamente y trata de amortiguarlo, aunque no siempre lo consiga.

Mercosur no es un acuerdo perfecto. Tiene riesgos, genera fricciones y exige sacrificios. Pero encaja en una lectura más amplia del mundo que viene. EEUU se vuelve imprevisible y utiliza el comercio como arma. China expande su influencia comprando dependencia. Europa, con todas sus limitaciones, intenta construir alianzas estables basadas en normas, no en la fuerza.

En ese contexto, Mercosur no es solo un tratado comercial. Es la constatación de que Europa ha entendido que el mundo ha cambiado y que su supervivencia geopolítica pasa por dejar de depender de un único socio y empezar a tejer su propia red de alianzas. Más lenta, más incómoda y menos espectacular, pero probablemente más sostenible.

El acuerdo con Mercosur refleja mejor que ninguna otra iniciativa la encrucijada en la que se encuentra Europa. Puede optar por replegarse, proteger a corto plazo a sectores concretos y aceptar un papel cada vez más irrelevante en el nuevo orden global, o asumir costes internos para defender una visión de largo plazo basada en diversificación comercial, reglas compartidas y autonomía estratégica. No es un camino cómodo ni popular, pero sí el único coherente con la realidad del mundo que viene. 

"En un entorno donde unos imponen por la fuerza y otros compran lealtades con cheques, Europa empieza a asumir que integrarse, tejer alianzas y reducir dependencias no es una elección ideológica, sino una condición para seguir jugando la partida", subraya el analista Pablo Gil en The Trader. 

DWS: los bonos europeos ganan atractivo

Dentro de este contexto, un análisis de DWS muestra que, cada vez más, la reducción de los diferenciales de la Eurozona dice menos sobre las virtudes europeas y más sobre las inquietudes en muchos de los otros mercados de bonos del mundo

En los primeros días del euro, la reducción de los rendimientos de los bonos del Estado se consideraba una prueba de que la moneda única estaba surtiendo efecto. En 2007, Italia, España y Francia podían obtener préstamos a tipos de interés muy similares a los de Alemania. Luego llegó la crisis de la zona euro y, con ella, el doloroso recordatorio de que la convergencia de los tipos de interés nominales no siempre es sinónimo de estabilidad futura.

Como muestra el gráfico de DWS, los rendimientos de los bonos italianos, españoles e incluso franceses han vuelto a situarse en los niveles previos a la crisis, en términos de sus diferenciales relativos con respecto a los bonos alemanes. Esto refleja años de dolorosas reformas internas, junto con los esfuerzos europeos por mantener intacta la transmisión monetaria y evitar la fragmentación. La declaración de Mario Draghi en 2012 de “haremos todo lo que sea necesario” sigue proyectando una larga sombra. Irlanda y Grecia, que en su día fueron sinónimo de disfunción a los ojos de los inversores en bonos del Estado, tienden hoy en día a cotizar a niveles comparables a los de Austria y Bélgica.

Pero esta última oleada de convergencia se debe tanto a la turbulencia en otros lugares como a la calma política en el Banco Central Europeo (BCE). La crisis soberana más espectacular de los últimos años, tras un minipresupuesto para 2022 que fue mal acogido, se produjo en Londres, no en Lisboa. EEUU y Japón luchan ahora con sus propios demonios fiscales, lo que hace que el drama político europeo se vea bajo una luz más indulgente.

La saga presupuestaria de Francia es un buen ejemplo de ello. La parálisis política, un Gobierno que impone medidas y la perspectiva de múltiples votos de censura podrían haber provocado un aumento vertiginoso de los diferenciales. Esta vez, los mercados apenas se inmutaron, y no solo porque parece probable que el Gobierno sobreviva y evite unas elecciones anticipadas. Fundamentalmente, ¿por qué entrar en pánico por las tácticas de procedimiento en la Asamblea Nacional cuando el rendimiento a 30 años de Japón está fluctuando y Washington está jugando con la idea de comprar Groenlandia?

Las mejoras estructurales también han contribuido. Italia y España son los mayores beneficiarios de los fondos de recuperación pospandémicos de la UE, lo que ayuda a estabilizar la deuda pública en los niveles actuales. Últimamente, ambos países tienden a cotizar con diferenciales más ajustados que Francia. “Los compradores extranjeros también han vuelto”, señala Ulrike Kastens, economista senior de DWS. “Según los datos del banco central, la proporción de bonos soberanos franceses e italianos en manos de extranjeros se ha ido recuperando en los últimos años. Hoy en día, la estabilidad es un concepto relativo, y Europa se está beneficiando de los dramas de los demás”, subraya.

30Jan

El crecimiento de las exportaciones está perdiendo impulso, el consumo no avanza, tampoco la inversión privada, y la demografía no ayuda. Pero en I+D reduce distancias con EEUU, y su superávit comercial ha superado por vez primera el billón$.

Miguel Ángel Valero

Reino Unido y China han dado un paso significativo para reforzar su relación política y económica, ignorando las advertencias del presidente estadounidense Donald Trump. Pekín permitirá la entrada sin visado a los ciudadanos británicos durante 30 días y reducirá a la mitad los aranceles aplicados al whisky –del 10% al 5%– mientras que la farmacéutica británica AstraZeneca ha anunciado una inversión de 15.000 millones$ en el país asiático. 

A ello se suma el compromiso del Reino Unido de facilitar un mayor acceso a los mercados chinos para su sector de servicios. Ambas naciones han acordado una nueva “asociación de servicios” que proporcionará a los sectores británicos sanitario, financiero, jurídico, profesional y educativo reglas más claras, un mejor acceso al mercado y apoyo para impulsar sus ventas dentro de China.

En conjunto, estos movimientos evidencian cómo las políticas proteccionistas y el clima de confrontación impulsados por Trump están llevando a los países europeos a diversificar sus alianzas exteriores. Sus socios comerciales en Europa están explorando oportunidades con potencias alternativas o incluso con el propio rival estratégico de EEUU: China. 

Las recientes negociaciones entre China con Reino Unido y Canadá, así como el acuerdo comercial firmado la semana pasada entre la Unión Europea e India, son ejemplos claros de cómo el comercio global busca la readaptación.

Crédito y Caución: desaceleración de la economía china

Crédito y Caución vaticina una desaceleración de la economía china en 2026 y 2027 a medida que se desvanece el impulso de las exportaciones y persisten los retos estructurales. Así, se espera que el crecimiento de su PIB se quede en el 4,4% para este año y el próximo, por debajo de los niveles registrados en 2024 (5%) y 2025 (4,8%).  

Varios factores explican la pérdida de impulso de la economía de China. Por una parte, la inversión privada en infraestructuras de inteligencia artificial (IA) que está impulsando el crecimiento en otros importantes mercados, como EEUU, es sustancialmente menor en el caso del país asiático, dejando un impacto limitado en el PIB local.

Por otra parte, aunque el acuerdo comercial entre EEUU y China alivió un periodo de gran tensión, al revocar una serie de aranceles y controles a la exportación, todavía arroja mucha incertidumbre en el contexto internacional. La relación entre ambos países sigue marcada por la desconfianza y la rivalidad.

Además, el crecimiento de las exportaciones está empezando a perder impulso, fruto de la anticipación de compras que se produjo en el primer trimestre de 2025 para evitar los aranceles. En octubre, las exportaciones disminuyeron un 1,1 % interanual, mientras que las importaciones aumentaron un 1%, según datos de aduanas. En este escenario, se prevé que el crecimiento de las exportaciones se ralentice a lo largo de 2026. 

Por otra parte, el crecimiento del consumo sigue viéndose frenado por el elevado nivel del ahorro preventivo y la corrección del mercado inmobiliario, a pesar del aumento de los ingresos y el incremento del gasto social.

La inversión pública es mucho más sólida que la privada, ya que el Gobierno está acelerando el gasto en infraestructuras, en particular en proyectos estratégicos que refuerzan la resiliencia de China frente a los desastres naturales y los conflictos geopolíticos. Junto a ello, las presiones deflacionistas están llevando a los responsables políticos a intentar reactivar la economía mediante el gasto público y la flexibilización monetaria, previsiblemente a través de medidas como nuevas reducciones del tipo de interés oficial, una menor ratio de reservas mínimas y la concesión de tipos de interés preferenciales

Estas iniciativas, junto con la ampliación y expansión del programa de intercambio para incluir teléfonos inteligentes además de electrodomésticos, beneficiarán principalmente a los grupos de bajos ingresos, que tienen una mayor propensión al consumo.

La economía de China seguirá mostrando un mejor comportamiento que la media global, con una previsión de crecimiento del 4,4% en 2026, frente al 2,8% a nivel mundial. Sin embargo, tendrá que hacer frente a importantes retos que están ralentizando su dinamismo, como el enfriamiento de las exportaciones.

UBP: una plataforma más sólida para competir en el exterior

En un informe sobre la internacionalización del Renminbi Chino, Carlos Casanova, economista jefe de Asia para Union Bancaire Priveé (UBP), señala queEl decimoquinto plan quinquenal de China (2026–2030), que se dará a conocer en marzo por la Asamblea Popular Nacional, apunta a un cambio en la forma en que el Banco Popular de China gestiona el tipo de cambio del renminbi (RMB)". 

"A largo plazo, Pekín parece dispuesto a priorizar la liberalización de la cuenta corriente frente a una política de apreciación controlada. El objetivo es impulsar la demanda global de la moneda, contribuyendo a absorber shocks externos y, al mismo tiempo, ofrecer a los emergentes ‘campeones’ tecnológicos del país, la próxima generación de innovadores globales, una plataforma más sólida para competir en el escenario internacional", explica. 

"A medida que China transita hacia este nuevo paradigma, el reposicionamiento del RMB será clave para abordar los desequilibrios estructurales, apoyar el reequilibrio económico interno y reforzar la competitividad global de las empresas chinas”, subraya este experto.

The Trader: China crece a dos velocidades

China ha vuelto a cumplir su objetivo oficial de crecimiento, ese “alrededor del 5%” que Pekín se ha marcado durante tres años consecutivos. En 2025 el PIB creció exactamente un 5%, igual que en 2024. Sobre el papel, misión cumplida. Pero cuando se rasca un poco, el mensaje es bastante menos tranquilizador. El último trimestre del año deja una señal clara: la economía se está desacelerando. El crecimiento interanual fue del 4,5%, el ritmo más bajo desde la reapertura tras el COVID. Y lo más relevante no es tanto la cifra puntual, sino la tendencia: cada trimestre de 2025 fue más débil que el anterior. Eso apunta a un problema estructural que no se resuelve con titulares. El gran desequilibrio sigue siendo el mismo. 

China crece a dos velocidades. Por un lado, el sector industrial y las exportaciones aguantan sorprendentemente bien. La producción industrial creció un 5,2% en diciembre y las exportaciones aportaron nada menos que un tercio del crecimiento total del año, el mayor peso desde finales de los años 90. En plena guerra comercial y con más proteccionismo global, China ha logrado redirigir sus exportaciones fuera de EEUU y cerrar 2025 con un superávit comercial récord.

Pero por dentro, la economía está claramente gripada. El consumo es débil, la inversión cae y el mercado inmobiliario sigue siendo un lastre enorme. Las ventas minoristas apenas crecieron un 0,9% en diciembre, el peor dato desde 2020. La inversión total cayó un 3,8% en el conjunto del año, la primera caída anual en casi tres décadas, y la inversión inmobiliaria se desplomó más de un 17%. A eso se suma un mercado laboral que no termina de reaccionar y unos salarios que crecen cada vez más despacio. 

Pekín es consciente del problema. El propio Buró Nacional de Estadística reconoce el desequilibrio entre una oferta interna fuerte y una demanda claramente insuficiente. El plan para los próximos años pasa por impulsar el consumo, frenar la caída de la inversión y reducir la guerra de precios entre empresas, la llamada campaña “anti-involución”. Pero todo eso choca con límites muy claros: la deuda de los gobiernos locales, el colapso del sector inmobiliario y la negativa a lanzar un estímulo masivo al estilo del pasado. Además, el contexto demográfico no ayuda. La población total volvió a caer por cuarto año consecutivo y el número de nacimientos bajó a mínimos históricos. Menos población activa, más presión sobre el crecimiento potencial y más difícil alcanzar el objetivo estratégico de convertirse en una economía “moderadamente desarrollada” en 2035, algo que exigiría crecer a más del 4% anual durante la próxima década.

China ha vuelto a demostrar que sabe cumplir objetivos y sostener el crecimiento incluso en un entorno cada vez más hostil. Pero también queda claro que apoyarse casi exclusivamente en el tirón exportador no es una estrategia sostenible en el tiempo. El verdadero debate ya no es si Pekín logrará volver a maquillar el 5% en 2026, sino si será capaz de reactivar su demanda interna sin asumir riesgos financieros mayores. Porque una economía que solo crece hacia fuera acaba encontrando límites, y China empieza a estar peligrosamente cerca de ellos.

Por otro lado, si se analiza el gasto en I+D (tanto total como por sectores) la conclusión es inequívoca. China ha reducido de forma drástica la distancia con EEUU. Las empresas chinas invierten ya casi tanto como las estadounidenses, el gasto gubernamental se ha disparado y las universidades destinan recursos que hace solo una década eran impensables. El resultado es un ecosistema científico-tecnológico en rápida expansión: más laboratorios, más patentes, más centros de excelencia y más talento que decide quedarse.

Este viraje no es espontáneo. Es una estrategia de largo plazo cuyo objetivo es claro: dejar de depender de tecnología extranjera y dominar las industrias críticas del futuro. Inteligencia artificial, biotecnología, energías limpias, vehículos eléctricos, computación avanzada, materiales estratégicos… China quiere liderarlo todo. Y la inversión masiva en I+D es el puente que está construyendo hacia ese liderazgo.

Mientras tanto, EEUU conserva fortalezas evidentes: universidades punteras, ecosistemas innovadores únicos y un sector tecnológico de vanguardia. Pero la brecha se estrecha, y lo hace justo en el momento en que la relación entre ambas potencias vive uno de sus periodos más tensos. Ya no se trata solo de quién produce más, sino de quién innova más… y eso es lo que define el poder en el siglo XXI.

"La pregunta clave es cómo responderá Occidente a un competidor que ya no compite por volumen, sino por frontera tecnológica, y que avanza con una determinación difícil de igualar. Porque cuando la innovación se convierte en el terreno de juego, quien marque el ritmo no solo transformará su economía: reescribirá el equilibrio global de poder", opina el analista Pablo Gil en The Trader.

Además, China acaba de superar por primera vez un superávit comercial anual de más de un billón de dólares. Es un hito económico, pero sobre todo una señal de que el mundo entra en una fase mucho más tensa en lo comercial, lo industrial y lo geopolítico. Mientras sus exportaciones a EEUU se hunden (un 29% menos interanual en noviembre), Pekín ha desviado su producción hacia Europa, África y Asia con una rapidez que está alterando el equilibrio global.

Este impulso no se explica únicamente por competitividad: también influye un yuan que, ajustado por inflación, está en su nivel más débil en más de una década. El FMI ya ha señalado que esta depreciación real está amplificando los desequilibrios y reforzando la posición exportadora china. En otras palabras: China vende más porque vende muy barato, y porque su aparato industrial puede escalar a velocidades que Occidente ya no puede igualar.

Europa lo siente especialmente en un sector emblemático: la automoción. La avalancha de vehículos eléctricos chinos está generando un déficit estructural que amenaza a la industria europea. Es un choque frontal entre la mayor potencia manufacturera del mundo y un continente que intenta defender su base industrial con herramientas que llegan tarde.

El movimiento de fondo no se limita a Europa. Incluso aliados tradicionales de China en materia comercial empiezan a virar. México ha introducido nuevos aranceles sobre productos asiáticos para proteger su industria local y evitar convertirse en una vía indirecta de entrada al mercado estadounidense. Es un gesto que muestra cómo la presión de Washington y el rediseño de las cadenas de suministro están reconfigurando el mapa comercial norteamericano.

Pekín, lejos de moderarse, acelera. Está preparando hasta 70.000 millones$ en incentivos para reforzar su industria de chips, una apuesta estratégica en su disputa tecnológica con Estados Unidos. El mensaje es claro: China no piensa renunciar a liderar la próxima fase industrial, ni en vehículos eléctricos, ni en baterías, ni en semiconductores.

"Con un superávit récord, un yuan débil, un aparato industrial respaldado por el Estado y una capacidad extraordinaria para recolocar exportaciones, China no solo resiste la presión estadounidense: está moldeando el nuevo orden económico. La pregunta ya no es si la globalización se fragmenta, sino a qué velocidad va a ocurrir", apunta Pablo Gil.

Lo relevante no es solo que China exporte más, sino que lo haga en un mundo cada vez menos dispuesto a absorberlo sin fricciones. "Mi impresión es que entramos en una fase donde la eficiencia deja paso a la geopolítica. El comercio ya no se decide solo por precios y costes, sino por bloques, seguridad y poder. Y ese cambio tendrá consecuencias profundas para Europa y para el crecimiento global", advierte.

El escaparate de Shanghai

Shanghái no es una excepción dentro de China. Es un adelanto. Un escaparate cuidadosamente construido de lo que el país aspira a ser en el mundo y, sobre todo, de cómo quiere competir por la hegemonía global frente a EEUU. No es una ciudad especializada en un único sector, sino ante un ecosistema completo donde conviven manufactura avanzada, tecnología, comercio, finanzas y servicios a una escala que solo unas pocas metrópolis del planeta pueden igualar. 

Con casi 30 millones de habitantes, Shanghái genera un PIB superior al de muchos países desarrollados y lo hace desde una estructura económica muy reveladora: más del 60 % procede de los servicios, con más de dos billones$ anuales. Exactamente, el mismo patrón que vemos en las grandes ciudades estadounidenses más avanzadas.

El puerto con mayor tráfico de contenedores del mundo la sitúa en el centro de las cadenas globales de suministro. El comercio supera los 195.000 millones de dólares al año, con una clara orientación hacia maquinaria y electrónica. La industria no ha desaparecido, pero ha evolucionado hacia sectores de alto valor añadido: automoción, biomedicina, aeroespacial, inteligencia artificial y semiconductores.

La mega factoría de Tesla produce allí más de un millón de vehículos al año, mientras que SAIC lidera el mercado chino en un país donde se fabrica uno de cada tres coches del mundo.El verdadero salto diferencial está en la tecnología. Software, microelectrónica, circuitos integrados e IA aportan más de 120.000 millones de dólares al PIB de la ciudad. El clúster Shanghái–Suzhou figura entre los cinco mayores nodos tecnológicos del planeta. Cada mes se instalan nuevas sedes de multinacionales y centros de I+D. Cada día nacen cientos de empresas tecnológicas. Es exactamente el tipo de densidad innovadora que se asocia a Silicon Valley, Boston o Seattle. 

Pero nada de esto es improvisado. El punto de inflexión llegó en los años noventa, cuando Pudong fue declarada zona económica especial. Desde entonces, Shanghai funciona como laboratorio: muchas de las políticas que luego se extienden al resto del país se prueban primero aquí. Pero Shanghái no es solo economía. Es también símbolo. Allí nació el Partido Comunista Chino en 1921 y hoy conviven la memoria revolucionaria, el consumo de lujo, la vigilancia tecnológica y una ambición global cada vez más explícita. No es la capital política —ese papel sigue siendo de Pekín—, pero sí la vitrina más sofisticada del poder chino.

Y aquí está la clave. Cuando Xi Jinping habla de modernización, autosuficiencia tecnológica y liderazgo global, Shanghai es el modelo que tiene en mente. Una ciudad capaz de competir de tú a tú con las grandes urbes de Estados Unidos en infraestructura, innovación, servicios financieros y capacidad industrial, sin renunciar al control político ni a una estrategia de largo plazo.

La pugna por la hegemonía mundial no se está librando solo en términos militares o comerciales. Se libra en ciudades como Shanghái. Si China consigue replicar este modelo en otros grandes polos urbanos y sostenerlo en el tiempo, la comparación con Nueva York, San Francisco o Chicago dejará de ser retórica. Será estructural. Y eso demuestra que hay una auténtica batalla por cambiar el equilibrio de poder del mundo que viene.

25Jan

Nunca un presidente de EEUU había alterado tantas reglas, tantos equilibrios y tantas alianzas en tan poco tiempo. Lo que está en juego es algo más profundo: la ruptura consciente del sistema internacional basado en normas, instituciones y pactos que Washington ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.

Miguel Ángel Valero

Ya se ha cumplido un año desde que Donald Trump volvió a la Casa Blanca y el balance es difícil de exagerar. Nunca un presidente de EEUU había alterado tantas reglas, tantos equilibrios y tantas alianzas en tan poco tiempo. No se trata solo de decisiones polémicas o de un estilo disruptivo. Lo que está en juego es algo más profundo: la ruptura consciente del sistema internacional basado en normas, instituciones y pactos que Washington ayudó a construir tras la Segunda Guerra Mundial.

Durante décadas, ese orden fue extraordinariamente favorable a EEUU. Liderazgo político, supremacía militar, dominio financiero y capacidad para fijar reglas globales a su medida. Por eso ningún presidente anterior, desde Eisenhower hasta Bush hijo, tuvo como objetivo explícito destruirlo. Trump sí. Y lo está haciendo sin complejos.

El gráfico que aporta el analista Pablo Gil en The Trader lo ilustra con claridad. No solo muestra la magnitud de las decisiones adoptadas en apenas doce meses, sino el método elegido para imponerlas. Trump ha recurrido de forma sistemática a órdenes ejecutivas para esquivar el debate parlamentario y evitar cualquier control efectivo por parte de la Cámara de Representantes, incluso contando con mayoría republicana. No es una cuestión de eficiencia legislativa. Es una forma de gobernar que busca situarse por encima de los contrapesos institucionales.

Ese patrón no se limita al poder legislativo. Cuando las decisiones han encontrado freno en los tribunales, Trump ha reaccionado desacreditando al poder judicial, cuestionando su legitimidad y presionando públicamente a jueces y cortes. La separación de poderes, pilar central del sistema estadounidense, pasa de ser un límite para convertirse en un obstáculo que hay que sortear o neutralizar.

El mismo líder que prometía desentenderse de guerras lejanas y del papel de “policía del mundo” exige ahora un aumento del 50% del presupuesto del Pentágono. El que criticaba el intervencionismo presume hoy de influir directamente en Venezuela, Gaza, Irán o Groenlandia. Avisa a Panamá, incomoda a Canadá, tensiona a Europa y cuestiona abiertamente el sentido de alianzas como la OTAN. No hay contradicción. Hay una lógica distinta.

Trump no es aislacionista. Tampoco es multilateralista. Su visión del mundo es transaccional, jerárquica y basada en la fuerza. Un tablero donde las reglas importan menos que el poder, donde los acuerdos son temporales y donde cada país debe aceptar su lugar en la jerarquía global. EEUU arriba. El resto, negociando desde la debilidad.

Ese enfoque también se traslada al interior. En paralelo, Trump ha desatado una crisis interna de enorme calado con su política migratoria. Endurecimiento extremo de fronteras, expulsiones masivas, recortes de derechos y una narrativa que presenta la inmigración como una amenaza existencial. No es solo control fronterizo. Es una herramienta política para justificar medidas de excepción y reforzar la idea de un país sitiado. La inmigración se convierte así en el enemigo perfecto. Sirve para cohesionar a su base, desplazar el foco de los problemas estructurales y normalizar un ejercicio del poder cada vez más concentrado. El mensaje es claro: EEUU debe volver a ser grande, aunque el precio sea debilitar sus propias instituciones.

En el plano internacional, Trump es el primer presidente estadounidense que apuesta abiertamente por un orden no basado en la ONU, la OMC o el FMI, sino en esferas de influencia. Grandes potencias repartiéndose zonas, imponiendo condiciones y negociando desde la fuerza. Un mundo de suma cero donde la cooperación se interpreta como debilidad. El problema no es solo que Trump haya roto el viejo orden. Es que tampoco ha construido uno nuevo. Ha debilitado alianzas sin ofrecer alternativas estables, ha erosionado instituciones sin sustituirlas por reglas claras y ha trasladado esa lógica de confrontación al interior de su propio país. El resultado es un mundo más frágil. Y una democracia que empieza a mostrar grietas preocupantes.

Es paradójico que Trump crea estar fortaleciendo a EEUU cuando, en realidad, está minando los contrapesos que sostuvieron su poder durante décadas. El uso masivo de órdenes ejecutivas, el desprecio por el control parlamentario y la presión sobre el poder judicial no son detalles técnicos: son señales claras de una voluntad de gobernar sin límites. Romper reglas puede dar ventaja a corto plazo, pero cuando desaparecen los marcos comunes (dentro y fuera del país) la fuerza sustituye a la ley. "Y la historia demuestra que ese camino rara vez termina bien", avisa Pablo Gil.

La lección de Venezuela

Durante décadas, varias dictaduras latinoamericanas han sobrevivido instaladas en una cómoda inercia. Regímenes autoritarios sostenidos por la represión interna, alianzas opacas y una comunidad internacional más preocupada por la estabilidad que por el cambio. Cuba, Venezuela y Nicaragua, que juntas acumulan más de un siglo de poder casi ininterrumpido, parecían intocables. Esa sensación ha saltado por los aires.

La segunda administración de Donald Trump ha introducido un factor nuevo: presión directa, sin ambigüedades y sin el lenguaje diplomático tradicional. La captura de Nicolás Maduro no solo ha descabezado al régimen chavista, sino que ha demolido uno de los pilares psicológicos del autoritarismo regional: la idea de que el poder, una vez consolidado, es irreversible. El efecto dominó es evidente. En Nicaragua, el sandinismo ha comenzado a liberar presos políticos y a rebajar el tono de su retórica, consciente de que el margen de maniobra se estrecha. En Cuba, el corte casi total del petróleo venezolano amenaza con agravar un colapso energético y económico que ya no admite parches. Por primera vez en años, las élites autoritarias perciben que el coste de mantenerse inmóviles puede ser superior al de ceder.

Pero el terremoto no se limita a estos tres países. En Centroamérica empiezan a circular rumores persistentes sobre otros regímenes bajo vigilancia. Honduras no es formalmente una dictadura, pero atraviesa una crisis institucional profunda, con polarización extrema, violencia política y una creciente presión externa para garantizar procesos electorales creíbles. No es todavía un caso comparable a Cuba o Venezuela, pero sí un ejemplo claro de cómo la región ha entrado en una fase de máxima tensión, donde las democracias frágiles pueden deslizarse con rapidez hacia escenarios mucho más autoritarios.

Este cambio de clima tiene una lectura claramente global. El precedente importa. Si EEUU demuestra que está dispuesto a actuar con decisión en su área de influencia, el mensaje trasciende América Latina. Y aquí es donde el tablero se amplía.

Mientras Washington aprieta en su vecindario inmediato, en otros puntos del mundo se reconfiguran alianzas. Irán, China y Rusia han participado recientemente en maniobras navales conjuntas frente a la costa de Sudáfrica, en una demostración de fuerza poco habitual que va más allá de lo simbólico. Los ejercicios, realizados en un enclave estratégico para el comercio marítimo mundial, envían una señal clara: el bloque de los BRICS aspira a proyectar poder también en el plano militar. El momento elegido no es casual. Teherán vive una situación interna extremadamente delicada, con protestas persistentes, represiones por parte del régimen y una presión directa creciente por parte de Trump. La participación iraní en estas maniobras es tanto un mensaje hacia fuera como una necesidad hacia dentro: mostrar que no está aislado. Sin embargo, el bloque no es tan compacto como aparenta. India y Brasil, dos actores clave, han optado por marcar distancias. Brasil se limita a observar y Nueva Delhi evita cualquier paso que pueda deteriorar su relación con Washington o agravar su rivalidad con Pekín.

La paradoja es evidente: mientras Trump denuncia a los BRICS como un bloque abiertamente antiestadounidense, su estrategia de sanciones, aranceles y presión unilateral acaba reforzando, de forma indirecta, ciertos reflejos de cohesión interna. Sin embargo, esa cohesión es limitada, oportunista y plagada de contradicciones. Ni Rusia ni China han pasado, por ahora, del reproche retórico frente a las acciones de EEUU en América Latina. No se percibe una voluntad real de escalar el conflicto ni de articular un frente militar efectivo que desafíe directamente a Washington.

Esa inacción es tan reveladora como los propios ejercicios navales. Plantea una cuestión de fondo: ¿hasta qué punto los BRICS constituyen un bloque estratégico realmente cohesionado, o son simplemente una agregación de intereses nacionales que solo convergen de manera puntual? La misma duda se proyecta en el otro lado del tablero: el G7 tampoco exhibe hoy una cohesión sólida. EEUU actúa cada vez más al margen de sus aliados tradicionales, imponiendo su agenda sin necesidad de construir consensos duraderos. El resultado es un mundo en el que las grandes decisiones ya no requieren respaldo colectivo: basta con el poder suficiente para ejecutarlas.

Y en este contexto, el foco salta más allá de América Latina para centrarse en Groenlandia y Oriente Medio como nuevos escenarios de tensión. En Irán, cualquier escalada tendría efectos inmediatos sobre Israel, el Golfo Pérsico, el precio del petróleo y el equilibrio global con Moscú y Pekín. El orden internacional basado en normas se debilita, y gana terreno una lógica mucho más cruda: la de los hechos consumados y las esferas de influencia.

Europa, mientras tanto, queda descolocada. La Unión Europea ha apostado durante años por el apaciguamiento, el diálogo permanente y la primacía de los intereses económicos. Ese enfoque parece hoy superado por una realidad mucho más áspera, en la que otros actores están dispuestos a asumir riesgos que Bruselas ni siquiera contempla.

"Forzar la caída de una dictadura es totalmente defendible. No hablamos de sistemas imperfectos, sino de regímenes que reprimen, empobrecen y niegan libertades básicas durante décadas. El problema no está en el final de la dictadura, sino en el día después. Las transiciones suelen ser complejas, frágiles y llenas de riesgos, especialmente cuando se producen bajo presión externa. Pero aceptar la continuidad del dictador por miedo a una transición difícil equivale a normalizar la injusticia", explica Pablo Gil, que introduce "una duda incómoda, pero necesaria: ¿Cuáles son los motivos reales de quienes presionan para que esas dictaduras caigan? ¿Se trata de una convicción política y moral, de intereses económicos, estratégicos, o de una combinación de ambos?"-

La historia demuestra que la caída del tirano no garantiza automáticamente la libertad plena. Existe el riesgo de que el liberador termine convirtiéndose en el nuevo amo, no mediante la represión directa, sino a través de la dependencia económica, el control de recursos o la imposición de reglas que condicionan el futuro del país 'liberado'.
 "El verdadero desafío, por tanto, no es solo derribar la dictadura, sino evitar que el vacío de poder se llene con una nueva forma de sometimiento. Porque la libertad política sin soberanía económica puede acabar siendo, simplemente, otra ilusión", subraya.

Policrisis

Algunos analistas hablan del momento que vivimos no como la suma de crisis aisladas, sino ante una policrisis, un entramado de tensiones económicas, políticas, tecnológicas, climáticas y culturales que interactúan entre sí y se retroalimentan de forma imprevisible. Y uno de los retos más complejos en este entorno es que seguimos intentando resolver problemas complejos con respuestas simples. Pensamos que una solución rápida en un frente no tendrá consecuencias en otros. Este tipo de pensamiento fragmentado no solo es insuficiente, sino peligroso, porque genera nuevas crisis mientras aparenta resolver las anteriores.

Vivimos atrapados en la inmediatez, desconectados del pasado y sin un horizonte claro de futuro. La política ha perdido la capacidad de pensar a largo plazo y el debate público se ha vuelto emocional, binario y superficial. No estamos repitiendo los años treinta, pero sí reproduciendo dinámicas similares: cegueras colectivas, autoritarismos crecientes y una renuncia silenciosa al pensamiento crítico.

La humanidad necesita volver a la resistencia, pero no una resistencia violenta, sino intelectual, moral y espiritual. Resistir significa dudar, verificar, aceptar la incertidumbre, negarse a la simplificación y no dejarse arrastrar por el miedo ni por la intoxicación emocional de masas. En un mundo saturado de información, la crisis más profunda es la del pensamiento. Hay un evidente cansancio democrático, especialmente entre los jóvenes, que rechazan cualquier trueque entre libertad y seguridad o bienestar económico. 

Lo más difícil en este entorno es recuperar valores que hoy parecen ingenuos, pero que son profundamente subversivos: la educación, la fraternidad, la cooperación y la fuerza que une y da sentido frente a la tendencia a la fragmentación, el enfrentamiento y el insulto. No se trata de moralismo, sino de entender que las grandes decisiones del presente condicionan un futuro común que ya está en juego.

"El entorno actual empuja a la resignación, a delegar el pensamiento y a aceptar relatos prefabricados. Precisamente por eso, la resistencia intelectual es hoy una de las formas más necesarias (y más incómodas) de responsabilidad individual. Pensar bien, dudar y no rendirse a la simplificación no cambiará el mundo de un día para otro, pero es la condición mínima para no perderlo del todo", concluye Pablo Gil.

22Jan

Más que tratar de anticipar conflictos geopolíticos, el inversor debe analizar si éstos realmente afectan a la capacidad de las empresas para generar beneficios y, por tanto, al precio de los activos donde ha colocado su dinero.

Miguel Ángel Valero 

Tras las amenazas, incluso en el Foro de Davos, de Donald Trump, una fugaz negociación con la OTAN ha bastado para frenar el ímpetu del presidente estadounidense, que finalmente ha descartado las opciones más contundentes y optará por la vía diplomática para defender sus intereses sobre Groenlandia. El contenido del acuerdo aún está por concretarse, aunque probablemente incluya la reactivación de bases militares norteamericanas en la isla de Dinamarca y un programa conjunto de inversión en infraestructuras—defensa aérea, controles marítimos y otros dispositivos—para garantizar la seguridad de la región ártica.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, asegura que ha recibido garantías de que el principio de acuerdo sobre Groenlandia en el que EEUU trabaja con la OTAN no discute la soberanía de Dinamarca sobre ese territorio autónomo, según le informó el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. La integridad territorial y soberanía de la isla ártica ha sido la línea roja marcada no solo por Copenhague, sino por toda la Unión Europea. 

The Trader: Europa parece dispuesta a responder

El analista Pablo Gil aporta su análisis en The TraderGroenlandia ha dejado de ser un asunto periférico para convertirse en el epicentro de un choque mucho más profundo entre EEUU y Europa. Lo que empezó como una presión política de Donald Trump para forzar la anexión de la isla se está transformando rápidamente en un conflicto comercial de gran escala que amenaza con dinamitar décadas de relación transatlántica.

La respuesta de Dinamarca fue internacionalizar el problema y llevarlo al terreno de la OTAN, solicitando una mayor implicación de la Alianza en el Ártico. A esa iniciativa se han sumado Dinamarca, Francia, Alemania, Suecia, Noruega, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia, enviando una señal política clara: Groenlandia es un asunto europeo y de seguridad colectiva.

Trump ha interpretado ese movimiento como un desafío directo. Su respuesta ha sido inmediata y previsible: aranceles. A partir del 1 de febrero ha amenazado con imponer un gravamen del 10% a las exportaciones de esos países, que subiría al 25% en junio si no se alcanza un acuerdo para la “compra de Groenlandia”. No es una negociación comercial. Es un ultimátum político respaldado por coerción económica.

La novedad es que, esta vez, Europa parece dispuesta a responder. La Unión Europea estudia reactivar aranceles por valor de 93.000 millones€ sobre productos estadounidenses. Una medida que ya estaba aprobada, pero que nunca entró en vigor al alcanzarse el acuerdo con EEUU, pero que podrían volver a aplicarse de forma inmediata si Trump ejecuta su amenaza. 

Además, Bruselas valora contramedidas adicionales más allá de los aranceles. Francia ha planteado activar el llamado instrumento anti-coerción, la herramienta comercial más potente de la UE y que nunca se ha utilizado. Su diseño no es defensivo, sino disuasorio: permite imponer aranceles, restringir inversiones, limitar el acceso al mercado europeo o vetar a empresas extranjeras en contratos públicos cuando un país utiliza el comercio como arma política. 

Pero la escalada no se queda ahí. Porque la UE ha congelado la ratificación del acuerdo comercial alcanzado con EEUU el pasado verano, un pacto que ya en su momento fue muy criticado en Europa por ser claramente favorable a Washington. El Parlamento Europeo, con el apoyo de los principales grupos políticos, ha dejado claro que no seguirá adelante mientras continúe la amenaza arancelaria. Esta vez el mensaje es inequívoco: no habrá concesiones comerciales bajo chantaje.

Las consecuencias económicas pueden ser relevantes. Si Trump aplica el arancel del 25%, las exportaciones europeas a EEUU pueden caer hasta un 50%, con Alemania, Suecia y Dinamarca entre los países más expuestos. El riesgo llega además en un momento delicado, cuando las Bolsas europeas venían comportándose mejor que las estadounidenses gracias al aumento del gasto fiscal alemán, el impulso del rearme europeo y una política monetaria laxa que ha vuelto a situar los tipos de interés, en términos reales, en el 0%.

Todo esto revela un cambio de fondo. Ya no hablamos de fricciones comerciales clásicas ni de disputas arancelarias sectoriales. Estamos ante el uso explícito del comercio como herramienta de presión geopolítica para forzar decisiones territoriales y estratégicas. Y Europa empieza a asumir que ceder en este punto tendría un coste mucho mayor que responder al agresor.

"Cuando el más fuerte obtiene lo que quiere mediante la simple amenaza, la pregunta no es qué ha ganado hoy, sino qué exigirá mañana. Ese es el verdadero dilema al que se enfrenta Europa, que empieza a asumir que la ambición de Trump va mucho más allá de un conflicto puntual o de una negociación especialmente dura. Su forma de relacionarse con el mundo no distingue entre aliados y rivales, sino entre quienes hablan el lenguaje de la fuerza y quienes no", subraya Pablo Gil.

La paradoja es inquietante. El temor a enfrentarse de tú a tú con EEUU ha colocado a Europa en una posición de debilidad que Trump parece interpretar como una invitación a seguir apretando. Y eso explica por qué respeta a quienes se mantienen firmes (China, Rusia o incluso Corea del Norte) mientras desprecia a quienes confían únicamente en la contención y la diplomacia.

Hasta ahora, solo China se ha atrevido a plantarle cara, mientras que Putin se ha limitado a ganarse su favor con promesas que rara vez se materializan. La incógnita es si Europa será capaz de defender algunas líneas rojas, incluso asumiendo el coste que ello implique. Si lo hace, podrían darse dos efectos relevantes: que Trump empiece a respetar a la Unión Europea como un actor con peso real, y que el resto del mundo comprenda que, cuando se actúa de forma coordinada, aún existe margen para frenar al 'matón del barrio'. Porque no hacerlo suele tener una consecuencia clara: antes o después, el abuso deja de ser esporádico y pasa a ser permanente.

Investors Observer: empresas y consumidores de EEUU no quieren más aranceles

Un análisis de Investors Observer incorpora otro enfoque: Trump apaga, al menos de momento, el incendio provocado en el Foro de Davos y da marcha atrás en sus amenazas de aranceles adicionales a los países que enviaron soldados a Groenlandia ("un trozo de hielo", según el presidente de EEUU) no por la presión de los exportadores europeos, sino de las empresas y los consumidores estadounidenses, que soportarían "miles de millones$ en costos autoinfligidos".

Las empresas y los consumidores estadounidenses habrían soportado el 96 % de la carga arancelaria total: 26.780 millones$ de los 27 900 millones entre aranceles base y los aplicados por Groenlandia combinados.

33 estados de EEUU incluyen a uno o más de los ocho países europeos afectados por los aranceles entre sus cinco principales socios importadores, y habrían tenido que asumir 11.360 millones$ en costos arancelarios adicionales por Groenlandia entre febrero y diciembre de 2026. En estos 33 estados, las empresas y los consumidores estadounidenses habrían tenido que absorber 10.910 millones de dólares en costos arancelarios por Groenlandia en ese mismo período. 

Georgia, Carolina del Norte y Nueva Jersey habrían absorbido 7.000 millones$ en costos arancelarios combinados. 31 estados de EEUU incluyen a Alemania entre sus cinco principales socios importadores, con Maryland y Rhode Island como su número 1. En todo EEUU, la carga arancelaria total de Groenlandia para los estadounidenses habría sido de 31.880 millones de dólares entre febrero y diciembre de 2026.

Esto explicaría que Trump haya tenido que hacer un nuevo TACO (Trump Always Chickens Out, Trump Siempre se Acobarda), un acrónimo que cobró relevancia en mayo de 2025 tras la marcha atrás que hizo el presidente de EEUU tras proclamar en abril el Día de la Liberación Arancelaria.

Inversis: la volatilidad se puede trasladar a energía, inflación, y primas de riesgo

Inversis espera que la economía global crezca un 3,3% este año, en un contexto de estabilidad macroeconómica, pero con un incremento de los riesgos geopolíticos. El análisis de su estratega jefe macroeconómico, Ignacio Muñoz-Alonso, plantea un escenario de continuidad, aunque sin un impulso cíclico claro. 

En EEUU, el debate sobre una posible recesión continúa presente, pero sin materializarse en los datos. La economía muestra signos de desaceleración, pero no de contracción. El Fondo Monetario Internacional mejora sus previsiones de crecimiento desde un 2,1% en 2025 a un 2,4% este año, lo que apunta a un escenario de crecimiento moderado. Observa que el mercado laboral se está ajustando de forma gradual y heterogénea, sin los patrones típicos de una recesión clásica. El aumento del desempleo es contenido y se concentra en colectivos concretos, mientras que el empleo cualificado muestra mayor resiliencia. Este comportamiento es coherente con una economía que pierde impulso, pero que sigue siendo capaz de absorber el ajuste. La confianza del consumidor, tras tocar mínimos a lo largo de 2024, experimentó una mejoría a finales de 2025, lo que contribuye a estabilizar el escenario económico. Por tanto, la economía estadounidense se mueve en una fase de fragilidad contenida, lejos de una recesión profunda.

En Europa, el crecimiento sigue siendo más débil que en EEUU, aunque presenta señales de estabilización. El comportamiento entre países es muy desigual. Mientras que naciones periféricas como España mantienen ritmos de crecimiento cercanos al 2,3% y algunos países del Este como Polonia superan el 3%, las grandes economías del núcleo europeo avanzan con mayor dificultad. En el caso de Alemania, la aprobación de un paquete fiscal expansivo en marzo podría traducirse en una mejora del crecimiento a partir de 2026, en torno al 1,2%,actuando como posible catalizador para el conjunto de la región.

La geopolítica se consolida como la principal fuente de riesgo para el escenario macroeconómico. Los principales focos de fricción están puestos en Venezuela, Irán y Groenlandia, manteniendo elevado el riesgo de episodios de volatilidad que podrían trasladarse a precios de la energía, inflación y primas de riesgo financieras. En el caso venezolano, una eventual reintegración parcial en los mercados energéticos internacionales podría tener efectos limitados sobre el equilibrio de éstos por la capacidad productiva real del país. Respecto a Irán, destacan que el riesgo es de disrupción, con escenarios que podrían elevar de forma estructural las primas de riesgo.

Los bancos centrales han dejado atrás la fase más intensa de lucha contra la inflación y entran ahora en una etapa de gestión de riesgos. El fuerte aumento del gasto por intereses y las tensiones fiscales limitan el margen para mantener tipos elevados durante mucho tiempo. El escenario base de Inversis contempla hasta dos recortes de tipos por parte de la Fed a lo largo de este año; y un entorno de tipos relativamente estable hasta mediados de 2027 en el BCE.

En renta fija, Inversis sobre pondera crédito de calidad y evita los tramos más largos de la curva, donde el riesgo fiscal es mayor. El foco se sitúa en duraciones medias, donde el binomio rentabilidad-riesgo resulta más atractivo. En cuanto a renta variable, la entidad mantiene una exposición alineada con el benchmark, con una clara preferencia por sectores defensivos y estructuralmente favorecidos como salud, industria y defensa, mientras infra pondera consumo discrecional, inmobiliario y utilities. La inteligencia artificial deja de ser tratada como un bloque homogéneo y pasa a analizarse deforma más selectiva, diferenciando claramente entre ganadores y perdedores.

Lombard Odier: el miedo geopolítico es más rápido que su impacto real

El último Global CIO Viewpoint – The Intelligent Allocator, 'Geopolitical fear travels faster than capital', elaborado por Michael Strobaek (Global Chief Investment Officer) y Clément Dumur (Portfolio Manager) de Lombard Odier, se centra en cómo la creciente fragmentación geopolítica y el auge de la “geoeconomía” influyen en los mercados financieros, y por qué el miedo geopolítico suele transmitirse más rápido que su impacto económico real.

El modelo internacional basado en reglas propio de la era de la globalización ha evolucionado hacia un nuevo orden marcado por la geoeconomía y la autonomía estratégica. Pero, salvo que se produzcan disrupciones en los mercados energéticos o en las cadenas de suministro, el estrés geopolítico tiende a tener un impacto limitado y de corta duración en los precios de los activos.

Los inversores deben evaluar si los eventos geopolíticos generan restricciones económicas o de recursos relevantes y si afectan a la capacidad de las empresas para generar beneficios. En lugar de intentar anticipar shocks geopolíticos, la clave está en construir carteras resilientes, apoyadas en una asignación estratégica de activos robusta y de largo plazo.

UBP: cambios geopolíticos y carrera por dominar la IA, claves

El UBP Investment Outlook 2026 se centra en un contexto marcado por los cambios geopolíticos y la carrera estratégica por el liderazgo en inteligencia artificial (IA). Michaël Lok, Group CIO and Co-CEO de Union Bancaire Privée, señala:Para nuestra perspectiva de inversión en 2026, hemos desarrollado nuestras convicciones en torno a dos fuerzas principales que están transformando la economía global. La reestructuración en curso del orden geopolítico mundial, junto con la carrera estratégica por el dominio de la IA, constituye la piedra angular de nuestro enfoque para la construcción de carteras este año. A medida que avanza 2026, la economía global entra en una transición clave, pasando de una resiliencia fragmentada a un crecimiento sincronizado, mientras la inflación retorna a un camino más normalizado y moderado”. Entre las cuestiones clave para este año:

  • Los ganadores a largo plazo de la inteligencia artificial
  • Una nueva era para la tecnología china
  • El auge de la demanda de energía
  • El acaparamiento de metales y minerales impulsa su demanda
  • Argumentos a favor de la deuda de los mercados emergentes
  • El mercado alcista del oro continuará

Espera que la economía global crezca a un ritmo constante del 3,2% en 2026, con EEUU liderando con un crecimiento superior al 2%, respaldado por la actividad resiliente en Asia y una recuperación gradual en China. El inicio del año será más lento, con la actividad del primer trimestre todavía afectada por los efectos persistentes de los aranceles estadounidenses y los ajustes en las cadenas de suministro. No obstante, se espera que la actividad global se acelere a medida que avance el año. Alemania se encamina hacia una recuperación, mientras que se espera que Reino Unido y Japón registren un crecimiento moderado de alrededor del 1%. La zona euro, proyectada para crecer un 1,1% en 2026, se beneficiará de las medidas de estímulo económico en Alemania y del buen desempeño de sus países periféricos. "Nuestra perspectiva sobre la renta variable sigue siendo positiva, ya que se espera que las ganancias globales se aceleren y se expandan a lo largo de la cadena de valor de la IA, en particular a través del aumento de la demanda de electricidad, pero también en otros sectores tras tres años de un crecimiento deslucido fuera del sector tecnológico estadounidense. Sin embargo, en un contexto de valoraciones elevadas, se requiere una mayor diversificación y una gestión de riesgos más disciplinada, incluyendo oportunidades tácticas", subraya.

Es probable que los bancos centrales mantengan políticas monetarias acomodaticias para sostener la actividad económica. En 2026, se espera que las reducciones de tipos de interés sean más significativas en las economías desarrolladas. Los bancos centrales de EEUU y Reino Unido podrían seguir una estrategia agresiva sobre los tipos clave, justificada por la debilidad de sus respectivos mercados laborales y una fuerte caída de la inflación. La mejora general de los fundamentales también favorece a la deuda de alto rendimiento y de mercados emergentes, cuyo rendimiento superior debería mantenerse durante todo el año. "Mientras tanto, es probable que la trayectoria del oro se modere tras un repunte excepcional en 2025. No obstante, mantenemos una visión positiva de su tendencia secular al alza y su papel como componente fundamental de la diversificación de carteras”, añade.